Como todo récord, era improbable por difícil. Pero, durante gran parte de la carrera, fue posible. Al final ganó lo improbable frente a lo posible en un escenario, la pista, el público, el atleta, favorable al intento. Con la cabeza humeante y la zancada incandescente, Mohamed Attaoui volaba en busca del récord mundial de los 1.000 metros, una distancia infrecuente pero siempre prestigiosa.
La marca, 2:14.20 del yibutiano Ayanihe Souleiman desde 2016, era una liebre virtual a la que Attaoui perseguía mentalmente ayudado por las luces en la cuneta de la pista que le servían de referencia y por unas liebres reales, el español Alejandro Matienzo y el polaco Filip Ostrowski, que cumplieron su cometido. Pasaron los 400 en 53.12 y los 800 en 1:47.58. Attaoui se quedó entonces solo corriendo contra las luces que, primero, lo acompañaron y, luego, lo dejaron ligeramente atrás.
Cuando Attaoui cruzó la meta, el cronómetro se había detenido en 2:14.52. No era récord del mundo, pero sí la tercera mejor marca de todos los tiempos y récord de Europa. Y de España, claro. Tras él, magníficos pero no tan imponentes, Mariano García, ya ex plusmarquista nacional, terminaba en 2:16.40. Y Adrián Ben en 2:16.80.
Fruta madura
La prueba ponía colofón al World Indoor Tour de Madrid, la cuarta escala del circuito mundial de la máxima categoría de lo que ahora se denomina short track, pista corta, la pista cubierta de toda la vida. Al intento de récord del mundo de Attaoui lo había precedido la consecución del récord de España de 60 metros vallas. Quique Llopis, que lo compartía con Orlando Ortega con 7.48, lo dejó en 7.45.
La plusmarca, una satisfacción pero no una sorpresa, estaba cantada. Llopis la llevaba rondando desde la pasada temporada, corriendo continuamente alrededor de 7.50. Una salida imperfecta un día, el roce con un obstáculo otro, cualquier detallito lo había impedido. Pero era una fruta madura que ha caído en Madrid. Temblaba en el árbol cuando Quique, sin exprimirse, había hecho 7.49 en la semifinal. Los 7.45, logrados contra rivales de gran nivel (Simonelli, Belocian, el propio Asier Martínez en progresión) es de fuste y confirma a Llopis como un vallista de talla internacional y en camino de mejores números y mayores logros.
Yago Rojo, probablemente el más pujante de los maratonianos españoles, 41º en los Juegos de París, oteaba el horizonte del reciente Maratón de Valencia y se relamía. Un estado de forma como no recordaba. "A mí no me gusta decir 'estaba para esto', porque siempre defiendo que la marca que haces es la que vales (2:07:47 es la suya). Pero estaba para reventar el crono. Los entrenamientos que estábamos haciendo, sobre todo las sensaciones... Recuerdo una tirada con Carlos Mayo, acabando el último 10.000 en 29:30 y le decía a Luismi (Martín Berlanas, su entrenador), 'si quieres sigo'", cuenta a EL MUNDO desde la más pura "frustración", desde "noches sin dormir". Porque, a las puertas del "gran día", le acudió el dolor y "no sé si este estado de forma va a volver alguna vez en mi vida".
Yago, el chico de Aluche que soñaba con ser Fernando Alonso, pura alegría y desparpajo, vivió días "horrorosos". Descubrieron una pubalgia, con afectación en la zona del sacro ilíaca. Tocaba parar, redefinir objetivos, una pesadilla para quien acostumbra a acumular 200 kilómetros a la semana. Aunque la oportunidad de Valencia y su recorrido siempre propicio para batir una marca que le resituaría entre las mejores nacionales de siempre, el madrileño pronto encontró la motivación de vuelta, siempre pensando en Los Ángeles como objetivo de fondo. Sólo había que regresar a la infancia.
"Yo de niño quería ser ciclista", comenta quien encontró en la bici a su mejor aliado para la recuperación. Diversión, exigencia y buena compañía. Nada menos que a rueda de Juanpe López, toda una maglia rosa del Giro.
Pero no sólo es la experiencia. El entrenamiento cruzado también es científicamente provechoso para los atletas de elite. "Es una barbaridad. Además, en mi caso, no sé por qué, me sube el pulso muchísimo en la bicicleta. Es bastante curioso, hasta me compré otro pulsómetro porque pensé que el que tenía estaba mal", explica Yago, que en esfuerzos sostenidos de unos 12 minutos, supera las 180 pulsaciones. Algo que, corriendo, en su caso sería ir a 2:50 el kilómetro, aproximadamente.
Juanpe López y Yago Rojo, en una imagen reciente.EL MUNDO
Rojo encontró en el nuevo refuerzo del Movistar un estupendo compañero. Se conocieron el año pasado y, aprovechando la estancia del sevillano en la capital con su pareja, la marchadora Lidia Sánchez-Puebla, acordaron unos entrenamientos en los que también se unen otros como el también ciclista Gonzalo Serrano o el duatleta Javi Martín. Tiradas de hasta cinco horas en las que el maratoniano comparte en paralelo los calentamientos y a rueda las series de los ciclistas. "Yo le dije que no quería interrumpirle sus entrenamientos. En las series largas, me cuesta seguirle. Pero lo disfruto una barbaridad, me lo estoy pasando como un enano, ir ahí detrás viendo su culo con el loguito de Movistar, su Canyon", bromea Yago, alucinado del reconocimiento que reciben por las carretas de Madrid y con la potencia de los profesionales en las subidas. "El otro día fuimos para el Alto del León y luego subimos Navacerrada. Cuando Juanpe y Gonzalo empezaron, dije: "¿Pero va a aguantar así 20 minutos?". Arrancó como si me pasase una moto. Cuando la carretera se pone para arriba no hay un punto de comparación. Ellos están tres ligas por encima".
Rojo se lleva la experiencia ("es una excelente persona y te va enseñando cosas técnicas") y sus músculos, protegidos del impacto hasta que pueda volver a correr (cree que será en unos días) la inyección fisiológica que acelerará su puesta a punto. "Ponerme en forma me va a costar bastante menos. El cansancio después de una salida es diferente al de correr, más orgánico, menos muscular. Un reventón sobrehumano, pero sin la sensación de no poder moverte que provoca la carrera", explica.
Si todo va bien y con la precaución debida, las miradas de Yago están en el Europeo de Birmingham del próximo verano, aunque para ello deberá acreditar la mínima en alguna maratón previa, posiblemente en Hamburgo o Praga. Y, llegado el momento, recordará esas salidas invernales en bicicleta, a 50 kilómetros por hora por Chinchón a rueda de Juanpe López.
En el benévolo clima de Florida, en un parque público de Tallahassee, la capital del estado, el ugandés Jakob Kiplimo y la keniana Agnes Ngetich se coronaron, con dos soberbias exhibiciones, campeones mundiales de Campo a Través. Del viejo, sufrido y querido Cross.
Se impusieron en otro de esos contrasentidos del deporte moderno. Temperatura primaveral para una competición invernal. Sol. Público abundante y en camiseta y pantalón corto. Césped ralo a ras de tierra dura. Bosque. Arena de playa. Una balsa de agua teñida con innecesario pero vistoso colorante azul. Barro postizo, como viruta seca. Caimanes de pega, de madera... Un decorado. Un espectáculo muy made in USA. Recorrido bonito, ancho, luminoso, artificial. Duro, no obstante, por el trazado, el calor y la humedad.
Kiplimo, que ganó en octubre el maratón de Chicago con 2:02:23, récord nacional, soportó sin desgaste ninguno la condición de máximo favorito y conquistó su tercer título consecutivo, a imitación y equiparación de John Ngugi, Paul Tergat y Kenenisa Bekele. Cuando aceleró, nadie pudo seguirlo y cruzó sonriente, casi aparentemente fresco, la meta. El etíope Berihu Aregawi, subcampeón en las dos últimas ediciones, volvió a serlo en ésta. Y otro de los kenianos, Daniel Ebenyo, ocupó la tercera plaza.
Thierry Ndikumwenayo, campeón de Europa, no se desgastó en esfuerzos estériles y peligrosos. Consciente de la superioridad de, en general, ugandeses, kenianos y etíopes, corrió dosificando las fuerzas y empleándolas para ir ganando terreno poco a poco, sin prisa y sin pausa, y terminar en octava posición, una mejor que la novena conseguida hace dos años en Budapest. Nacido en Burundi, es algo atrevido decir que fue el primer europeo. Pero, en este mundo globalizado, también y muy especialmente en el deporte, técnicamente así es y debemos constatarlo, celebrarlo y agradecerlo.
Desde el primer kilómetro
Agnes Ngetich ofreció una exhibición aún más portentosa que la de Kiplimo. Plusmarquista mundial de los 10 km en ruta, era, como el ugandés, la principal favorita, habida cuenta de que su compatriota Beatrice Chebet, la reina mundial del fondo, embarazada, no era de la partida. Desde el primer kilómetro, que resolvió en 2:55, puso las cosas en su sitio. Reventó en el acto la carrera y dejó a las demás la lucha por la plata y el bronce, las migajas del éxito. La ugandesa Joy Cheptoyek y la etíope Senayet Getachew, que también contaban en los pronósticos, las disfrutaron.
María Forero, de 22 años, campeona de Europa sub-23, estuvo notable. En su estreno en la categoría absoluta, se tomó, como Ndikumwenayo, la carrera con cautela y sabiduría. Fue a más metro a metro y terminó en la decimocuarta posición. Un puesto que no dice mucho tomado así, de modo frío. Pero significa bastante si se considera que María, onubense, fue la primera europea en medio de un mar africano. Prosigue su aprendizaje y su mejoría.
En todas las categorías, menos en el ambiguo relevo mixto, en las sub-20 masculina y femenina y, dicho está, en las sénior, en las absolutas, predominaron las camisetas de Kenia, Uganda y Etiopía. Nada nuevo bajo el sol. El de Florida y el de cualquier otro sitio.
Celia Antón fue un talento único. Celia Antón fue un portento. Celia Antón fue algo más: la perla del atletismo español, el último milagro del mediofondo. Perteneció a la generación que prometía lo imposible junto a María Vicente, Jaël Bestué o la hoy futbolista Salma Paralluelo. Hace una década, en 2015 y 2016, la Federación Española de Atletismo la consideraba la mejor corredora del país menor de 20 años. Pero ahora, a sus 28, ya está de vuelta: lleva varias temporadas lejos de la alta competición y únicamente corre por diversión.
¿Qué pasó?
La salud. Si no tienes salud, nada funciona. Empecé a sufrir lesiones musculoesqueléticas de larga duración que se repetían y se repetían. Nunca tuve la continuidad necesaria para competir en la élite. Lo luché, eh. Lo luché todo lo que pude. Hice todo lo que tenía que hacer: seguí el plan A, el plan B, el plan C y así hasta el plan Z. Pero no era para mí. El éxito no era para mí.
Antón habla con la tranquilidad de quien ya lo ha aceptado todo. No podía ser y no fue. De Aranda de Duero (Burgos), nacida en 1997, a los 10 años se sumergió en el atletismo gracias a una profesora de Educación Física y a los 15 ya era campeona de España sub-16. Ahí llegó el esplendor: hasta los 19 ganaba todo lo que corría y Adidas le firmó un contrato plurianual. Fue la época de los halagos, las expectativas y los premios. Pero también entonces empezaron los dolores. Si no era el talón, era la rodilla y, si no, otra cosa. La exigencia de la competición la lastimaba y no daba con la fórmula. Por entonces vivía en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid y llegó incluso a pedir un cambio de habitación para ver si alejaba el mal fario o, como mínimo, los malos recuerdos. Y, de alguna manera, lo hizo.
"La élite no es sana"
Con 22 años se asomó de nuevo entre las mejores del mundo: fue finalista en los 3.000 metros del Europeo indoor de Glasgow 2019, por detrás de atletas como la británica Laura Muir o la alemana Konstanze Klosterhalfen. Sin duda, era un regreso. En las entrevistas le preguntaban por los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y ella prometía intentarlo: la clasificación no era imposible. Pero ya entonces volvían a incordiarle los problemas físicos. Uno, otro y otro más, hasta que finalmente se apartó de las pistas.
Fue una retirada temprana.
La palabra retirada todavía no ha salido de mi boca. El atletismo me encanta, me apasiona, y no quiero decir que me he retirado. No estoy en la alta competición, dejé esa vida, pero sigue siendo mi hobby. A veces no puedo entrenar y hago bici, yoga o voy al gimnasio, pero adoro correr cuando puedo
Ahora Antón disfruta de las carreras populares e incluso vuelve a tener club. Con la ayuda de su paisano Juan Carlos Higuero ha entrado en el Vicky Foods Athletics, patrocinado por Oysho, y ejerce como embajadora en pruebas y social runs. Sin buscarlo, de hecho, ganó la Milla Urbana de Burgos del pasado año o subió al podio en la Carrera de la Mujer de Barcelona. "Cuando me pongo un dorsal, lo hago lo mejor posible. Si en el futuro tiene que venir algo, que venga. Pero ahora mi mentalidad es otra. No tengo ambiciones: solo quiero pasarlo bien. El deporte de élite no es sano y prefiero centrarme en hacer deporte por salud", comenta Antón, que por suerte siempre supo que algo podía fallar.
Su trabajo como maestra
Mientras peleaba por ser atleta, estudió Bioquímica y un máster en Formación del Profesorado y ahora trabaja como maestra en el Colegio San Gabriel de Aranda. De juguete roto no tiene nada. "Creo que siempre fui consciente de lo que podía pasar; mantuve los pies en el suelo. Me decían que podía batir récords o ganar medallas, pero yo sabía que no solo dependía de mí. Para que un deportista llegue a ser campeón olímpico deben darse una enorme cantidad de factores a su favor", asume la exatleta profesional, ahora atleta amateur, atleta por placer, atleta disfrutona.
¿Fue injusto?
El atletismo me dio mucho y me quitó mucho. Me puedo centrar en una cosa o en la otra. Es mi elección y yo elijo quedarme con lo que me dio. Para mí el atletismo fue un aprendizaje. Viví mucho, viajé, conocí a mucha gente y me quedo con eso. Hay que saber gestionarlo y no siempre es fácil, pero me quedo con todo lo bueno.
"Me da vergüenza hablar de mi tesis a la gente", cuenta Lidia Sánchez-Puebla (Getafe, 1997), acostumbrada a podios y medallas, a los focos del deporte profesional, pero no tanto a los méritos y los elogios que tienen que ver con su otra vida, esa "dualidad" de la que sólo presume en bajito. Porque mientras batallaba con lesiones y sinsabores, con la cruel persecución de su sueño olímpico de marchadora, la madrileña desarrolló una brillantísima labor académica. Una novedosa investigación en la retina de los ratones para la detección precoz del alzhéimer por la que recibió el premio a la Mejor Investigadora Joven en el 28º Congreso Europeo de Retina y Visión. Además, en su tesis doctoral, defendida hace unos días, obtuvo una calificación de Sobresaliente Cum Laude.
A Lidia no le cuesta reconocer que pensó en más de una ocasión en tirar la toalla. Tanto en lo deportivo como en lo académico. Que avanzó muchas veces sin saber muy bien por qué, apoyada en sus espartanas rutinas, en "entrenar, estudiar y entrenar". Sin fines de semana. Tantos veranos sin vacaciones: "Aprovechaba para hacer las prácticas del hospital". Sacándose la carrera de Medicina a curso por año. Y cuando renunció al MIR porque "el atletismo siempre tuvo prioridad", rozando su clasificación para los Juegos de Tokio, llegó el covid y, a continuación, le azotaron duramente las lesiones. "Si tuviera que definir mi carrera deportiva de alguna forma, sería de mala suerte. Desde 2020 que me operaron del pie, he ido acumulando problemas. Otra operación, fracturas, tornillos en un dedo... Siempre me ha costado tener continuidad", desgrana el calvario que se alargó hasta los de París, en los que también se quedó a las puertas.
A sus 29 años, los mismos que María Pérez -"de niñas la ganaba. Y ahora ella es campeona del mundo y olímpica..."-, es como si a Sánchez-Puebla, que no empezó con la marcha hasta los 13, cuando ya tenía alguna medalla en cross a nivel nacional, todo le empezara, al fin, a sonreír. "Venía de un 2024 en el que había apostado todo por ir a París y decidí no ver nada de esos Juegos. Me fui a Italia a trabajar tres meses a un hospital. Y a hacer un reset. Estaba agotada mentalmente. Y luego me lesioné con dos fracturas por estrés, desde octubre hasta febrero, muchos meses complicados. El atletismo era mi vida, pero me estaba costando la salud. Decidí tomármelo con tranquilidad", repasa.
Lidia, con su premio a Mejor Investigadora Joven en Estudio de Retina en el 28º Congreso Europeo de Retina y Visión.ÁNGEL NAVARRETE
Precisamente en la primera concentración invernal en Sierra Nevada, en febrero, conoció a Juanpe López, el ciclista recién fichado por el Movistar, "el chico andaluz que habla con todo el mundo", su pareja desde entonces, con el que compartió, por ejemplo, la reciente San Silvestre vallecana. "Me ha dado mucha estabilidad", desvela. Una calma que, curiosamente, se traduce en los mejores tiempos de toda su carrera. "Con esta nueva filosofía, sin quizá entrenamientos espectaculares, llegué a hacer marca personal en 20 kilómetros. A quedar séptima en el Campeonato de Europa por equipos en mayo. A nada de la mínima RFEA para el Mundial. Y pude rematar con un bronce en el Campeonato de España"...
Ahora Lidia avanza, deportivamente, paso a paso. No mira tanto a Los Ángeles, quizá su última oportunidad, como al próximo campeonato de España, en marzo. "No hago marcha porque sea un deporte en el que gane dinero. Pero siempre he tenido un sueño, ser olímpica. Me queda esa espinita y no sé si lo voy a conseguir. He vivido dos ciclos, he tenido el caramelo en la boca... He tenido tantas lesiones que te planteas: '¿Hasta cuándo?'. Aunque ahora estoy con ilusión. Creo que todavía tengo que explotar en el deporte. Sólo espero un poquito de suerte, poder entrenar a gusto y tranquila, que las ganas ya las pongo yo", asegura.
Mientras todo eso ocurría, había otra Lidia, con bata, también con empeño, compaginando una carrera como la de Medicina con sus entrenamientos en el Centro de Alto Rendimiento, al que al principio, antes de que obtuviera una plaza para vivir en la Residencia Blume, acudía desde Getafe, más de tres horas al día en transporte público. "Se me hacía muy cuesta arriba. Pensé incluso en dejar la carrera. Desde primero tuve que aprender a marchas forzadas que tenía que organizarme muy bien", recuerda.
Lidia Sánchez-Puebla posa para EL MUNDO.ÁNGEL NAVARRETE
Cuando terminó la carrera, su mentor, José Manuel Ramírez (profesor de oftalmología en la Universidad Complutense), la convenció para que no se desvinculara de la Medicina. Lidia completó un master en ciencias de la visión y después consiguió un contrato predoctoral con la Universidad. "Me he dedicado a investigar la retina en un modelo de ratón con alzhéimer. La retina comparte muchas similitudes con el sistema nervioso central. El objetivo principal era ver si los cambios que vemos a través del ojo se reflejarían en el cerebro y cómo a través de ello, en un futuro, podría haber biomarcadores para la detección precoz del alzhéimer", relata con orgullo el proyecto recién culminado con el premio y el Cum Laude.
Además, uno de esos trabajos para la tesis tuvo un protagonista inesperado. "Mi padre es físico, profesor de la Universidad Carlos III. En una de las partes yo debía contar unas células del ojo del ratón. Tenía tantas imágenes... Y tenía que medirlas manualmente, diferentes parámetros. Un día, él, viéndome en casa, me vio muy estresada 'pintando celulitas'. Y creó un programa, basado en la Inteligencia Artificial, que me ha salvado la vida. Lo que hubiese tardado un año y medio en hacer, en cuestión de horas está resuelto. Eso es lo que defendí en el Congreso y por lo que gané el premio a Mejor Investigadora Joven", explica Lidia, que defiende el empeño de los atletas y también de los jóvenes. "Siempre se dice que somos cada vez más vagos. Pero creo que estamos cada vez más formados y podemos aportar bastante a la sociedad. En mi caso, el entorno que tengo, la verdad es que es súper trabajador. Todos tenemos ambición, aspiraciones. En el atletismo es un poco así ahora. La gente estudia para tener un respaldo por si los resultados no acompañan".
Entre la investigación y la marcha. Entre el atletismo y los estudios. Entre los ratones y las zapatillas. "Siempre digo que mi vida es como una bici con dos ruedas. Una es el deporte, la otra es mi trabajo. Cuando ha habido épocas de mi vida que he pinchado la rueda del deporte, porque he estado lesionada o porque ha habido menos motivación, he tirado con la otra. Y al revés. Cuando con la tesis he estado muy agobiada, de hasta pensar en dejarlo, he tirado del deporte". Lidia, un ejemplo.
La palentina Marta García inicia 2026 convertida en una de las grandes estrellas del atletismo español actual. Su sobresaliente último año lo coronó con una victoria de prestigio, la segunda consecutiva, en la San Silvestre Vallecana, y además con la mejor marca nacional de 10km (31:11) en la historia de una carrera que cumplía 61 ediciones.
Marta García cumple este 1 de enero 28 años. Lo hace en su mejor momento deportivo como una atleta respetada, cada vez más temida por las rivales y siendo uno de los grandes nombres del atletismo español en cada competición a la que acude.
Su paso adelante lo ha dado desde que forma parte del club OAC, financiado por Olivier Bernhard, el fundador y mecenas de la compañía de zapatillas ON, cuya sede está en Zurich (Suiza). Comparte equipo con otro atleta español que está derribando barreras, Moha Attaoui, y ambos están a las órdenes del alemán Thomas Dreissigacker, formado en la escuela de la Universidad de Leipzig, famosa por su pasado deportivo durante la división de las Alemanias como parte del este.
2024 fue un año bueno para Marta García, que consiguió la medalla de bronce en los 5.000 metros de los Europeos de Roma y, aunque no pudo meterse en la final de los Juegos Olímpicos, su rendimiento fue destacado en diferentes distancias y acabó ganando la San Silvestre Vallecana, un hito que la sirvió para que más gente se fijase en ella debido al escaparate que supone en el ámbito popular este carrera.
Marta García, en el podio con Diana van Es y Carla Gallardo.Kiko HuescaEFE
El año de su consagración definitiva ha sido 2025. Quedó séptima en los 5.000 metros de los Mundiales de Tokio, batió de nuevo el récord de España de la distancia (14:33.50) en Bruselas, bajó de cuatro minutos en los 1.500 y en solo cuatro días ganó dos San Silvestres, la de León y la Vallecana.
El camino hasta estos éxitos no ha sido fácil. En 2022, cuando estaba acabando medicina, la palentina -aunque nacida en León- aceptó la oferta de ON para profesionalizarse con el coste que supone estar fuera de casa mucho tiempo, con concentraciones largas en Saint Moritz, a 1.800 metros de altitud, en Dullstroom (Sudáfrica) o Castellón, lejos de la pareja y de la familia. La apuesta ha salido bien y el trabajo, con una disciplina espartana impulsada por una buena cantidad de recursos, la han hecho despegar a la máxima élite.
Entre medias también se está formando en medicina deportiva para ayudar, en un futuro, a mejorar el nivel de la fisiología en España, aunque por el momento la prioridad es brillar en el atletismo. Es un diamante en bruto y eso lo sabe bien su representante, Miguel Ángel Mostaza, ilustre manager de las grandes estrellas del atletismo español de los últimos cuarenta años.
El próximo objetivo de Marta García llegará en pocos días, el próximo 11 de enero, fecha en la que correrá los 10k de Valencia con un objetivo claro, rebajar los 31:11 del récord de España de la distancia que actualmente posee Carla Gallardo.
Tras Valencia empezará con la pista cubierta con la intención de acudir a los Mundiales de Torun (Polonia) a mediados de marzo aunque la poca preparación específica podría jugar en su contra. El verdadero objetivo es al aire libre, en agosto, con los Europeos de Birmingham, a los que acudirá con la firme intención de subir al podio.
Pasta con tomate y ensalada lleva Andrea Fuentes en la bandeja y come a toda prisa; se va también volando, siempre a la carrera, la seleccionadora de sincronizada. Las nadadoras de su equipo, en cambio, se esparcen en su conversación en una de las mesas que dan a la ventana y son las más ruidosas hasta que aparece el grupo de halterófilos, que repite de carne, y de pescado, y de todo aquello que rebose proteína.
Al mediodía, el comedor del Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Sant Cugat es un muestrario del deporte español. Se puede hacer un juego divertido: mirar quién entra y descifrar su disciplina.
«Cuando llegué, la gente me preguntaba: '¿Trial? ¿Eso qué es?' Pero yo les decía: "¿Gimnasia de trampolín? ¿Eso qué es?" En realidad, eso es lo más chulo. Normalmente los equipos van juntos y los que venimos de deportes individuales, minoritarios, hacemos piña. El tiro, la escalada, la esgrima...», cuenta Berta Abellán, vigente campeona del mundo de trial, que lleva aquí 10 años como externa.
GORKA LOINAZ
En España hay cuatro Centros de Alto Rendimiento y nueve Centros de Especialización de Tecnificación Deportiva, pero solo en dos se puede vivir y estudiar: Madrid y Sant Cugat.
Ambos se crearon al calor de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, ambos tienen más o menos las mismas plazas -algo menos de 300-, en ambos se cursa ESO, Bachillerato y algunos grados medios y superiores, y ambos ofrecen servicios parecidos: preparación física, medicina, fisioterapia, nutrición, fisiología, psicología, biomecánica...
Conseguir una beca interna, con cama en habitación doble y comida, es un sueño para cualquier deportista de entre 16 y 20 años, por las instalaciones, la ayuda de profesionales y la facilidad para compaginar estudios y entrenamientos.
"Sólo veo dos cosas malas"
«Lo tienes todo a mano y el instituto del CAR tiene una dinámica diferente. En mi escuela pensaban que me inventaba competiciones para no ir a clase. Aquí los profesores te apoyan», explica Abellán, que añade: «Solo veo dos cosas malas: la presión por renovar la beca y el peligro de que te satures. Viviendo aquí puedes cansarte de tanto deporte, no airear la cabeza».
Esa explicación descifra por qué han cambiado los dos grandes CAR de España desde su creación. En sus inicios solían acoger deportistas ya formados que, en sus lugares de nacimiento, no tenían medios para entrenar: era normal ver a residentes que superasen los 25 años. Ahora, en cambio, los menores de edad son mayoría; el CAR es un lugar de paso y, en cuanto maduran, se van a vivir fuera.
De hecho, solo media docena de residentes en Sant Cugat -varias nadadoras de sincronizada y el atleta Josué Canales-, estuvieron en los Juegos Olímpicos de París 2024, aunque en el lugar se prepararon los conjuntos de waterpolo, rítmica o hockey hierba, además de escaladores, atletas, taekwondistas, gimnastas...
La supervisión de profesionales
«El CAR es cada vez más para etapas formativas. Fuera de aquí hay mejores instalaciones que antes, es más fácil el acceso a los profesionales... Pero esto sigue siendo un privilegio», proclama Susana Regüela, jefa de la Unidad de acompañamiento a los deportistas, que fue residente en el CAR como lanzadora en los años 90.
Regüela asume la presión que puede generar el lugar: «En el departamento de psicología hay varios temas recurrentes: está el peso que genera ser becado en el CAR, la presión por no perder la beca y está la soledad. Hay mucho jaleo, pero también ausencia». «Recuerdo una deportista canaria que me decía: 'Llevo tres meses aquí y nadie me ha abrazado'».
«Cada vez tenemos una mirada más holística sobre el deportista; antes todo era entrenar. Todo ha cambiado. Los jóvenes ahora necesitan cosas como Wi-Fi o aire acondicionado. Nosotros traíamos ventiladores de casa y hacíamos inventos con hielo», recuerda Regüela y comenta: «Además, las familias quieren estar presentes, ser parte del CAR. Yo pasé aquí una década y mis padres solo vinieron una vez, para traerme».
Regüela, en el CARGORKA LOINAZ
La ex atleta forma parte del equipo que supervisa la residencia y sus habitaciones separadas por plantas: hay una para las chicas menores, una para los chicos mayores y una última mixta para los mayores de edad.
El centro tiene protocolo contra el bullying o el acoso sexual y un reglamento de convivencia, con sus faltas leves, graves y muy graves, que pueden llevar a la expulsión. «No hay muchos casos muy graves, dos o tres al año como mucho», señala Regüela, que rehúsa dar ejemplos. El personal del centro está formado para identificar situaciones problemáticas, como el deportista que siempre come solo, o aquel que deja mucha comida en el plato, aunque siempre «con discreción».
El uso del móvil es libre -«no sirve restringir, solo educar sobre su uso»- y hay máquinas de preservativos en los lavabos. «Hay relaciones, claro, a diario; sería ingenuo pensar lo contrario. De aquí han salido matrimonios, recuerdo una boda de dos deportistas de tenis de mesa», reconoce la ex atleta.
La historia de la 313
Un residente, el atleta Josué Canales, le secunda: «Siempre hay salseo. Mucha gente joven, atractiva... siempre pasa algo. Pero se descansa bien. Yo estoy en la planta de mayores y somos serios. Los más jóvenes tienen más jaleo». Hace unos meses, Netflix estrenó una serie, Olympo, ambientada en un ficticio CAR Pirineos, donde todo eran amoríos, envidias y calenturas. La realidad no es para tanto. «Tampoco hay grandes movidas como en la serie», rectifica Canales, que tiene una prebenda en el CAR.
Aunque las habitaciones rotan cada año, la suya era la 313; es la 313 y será la 313 hasta que se vaya. Es lo que tiene batir el récord de España indoor de los 800 metros y celebrarlo haciendo un 313 con los dedos.
Venía de un entorno complicado en Girona y aquí se encontró «un cambio brutal». «Para mí fue un sueño. Cuando llegué pensé: 'Ahora ya no tengo excusas, me toca luchar'».
A sus 24 años, Canales sigue la estrategia de todos los veteranos: ahorrar y estudiar a distancia y prepararse para salir del Centro de Alto Rendimiento con todo preparado. «Es lo que hacemos todos», admite justo al salir de la pista de atletismo.
De camino a la residencia se encuentra con la pared de escalada de velocidad, última incorporación al centro junto al segundo gimnasio. Mientras se prepara la renovación del gimnasio principal, una mole de 400 metros cuadrados, se ha creado un box de crossfit con lo último de lo último.
De dónde sale el dinero
«Intentamos tenerlo todo actualizado, aunque evidentemente es un centro público y todo tiene sus tiempos», acepta Natalia Rovira, preparadora física del CAR y ex gimnasta.
El CAR de Sant Cugat cuenta este año con siete millones procedentes de la Generalitat, tres millones y medio del Consejo Superior de Deportes y otros tres de la facturación propia obtenida de alquilar las instalaciones a otros organismos. El CAR de Madrid, en cambio, vive principalmente del CSD, del que recibe casi 10 millones.
Rovira, en el CAR.GORKA LOINAZ
«En un CAR no tienes que preocuparte de nada, puedes centrarte en lanzar tu carrera deportiva. La sociedad y el deporte evolucionan, pero esto sigue siendo un lujo», finaliza Rovira.
Ya es tarde y el comedor del CAR se llena de nuevo. Andrea Fuentes sigue a la carrera, los halterófilos continúan repitiendo proteína y Josué Canales entrena de nuevo.. Afuera, en Girona o en Canarias o en cualquier pueblo de España, hay cientos de adolescentes soñando con llegar aquí. Dentro, entre el salseo y la presión por renovar la beca, los que ya lo lograron saben que esto es un privilegio. Un privilegio agotador, pero privilegio al fin.
Entre los grandes nombres del deporte español en 2025 (Carlos Alcaraz, Marc Márquez, Lamine Yamal, Aitana Bonmatí, Iris Tió, Álex Palou, Albert Torres, Ilia Topuria...) se han incrustado tres mujeres. Tres Marías. Tres nombres sencillos, familiares, de toda la vida, aceptados incluso con naturalidad por los no creyentes. Nada que ver con los crecientes de Noah, Gael, Mía, Alba, Alma, Luna, Ámbar y demás actuales lirismos espiritualistas en el Registro Civil. Otra moda.
La primera María es María Pérez. Doble oro en marcha en el Mundial de Tokio, después del mismo doblete en el de Budapest2023. Nimbada, además, en los Juegos de París por un oro por equipos y una plata individual. Por añadidura, campeona europea en Berlín2018. Elegida por World Athletics la mejor atleta de 2025 en pruebas fuera del estadio. Un máximo reconocimiento oficial. A los 29 años se halla en la cumbre de su carrera y en la ruta olímpica de Los Angeles' 2028.
Las otras dos Marías son más jóvenes y, aunque en absoluto anónimas, menos conocidas: María Forero y María Daza. La primera, campeona de Europa sub-23 de 5.000 metros y de campo a través, es una atleta de enorme proyección en una disciplina, las carreras de fondo, de dominio africano. Un territorio en el que sólo se inmiscuye hoy Nadia Battocletti. Obtuvo ambos títulos continentales con la absoluta superioridad de los elegidos. Todavía con 22 años (cumple 23 en marzo) debutará en la categoría absoluta en el Mundial de Cross que se celebrará el 6 de enero en Tallahassee, la capital de Florida.
María Daza tiene 18 años. Doble oro y doble plata en los Europeos júnior, finalista en los 200 libre en el Europeo absoluto en piscina corta, nadó hace unos días los 100 en 52.17. Récord de España, por descontado. Pero, sobre todo, récord de Europa júnior. Un salto cualitativo. Las tres Marías han formado este año una trinidad nominal de estrellas consagradas o en ciernes.
"Habemus" nueva ministra de Deportes. Bueno, de Educación, Formación Profesional y... Deportes. El Deporte siempre es el tercer o cuarto apellido del Ministerio en cuestión. Al Deporte lo ponen donde caiga, como un elemento residual, para hacer bulto, en el Ministerio de turno. Cabría perfectamente, sin que extrañara su ubicación, en el de Industria, Turismo y... Deportes. En el de Juventud, Infancia y... Deportes. En el de Transición Ecológica, Reto Demográfico y... Deportes. En el de Ciencia, Innovación, Universidades y... Deporte.
Ocupe quien ocupe la Moncloa, el Deporte nunca ha tenido rango ministerial diferenciado. Tampoco, arrinconado, ocupa lugar en el debate político ni en los programas de los partidos. Unos y otros depositan la acción gubernamental en manos del Consejo Superior, un organismo sobreentendido que no cambia de nombre ni de sede. Pero hace tiempo que la importancia del Deporte en España requiere un nombre propio, no un apellido sin mayorazgo.
La anterior ministra del ramo, Pilar Alegría, ha dejado el cargo para perderla en Aragón en febrero. La actual tiene un apellido algo chusco, Tolón, como un tañido de campana o de cencerro. Pero un nombre bonito: Milagros. No se los pedimos. Ya los hacen a diario nuestros deportistas.
Ya nadie se acuerda, pero la revolución empezó con un ridículo. Hace una década, Eliud Kipchoge, el mejor maratoniano de la historia, ganó en Boston después de correr media carrera con las plantillas de sus Nike por fuera. Avanzaba y las plantillas se escurrían de sus zapatillas por los talones. Una chapuza.
Desde ese día cambió de modelo. Ese día cambió la historia.
En 2017 Kipchoge estrenó las Nike Vaporfly, las primeras zapatillas mágicas, las primeras con placa de fibra de carbono, y todo se precipitó. El propio Kipchoge batió dos veces el récord del mundo de maratón, todas las marcas presentaron modelos parecidos, cambiaron de arriba abajo la lista de los mejores tiempos de la historia, un portento llamado Kelvin Kiptum se quedó a 35 segundos de romper la barrera de las dos horas y...
Y ya está.
Hasta ahora cada temporada aplaudió nuevas plusmarcas, nuevos asombros, nuevas gestas; este 2025 no. El año atlético ha finalizado sin grandes registros. ¿Se ha acabado el efecto de las zapatillas mágicas?
Parón a varios niveles
En categoría masculina, este curso solo se han registrado cuatro de los 30 mejores tiempos de la historia de maratón y en categoría femenina, seis de los mejores 30. Nadie ha bajado de las dos horas y dos minutos y no ha aparecido ningún joven capaz de heredar el trono del recientemente retirado Kipchoge. Ni tan siquiera Sebastian Sawe, vencedor de Londres y Berlín.
«Se ha parado el crecimiento exponencial que generaron las Vaporfly y es lógico. Ya llevamos casi 10 años con zapatillas con carbono, ya hay marcas realmente exigentes, ya no es tan fácil que haya diferencia», analiza Ignacio Barranco, maratoniano y redactor de la revista 'Corredor'.
Kai ForsterlingEFE
«Es algo que se ve a varios niveles. En el maratón de Valencia, por ejemplo, hubo un boom de corredores por debajo de dos horas y 30 minutos que ya se ha estancado», añade Barranco, que en cambio señala la aparición de Sawe como relevante para el futuro, así como el cambio al maratón del ugandés Jacob Kiplimo.
«No hay nadie que esté cerca de las dos horas como estuvo Kiptum, pero es que lo suyo... Yo no sé si volveremos a ver un prodigio así», apunta con otros motivos para la detención del progreso en maratón.
La trágica muerte a principios de 2024 del plusmarquista mundial impidió descubrir de lo que era realmente capaz. Además, en Kenia ha habido cambios.
Poco antes de la revolución de las zapatillas mágicas, la Federación Internacional de Atletismo escogió a un nuevo presidente, Sebastian Coe, y este tomó una decisión trascendental. Cuando llegó al cargo, decidió que el trabajo de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) no era suficiente en países concretos, como Kenia, y que había que recolectar sus propias muestras, utilizar sus propios laboratorios y contar con sus propios inspectores para luchar contra los tramposos.
Y funcionó. En el país africano cada año hay más sanciones, es decir, cada vez el deporte es más limpio y eso también puede haber frenado los récords. ¿Qué pasará en el futuro?
O un héroe o un invento
Para que vuelva la incertidumbre, aquella que hacía que el público se agarrara a la silla cada vez que se corría un maratón, aquella que acercaba a la humanidad a la barrera de las dos horas, se necesitan dos cosas: un nuevo héroe y una innovación. Ambas cosas parecen lejanas.
De momento nadie apunta a ser el nuevo Kiptum y las marcas de zapatillas están ahora rentabilizando todo lo invertido en I+D hace 10 años.
«Tienen que sacar nuevos modelos cada año y es difícil que todo sea muy innovador. Además ahora el reglamento ya está limitado. Últimamente lo que más se ha hecho es jugar con la posición de las placas de fibra de carbono, pero eso no parece que suponga mucho cambio en los tiempos», observa Barranco, que es optimista sobre el año que viene.
«Veremos a alguien por debajo de los 2:02, seguro», comenta. Y sobre lo que vendrá a largo plazo, añade: «Con las zapatillas mágicas sí ha quedado claro que ya no se necesita mucha experiencia para dominar el maratón. Vendrá un atleta fresco, incluso con cierta inconsciencia, y lo reventará».
Las zapatillas mágicas ya son simplemente zapatillas y a ver de dónde sale la magia.
A modo de festival, una lluvia de medallas, ocho, completó para España un histórico Campeonato de Europa de Campo a Través, coronado por el título absoluto de Thierry Ndikumwenayo. Individualmente, redondearon los podios el oro de María Forero, un proyecto creciente de gran estrella, en la categoría Sub-23 y la plata de Óscar Gaitán en la Sub-20.
El oro sénior por equipos, la plata Sub-20 femenina y los bronces Sub-20 masculino y Sub-23 masculino y femenino hablaron también de la potencia colectiva de la expedición española al Algarve portugués, a la localidad costera de Lagoa, en la frontera con Huelva, en un circuito, un parque urbano, sin barro, pero duro por las cuestas, los badenes y el trayecto, excesivamente sinuoso. Enrevesado. Mareante. Seis medallas, constituían hasta el presente nuestro récord continental en el viejo y querido cross country. En esta edición, solamente el relevo mixto y la categoría absoluta femenina regresan de vacío a casa.
Precedida por el triunfo de la intratable italiana Nadia Battocletti, la estrella europea del fondo mundial, en esa prueba cumbre femenina, la carrera masculina fue desde casi los primeros compases, un diálogo mudo, aunque jadeante, entre Jimmy Gressier, defensor del título y campeón mundial de 10.000 metros este verano en Tokio, y Ndikumwenayo. El francés tiró durante todo el tiempo, arriba y abajo, apretando en las bajadas, forzando en las subidas, tratando en vano de descolgar al español. De vez en cuando le echaba un vistazo de reojo. No obtenía ningún dato de Thierry, indescifrable en el gesto e inescrutable tras sus gafas oscuras.
Ndikumwenayo le tomó la delantera en los últimos compases de la carrera. Era su momento, hijo de su estrategia. En su postrer y agónico esfuerzo, Gressier tropezó, se desequilibró, probablemente de puro agotamiento, y Ndikumwenayo cruzó la meta en triunfador indubitable. Abdessamad Oukhelfen (sexto), Abdón de las Heras (noveno) e Ilias Filfa (duodécimo) contribuyeron al éxito colectivo. Dani Arce y Said Mechaal, debutante en las alturas, hermano menor de Adel, tampoco desentonaron.
En los Campeonatos de Europa y el Cross estamos en nuestro elemento en un ámbito geográfico y, digamos, orográfico a nuestra medida. Estas ocho medallas elevan a 96 el total conseguido en las ya 31 ediciones de la competición. Solamente en 1999, en Velenje, se quedó España en blanco.