Luis de la Fuente, de traje y sin corbata, llegó a la sala de prensa serio. Estaba contento, claro, pero sabe que, tal y como está el patio, hasta una carcajada suya se le puede volver en contra, incluso en un día donde la selección consiguió una de las mayores goleadas a domicilio de su historia. Fue un bálsamo el resultado para todos. Para la clasificación, ahora sí encarrilada pese al tropiezo en Glasgow. Para el equipo, aliviado tras la presión. Y para la Federación, envuelta en un lío de mil demonios.
De la Fuente sonrió cuando le preguntaron si le gustaría vivir con más tranquilidad. “Quiero que hablemos mucho de fútbol, proque eso me da tranquilidad, y estoy preparado para todo lo que tenga que venir. La gente que tiene que confiar en mí, confía en mí. Tengo un cuerpo técnico maravilloso, unos jugadores insaciables, así que con estas herramientas, es difícil que yo pueda bajar los brazos”.
El seleccionador dijo también que el vestuario está con él, que le apoyan, y que han vivido estos días juntos con calma. “Vivimos todo lo que nos rodea con mucha tranquilidad. La victoria claro que da tranquilidad, da calma. Desde dentro hemos estado viviendo en una especie de burbuja que nos permitía aislarnos de los ruidos del exterior. Esos ruidos son algo que no podemos controlar, y a nosotros nos gusta centrarnos en lo que podemos controlar”, admitía el técnico, que confirmó que Asensio y Olmo, con golpes en el pie y en la rodilla, seguramente abandonen la concentración y no puedan jugar el martes en Granada contra Chipre.
Bromeó incluso con el tema de las botas, que se quedaron en Madrid por un error y que llegaron en la madrugada del viernes en un avión privado. “Lo hemos vivido con naturalidad, porque todos cometemos errores, y aquí somos todos una familia, así que no pasa nada. Igual hasta tenemos que cambiar la dinámica de los entrenamientos de la previa”, dijo, y lo dijo porque el jueves, el equipo entrenó en zapatillas y con unos ejercicios anaeróbicos, entre ellos partidos de petanca-fútbol.
Por último, habló de Lamine Yamal. “Está demostrando un nivel extraordinario, lo hemos visto en su club y aquí. Y se ha integrado perfectamente, y ahí también resalto el valor de los veteranos, que le han acogido como, insisto, una familia”, cerró.
La etapa entre Muret y Carcassone fue un buen síntoma de la frustración permanente del ciclismo español, del querer y no poder del que otrora era la envidia del resto, ahora relegado a las migajas. Carlos Rodríguez no pudo intentarlo con más ahínco y ambición en la fuga del día. Fue protagonista total, sumando su esfuerzo al de la jornada anterior camino de Superbagnères (donde ganó su compañero Thymen Arensman), pero cada vez que había una selección, el granadino perdía comba.
Algo parecido a Iván Romeo, "etapa marcada", sacrificio suyo y de todo el Movistar que acabó en las lágrimas del prometedor ciclista en meta, en la escapada pero lejos de la victoria. "Era un día para mí, pero fui siempre a contrapié. Terminar el 14º no es lo que quería. Tengo mucha rabia dentro porque había piernas para estar más adelante", se sinceró.
Rodríguez finalmente sacó un buen pellizco de ventaja para la general (« no era lo principal»), en la que ascendió a la novena plaza. Las migajas. No quebró ninguna de las maldiciones que persiguen a los nacionales en el Tour. Precisamente él fue el último en alzar los brazos, 42 etapas atrás, brillante en Morzine 2023, donde hizo lo que casi nadie, sorprender a Pogacar y Vingegaard. Ese mismo año, días antes, Pello Bilbao había roto una racha que había puesto alarmantemente el contador de la sequía en 100. Otro dato para reflexionar: España no se queda sin al menos un top cinco en las primeras 15 etapas desde 1980. Para encontrar otro caso similar, hay que remontarse a 1950.
Y más. En lo que llevamos de siglo, España sólo se ha quedado una vez sin representación en el top 10 final del Tour. Fue en 2022, cuando Luis León Sánchez sólo pudo ser 13º a casi 50 minutos de Vingegaard.
Rodríguez, que habló de sus «mejores sensaciones» y de «seguir intentándolo», y Enric Mas, son los señalados. Por contrato, por talento y por galones. Ambos amanecieron mirando a la general y ambos han acabado pensando en otra cosa. Una escapada, una etapa que alivie las críticas. Mientras que el del Ineos admite ir a más, el balear, con tres podios de la Vuelta en su palmarés, parece bloqueado mentalmente con el Tour, en el que ya cumple siete participaciones (quinto en 2020 y sexto en 2021). «Cuando vienes a intentar hacer la general y tienes la mala suerte, por llamarlo de alguna manera, de salir de esa clasificación, asimilarlo cuesta un par de días», analiza su director José Joaquín Rojas después de la decepción de las jornadas alpinas. «Es más psicológico que físico, es más mental que otra cosa. Tiene que pasar el duelo. En los Alpes veremos al Enric de siempre», augura.
Carlos Rodríguez, en el Tour.CHRISTOPHE PETIT TESSONEFE
Rojas, que presenció bien de cerca los éxitos de su inseparable Valverde, de Contador y Purito, cuando ganar era norma, es consciente de la presión sobre el ciclismo español. Que no gana un Tour desde 2009 (Contador, el último en vestir de amarillo también), que no pisa un podio desde 2015 (Valverde), pero que tampoco lucha por la Montaña (el último fue Samuel Sánchez, en 2011) o por la Regularidad (Freire en 2008). Rojas se ciñe al Movistar, un equipo que no se lleva una etapa desde Nairo Quintana en Valloire, en 2019. «No nos sentimos presionados. Somos un equipo de la mitad de la tabla para atrás en cuanto a presupuesto y no se pueden hacer muchas maravillas. Cualquiera del UAE estaría en el podio. Nosotros con lo que tenemos estamos satisfechos. Sabemos cuáles son nuestras posibilidades», confiesa.
Esta vez fueron 10 los españoles de inicio, cada uno con diferentes misiones. Por suerte, ninguno ha tenido que retirarse. Marc Soler brilla en su preciada labor de sombra de Pogacar. Los jóvenes Iván Romeo y Pablo Castrillo se divierten (y sufren) en su debut. Ion Izagirre (que también ganó etapa en aquella edición de 2023) y Alex Aranburu, compañeros en el Cofidis, pasan desapercibidos. García Cortina y su espíritu disfrutón cumple en su labor de protección y apunta a jornadas más propicias: «En la tercera semana hay un par de etapas que me gustan y también habrá más fatiga en todo el mundo. Ojalá».
Luego está la pareja del Arkea, dos tipos bajo el radar que están rindiendo. Pues ambos, Cristián Rodríguez y Raúl García Pierna, tienen la misión de proteger a la esperanza francesa, Kevin Vauquelin. El almeriense es el segundo mejor español en la general (19º), espoleado por el fin de su contrato en el equipo galo. «Para mis aspiraciones personales no es el momento. Con la edad y la experiencia que tengo, me gusta más trabajar para un compañero así, que hace buenos resultados. Que por ejemplo, ser el 15 de la general, que podría», confiesa en EL MUNDO quien pronto tuvo que buscarse la vida fuera de España. «Fue lo mejor que pude hacer. En Francia estoy súper bien y no sé si volveré, porque se me valora más. Cuando voy a España siempre me piden más, no me valoran lo que hago. Es un poco raro», protesta.
A su lado, también de rojo Arkea (aunque el año que viene le espera el Movistar), la sonrisa inseparable de García Pierna, estirpe de ciclistas (su padre es Félix García Casas, su hermano Carlos corre en el Caja Rural). El año pasado fue su debut, este vuela con sensaciones estupendas. «Me noto mejorado y tengo más interiorizado el ritmo de carrera», admite, brillante en los Pirineos (12º en Hautacam, 26º en Superbagnères).
«El ciclismo ha subido a niveles estratosféricos con Pogacar, Van der Poel y todos estos genios. Es una época gloriosa y es súper difícil. Tuvimos la suerte de tener a Contador, a Valverde a Purito. Antes a Indurain, a Perico. Ahora hay jóvenes con talento que no están para ganar el Tour pero sí para hacer cosas grandes. Hay que seguir insistiendo con la cantera», concluye con el análisis Rojas. "Nos toca una época en la que es súper complicado conseguir victorias y luchar por algo, pero a la vez estás compartiendo pelotón con el que quizá sea el mejor de la historia y hay que saber disfrutarlo también", añade García Cortina.
Comunardo Niccolai, conocido como el rey de los autogoles, ha muerto este martes en Pistoia a los 77 años. Muchos de ellos los pasó explicando por qué siempre hacía goles en la portería equivocada. La suya. Una reputación exagerada, como todos los prejuicios. Comunardo marcó seis goles en propia puerta, dos menos, solo por mencionarlo, que Riccardo Ferri. Pero los suyos eran obras de arte, no simples errores. Remates de cabeza al ángulo que ni Zamora podía parar.
Comunardo Niccolai, que ganó el Scudetto con el Cagliari en 1970, fue un defensa destacado, de los que los delanteros preferirían evitar. Aunque también tenía sus fragilidades: siempre tenía que vendar sus tobillos antes de jugar. La única vez que olvidó hacerlo, sufrió una lesión seria. Desafortunadamente, eligió el día equivocado para esto: Italia-Suecia, debut en la Copa Mundial de 1970. Entró Rosato y Niccolai no volvió a jugar. Se perdió el "partido del siglo" contra Alemania y la final contra Pelé.
Niccolai, originario de Uzzano en Pistoia, luchó para abrirse camino en el mundo del fútbol, donde los mejores no siempre tienen éxito. Sin embargo, terminó ganando trofeos en el equipo más improbable. Ese Cagliari, contra todo pronóstico, lo ganó todo. Porque un Scudetto en Cerdeña valía al menos tres Champions en otros lugares. Había todo un sistema que sortear, incluidos los árbitros.
Con su rostro que mostraba experiencia y sin sorprenderse por nada, Niccolai era un bastión para los que estaban delante. En el límite, era él quien decidía cuándo y cómo se recibía un gol. Una garantía para los atacantes, una pesadilla para los porteros, incluso si se llamaban Ricky Albertosi.
Pero también aquí se mezcla la leyenda, incluso se exagera. La defensa sarda era prácticamente impenetrable. En el año del Scudetto solo encajaron 11 goles. Un récord. Niccolai tenía un lugar asegurado en el equipo. Un defensor tan férreo como él no se encontraba fácilmente. Además, añadía elegancia, una cualidad no buscada en los stoppers de entonces. No se sabe si fue cortejado por los grandes equipos, probablemente sí, pero se quedó en el Cagliari, al igual que Riva, excepto en la fase final de su carrera, que jugó en ligas inferiores.
La muerte de Niccolai llega pocos meses después de la de Gigi Riva. En enero, Niccolai recordó a Riva así: "Nos conocíamos desde siempre. Incluso hicimos el servicio militar juntos en la Cecchignola de Roma. Cuántas travesuras hicimos. Los mejores años de nuestras vidas". Ambos, de manera diferente, sabían cómo marcar goles.