Apenas digerido el prodigio casi sobrehumano del título europeo conquistado por una selección de España sin jugadores de la generación histórica que todo lo ganó, el regreso de la Liga ACB nos enfrenta a una pregunta inevitable: ¿De verdad seguimos t
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Los padres de Sergio Rodríguez se conocieron en una cancha de baloncesto. Eso podría explicar muchas cosas. "Cuando nací, los primeros regalos eran juguetes de baloncesto". En concreto, una canasta de los Celtics con la que jugaba compulsivamente en su habitación. Eso, también. O quizá el secreto del chachismo, esa marca ya para la eternidad de un jugador irrepetible, sea una frase de Pablo Laso: "Lo más importante, él ve esto como un juego".
Pepu Hernández, el entrenador que le hizo debutar con 17 años -en el quinto partido de unas finales ACB, en el Palau-, solía usar un juego de palabras con su pupilo, que también lo sería dos años después en el oro mundial de Saitama con la selección. Las letras que conforman el nombre de Sergio son las mismas que riesgo. Riesgo, imaginación, naturalidad, osadía, talento, profesionalidad y sobre todo, de nuevo, mucho amor por algo que él siempre vio como eso, un juego. El asombroso viaje del Chacho durante dos décadas es todo eso. De Tenerife a Getxo con 14 años, del Siglo XXI a Madrid, del Estudiantes a Portland, de Nueva York (paso por Sacramento) de nuevo a Madrid, del Real Madrid a Filadelfia, de la NBA a Moscú, del CSKA a Milán y del Armani de nuevo al Real Madrid, para cerrar una carrera repleta de éxitos, tres Euroligas, un Mundial, dos Eurobasket, Ligas y Copas en España, Rusia e Italia... y todo un MVP de la Euroliga en la temporada 2013-2014.
Pero Sergio Rodríguez es mucho más que su palmarés, es casi una filosofía. Un jugador que trasciende. Es el Chacho, el apodo que le pusieron en su primera preselección con España, en 2002, porque no paraba de decir, como buen canario, aquello de "muchacho". Jugaba entonces en La Salle con su primer maestro, Pepe Luque, y fue justo antes de marcharse a Bilbao, a esa experiencia llamada Siglo XXI, donde chavales cadetes y juniors convivían y se formaban baloncestísticamente. Fue por entonces cuando dio el estirón físico, aunque todavía le llamaban "polilla" porque no paraba de moverse.
Sergio considera aquellos años lejos de casa, previos al Estudiantes, clave en todo lo que iba a suceder después. El primer año en Madrid, donde se le atragantaron los estudios en el Ramiro, combinó el equipo EBA con el júnior y llevaba un mes de vacaciones cuando Pepu le llamó para la final contra el Barça. La noche antes había estado viendo la NBA y tuvo que despertarle una vecina. Aquella canasta en penetración en el Palau es el comienzo de un época. "Esos 20 segundos del final de liga con Estudiantes me marcaron. Nunca había ido convocado con el primer equipo. Venía de vacaciones, no me sabía las jugadas, estaba preocupado... Esa tensión desde el minuto uno de profesional me ha ayudado", confesaba en una entrevista con este periódico años después.
Ese verano también ganó el Europeo júnior, en Zaragoza, a las órdenes de Txus Vidorreta y con el 10 a la espalda (el eterno 13 lo llevó Antelo). "Un chico con mucho gancho", tituló su primer artículo en EL MUNDO un periodista que era a la vez admirador (como todos) de aquel insólito mago.
"El sueño de toda mi vida". La NBA fue la siguiente estación, a la que llegó con 20 años -dos años antes estuvo por primera vez en EEUU, en el Nike Hoop Summit de San Antonio-, campeón del mundo (esa semifinal contra Argentina...), número 27 del draft (por los Suns que tenían a Steve Nash y deciden traspasarle a Portland) y sin saber inglés. Y con el golpe de realidad de tantos, mucho banquillo y "pocas explicaciones" de Nate McMillan. Pero sin perder la esencia. "Podría estar triste si estuviese aquí perdiendo el tiempo, pero al contrario. Estoy mejorando técnica y físicamente y aprendiendo un idioma. Todo va muy bien para mí", confesaba en una entrevista a ABC en diciembre de 2006.
Sergio Rodríguez posa para EL MUNDO en Nueva York, en su etapa en los Knicks.EL MUNDO
Estuvo tres temporadas y media en Portland (coincidió con Rudy Fernández, con quien el destino le tenía preparada una despedida a la vez), unos meses en Sacramento (con Nocioni) y otro curso en los Knicks, vida en la Gran Manzana. El sueño se cumplió, con toda su realidad y toda su crudeza también. Se codeó con aquellos que admiraba (Iverson, Garnett...), danzó en ese mundo idealizado desde la infancia e incluso coleccionó momentos deportivos inolvidables. Pero se amontonaron las ganas de más. Tan valiente para partir como para regresar, sin pronunciar jamás una frase de arrepentimiento, y un fichaje por el Real Madrid de Messina.
Nada sencillo aquel ambiente, donde, él mismo lo reconoce, todo se magnificaba en negativo. Con Messina huido y Lele Molin a los mandos, los blancos se colaron muchos años después en una Final Four, la que iba a ser primera de muchas para el Chacho (aunque aquello fue un revés en el Sant Jordi, acabaría jugando seis finales y ganando tres Euroligas). Sin saberlo, aquel verano de tiroteos, de la llegada con pocas bienvenidas de Pablo Laso, era el comienzo de una era.
Rudy, Chacho y Llull, tras ganar la Euroliga de 2015.EL MUNDO
Con el estallido personal del Chacho en los playoffs de 2012, especialmente en las semifinales contra el Baskonia, cuando a su virtuosismo e imaginación se unió el acierto desde el triple. Esa primera etapa de lasismo fue su cénit, el MVP de la Euroliga, el título en 2015 en el Palacio... Hasta que la NBA volvió a cruzarse en su camino. Y los sueños de infancia, sueños son. Aunque el Chacho y Ana ya fueran padres de Carmela y aunque Claudio, su bulldog, no pudiera viajar con la familia a Filadelfia, donde eligió un apartamento en el centro de la ciudad.
Los Sixers se encontraron a un base diferente, maduro, inteligente, ambicioso. El Chacho asistió al debut de Joel Embiid, que le saludaba con una peineta en la visita de este periódico en febrero de 2017. Fue a menos en la rotación de Brett Brown y las ofertas para seguir un año más, demasiado inestables, no le convencieron.
Sergio Rodríguez, tras proclamarse campeón de la Euroliga en 2019 con el CSKA.Juan Carlos HidalgoEFE
Y cuando tocó volver a Europa, el Madrid ya había armado su equipo y el CSKA le puso sobre la mesa una oferta de esas que no se pueden rechazar. De USA a Rusia, la familia Rodríguez, una aventura vital que iba a coronar con su segunda Euroliga, en Vitoria 2019 (primer español en ganarla) con un club extranjero. De ahí a Milán, siempre cotizadísimo, el reencuentro con Messina, donde de él se enamoró cada aficionado del Armani e incluso el propio dueño Giorgio, que llegó a decir: "Me gusta todo de él. Amo a sus niñas. Su actitud dentro y fuera de la cancha es ejemplar. Y luego su sonrisa y su mirada profunda dicen mucho de él, son el espejo de su alma". Y un par de temporadas para cerrar el círculo en el Real Madrid, hasta otra Euroliga, la de Kaunas, protagonista principal el Chacho en la Final Four y en la feroz serie de cuartos contra el Partizán en la que se echó al equipo a la espalda, otro destello maravilloso.
Y, durante todo este tiempo, siempre su querida selección, de la que se retiró tras los Juegos de Tokio y se ausentó, por descanso, en el Mundial de 2019 que fue oro en Pekín. Más de 150 partidos y siete medallas con España, de Saitama a Saitama.
"Siempre soñé con retirarme estando bien físicamente y ganando mi último partido. Y ahora la vida me ha ofrecido este regalo", dice en su carta de despedida quien no ha querido homenajes jugando. Pues para él, el baloncesto siempre fue diversión, no nostalgia. El secreto lo guardó y las canastas ya echan de menos el chachismo, al eterno 13.
No hace ni tres años, la simple idea de hacer las maletas, cruzar el charco, abandonar la NBA y explorar sus posibilidades en el baloncesto europeo suponía casi una afrenta para Dennis Smith Jr. "No me voy a ir al extranjero. Si las cosas no me salen bien, iré a la NFL. Lo digo muy en serio". Fue justo antes de firmar por los Hornets, el penúltimo asidero de una historia ya vista, la del proyecto de estrella al que todo se le empieza a torcer hasta acabar fuera de una Liga que hacía no tanto le recibió con las expectativas por las nubes.
Porque cuando el base fue elegido en el número 9 del draft de 2017, sin haber cumplido los 20 años, los Mavericks creían haber encontrado la primera piedra de su reconstrucción. Ocho años después, tras un cúmulo de traspasos y lesiones, Dennis llega donde antes no se veía. Es el tan esperado refuerzo invernal del Real Madrid. Este miércoles aterrizó en la capital de España, pasó reconocimiento médico y firmará su contrato hasta final de temporada. Sólo falta el anuncio oficial.
A Smith, un combo de 1,90 con un enorme talento, tanto técnico como físico, siempre le acompañó el Jr. en su camiseta. Su existencia viene marcada por la presencia de su padre, quien le crio en solitario junto a su hermana De'Aira en Fayetteville (Carolina del Norte). Ex militar, pluriempleado y padre soltero desde que Helena abandonara a la familia cuando Dennis tenía 13 meses. Fue su padre quién le enseñó a jugar al baloncesto y nunca olvida los entrenamientos con guantes destinados a mejorar su manejo del balón. Y lo hizo desde la humildad, lejos de modelos tan invasivos como cercanos (ahí están los hermanos Ball). "Lo aprendí todo de él, hasta los modales".
Bien temprano la estrella de Dennis iba a brillar. Y eso a pesar de que también bien pronto le visitarían las lesiones. Cuando ya era uno de los proyectos más interesantes del país, jugando para el Trinity Christian School de Fayetteville, se rompió el ligamento cruzado. Durante la operación, los médicos descubrieron una rareza: tenía un ligamento cruzado anterior adicional. Y aunque había sido descartado para toda su temporada senior, a los dos meses y medio regresó presumiendo de haber mejorado en 20 centímetros su salto vertical.
Dennis Smith Jr., la temporada pasada con los Nets.AP
Esas prestaciones las confirmó en su único año universitario con North Carolina State. De ahí a los Mavericks, un esperanzador primer año en la NBA a las órdenes de Rick Carlisle (15,2 puntos de media e incluido en el segundo quinteto rookie). Hasta que a Dallas llegó un tal Luka Doncic.
Precisamente desde el Real Madrid, caminos cruzados, el esloveno fue a la vez cómplice y verdugo de Smith. Su mejor amigo y el elemento que acabaría por desestabilizar su carrera, pues, tras media temporada de convivencia deportiva, los Mavericks iban a explorar otras vías poniendo a Dennis en el mercado. Intercambiado por Porzingis, en los Knicks empezó su cuesta abajo.
Especialmente al comienzo del siguiente curso, al que no pareció llegar en las mejores condiciones físicas y el Garden se lo hizo pagar hasta con abucheos. No tardaría en salir (en la temporada 2020-2021 sólo jugó tres partidos con los Knicks), ya con las lesiones minando también su rendimiento (muñeca, espalda, rodilla...). Medio curso en los Pistons y uno sin pena ni gloria en los Blazers.
Ahí, verano de 2022, llegó el Rubicón para Smith, que hasta llegó a ganar peso con vistas a su salto a la NFL como defensa. Pero le rescataron los Hornets y el curso pasado los Nets, muy lejos ya de los números del comienzo de su carrera. Tras 326 partidos en la NBA, nadie le quiso firmar este verano. Iba a probar en la Liga de Desarrollo (Wisconsin Herd). Pero apareció el Madrid. Lleva sin jugar un partido oficial desde el pasado mes de marzo.
Ya no tan desesperado como hace unas semanas tras ganar 11 de sus últimos 12 partidos, pero con la necesidad de un impulso en su perímetro que pretende encontrar con las cualidades de Smith. No es un tirador puro ni un excelente pasador, pero hay pocas cosas que se le puedan resistir ofensivamente. También defensivamente (rol al que fue relegado en su última época NBA) debería dar el plus que no han otorgado ni Xabier Rathan-Mayes ni Andrés Feliz. Dennis ocupará plaza de extracomunitario y cuando se recupere Gaby Deck, Chus Mateo tendrá que hacer un descarte para los partidos de ACB entre los dos americanos y el argentino.