Eduardo Portela, quien fuera presidente de la Asociación de Clubes de Baloncesto (ACB) entre 1990 y 2013, ha fallecido a los 91 años de edad, según informó este jueves la propia organización, de la que era presidente de honor.
Portela, que primero ejerció como entrenador y también como director deportivo en clubes como el Barcelona, con el que ganó una Copa del Rey, fue una figura clave en la fundación de la asociación de clubes en el año 1982, siendo gerente hasta 1990, año en el que dio el salto a una presidencia, siempre mostrándose un precursor de la modernización de la competición.
Entre los cambios de los que de una manera o de otra fue partícipe se encuentran la llegada del ‘playoff’, la del All Star y la de una Copa del Rey en formato de sede única desde 1983 que, años más tarde, en 1986, se convirtió en la Final a Ocho actual.
Su papel en Europa
Además, en 2004 ‘reinventó’ la Supercopa de España con un sistema con semifinales y final con cuatro equipos; trabajó para que los clubes fueran cada vez más profesionales y en la gestión directa del arbitraje con la pionera implantación de tres colegiados por partido; se esforzó por mejorar las retransmisiones; e insistió para que todos los clubes jugaran en pabellones de al menos 5.000 espectadores; según destaca la ACB en su comunicado.
Esta recalca también su figura en el baloncesto europeo: “Formó parte de múltiples comisiones FIBA durante años, fundó y presidió la ULEB (1998-2016) y fue precursor del nacimiento de la Euroliga, buscando que la independencia y decisión de los clubes sobre su futuro, conseguida en la acb, también tuviera lugar en Europa”.
En los últimos tiempos, alternaba la presidencia de honor de la ACB con la de la ULEB
Perder una Copa, un torneo propicio a lo inesperado -aunque hubo un tiempo, hace no tanto, de abrumador dominio de Barça y Madrid-, donde se disputan tres finales consecutivas, no se puede considerar un fracaso. Ni un motivo para dinamitar todo lo construido. Pero, después del éxtasis del Kosner Baskonia en el Roig Arena, la sensación en el Real Madrid era de decepción. De que el proyecto Scariolo, que afrontaba su primer gran examen, sigue sin conseguir levantar definitivamente el vuelo. Y de que se escapó una gran oportunidad de reconquistar el trofeo y alzar el título.
Reposado el trayecto blanco en Valencia, cuesta extraer conclusiones. El equipo no fue un desastre. Ni siquiera hay jugadores claramente señalados. Durante los tres partidos, rindió a un nivel medio-alto casi siempre, con algún momento de gran competitividad, como el jueves ante Unicaja y otros de puro frenesí, como la milagrosa resolución de la batalla en la semifinal contra el Valencia. Pero, también, tuvo un par de agujeros preocupantes. El primero fue el amanecer precisamente contra los locales, un acto inicial impropio, que pudo costar demasiado caro (32-16). Y el segundo, mortal, el desenlace contra el Baskonia, donde el Madrid se desempeñó como si Hezonja fuera a aparecer de nuevo para hacer magia. Sin determinación, con errores de bulto, incapaz de frenar en defensa las heroicidades de Forrest, Luwawu-Cabarrot y Omoruyi, sin acierto y hasta sin contundencia: Diakite, que ni siquiera es un cinco, intimidó a un Tavares siempre incómodo.
"No tengo mucho que reprochar al esfuerzo de los jugadores. Evidentemente, hemos tenido problemas para proteger nuestra pintura. No hay ninguna duda de que hemos concedido demasiadas terminaciones cerca del aro. Hemos fallado en el uno contra uno y en las ayudas", reconoció sin tapujos después Scariolo.
Los jugadores del Madrid, tras perder la final.ACB Photo
Ese fue el análisis en caliente de lo sucedido deportivamente. Una final que los blancos dominaron como parecía lógico ante un rival con una rotación de apenas ocho hombres y que tuvieron en varias ocasiones a tiro de sentenciar (40-30, 72-64...). Pero en la que acabaron enredados y derrotados. Como lo pudieron estar un día antes contra el Valencia Basket: sólo se salvaron por uno de esos milagros que suceden de vez en cuando en el Madrid (perdían de cinco a falta de 18 segundos). En dos partidos, sin prórrogas, encajaron 206 puntos...
Más allá de la Supercopa perdida en pretemporada, el Madrid, que había avanzado con vaivenes todo el curso -contundente en ACB, más dubitativo en la feroz Euroliga-, pierde una bala. Scariolo no ocultó la "decepción", pero quiso poner el valor "la progresión del trabajo", que "no se tira por la borda". Y habló de lo que todo el mundo tiene en mente: ¿será capaz su Madrid de pelear tanto por la Euroliga como de rematar su trabajo en la ACB?
El Madrid no ha sufrido percances físicos de consideración en toda la temporada y su rotación, con 15 piezas, parece estabilizada. Presume de plantilla, de varias opciones por puesto que cualquiera envidiaría, de experiencia (Llull, Campazzo,...), de talento ofensivo diferencial (Hezonja, Maledon, Lyles...), de centímetros (Tavares, Len...), de versatilidad (Deck, Okeke, Feliz...). Es decir, no tiene excusa. Parece más cuestión de mentalidad -"no será fácil volver a levantar la cabeza y competir pero es lo que tenemos que hacer"- y, sobre todo, de que funcione en la cancha.
Para afrontar retos extremos y despejar el runrún de decepción que empieza a circular en alguna parte de la afición. Primero, en una Euroliga donde compiten contra algunos colectivos más potentes objetivamente (Fenerbahçe, Panathinaikos, Olympiacos...). Pese a las 11 derrotas, siguen en buena disposición para conseguir algo que les pondría menos complicado alcanzar la Final Four (el gran objetivo): ser cabezas de serie. La tarea debe comenzar este mismo jueves, cuando recibe al Bayern. El calendario, que no es del todo feroz, tiene una trampa casi al final, con visitas consecutivas a Baskonia, Olympiacos y Fenerbahçe, antes de cerrar la primera fase en casa contra Estrella Roja.
Después llegará el turno de la ACB, donde también tendrán presión, a pesar de que tienen bastante propicio lograr acabar primeros y asegurar el factor cancha en los playoffs. Ahí, tampoco serán sencillos los rivales, tanto el Barça como, sobre todo, un Valencia Basket del que ya avisó su dueño que buscará la revancha en el torneo doméstico.
Contra maldiciones (desde 2002 ningún anfitrión triunfa...), nada mejor que el descaro, el talento callejero, el flow dominicano. Jean Montero desafía la presión imaginando que aún juega en su barrio de Santo Domingo, las calles donde el baloncesto es también una vía de escape. Ante su liderazgo y ante un Valencia Basket decidido a reinar en esta Copa que se inaugura en el Roig Arena, que vuelve a la ciudad del Turia 23 años después, sucumbió el Asisa Joventut (95-84).
Ni el influjo de Ricky -qué lujazo- que meditaba un rato antes del comienzo del duelo, como si visualizara con ojos cerrados aquel pasado, aquel niño de 17 años que alzó el trofeo de verdinegro en Vitoria 2008. O el que antes de dar el gran salto a la NBA lo conquistó dos veces más de azulgrana. Feliz Ricky, feliz el baloncesto.
Hace 10 días, la Penya derrotó al Valencia en el Olimpic. Al ese equipo redondo de Pedro Martínez que ya no sorprende si no que asusta en la mismísima Euroliga. Que parte de favorito en la Copa, mirando a los ojos sin complejos a Madrid y Barça. Entonces fue un 10-2 de salida, que recordaba Dani Miret clave para el desarrollo del duelo después. Algo parecido esta vez, cuando al 5-0 inicial respondió el Joventut con un aluvión, un parcial de 2-13 con ese alero que tira tan raro como efectivo, Cameron Hunt, inabordable.
Pero no cundió el pánico. El Valencia derrota por erosión. Por seguir a lo suyo, juego rápido, triples, carreras y rebote ofensivo. Entre primer y segundo cuarto, un parcial de 10-0 que trastabilló a los catalanes. Empezaban a no encontrar respuesta, porque el intercambio de golpes con este Valencia es condena. Otro arreón justo antes del descanso dejó heridos a los de Miret. Montero era ya un demonio que se empezaba a gustar (46-34, con 15 puntos del dominicano).
El Joventut se llegó a ver 17 abajo a la vuelta de vestuarios y, sin embargo, contra todo pronóstico, resucitó. Mostró coraje y relució su experiencia. La de tipos como Tomic, Hanga o el propio Rubio. Montero se enredó en batallitas con Vives y perdió algo de ritmo. Quedaban nueve minutos y los de Miret, que últimamente andaban con el acierto del revés, estaban a tres puntos a base de triples (69-66).
Ricky Rubio, durante el partido ante el Valencia.Kai ForsterlingEFE
Pero al Valencia, a este Valencia, al pimpampum no le gana casi nadie. En el momento de la verdad, los triples como lluvia fina en el Roig Arena, dos de Pradilla (solidísimo, como siempre), Badio... Y otra vez la ventaja y un Joventut que moría lentamente. Fue el propio Papi Badio el que puso el remate, ya sin aliento el Joventut, digno, pero corto en el Roig Arena.
El segundo desafío de la era Chus Mateo era otra historia. Nada de un rival de segunda fila como Dinamarca. Enfrente, un ogro de últimamente, Georgia y sus guerreros curtidos en mil batallas, y un escenario ante el que cumplir. También de los que alzan, pues el Santiago Martín de La Laguna fue la caldera necesaria, el espíritu de selección que despiertan estos héroes de las Ventanas. Y, de repente, España se divirtió. Como hacía tiempo. [90-61: Narración y estadísticas]
Porque se acumulaban las frustraciones, el largo desierto tras la época dorada que apenas tuvo el oasis del oro europeo de 2022. De todo eso quiere renacer España, reivindicarse como este domingo en Tenerife. Una noche tan redonda, como una borrachera, que tardará en olvidarse. Y eso que todo empezó fatal.
Del shock a la euforia. Del corazón encogido cuando un gigante, con la mirada perdida, al borde del desmayo, apenas podía mantenerse en pie. Great Osobor, líder en su debut en Copenhague, se quebró de mala manera la rodilla cuando apenas llevaba un minuto en pista. Era el colmo de las malas noticias, de un comienzo de partido errático, sucumbiendo ante el plan sabido del rival. A lo que manda la sabiduría y la dureza de Shengelia, capaz de jugar por su país dos partidos en menos de 24 horas y recorriéndose media Europa. Y la eficacia de Gio Shermadini, en su último partido internacional después de 18 años, precisamente en el escenario que le sigue disfrutando cada jornada de ACB.
Yusta intenta anotar ante Shengelia y Shermadini.Ramón de la RochaEFE
Se comprobó España maniatada, 10 abajo, cargada de faltas. Y en una penetración rival, una colisión y la lesión de Osobor, que silenció el Santiago Martín. Entonces, la rebelión. Izan Almansa (el mejor, acabó con 12 puntos, nueve rebotes, tres robos, tres tapones...) se quitó las legañas, Lluís Costa tomó las riendas y Oriol Paulí fue la revolución. Se contagió la selección de su propio rock and roll y acompañaron las muñecas. Triples de Busquets (dos), Paulí, Salvó, Yusta... Carreras, defensas al límite y un rival que ahora fallaba hasta los tiros libres. Un parcial de 24-4 para cerrar 14 arriba una primera mitad repleta de emociones.
La clave era mantener el ardor, esa «intensidad» que reclamó el nuevo seleccionador en la previa como única vía para competir ante la experiencia rival. España corría y Georgia seguía con la lengua fuera. Aunque los triples ya no entraran con tanta facilidad, acudían los chicos de Chus Mateo como lobos al rebote ofensivo. Y no dudaron cuando olieron sangre: fue un ko técnico.
Regado de espectáculo, de contras fugaces en las que Pauli tiraba dos caños. De tapones en el cielo de La Laguna de Izan Almansa, demostrando lo que se sospechaba: ya está para la elite. De puntos, cómo no, de Santi Yusta, el único que estaba presente el pasado verano en Limasol, cuando esta Georgia arruinó todo el Eurobasket. De más triples (10 puntos de Francis Alonso en cinco minutos finales) y de una ventaja que se fue a los 25. Un triunfo como revancha del pasado, de presente y también de futuro, pues será vital en las cuentas para estar en el Mundial de 2027.