El alero, cortado por los Raptors, aguarda ofertas para seguir en la mejor liga del mundo, a la que llegó en 2016.
Juancho Hernangómez, durante un partido reciente con los Raptors.Eduardo LimaEFE
“Mi temporada, mi vida, mi carrera… todo ha sido una montaña rusa”, confesaba Juancho Hernangómez en una entrevista con EL MUNDO el pasado mes de junio, repasando las peripecias desde que dio el salto a la NBA, más desengaños que plenitud, y a sólo unos meses del subidón definitivo. En Berlín, una historia de redención, campeón de Europa con España, mostrando al mundo lo que puede ser: sus siete triples en la final contra Francia (MVP) fueron un grito de liberación.
Y la mejor forma de encarar su enésimo desafío en EEUU. Porque en julio había firmado con los Raptors por 2,3 millones de dólares, su sexto equipo desde que en agosto de 2021 fuera traspasado por los Wolves. Una montaña rusa. En Toronto, a las órdenes de Nick Nurse -del que Sergio Scariolo fue asistente, juntos lograron el anillo-, ha durado poco más de media temporada. El martes fue cortado. Otra vez al alero madrileño le toca hacer las maletas.
Juancho apareció irregularmente en la rotación de un equipo con demasiados jugadores de similares características. De los 62 partidos posibles, apareció en 42, en 10 incluso en el quinteto titular. Pero en solo 12 de ellos disputó más de 20 minutos. La adquisición del veterano Will Barton, que ya debutó anoche contra los Bulls, ha propiciado su despido.
El panorama ahora no parece sencillo para el ex colegial. Los protocolos establecen que ahora las franquicias tienen 48 horas para reclamarle. Ese periodo de espera hace que, por ejemplo, se cierre su opción inmediata de fichar por un equipo Euroliga, pues el plazo de fichajes se cierra este miércoles a las 18.00 horas (Tyler Dorsey ha reforzado al Fenerbahçe de Itoudis). Después de ese tiempo, podría firmar con otro contrato por cualquier equipo, ya como agente libre. El plazo para reforzarse de cara a los playoffs termina el 10 de abril.
Desde que aterrizara en la NBA como número 15 del draft de 2016 por los Nuggets, Juancho ha pertenecido ya a siete equipos, aunque sólo ha vestido seis camisetas y con los Spurs disputó apenas cinco partidos. Una atribulada colección que pone de manifiesto los vaivenes de un jugador que ha mostrado su mejor versión siempre con la selección española. Y una historia demasiado parecida a la de su hermano Willy, que no fue traspasado por los Pelicans, donde apenas tiene opciones. A las órdenes de Scariolo, este verano, ambos tienen el desafío de volver a ganar un oro Mundial.
Un 14 de octubre de hace 25 años, un manchego de Ciudad Real debutaba en ACB. Han pasado otros 25 y Emilio Pérez Pizarro es, 814 partidos después, el rostro más reconocible del arbitraje español. Referente también en Europa, viral por los vídeos microfonados en los que se abre en canal con jugadores y entrenadores, el árbitro en activo con más encuentros (y noveno en la lista histórica que encabeza José Antonio Martín Bertrán con 1080), charla con EL MUNDO camino de Bolonia, donde el miércoles dirigió el Virtus-Mónaco de Euroliga.
¿Recuerda ese Breogán-Ourense del año 2000?
Como si fuera ayer. Un día que por las emociones, las vivencias, la ilusión y lo impensable que era estar allí, lo recuerdo al detalle. Las conversaciones con los compañeros, el viaje... Tengo lagunas del partido, eso sí. Estaba muy nervioso. Mucho.
¿Cuándo el niño Emilio dijo: 'Quiero ser árbitro'?
Nunca hubo ese día. Cogí un silbato con 14 años, por casualidad. Faltaba gente para arbitrar en un torneo de mi ciudad, Ciudad Real. Me gustó y a partir de ahí... escolares, federación, arbitrando por la provincia... Fui quemando etapas, sin pensar demasiado, disfrutando el camino.
11 años después estaba en ACB. ¿Cómo lo compaginó con la adolescencia, los estudios...?
De forma natural. Como otra gente que los fines de semana practica un deporte. Estudié historia, a distancia, poco a poco. Pero no creo que nunca me dedique a ello, porque no tengo vocación por la docencia.
¿Arbitrar es divertido?
Sin duda. Es una pasión. Y hay un componente alto de disfrute, porque si no...
¿Recuerda momentos de dificultad, de querer tirar la toalla?
Recuerdo tener que coger plena consciencia de lo que realmente se pasa en algunas canchas. En las categorías inferiores estás expuesto a una crítica bastante hiriente. Tuve que mentalizarme de que eso formaba parte también de lo que me apasionaba. A nadie le gusta, claro. Pero formaba parte del negocio.
Pérez Pizarro, durante un partido de esta temporada.ACB Photo
¿El episodio más duro?
Como árbitro por Castilla la Mancha tuve que abandonar pistas escoltado por la policía o por guardias civiles. Y en más de una, de dos y de tres ocasiones... No es sencillo. Pero nunca fue un lastre a mi ilusión. Sí me apena que yo y otros tuviéramos que vivir esos momentos. Porque se trata de un deporte. Y no tiene que haber nada más alejado de esas conductas. Qué pena. Que apoyar a un equipo tenga que estar relacionado con estas situaciones desagradables.
¿Quién es el ídolo de un árbitro?
Pues otro árbitro. Si me tango que quedar con una persona y que no se me enfade nadie... Paco Monjas. Él fue quien me ascendió a la ACB. Y sigo manteniendo una relación cordial. Luego, referentes en pista: Miguelo Betancor, Mateo Ramos...
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¿Qué se siente al ser juez de estrellas?
Eres consciente de que tienes que juzgar. Y el sentimiento de admiración tiene que estar ahí, pero nunca mezclado con el trabajo que tienes que hacer. Siendo todo lo profesional e imparcial que debemos. Y arbitrar a jugadores, no a nombres.
Se han hecho virales sus vídeos microfonados, en los que se le ve tratar con jugadores y entrenadores, llamarlos por sus nombres...
Me choca que la gente piense que se estoy haciendo un papel. Me siento igual de cómodo que si no llevara micro. Porque hago exactamente lo mismo. Realmente soy así. En pista. Nos llamamos por nuestro nombre. Luego, me veo una vez y ninguna más. Intento aprender de qué manera puedo comunicar mejor, pero no lo analizo con detenimiento. Sí creo que es un acierto por parte de la ACB, porque dota de mayor transparencia a nuestro trabajo. Acerca al público la manera en que tenemos de interactuar con jugadores y entrenadores, cómo nos comunicamos entre nosotros, el porqué de algunas decisiones...
A veces parecen psicólogos con los jugadores...
Se trata de bajar el pico de tensión. No puedes estar gastando bromas permanentemente, pero un comentario más distendido puede ayudar a destensar la situación. Aunque hay que saber con quién, de qué manera y en qué momento del partido. Pero en más de una protesta nos hemos acabado riendo los dos.
Es muy recordada la final de 2022, cuando Yabusele se le abalanzó. ¿Se sintió intimidado?
Nunca me ha pasado nada igual. ¿Intimidado? Si te digo que no, te estoy engañando. Me sorprendió, no me lo esperaba. No lo recuerdo con mucho cariño. Después tuve la ocasión de encontrarme con él en otros partidos y todo estaba correcto. Hay situaciones que te marcan más que otras y todo forma parte del aprendizaje.
Emilio Pérez Pizarro.ACB Photo
¿Un árbitro es capaz de disfrutar del juego?
Sí, se puede disfrutar. Estamos concentrados en nuestro trabajo. Pero hay momentos que eres como un espectador de lujo.
¿Cuál es el partido más bonito de sus más de 30 años de carrera?
A parte del debut en ACB, he tenido momentos bonitos, pero sobre todo en partidos por el descenso. Que alguien que acaba de perder la categoría, alguien que está jodido, te venga y te felicite por el trabajo realizado... Que te dé un abrazo en ese momento duro. Eso no se olvida, te marca, te emociona. Me quedo con ellos, más que las finales, claro.
¿Se imagina conviviendo con la polémica permanente del fútbol?
Por suerte, en baloncesto, aun teniendo nuestras polémicas, no tenemos ese volumen tan importante. Creo que es un tema mediático. Lo que arrastra el fútbol: el eco es mayor, todo se magnifica. Sigo las polémicas de mis compañeros de fútbol, hablo mucho con mi primo hermano, Pizarro Gómez (fue arbitro de Primera y ahora VAR) y nosotros estamos más alejados.
¿Hay más respeto en una cancha de baloncesto que en el parlamento?
Creo que en el deporte, en el baloncesto, la polarización está más amortiguada que en la sociedad. Más allá de la protesta o del fanatismo lógico por un club, no hay esos puntos de conflicto permanente. Es que parece que vivimos en el conflicto, que entenderse es algo complicado. Cuánto difícil hacemos por entendernos.
¿Cómo es Emilio Pérez Pizarro sin silbato?
Pues como apenas tengo tiempo de ocio, mi poco tiempo libre es para Álvaro, Laura y mi mujer Encarni, que sin ella no estaría aquí. El chiquitajo, que tiene seis años, siempre me dice que no me vaya. La mayor me escondía la maleta.
Era una conjura por Rudy y por Deck. Por la leyenda que se despedía y por el compañero caído. Pero el adiós fue triste para el balear, incapaz de ser revulsivo esta vez, derrotado en su último partido en Europa.
Un 24 de octubre de 2006, con el verdinegro de la Penya, aquel fenómeno de pelo ensortijado que unas semanas antes había sido campeón del mundo con España en Saitama, debutaba en una competición en la que se iba a convertir en leyenda. Inició su cuenta en Badalona, precisamente contra el equipo con el que anoche en el Uber Arena dijo adiós, enfrente entonces de tipos como Batiste, Diamantidis, Siskauskas o Becirovic ante el que iba a ser campeón en Atenas, en una histórica Final Four para el baloncesto español con el Unicaja y el Tau presentes. Ese amanecer de Rudy, a las órdenes de Aíto García Reneses y con Ricky Rubio como compinche, aportó 14 puntos. Desde entonces, con el impás de sus años en la NBA y ya siempre con el blanco del Madrid, un total de 348 partidos divididos en 14 temporadas hasta Berlín, en la competición que conquistó tres veces. Cerrando con amargura un círculo inolvidable.
Rudy se despidió tras 10 minutos en cancha y tres corajudos robos que no sirvieron de mucho. Entre puñados de recuerdos, entre los 20 máximos anotadores y asistentes históricos, el quinto con más triples (594), el tercero que más balones robó (367, sólo por detrás de Diamantidis y Calathes) y tantas cosas de esas que no cuentan en la estadística. Imprescindible de la era Laso, de las finales perdidas y dolorosas de Londres o Milán, pero también actor principal en la de 2015 en Madrid y reconvertido en un líder de la experiencia, los intangibles y la defensa en la de 2018 en Belgrado y el año pasado en Kaunas. Curiosamente, esta temporada, aún más replegado en sus labores de inteligencia, pero no menos clave, apenas sumó un par de canastas de dos en toda la fase regular de la Euroliga, donde no fue nunca titular. Eso sí, pasó más por el perímetro con 20 triples.
Aportando «las ganas de ganar» y apretando a sus compañeros «cuando hace falta». «Son capaces de entrenarse pese a las mil batallas que llevan en sus piernas. Los tres se han adaptado a un calendario de 90 partidos transformando sus cuerpos. Han modificado su juego cuando han cambiado sus características físicas. Es para quitarse el sombrero. Chapeau», se rendía su entrenador, consciente del legado que deja Rudy, de ese ambiente de 'Familia' que ha trasladado desde la selección.
Cumplidos los 39, repleto de 'cicatrices' y problemas físicos, el balear afrontó esta despedida en Berlín -aquí alzó hace dos años el Eurobasket con España-, «como si fuera la primera». Y no pudo culminar su tarea. Eso sí, todavía le quedan un par de misiones. Desde el miércoles, la búsqueda de otro título liguero, para lo que el Madrid, con ventaja de campo, deberá derrotar a un descansado Barça en semifinales. Y a partir del 1 de julio, si el físico respeta, llevar a la selección hasta los Juegos en el torneo Preolímpico que se disputa en la Fonteta. En París serían sus sextos Juegos, lo que ningún jugador de baloncesto hizo jamás. Y cumplir así la promesa que le hizo a su padre.
Al final de un estrecho pasillo al que hay que llegar obligatoriamente descalzo, una niña de 11 años grita como poseída mientras ejecuta eléctricas patadas al cuerpo del oponente. Jesús Ramal la observa con orgullo y atención. Podría ser la nueva Adriana Cerezo, que también llegó con 11 años a este santuario escondido en San Sebastián de los Reyes, cuando ella se encontraba en plena crisis de ansiedad competitiva, en un mar de dudas que pronto se resolvieron: a la semana se subió a un avión rumbo a Finlandia para convertirse en poco tiempo en la perla del taekwondo español, inesperada medalla de plata en Tokio con sólo 17 años, ambición de oro en París dentro de unos meses.
En el gimnasio Hankuk la energía es contagiosa. Deambulan jóvenes sonrientes que bromean y se abrazan y que al cabo se transforman en fieros púgiles a las órdenes de Ramal y de Suvi Mikkonen, la presidenta, la otra clave de esta fábrica de talentos, la ex taekwondista olímpica finlandesa que junto a Jesús ideó un proyecto que ya es referente mundial. «Aquí si no eres campeón de Europa, realmente estás fuera de lugar. En el último campeonato de España, de las ocho categorías femeninas, el club ganó seis. Eso nunca ha pasado», presume el entrenador, que a los próximos Juegos acudirá con dos claras opciones de medalla al Grand Palais de los Campos Elíseos, la de Adriana, por supuesto («si está bien, es imparable»), y la de Viviana Marton, una de las gemelas (Luana, campeona del mundo, se quedó a las puertas en el reciente Preolímpico europeo de Bulgaria que ganó su hermana en la categoría de -67 kilos); dos húngaras nacidas en Tenerife que son la viva imagen de la ambición. En París, Viviana competirá por la Hungría de sus padres, pero después ambas lo podrían hacer por España.
Pero hay más, sobre todo futuro. Está Marta Calvo (hermana de Eva, medallista de plata en Río 2016). Están Iker Abad y Jesús Fraile, campeones de Europa sub 21. Y Elsa Hernández, Lena Moreno, Laura Rodríguez, Sofía García... «La idea es que todo explosione en el 2028. Apuntamos alto». Un grupo de élite en el que tienen el apoyo de cuatro entrenadores, cuatro fisioterapeutas, un departamento de medicina, un preparador físico, un entrenador mental, un nutricionista... «Esto es algo distinto. Es como una familia, pero lo más profesional posible. Buscando ayudas para crecer, para crear una cultura del deporte y del esfuerzo. Eso es complicado, ni muchos centros de alto rendimiento lo tienen», pronuncia Cerezo. «Se ha creado una estructura. Queremos que se sientan profesionales. Y queremos seguir avanzando con patrocinios, mecenazgos... Hay una enorme motivación y un ambiente enriquecedor. Y se lo pasan bien», remarca el gurú Ramal, un entrenador hecho a sí mismo, que heredó el club que fundó el gran maestro coreano Han Seon Moon en 1977, el pionero de la introducción de este arte marcial en España (Hankuk significa Corea en coreano).
Y que forjó su método junto a Mikkonen, su pareja, con la que acudió a los Juegos de Londres (diploma) y de Río. Trabajó 11 años para el Comité Olímpico de Finlandia, como seleccionador, acumulando experiencias. «Allí estaba el centro de investigación, con fisiólogos, nutricionistas, muchos profesionales... Eso abrió un mundo a Jesús», cuenta Suvi, que reivindica una filosofía: «No nos da miedo soñar a lo grande. Esto es algo más que un club. La base es cuidar la salud de los deportistas. Que cuando llegue el resultado, si es que llega, que sea con alguien sano y fuerte, que sea positivo en su vida. Es decir, que no haya sufrimiento en el proceso, que cuando ellas y ellos miren atrás piensen que lo han disfrutado. Los que ganan el oro son los que fluyen, los que disfrutan».
Las gemelas Marton, durante un entrenamiento.ANGEL NAVARRETE
Y el paradigma de todo eso fue y es la sonrisa de Adriana. Aquella niña que conquistó a todo un país en Tokio, avanzando de ronda en ronda, de paliza en paliza, hasta la final cuando nadie la esperaba todavía, talento adolescente. Allí perdió contra la tailandesa Panipak Wongpattanakit por un detalle y lloró de rabia y pidió perdón y emocionó a toda España. «La primera vez que la vi, pensé: 'Es una bestia'», rememora Jesús de su pupila, a la que el retraso de los Juegos a causa de la pandemia le hizo llegar a Tokio con la edad justa, la más joven de toda la expedición nacional. «Adriana nos subió mucho, la gente nos empezó a prestar más atención. Sobre todo por la forma en que lo hizo. Su sonrisa contrastaba con todo el asunto Simon Biles, que estaba sucediendo a la vez. Demostró que el alto rendimiento no está regañado con la salud, ni física ni mental», expone Ramal, que reivindica: «La niña no apareció, tenía una base atrás. En el 2019 hizo 69 combates, con 68 victorias y una derrota. 18 campeonatos, 17 oros y una plata...». «Yo a Tokio no iba a probar, iba a ser campeona olímpica. Estaba flotando», recuerda Cerezo, a la que en el Hankuk International School todos llaman 'La Bicho'.
Cuando le preguntan por su secreto, el madrileño Jesús sonríe y se explaya. Y sigue reflexionando sobre la salud física y mental de sus deportistas, la «neurociencia aplicada al deporte». «Muchas veces yo soy el primero que presiono y tengo dudas de dónde están los límites. La línea es fina y difícil. Hay que cuidarles, es un trabajo holístico. Si tienen exámenes, si han tenido un problema personal... Todo hay que tenerlo en cuenta. Una microlesión te puede parar una semana. Y vas mejorando cuanto más puedes entrenar. Por eso es mejor bajar un poco y estar siempre óptimos», explica y hace hincapié en la parte lúdica, la diversión como pilar, los «entrenos agradables»: «Cuanto mayor es la exigencia, mejor te lo tienes que pasar».
Varios deportistas del Hankuk, en acción durante un entrenamiento.ÁNGEL NAVARRETE
Ramal se apoya en su experiencia y en sus viajes, en el mindfullness -«meditar no como monjes budistas horas y horas; es simplemente parar 10 minutitos. Porque no sabemos parar, con los móviles, las redes sociales...»-, en lecturas y documentales motivacionales que comparte con sus alumnos para «meter en su mente mensajes positivos». Porque los quiere, sobre todo, poderosos, «empoderados». «Mi objetivo es que salgan de aquí cada día como si hubieran hecho el mejor entrenamiento de su vida. Que el entreno sea el mejor momento del día: preparo todo para ir al gimnasio, donde me voy a expresar libremente. Y que en cada patada que den, les vaya la vida en ello», describe con entusiasmo.
«¿Cuándo has entrado que has notado?», interroga Jesús al periodista. «Energía». «¡Eso! Eso lo ve un rival y piensa: 'Esto es algo más'. Por eso he adaptado, por ejemplo, la haka de los All Blacks a nuestro calentamiento, para que sea una activación pura. Aplico aspectos de muchos deportes».