Con un tenis que sigue al alza, el español Carlos Alcaraz venció el martes en dos sets al italiano Lorenzo Musetti y avanzó a los cuartos de final del Masters 1000 de Miami por tercer año consecutivo.
Alcaraz, primer sembrado del torneo, superó a Musetti (23º) por 6-3 y 6-3 en una hora y 26 minutos de juego.
El siguiente rival del español, campeón del evento en 2022, será el búlgaro Grigor Dimitrov o el polaco Hubert Hurkacz, ganador en Miami en 2021.
El prodigio español, que viene de conquistar el título en Indian Wells (California), sigue avanzando en su objetivo de levantar el mismo año los dos primeros Masters 1000 estadounidenses, un doblete conocido como ‘Sunshine Double’.
El último jugador en lograrlo fue Roger Federer en la campaña 2017.
Disfrutando de una racha de nueve victorias seguidas, Alcaraz navega por Miami sin dejarse un set ni superar los 90 minutos en cancha, luciendo un tenis que conecta a la perfección el atrevimiento y la eficacia.
“No sé si es el mejor partido que he jugado (en el último año) pero sin duda es la mejor sensación. Me siento muy bien en la pista y me muevo muy bien, sin lesiones”, afirmó Alcaraz, que comenzó el curso entre dudas con una temprana salida del Abierto de Australia y una lesión de tobillo en febrero en Rio de Janeiro.
“Ya no pienso en el tobillo en la pista. Por supuesto que me lo cuido todos los días. Creo que es la mejor sensación desde el verano (boreal)”, consideró.
Frente a Musetti, el murciano no perdió en ningún momento el control aunque el partido derivó por momentos en vibrantes intercambios ante otro de los grandes talentos jóvenes del circuito.
Alcaraz se mostró dominante con el servicio sin permitir una sola pelota de quiebre a su rival en el primer set.
El español salvó poco después las dos primeras oportunidades de ‘break’ del italiano en un trepidante juego en el que Musetti se anotó un punto marca de la casa Alcaraz, en el que conectó un audaz golpe por debajo de las piernas que superó por arriba a su rival.
El español llegó a devolver la pelota de espaldas y también por debajo de las piernas pero el italiano la esperaba en la red para finiquitar uno de los puntos del año.
Aun así, Alcaraz conservó su servicio y encarriló el segundo set para sellar su duodécima presencia en unos cuartos de final de Masters 1000 a sus 20 años.
El español cuenta con cinco títulos de esta categoría en su palmarés, una cosecha que comenzó precisamente en Miami en 2022.
El mismísimo Novak Djokovic, campeón de campeones, inclinado ante Carlos Alcaraz. El rey ha muerto, viva el rey. En la Rod Laver Arena, escenario de muchas de sus hazañas, el tenista más laureado de la historia reconoció a su sucesor y aceptó el traspaso. Djokovic fue Djokovic más allá de su edad, pero Alcaraz fue Alcaraz. La final del Open de Australia de este domingo fue una bella batalla intergeneracional que se resolvió con la victoria del español por 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 en tres horas de juego.
A Alcaraz ya no le queda tierra por conquistar: campeón en los cuatro Grand Slam, ahora solo le resta seguir y seguir y seguir. Tiene 22 años; el horizonte es infinito. En la cuenta histórica suma siete majors, un dato que ya deslumbra, como también lo hacen sus más de 3.000 puntos de ventaja como número uno. Pero en la pista las sensaciones son todavía más incuestionables. Únicamente una lesión o la súbita pérdida de la ilusión se presentan como motivos de una derrota. De otra forma, ¿quién le va a parar?
Un Djokovic "imposible"
Djokovic fue quién era durante media hora. Hace unas semanas, con el estreno de 2026, hubo un trend en redes sociales que proponía regresar a 2016: colgar una foto de aquel año, recordarse entonces. El serbio se lo tomó muy en serio. En su primera final de Grand Slam en más de un año apareció con la concentración, la puntería, la potencia y la velocidad de quien se sabe ante una última oportunidad. Para Alcaraz era un partido importante, quizá el más importante del año. Para Djokovic era un partido para lo que le resta de vida. Si ganaba, qué mejor momento para despedirse. Los sacrificios realizados para llegar hasta aquí -de los dolores a los disgustos, pasando por los días lejos de sus hijos- se los iba a hacer pagar a su rival.
Por eso, en el primer set llevó el tenis a la perfección. Todos sus saques tenían intención, todas sus derechas quemaban, todos sus reveses acababan en la línea. Tomando todos los riesgos posibles, solo cometió cuatro fallos en todo el parcial. "Es imposible", lamentaba Alcaraz en conversación con su equipo, y tenía razón. "¡Novak, Novak, Novak!", gritaba el público de la pista central del Melbourne Park, y el actual número uno se veía en una situación inusual: superado en tierra hostil.
Asanka Brendon RatnayakeAP
La solución fue doblar la apuesta. Alcaraz tenía que ser Alcaraz. Y lo fue. Ante Djokovic, el español suele mostrar demasiado respeto. Ya le pasó en citas anteriores, como en la final de los Juegos Olímpicos de París: sea por fascinación infantil, sea por pura admiración entre iguales, la figura que tiene enfrente le genera más nervios que Jannik Sinner, ya no digamos cualquier otro adversario. En esa primera media hora, Alcaraz cayó en la precipitación y se dejó hacer. Pero después reaccionó con la ayuda de su equipo.
Alcaraz encuentra su tenis
Su actual entrenador, Samu López, le dio un consejo extraño, contraintuitivo, que nadie entendía. "Dale más spin", pedía el técnico: más efecto, más altura, menos velocidad. Con Djokovic abrasando cada bola, ofrecerle golpes más lentos sonaba a suicidio, porque seguiría imponiendo su ritmo. Pero Alcaraz hizo caso y todo cambió. El ajuste le permitió dar un paso atrás, alargar los intercambios, asumir menos riesgos y, poco a poco, con más margen de error, fue encontrando su juego.
Asanka Brendon RatnayakeAP
Con cada punto, con cada juego, Alcaraz se sentía más cómodo en la pista, hasta llegar a disfrutar. La aparición de su dejada fue una revelación. Y pronto fue él quien alcanzó la excelencia, especialmente con la derecha y en los intercambios largos. Hubo varios puntos para el recuerdo, como un passing shot que Djokovic le clavó por fuera de la red y que el español alcanzó a devolver de manera incomprensible, casi milagrosa. El segundo y el tercer set transcurrieron como quiso el actual número uno: breaks tempranos y sin sobresaltos.
Resistencia hasta la extenuación
Pero para derrotar a Djokovic hay que hacerlo muchas veces. En su semifinal ante Sinner también estuvo contra las cuerdas, con dos sets en contra, y fue capaz de remontar para hacerse con el triunfo. Alcaraz había visto ese partido. Vaya si lo había visto. Y sabía lo que le venía encima. Rafa Nadal, presente en el palco, podría haberle dado algún consejo. En el cuarto set, el ganador de 24 Grand Slams resistió hasta la extenuación. En el primer juego llegó a salvar seis bolas de break: era un aviso. Luego aguantó, aguantó y aguantó.
El saque de Alcaraz solo estuvo en duda en una ocasión, pero qué ocasión. Retumbaban los ánimos a Djokovic desde el público australiano y cualquiera habría temblado. Pero el español forzó el error de su rival y luego, solventada la situación, se reía. ¡Se reía! Estaba en la 'zona Alcaraz': de aquellos nervios del principio a este placer en el desenlace. Ya en el último juego antes del tie-break, consiguió la rotura que tanto había costado y celebró por los suelos su primer título del Open de Australia. El séptimo major, el pleno de plenos. Sus números son deslumbrantes, pero las sensaciones lo son aún más.
Cuando Novak Djokovic se parece tanto a sí mismo, al 10 veces campeón en Melbourne, al poseedor de 24 títulos del Grand Slam, al competidor irreductible que te obliga buscar constantemente nuevas alternativas, resulta muy difícil de abordar. Sí, va camino de los 38 años y en 2024 emitió síntomas crepusculares y despidió el curso sin reivindicarse en los majors, pero su ambición está intacta, y su tenis, después de lo visto en el partido de cuarto
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