Al descanso en el TD Garden hubo un suspiro de alivio colectivo. Fue tal el despliegue de los Celtics en esos 24 minutos iniciales, que los espectadores parecía que habían corrido dos días antes de su celebración el maratón de Boston. El triple con el que cerró el segundo cuarto Jayson Tatum fue el colofón al show de los de verde, que ya entoces dominaban por 30 a los Hawks.
Habían sido 45 puntos en el segundo cuarto, 74 al descanso (la sexta mejor marca de toda la temporada), con nueve triples de 16 intentos y unas sensaciones abrumadoras para los de Joe Mazzulla. El subcampeón apunta alto, a la reconquista de un anillo que los Celtics no logran desde 2008.
Lo hace con argumentos sólidos. El liderazgo de un Tatum en modo MVP, acompañado por Jaylen Brown, y rodeado por tipos tan versátiles y experimentados como Marcus Smart, Derrick White, Al Horford o Malcolm Brogdon. El potente Robert Williams, que no fallo ni uno solo de sus lanzamientos (casi todos mates), es otra de sus claves en la pintura. Para los Hawks, que acudían desde el play in en el que sorprendieron a los Heat, fue una pesadilla desde el banquillo. Sólo Trae Young y sus combinaciones con John Collins opusieron algo de resistencia.
Con todo perdido, los Celtics bajaron la intensidad. En la segunda parte que no fue, desapareció su acierto y su energía (4 de 17 en triples). Y en esa siesta, los visitantes aprovecharon para acercarse. Llegaron a caer por 32 (84-52) y se situaron a 12, con la aparición de Bogdanovic. En ningún momento peligro el primer triunfo de los Celtics en estos playoffs prometedores para ellos.
Harden y Embiid
Tampoco hubo demasiada historia en el duelo que abría oficialmente los playoffs. Los Sixers dominaron sin rasguños a los Nets (121-101), liderados por la pareja que con la que quieren soñar. James Harden se fue a los 23 puntos y las 13 asistencias. Joel Embiid, frenado en parte por la defensa de los de Brooklyn, a 26. El insoportable acierto exterior hizo el resto: 21 de 43 en triples.
Era noche europea grande en el Palacio. De esas en las que poco importan los precedentes. Se trata de ganar, convencer y convencerse. Ante un rival directísimo como el Armani de Mirotic, de Messina y también del ovacionado, "uno de los nuestros", Fabien Causeur. Y el Real Madrid respondió con contundencia. Se desprendió de parte de sus incertidumbres y miró, al fin, a los ojos de la Euroliga. Brillaron los que deben y el contundente triunfo, el tercero seguido en Europa, dispara las expectativas. [96-89: Narración y estadísticas]
Mucho camino le resta a los blancos, este viernes sin ir más lejos en Belgrado contra el Estrella Roja, allá donde concretar las sensaciones. Donde soñar incluso con evitar el play-in, con ser temidos otra vez en los cruces. Ya nada importará el arduo camino hasta aquí. Con Tavares volviendo a ser gigante (19 puntos, siete rebotes en 20 minutos en pista), con el carácter único de Campazzo, los puntos de los 'Brates', el despertar de Garuba y Feliz, la eternidad de Llull. Todo eso lo sufrió el Milán, que se dejó parte de sus opciones aunque un triple de Mirotic sobre la bocina le salvó el basket-average (85-76 ganó en la primera vuelta). Su calendario es propicio.
Serán jornadas de cuentas y miradas a otras canchas. Pero también de sondearse a uno mismo, a esas "frustraciones" que reconocía Chus Mateo y de las que hubo poco rastro ante el Milan. Siempre por delante, respondiendo a cada intento de meterse en el partido de los italianos y sólo titubeando en un desenlace en el que se dejó una ventaja que puede echar de menos después.
Contrastó el aplauso sentido y largo a Causeur en su retorno al Palacio, con la pitada de siempre a Mirotic, otro ex. Eso marcó los prolegómenos, aunque luego pronto quedó olvidado con la gran puesta en escena del Madrid, tal y como demandaba la ocasión. Cuando mire atrás, quizá sea este martes de marzo el partido más trascendental de la temporada. Los blancos se dejaron de historias y de dudas. Fueron un ciclón, prologando ese éxtasis que fue el acto final en el Carpena. Si allí asestó 39 puntos, en el Palacio el Milán se llevó 31 (y eso que el triple desde su propio campo de Andrés Feliz estaba fuera de tiempo).
Garuba-Mirotic
Tuvo mucho que ver Usman Garuba. Al fin. El de Azuqueca está siendo todo lo que se espera de él cuando decidió volver de la NBA. La intensidad, la versatilidad, el carácter. Desde el quinteto inicial, con Deck al tres (le está costando al argentino ser el que es), secó a Mirotic, que en toda la primera mitad apenas fue capaz de meter dos tiros libres. Y además aportó ocho puntos para corroborar el absoluto dominio blanco de la pintura. Un abuso que se tradujo en una distancia de 15 puntos (24-9).
El Madrid de Tavares y Garuba era insondable para Messina. Su equipo intentó reaccionar en el segundo acto, cuando los Brates lideraban la segunda unidad blanca. Le costó al Madrid tres minutos anotar su primera canasta, pero el Armani seguía lejos. Y eso que llegaron sus tres primeros triples (es el equipo con mejor porcentaje de la competición). Las dos últimas posesiones pudieron haberlo cambiado todo. Pero falló Mannion y Llull, con cuatro segundos por jugar y arrancando desde campo propio, acertó con una de sus mandarinas. Para júbilo de las tribunas, que cuando la agarra el balear ya sabe que es apuesta casi segura. Vibra como ante la embestida de un toro. De haberse ido por debajo de 10 a 13 arriba, para un Madrid que reservó muchos minutos a Tavares.
Llull celebra su triple antes del descanso.Juanjo MartínEFE
A la vuelta pareció el Madrid decidido a sentenciarlo, 17 de ventaja (58-41) y todo cuesta abajo. Y sin embargo, la noche tenía trampa. Por las propias desconexiones y por el despertar de Mirotic. Primero fue un 0-9 en un abrir y cerrar de ojos y luego un error de concentración clamoroso de Garuba, para estropear casi todo lo anterior. Esa cabecita, ese ímpetu mal encauzado, le llevó a empujar a Mirotic tras una falta. La antideportiva le mandó al banquillo y liberó al hispano-montenegrino. Encadenó nueve puntos seguidos, robos, tapones y asistencias. El Armani estaba en el duelo.
Pero era noche europea grande. Y Campazzo lo sabía. No están siendo sus mejores semanas, pero él es el líder. A su espalda el equipo y otra vez el colchón. Y todos implicados en un triunfo clave, el que le hace soñar con los playoffs e incluso con esa Final Four.
Al Milán ya no le quedaba respuesta. Apenas salvar el basket-average. Y el Madrid estaba con el subidón de haber funcionado su respuesta, los mecanismos de antaño, el dominio de la pintura, el baloncesto al galope y hasta el acierto. Pero los blancos se enfriaron, Brooks emergió con un par de triples y aunque un palmeo de Tavares pareció definitivo, Mirotic acertó después para el mal menor.
El árbol genealógico de Lenny Martinez (Cannes, Francia, 2003) esconde un apasionante repaso por los últimos años de la historia del ciclismo francés. Estirpe de pequeños escaladores. Su abuelo, su padre, su tío fueron ciclistas profesionales, pero hasta los hermanos de su abuela disputaban carreras. Con su maillot de puntos rojos que atrapó en los puertos encadenados del lunes por el Macizo Central, se ha propuesto una misión, honrar a Mariano, el «francés de Burgos», el escalador con gafas ganador de la Montaña en el Tour de 1978.
Porque todo se remonta a Burgos, a los 60, a la emigración. Cuando tenía cinco años, la familia Martínez, que ya perdió el acentos en el apellido, puso rumbo a la Borgoña en busca de trabajo y oportunidades y en Nevers crecieron los pequeños Martín y Mariano, que encontraron la pasión en una bici que su padre guardaba pero que tampoco les dejaba usar. «A los 20 años ya había sido campeón de Francia júnior, pero trabajaba en la cadena de montaje de la fábrica de Fiat, reconstruyendo motores de camiones», rememoraba Mariano, todavía con el palmarés más lustroso de toda la saga, que a los 15 ya tenía la nacionalidad francesa, aunque siempre le iban a llamar «el francés de Burgos».
Martín llegó a ganar una etapa en la Vuelta del 74, pero Mariano, dos años más pequeño, fue mucho más allá. En el 78 conquistó la clasificación de la Montaña en el primer Tour de Bernard Hinault, aunque, curiosamente, él siempre pensó que no lo mereció, pues hubo varias irregularidades que acabaron por expulsar de la carrera a Michel Pollentier y Antoine Gutiérrez. Ese mismo Tour levantó los brazos en Pla d'Adet, su primer triunfo de etapa en la Grande Boucle, ya con 30 años. Dos después lo repitió en Morzine. También fue bronce en el Mundial del 74, donde compartió podio en Montreal con Merckx y Poulidor, nada menos. Y fue sexto en la general del Tour del 72, el cuarto de Merckx, uno de los logros que más valora.
A sus 78 años, desde su casa de Garchizy, sigue sin perder detalle a las andanzas de su nieto, como antes lo hizo con sus hijos Miguel, que disputó el Tour de 2002 con el Mapei y triunfó principalmente en el mountain bike, donde fue campeón olímpico en Sydney y del mundo, y Yannick. «Hablábamos de ciclismo constantemente y Lenny estaba harto de pequeño. No le gustaba. ¡Es un maldito Martinez! El hijo del profesor no puede ser el último de la clase», recordaba Mariano en L'Équipe.
«Es meticuloso y aprende muy rápido»
El pequeño Lenny, predestinado, se crio con su madre en Cannes y de niño no optó precisamente por la bici. Lo que le gustaban eran las volteretas en los edificios industriales en ruinas y practicando Urbex se rompió dos veces la clavícula. «Al final, lo inscribimos en una carrera, sin darle instrucciones, y ganó. Desde entonces, sólo ha mejorado. Es meticuloso y aprende muy rápido», contaba el abuelo. Fue cuando se trasladó con su familia paterna a Borgoña cuando el ciclismo le acabó conquistando.
Y, con sus 168 centímetros y poco más de 50 kilos de inquieto grimpeur no tardó en despuntar. Tras dar el salto al profesionalismo con el Groupama, ganó la clásica del Mont Ventoux. Y con poco más de 20 años debutó en la Vuelta, donde se convirtió en el líder más joven de la historia, arrebatando el honor nada menos que a Miguel Indurain. Puso su sello precoz en el Observatorio de Javalambre, donde sólo Sepp Kuss llegó por delante de Lenny.
Lenny Martinez, con el maillot de la Montaña del Tour.MARTIN DIVISEKEFE
Tras un 2024 en el que debutó en el Tour, el Bahrein le firmó un jugoso contrato y los éxitos no han tardado en llegar. Su temporada incluye ya tres triunfos parciales brillantes en París-Niza, Tour de Romandía (quedó, además, segundo de la general) y Dauphiné. Y ahora, la Grande Boucle le aguarda en sus montañas, donde lucirá el polka dot con pretensión de conservarlo hasta París (el último francés en lograrlo fue Romain Bardet, en el 2019), como Mariano en 1978.
«Me resulta raro llevar este maillot que mi abuelo ganó hace tanto tiempo... Se sentirá orgulloso de mí», admitía en Le Mont-Dore, donde resultó llamativo verle tirando de Pogacar y Vingegaard en los últimos metros de la etapa «sólo fue porque quería terminar entre los 10 primeros de la etapa». Hoy, en los Pirineos seguirá buscando puntos para honrar a Mariano: "La etapa es larga y las subidas están dispuestas en la parte final, pero aun así voy a intentar meterme en la escapada. Procuraré no quemarme en los primeros repechos. Necesito sumar el máximo de puntos para conservar este maillot el mayor tiempo posible. Lo haré lo mejor que pueda, y si un día estoy en condiciones de ganar la etapa, por supuesto que iré a por ella".
El lunes, jornada de descanso en el Giro, en mitad de la conferencia ante los medios, Juan Ayuso, que a su lado tiene a Josean Fernández Matxin y un poco más allá a Isaac del Toro -y en su rodilla derecha tres puntos de sutura tras el corte sufrido en la caída en el 'sterrato'-, lanza un avioncito de papel que provoca las risas de su director y su, a priori, gregario en el UAE Emirates. La sensación que pretende transmitir el mejor equipo del mundo en el Giro es de normalidad, hasta de felicidad (justificada, tiene a cuatro de sus corredores entre los 10 primeros). El problema es que el supuesto gregario viste, desde su exhibición por los caminos blancos hacia Siena, de rosa.
El Torito tiene 21 años y ha llegado su hora. Es tímido y no alza la voz ni proclama su derecho a nada. Pero tampoco renuncia: «Mi estrategia es dar lo máximo de mí». Y Matxin, que encontró otra de sus perlas en el insospechada México (un país sin tradición ciclista y con el único referente del pasado de Raúl Alcalá) juega a la ambigüedad. «La situación no cambia. Tenemos dos jefes de filas, Juan y Adam (Yates). Pero el líder merece respeto. La pregunta es para los rivales: ¿cómo nos van a atacar?», desafía, sin despejar la gran pregunta que hoy se hace todo el pelotón.
«Si me llegan a decir que a estas alturas llevó más de un minuto a Roglic y voy segundo de la general, lo firmo», pronuncia Ayuso. Que deja otra frase interesante: «Quiero ganar el Giro. Pero si lo tengo que perder, que el disgusto sea porque lo ha ganado mi compañero».
Isaac del Toro, a su llegada a Siena.LUCA ZENNAROEFE
Juan e Isaac son amigos. Comparten juventud, carácter latino y hacen grupeta dentro del equipo con Igor Arrieta. El asunto es que son dos talentos irrefrenables y el boom del mexicano de Ensenada parece haber llegado en su segunda gran vuelta. "Estoy en una buena posición, pero no creo ser el líder. Para mí, en mi cabeza, ellos son los líderes», dijo tras acabar segundo en Siena por detrás de Van Aert y convertirse en el primer azteca en la historia en vestir la maglia rosa.
La pasión por la bicicleta le viene a Del Toro de su padre y sus tíos. Y de su madre, que siempre quiso que él y su hermano Ángel hicieran deporte. Se enamoró del Tour mientras veía las etapas desayunando antes de ir a clase, especialmente los duelos entre Nairo Quintana y Froome. Pero Isaac no dejaba de ser una rareza. En 2019, con 15 años, tuvo que abandonar el hogar para viajar a Europa, a San Marino, con la oportunidad que le brindaba el AR Monex.
Destacó en mountain bike y ciclocross y pronto Matxin le echó el ojo. También el Caja Rural y el Movistar, que estaban dispuestos a firmarle cuando en 2023 todo se precipitó. Ese verano, a las órdenes de Piotr Ugrumov, Isaac estalla en el Tour del Porvenir, una victoria inolvidable en el Col de la Loze, destrozando a Riccitello, Piganzoli y Pellizzari. Lo que precipita su fichaje por el UAE. En su primera carrera como profesional, al comienzo del 2024, gana la etapa del Tour Down Under y acaba tercero en la general final. La confirmación.
La temporada pasada, con 20 años, debutó en su primera grande, la Vuelta a España. Todo eran lecciones para el mexicano, quien fue intimando con Tadej Pogacar, recibiendo "tips". Ayer mismo confesaba que el esloveno, a quien precisamente ayudó a conquistar la última edición de la Strade Bianche, le había enviado un mensaje instándole a aprovechar su oportunidad, a confiar en sí mismo.
El problema para Ayuso o la bendición para el UAE (y para Matxin) es que todo es tan nuevo para Del Toro que nadie es realmente consciente de lo que es capaz. En el podcast Bajo el maillot confesaba su predilección por la montaña, sin renunciar al resto. «Quiero poder atacar como Alaphilippe y subir con un ritmo impresionante como Froome. Pero también ser polivalente, ir bien en contrarreloj, Ni siquiera sé en lo que soy mejor. Si tienes piernas vas y si no, no». Este martes, en Pisa, se enfrenta a la crono más larga de su corta carrera. Con 1:13 de ventaja sobre Ayuso. «Son buenas personas», despeja Matxin, en medio de los dos, siempre con las mejores cartas en su baraja.