Tras una serie de resultados decepcionantes en Japón, el Paris Saint Germain se reencontró con la victoria en su gira asiática. Luis Enrique aprende a ganar con el equipo francés gracias al acierto de Neymar. El brasileño, que volvió a jugar este jueves tras medio año de baja, anotó dos tantos en la victoria 3-0 ante el Jeonbuk Motors de Corea. El otro tanto lo marcó Asensio.
El internacional brasileño disputó su primer partido después de la operación a la que se sometió en marzo para reparar una lesión de un tobillo. Presente en la gira asiática del PSG, el delantero brasileño no había jugado todavía ni un solo minuto en los tres amistosos que el conjunto parisino disputó en Japón.
Los aficionados coreanos pudieron disfrutar de la estrella del PSG durante 90 minutos, adornados además con un doblete (minutos 40 y 83) y una asistencia al español Marco Asensio, que marcó en el minuto 88.
El público también pudo disfrutar del surcoreano Lee Kang-In, fichado en julio pero lesionado después en un muslo durante el primer amistoso de la pretemporada, que disputó en esta ocasión los últimos veinte minutos del partido.
Este es el primer triunfo del equipo de Luis Enrique en su periplo por Asia, en el que no ha contado con Kylian Mbappé. En los anteriores compromisos empató 0-0 con el Nassr, perdió 2-3 con el Cerezo Osaka y 1-2 con el Inter.
Donald Trump no es de la misma opinión que Carl von Clausewitz. No cree, como el militar prusiano, que la política sea la continuación de la guerra por otros medios. Al contrario, mucho antes de agotar la vía política, manda a un portaviones o a los militarizados agentes del ICE, el servicio de inmigración y control de aduanas de Estados Unidos. Minneapolis e Irán son, hoy, los puntos calientes de Trump, sin olvidar el pulso por Groenlandia con la Unión Europea, la intervenida Venezuela, las amenazas a México y Colombia por el narcotráfico o la múltiple guerra arancelaria. Mañana nadie lo sabe.
Un contexto que ha convertido a Trump en enemigo de países y regímenes dispares, democracias o dictaduras, meses antes de recibirlos con buena cara en la fiesta del Mundial. El problema puede ser que el resto entienda que el fútbol también puede ser la continuación de la guerra o la política por otros medios.
Las situaciones de tensión internacional siempre generan inquietud en las grandes organizaciones deportivas, principalmente el COI y la FIFA, que recuerdan con temor la era de los boicots. La amenaza ha afectado mucho más al olimpismo, porque el fútbol es el alimento de las masas, y a las masas se las teme. No obstante, hay precedentes.
Los mimos de Infantino
La FIFA mima a Trump todo lo que puede, y la prueba es el Premio de la Paz, un Nobel de chocolate, que le regaló Gianni Infantino como si fuera una mona de Pascua. La inquietud, sin embargo, permanece, tanto por el Mundial como por los Juegos de Los Ángeles'28, al tratarse de un personaje fuera de catálogo y de control hasta para sus propios halcones.
Infantino se hace un selfie con Trump.AP
Las peticiones de boicot al Mundial han aparecido ya en todo el mundo, especialmente entre asociaciones en defensa de los derechos humanos, debido a la persecución y expulsión de inmigrantes, pero no por parte de ningún gobierno. Ni siquiera de los que mantienen mayores tensiones con la política del presidente de Estados Unidos, como Colombia, o han sido atacados, como Irán. Ambos están clasificados para el Mundial.
Alemania es una de las potencias donde las voces contra el torneo han llegado más alto, hasta obligar a decir a la ministra de Estado ante la Cancillería Federal, Christiane Schelderlein, que las decisiones sobre participar o no en eventos deportivos «recaen exclusivamente en las federaciones correspondientes». Las competencias del derecho deportivo son un refugio a la medida para lo que conviene, aunque las decisiones de que España no acudiera a final de la Eurocopa de 1960, en la URSS, o de que Estados Unidos impulsara el boicot a los Juegos de Moscú'80, no fueron de sus federaciones ni de sus comités olímpicos. Las tomaron Franco y Jimmy Carter, un dictador y presidente legítimamente elegido.
«Si Trump cumple sus amenazas y lanza una guerra comercial contra la Unión Europea, difícilmente puedo imaginar que los países europeos participen en el Mundial», advirtió Roderich Kiesewetter, un referente en política exterior de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido que lidera la coalición de Gobierno. Boris Mijatovic, también diputado en el Bundestag, por los Verdes, fue incluso más contundente: «No es seguro para los aficionados viajar a este Mundial».
El Mundial no es Eurovisión
Mijatovic citó como ejemplo los recientes disparos letales de agentes del ICE en Minnesota, incluso antes de que resultara muerto Alex Pretti, y advirtió: «Solo puedo aconsejar a cada hincha que boicotee los partidos en Estados Unidos». Resulta paradigmático el silencio del Gobierno de Pedro Sánchez, uno de los más beligerantes con Trump, aunque con la selección más favorita del torneo. El Mundial no es Eurovisión.
Si un boicot global o por bloques parece complejo, menos lo es el que puedan realizar los aficionados en una cita compartida por tres países, Estados Unidos, México y Canadá, con tensiones continuas por la inmigración, el narcotráfico o los aranceles. Las fronteras que deben ser esponjosas en un Mundial a tres, son más sensibles que nunca.
Trump, en la celebración del Chelsea en el Mundial de clubes.AP
El pacto por Groenlandia en el seno de la OTAN ha dejado en 'stand by' el problema que más unidad había generado entre los líderes europeos contra las políticas de Trump. De proseguir en la intención de anexionarse un territorio de soberanía danesa, habría elevado las voces de boicot en el continente. Con Trump nada puede considerarse del todo cerrado y no parece que el soccer, algo entre desconocido y grotesco para el inquilino de la Casa Blanca, vaya a frenarle.
La invasión de Afganistán por parte de la URSS provocó el boicot de Estados Unidos y la mayoría de países occidentales a los Juegos Olímpicos de Moscú'80, y una cuestión racial, la violación del embargo al apartheid de Sudáfrica por parte de los All Blacks de Nueva Zelanda, propició el veto de la mayoría del bloque africano a Montreal'76. Estados Unidos no ha invadido Venezuela, pero la mantiene intervenida de facto, mientras amenaza a Irán o Cuba, y es innegable que bajo las severas leyes de inmigración subyace una cuestión racial.
El 'sí' a la Argentina de los coroneles
Los boicots al fútbol nunca han tenido un impacto tan global. Ni siquiera cuando las denuncias de las torturas del régimen de los coroneles, en Argentina, eran evidentes, ya antes de 1978. Buena parte de ellas se producían en la Escuela Mecánica de la Armada, a escasa distancia del Monumental de River, donde la albiceleste se proclamó campeona. Dos meses después del golpe de Estado del general Pinochet en Chile, en 1973, la URSS se negó a jugar un partido en el Estadio Nacional, convertido en un centro de detención, tortura y muerte los días siguientes al golpe del 11 de septiembre. La selección chilena salió sin rival a la cancha y sus jugadores marcaron a una portería vacía.
Matt Freese estará bajo los palos de la principal selección anfitriona el próximo verano en Estados Unidos, pero para buena parte de los participantes y aficionados, bajo la gran portería del Mundial estará Trump. Será como jugar contra el enemigo.
La tetracampeona Italia no estará en el Mundial de fútbol de este verano, como faltó en los dos anteriores. Fue incapaz de ganarse la plaza en la generosa fase regular de clasificación y sucumbió en la amable repesca ante Bosnia, la 66ª en el ránking FIFA. Una vergüenza (Capello dixit) más que un fracaso. Un "Triple Apocalipsis", según tituló "La Gazzetta dello Sport".
La crisis del fútbol nacional italiano también alcanza individualmente a los jugadores, que año tras año no figuran entre los candidatos al Balón de oro. Y a los clubes, que no ganan la Champions desde 2010. Sus plantillas trufadas de extranjeros, como en todas las principales Ligas, los convierten en representantes de sí mismos en sus respectivos entornos, no del país. Sin embargo, forman parte del entramado conjunto y contribuyen a dibujar su imagen completa. Que la "azzurra" se apuntara la Eurocopa de 2020 se explica porque, aunque no creamos en los milagros, haberlos, haylos.
A medida que el fútbol, por estructuras o coyunturas, ha ido perdiendo lustre, el resto del deporte italiano lo ha ido ganando de modo equivalente. Vive una Edad de Oro reflejada en los resultados de los Juegos Olímpicos de Tokio y París, de los recientes de invierno de Milán-Cortina y, en general, de cualquier competición a lo largo del calendario.
Como causa o como consecuencia, o tal vez sólo por casualidad, el deporte italiano se beneficia de la contingencia del fútbol, cuyas modernas y universales características empresariales, transformadas en los nuevos pecados, proceden de su separación del deporte para formar un planeta exterior, fuera de la galaxia común. Podemos aventurar la teoría de que en cuanto ha decaído el fútbol, se ha producido en Italia un crecimiento proporcional en esos otros deportes mediante un automático proceso mixto de sustitución y conquista.
En España, un país con una cultura muy inferior desde siempre a la italiana y con una dimensión históricamente menor, se produce un fenómeno inverso. El fútbol escamotea espacio y escatima oxígeno a los demás deportes. Los relega en los medios, regateándoles presencia y restándoles protagonismo. Serían parientes pobres si el fútbol no hubiera renunciado hace tiempo a la casa común para irse a vivir solo en un palacio demasiado grande y costoso de mantener como para no tener goteras y desconchones. Ya no hay consanguinidad entre él y sus familiares, cada vez más arrinconados en las páginas e informaciones especializadas y, por lo tanto, en la atención y el aprecio de la gente.
No nos faltan estrellas, hasta ahí podíamos llegar. Pero, a tenor de los resultados globales en los últimos tiempos, da la impresión de que España está menguando deportivamente en la medida en la que el fútbol va creciendo y derivando de afición a pasión, y de pasión a adicción. Nos gusta el fútbol, cómo no. Pero gozándolo sin tasa hasta elevarlo a exclusivo y excluyente, soportamos un lastre, arrastramos una rémora y, en definitiva, arrojamos balones contra nuestro propio tejado.