«Tengo muy poca confianza en el revés». «Es muy difícil confiar cuando no tengo feeling con la bola ahora». «Es complicado insistir cuando tengo cero feeling». Quedan en Carlos Alcaraz heridas de aquella fea derrota en el Masters 1000 de Miami. Qué cruel es el tenis: incluso el número uno del mundo, el reciente campeón del Open de Australia, un virtuoso como pocos en la historia, puede perder su autoestima por culpa de un mal día. Este jueves Alcaraz venció al argentino Tomás Etcheverry por 6-1, 4-6 y 6-3 en octavos de final del Masters 1000 de Montecarlo, pero para hacerlo tuvo que pasar de las dos horas de juego y superar un bloqueo mental.
En el segundo set acumuló un par de errores con su revés y le abordaron todos los pensamientos negativos del mundo. En comunicación con su entrenador, Samuel López, sus palabras recordaban a su desespero reciente en la gira estadounidense: «No puedo», «No me sale»… El técnico insistía en darle ánimos, pero no había manera. Desconectado de su revés, Alcaraz se invertía una y otra vez para golpear de derecha y así se sucedían los fallos y los puntos perdidos. Llegó a estar dos breaks abajo, intentó remontar, no lo logró y de ahí tuvo que salir.
Pese a un primer set electrizante, pese a la extraordinaria velocidad de su drive, pese a su toque en la red, pese a su superioridad, el español se descubrió nuevamente en el barro. Para su fortuna, esta vez supo escapar. En el tercer set despejó las ideas para volver a dominar a Etcheverry desde el fondo de la pista e incluso se soltó con algún winner de revés. Para los próximos días, quizá quedará el recuerdo del atasco, pero también su capacidad para liberarse y vencer.
VALERY HACHEAFP
Aprender de ello es esencial. Este mismo viernes, en cuartos de final, Alcaraz deberá enfrentarse al kazajo Aleksandr Búblik, un rival incómodo por su imprevisibilidad, y si vence, el fin de semana, sin descanso, se encontrará con adversarios de mejor ranking. En el horizonte, como siempre, una posible final el domingo ante Jannik Sinner, que también venció en tres sets -por 6-1, 6-7(4) y 6-3- en su caso a Tomás Machác, pero antes toca rehacer el amor propio.
«Cuando recibí el golpe, no me enteré. De repente, me encontré en el suelo y, al levantarme, me di cuenta que tenía la cara dormida, una sensación muy rara. Pero realmente no sentía un dolor extremo. Pensaba que no era grave, ni tan siquiera me mareé, salí por mi propio pie. Estaba en shock. Cuando llegué al hospital de la Vall d'Hebrón ya me vino».
El pasado 26 de enero, Eric Vargas jugaba un partido más, uno como otro cualquiera. Capitán del Voltregà de la OK Liga, la primera división española de hockey patines, se enfrentaba al Igualada y todo iba sobre ruedas, con 0-2 a su favor en el marcador, cuando le sobrevino la mala suerte. A falta de 6:57 minutos para el descanso, un rival, Guillem Llorens, de 19 años, le pegó una tarascada a la bola con tanta fuerza y tan poco control que acabó en la cara de Vargas. En todo el pómulo derecho. ¡Pam! El impacto silenció al público del pabellón de Les Comes en Igualada, pero la rápida reacción del afectado, que se marchó por su propio pie, tranquilizó a los presentes. No sabían que lo peor estaba por llegar.
«Se me puso la cara lila, toda hinchada y hubo que esperar a que bajara para la operación. Fue desagradable. El golpe fue tan fuerte que me desenganchó la mandíbula de los pómulos y me arrancó la nariz de cuajo. Estuve cuatro horas y media en el quirófano y me tuvieron que poner cinco placas para arreglarlo todo. Ahora tengo los pómulos y la nariz fijadas por debajo por placas. Por suerte me abrieron por debajo del labio y no me han quedado cicatrices. Si no te lo cuento, no sabes lo que me ha pasado», recuerda Vargas, que también tiene algún diente roto, pero reconoce que «es lo de menos».
"Ya he comenzado a masticar un poco"
Desde el bolazo no ha vuelto a comer sólido y ha tardado en recuperar el habla. Pese a todo se reconoce «afortunado» porque un poco más arriba, cerca de la zona cerebral, las consecuencias podían haber sido fatales. «Para lo que fue, mi recuperación ha sido rápida. De hecho ya he comenzado a masticar un poco e incluso a hacer un poco de deporte, por supuesto sin impacto», asegura satisfecho.
¿Ha hablado con el jugador que chutó ese bolazo?
Sí, sí, me pidió disculpas y yo las acepto, por supuesto. Hay jóvenes que chutan muy fuerte sin saber muy bien hacia dónde. Él sólo la enganchó mal y yo me puse en medio de manera instintiva. Si no llego a estar yo, esa bola sale del pabellón.
A sus 34 años, Vargas meditaba dejar el hockey patines al acabar esta temporada, pero después de lo ocurrido esperará. Quiere retirarse sobre la pista y además el Voltregà, su equipo desde los siete años, anda en apuros. El equipo, que llegó a ganar tres Copas de Europa en 1966, 1975 y 1976, está tonteando con el descenso y no quiere dejarlo en ese mal momento. Aunque necesite una máscara para jugar, volverá a hacerlo en unas semanas, cuando ya se haya recuperado plenamente. Eso sí, de ponerse el casco y la visera, ni hablar.
Como ya pasó hace cinco años con otro bolazo en la cara, en aquella ocasión a Roger Bars, jugador precisamente del Igualada, el debate sobre el uso del casco volvió en las últimas semanas al hockey patines, sin una conclusión clara. La bola pesa 155 gramos y puede alcanzar velocidades de hasta 110 km/h: el riesgo es evidente. En categorías de formación es obligatorio un casco integral, con visera de protección, pero los adultos todavía juegan sin protecciones.
"No creo que un casco hubiera aguantado"
«El problema es que no hay material específico del que te puedas fiar. Por ejemplo, los porteros juegan con casco, pero no hay ninguno homologado y a veces tienen que usar precinto para que no se abra. Hay cascos con viseras de los que utilizan los niños que se rompen por el medio. En un chute como el que recibí, no creo que que un casco hubiera aguantado», supone Vargas con un importante apoyo fuera de las pistas.
Asesor financiero en el Banco Mediolanum de Vic, su jefe es un compañero en el Voltregà, Jordi Burgaya, y estos días le ha echado una mano con el trabajo. «Tampoco quiero que ahora parezca que el hockey patines es un deporte peligroso. Yo llevaba jugando desde los siete años y hasta ahora nunca me había pasado nada. Estaba a punto de retirarme sin un rasguño», finaliza ya en plena rehabilitación para volver a coger el stick, olvidar lo sufrido y poner un buen cierre a su carrera.
La experiencia estaba siendo positiva. Rafa Guijosa, ex del Barça del Dream Team, mejor jugador del mundo en 1999, mostraba en sus redes sociales cómo disfrutaba del turismo en Irán, el país que el pasado septiembre le contrató como seleccionador. Visitaba Persépolis, por ejemplo, la que fuera capital del imperio Persa. Pero hace unos días todo se torció.
La escalada bélica entre Irán e Israel obligó a cientos de miles de habitantes de Teherán a huir de la ciudad y Guijosa se descubrió encallado en su residencia, detrás los monumentales atascos formados. Este martes lanzó un mensaje de socorro. A través del correo electrónico escribió a sus amigos en busca de ayuda.
"Estoy en una situación muy complicada. No tengo buena comunicación, ni Whatsapp ni redes sociales y la desinformación es total. Nadie sabe qué va a pasar. La única forma de salir es por carretera vía Turquía (1.300 km) pero me dicen que ahora es muy peligroso. Ir a Dubai o Qatar por barco es un suicidio... Necesito que se sepa de mi situación, simplemente que me ayudes comentando a todo el que puedas mi situación, a ver si en cuanto se pueda me sacan de aquí a través de la embajada, la Federación de Irán, Turquía, Española, IHF, Barca... lo que sea", escribió Guijosa desde un punto inconcreto del país asiático. La Embajada de España en Teherán ha contactado con él y también la Agencia EFE.
"Estoy en contacto con la Embajada a diario y también con la Federación Iraní, la Española y la Internacional (IHF). Están en contacto todos conmigo, pero en estos momentos hay que estar tranquilos", comentó por correo electrónico a la agencia y añadió que en Teherán "la gente sale a la loco, es un caos" por lo que prefiere "la prudencia y estar tranquilo en un sitio seguro, ya se calmará todo".
Guijosa ya fue seleccionador de Irán entre 2012 y 2014 y consiguió la única medalla del país, un bronce en el Campeonato Asiático, pero luego un cambio de normativa interna le impidió estar en su debut en un Mundial, en 2015. Después estuvo varias temporadas dirigiendo al Ademar de León en Asobal y volvió a las experiencias exóticas como seleccionador de Ruanda. En Irán contaba con un sólo jugador que competía en el extranjero, el central Pouya Norouzinejad, del VfL Eintracht Hagen alemán y el resto lo hacían en la liga doméstica.
Como jugador, Guijosa fue campeón de Europa con el Barcelona en cinco ocasiones consecutivas (del 1996 al 2000) y formó parte de la primera época dorada de la selección. En dos Juegos Olímpicos consecutivos, Atlanta 1996 y Sidney 2000, se hizo con el bronce. De hecho recientemente fue nominado para entrar al Hall of Fame de la Federación Internacional de Balonmano (IHF).