Las dos carreras más importantes del calendario, cada una en su género, el Tour y la París-Roubaix, la reina de las pruebas por etapas y la gran dama de las clásicas de un día, son francesas. Ambas siguen expresando que Francia mantiene, por encima d
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Tour de Francia
LUCAS SÁEZ-BRAVO
Enviado especial
@LucasSaezBravo
Saint Gervais
Actualizado Martes,
18
julio
2023
-
01:31Gorka Prieto, nutricionista del UAE Emirates, explica los secretos...
Un prolífico legado deportivo y artístico guía al velocista neófito y más de moda del Giro de Italia. El neerlandés Olav Kooij (Numansdorp, 2001) es un chaval con heterogénea formación que ya vence a lobos en sprints suicidas. Otro adalid de una nueva generación de corredores distinguida por la osadía y la precocidad.
El aventajado debutante de la Corsa Rosa presume de genealogía. Olav es hijo de Johan Kooij, un ciclista que participó en pruebas nacionales e internacionales. Su madre Anna van der Berg también se dedicó al deporte. El abuelo paterno, Pieter Kooij, fue un destacado ciclista amateur. La abuela paterna, Margot de Vries, fue una tenista con triunfos en categoría nacional. Por parte materna, el abuelo Dirk van der Berg fue futbolista. Su abuela Maria Bakker se alejó del deporte y se dedicó al arte, a la pintura.
En su casa, Olav se tropieza con bicicletas, balones, raquetas y patines. Y es que al joven e inquieto corredor del equipo Visma también le encanta el patinaje artístico y el esquí de fondo.
La pasión por el deporte y su versatilidad distinguen a este sprinter que se curte en el Giro y que el domingo firmó su primer triunfo. Con 22 años y en su debut en la ronda italiana se atreve a desafiar a tipos tan experimentados como Tim Merlier, Caleb Ewan, Fabio Jakobsen, Phil Bauhaus, Fernando Gaviria o Jonathan Milan. En las dos primera etapas resueltas al sprint fue sexto y cuarto. En la de miércoles, con cuatro fugados en meta, concluyó noveno. En Nápoles dio en el centro de la diana, y eso que ha acudido a la carrera italiana sin su tutor. La ausencia del damnificado Wout van Aert es irreparable. No hay mejor lanzador que el belga, como demostró el pasado año en el Tour de Gran Bretaña, donde puso en bandeja cuatro triunfos consecutivos a Kooij. Aquella fue puesta de largo del talentoso neerlandés, que saltó todos los plazos en el equipo de desarrollo del Visma. Debutó en el primer equipo en febrero de 2021, ese año consiguió la medalla de bronce en la prueba en ruta del Mundial sub'23. Tiene contrato hasta 2025.
Kooij es un velocista que podría terminar siendo un notable clasicómano, según aventuran los técnicos del Visma. Este año también ha sumado etapas en París-Niza (dos), Tour de UAE y Clásica de Almería. En 2023 brilló en el Tour de Polonia y Cuatro Días de Dunkerque. En su palmarés ya figuran 33 triunfos.
Merijn Zeeman, director deportivo del Visma, dijo antes del comienzo del Giro: «Olav es uno de los mayores talentos del WorldTour. Es muy rápido y está haciendo una temporada fantástica. Tiene un talento increíble y vamos a ayudarle en todo lo que podamos».
Olav Kooji agradeció los elogios pero lamentó la ausencia de Van Aert. «Es frustrante no poder contar con Van Aert, pero es lo que hay. En el equipo también hay otros corredores con gran experiencia», señaló el neerlandés, que preparó el Giro en Denia (Alicante), junto a sus compañeros el italiano Edoardo Affini, el belga Cian Uijtdebroeks y el francés Christophe Laporte (abandonó la carrera en la primera semana por una caída). «Sin Laporte, tengo que improvisar los movimientos en el sprint. En los dos primeras llegadas mavisas del Giro no estaba al 100% y me sentí inferior a los otros velocistas. Ahora, no», dijo el joven y veloz neerlandés tras ganar en Nápoles y que este lunes disfrutó de su primer día de descanso en el Giro.
En la cima del Mont Ventoux, el icónico paisaje lunar que reina en la Provenza, como un monstruo en el horizonte, visible desde decenas de kilómetros, el espigado Valentin Paret-Peintre, cintura de avispa, pone su nombre entre lágrimas. La victoria de una vida, orgullo francés en este Tour que ansiaba un triunfo local y exploraba sus propias miserias, ahora que se cumplen 40 años de la última corona de Bernard Hinault. En el Mont Ventoux también Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard prolongan su interminable duelo, como condenados para siempre a estar cerca, a desafiarse hasta que uno quede en pie. [Narración y clasificaciones]
Fue una subida como un thriller, como un calvario, con la batalla por delante por la victoria, con Enric Mas en cabeza, sólo, soñando, sufriendo, más de 10 kilómetros, hasta que despertó sin un gramo de fuerza en sus piernas (acabó séptimo). Con Ben Healy y Paret-Peintre, tan livianos, barbudos, dos hipsters con poco más de 100 kilos entre ambos, golpeándose con ataques continuos, nerviosos, inquietos, como escaladores de antaño. Hasta que un inesperado Van Wilder, compañero del francés, salió de la nada y fue determinante en los últimos metros, donde también se había presentado Santiago Buitrago, para que el Soudal del arruinado Remco Evenepoel celebrara un triunfo que vale por 10.
Y más atrás, amenazantes, Jonas y Tadej. Agresivo el danés, más pleno que en los Pirineos. Conservador el esloveno, menos potente. Lejos los escapados del día, el Visma puso ritmo desde abajo, primero Van Aert, luego Kuss. Pogacar se quedó sin compañeros, ni rastro de Narváez. Y, a falta de ocho kilómetros, aún zona boscosa, probó por primera vez Vingegaard. Que repitió dos kilómetros después, cuando Benoot le echó una mano. Y una tercera, tras el impulso de Campenaerts. Todas contrarrestadas por el líder, siempre sentado.
A falta de dos, Pogacar atacó y también respondió con solvencia Vingegaard. Sólo en los últimos metros, para otra muesca mental, el esloveno puso otro par de segundos de ventaja.
Enric Mas y Alaphilippe, en la escapada.ANNE-CHRISTINE POUJOULATAFP
A Enric Mas, tan decaído en otro Tour más, tan lejos del Top 10 y hasta de cualquier opción de victoria de etapa hasta ahora, intenciones proclamadas tras sus primeros desfallecimientos, se le había presentado, al fin, una oportunidad de esas únicas. Atentísimo en los cortes del día, todo llano hasta las faldas del coloso, lo estuvo aún más para plantarse en el sexteto que iba a iniciar la subida con un minuto y medio de adelanto sobre otro grupo de 30 y casi siete con el pelotón, que comandaba el UAE con pocas ambiciones, aparentemente, de llevar a Pogacar hacia el triunfo en el lugar icónico.
Mejor aún el balear anticipándose con colmillo, atacando a falta de cuatro kilómetros a Thymen Arensman, el más peligroso de sus compañeros, el ganador en Superbagnères, al que acompañaba Julien Alaphilippe. Ya sólo le quedaba un calvario, pero qué calvario. En solitario hacia la cima del Gigante de la Provenza, rampas pedregosas, paisaje lunar. Allá donde Tom Simpson perdió la vida en 1967, donde Chris Froome corrió a pie desesperado en 2013, donde otros españoles coronaron en cabeza (Julio Jiménez, Gonzalo Aja y Juanma Gárate), donde hace cuatro Vingegaard se presentó al mundo dejando de rueda a Pogacar. La cima que exploró Petrarca en 1336. Hacia todos esos mitos y leyendas cabalgó el balear.
Que se quedó en la orilla, porque los menudos escaladores le atraparon. Porque Paret-Peintre, ganador el año pasado de otra bonita etapa de montaña en el Giro (Bocca della Selva) aprovechó una oportunidad maravillosa a casi 2.000 metros de descarnada altitud.