En unas semanas se cumplen 30 años de uno de esos momentos deportivos que un país recuerda para siempre. Jefferson Pérez (Cuenca, Ecuador, 1976) con la zapatilla rota, lograba la primera medalla olímpica para Ecuador, aquel imperecedero oro en los 20 kilómetros marcha en Atlanta 96 que el menudo atleta completaría con la plata de Pekín 2008 y tres títulos mundiales. Con motivo de la celebración de la quinta edición del Gran Premio de Madrid Marcha este domingo en la Gran Vía, que le rendirá merecido homenaje, Jefferson pasea estos días dándose un baño de multitudes con la comunidad ecuatoriana en España, que reconoce al icono, aquel niño que vendía periódicos en las calles de su ciudad, a más de 2.600 metros de altitud: “Mi oro cambió para siempre la mentalidad de Ecuador”.
Hoy Pérez, empresario de éxito, conferenciante y presidente de la Federación de Atletismo de Ecuador, comprueba cómo ya no es rareza -“Me giro y encuentro a ocho compañeros, a ocho hermanos olímpicos ya medallistas. Y les doy las gracias por no dejarme solo, era muy pesada esa carga”- y cómo el destino tiene guiños fantásticos. Con orgullo, cuenta la historia de Daniel Pintado, el marchador campeón olímpico en París que era un niño de su misma ciudad que prometió a su madre imitar a Jefferson algún día cuando ella lloraba al ver aquel oro por la televisión.
Pregunta.- Ese niño huérfano, que se ganaba la vida en las calles, ¿hubiera imaginado todo esto?
Respuesta.- Mi padre era militar y, antes de morir, él siempre me llevaba a lo más alto de la casa y me hacía ver los aviones. Me decía: ‘Un día, tú tienes que ser piloto y dominar los cielos’. Desde niño me empezaron a inculcar siempre metas altas, pero también esfuerzo, perseverancia. Me inyectaron el bichito de intentarlo, intentarlo… La vida me dio la oportunidad de conocer todos los continentes, de ganar eventos por todo el mundo y me di cuenta de que lo más extraordinario es la amistad que puedes generar en diferentes lugares, conocer las culturas, sus tradiciones, sus costumbres. Es lo que te enriquece.
P.- ¿Cómo fue su infancia?
R.- Mi vida ha sido una catarata permanente de necesidades. Nací ochomesino. Pero la vida me fue poniendo ángeles. Cada vez que tuve una crisis, golpeaba puertas y siempre aparecía un ángel. No para solucionarme el problema, sino para darme herramientas para poder superarlo. Recuerdo vender periódicos en las calles. Imagínate, un niño de siete u ocho años, a 2.600 metros de altitud, corriendo entre tres y cuatro horas. No estoy diciendo que eso se deba hacer, por favor, pero naturalmente eso me hizo desarrollar la tolerancia al esfuerzo. Eso, cuando más tarde intenté llegar a unos Juegos o estudiar, fue mi ángel. Siempre le digo a la gente: ‘Golpeemos puertas’. Y si una puerta no se abre, no importa, sigue golpeando más puertas, más puertas. Y no esperes que alguien te diga: ‘Te doy la solución’. Espera que te den las herramientas.
P.- ¿Esa altitud fue clave después también en su carrera?
R.- En 1996 nosotros entrenábamos por la mañana a 2.500 metros de altura, hasta las 9. Desayunábamos y viajábamos media hora, a 4.000 metros y volvíamos a entrenar. Comíamos y otras dos horas en coche para llegar a nivel del mar. Ahí teníamos nuestra tercera jornada de entrenamiento. Así varios días. Y luego lo hacíamos nuevamente, pero invertido. Hoy se puede hacer todos esto así con una cámara hiperbárica. Nosotros no teníamos tecnología, pero sí el instinto.
Jefferson Pérez, en Madrid, durante la entrevista con EL MUNDO.
P.- ¿Por qué eligió la marcha?
R.- Por pura curiosidad, porque yo era corredor. Nosotros terminábamos de entrenar y los marchistas seguían. Me llamó la atención y un día le pregunté al entrenador. Me invitó al entrenamiento. Pero la clave fue cuando él me habló acerca de la biomecánica. Imagínate, en los años 80. Me hablaba de desplazamiento, de acción-reacción del cuerpo, de peso, de la masa. Me enamoró.
P.- ¿Cómo recuerda aquel oro de Atlanta?
R.- Ah, fue un momento grandioso de mi vida. A veces sólo vemos el momento final, esos instantes. Pero todo el trayecto recorrido muchas veces es lo que desconocemos. Llegar a la meta para mí fue encontrar mucha paz, mucha gratitud, mucha emoción. Romper el ‘celofán’, porque normalmente la gente en Ecuador solía decir: ‘Otras Juegos más y no va a pasar nada’. No ganábamos ni una medalla y desde ese momento se rompió eso. La gente empezó a decir: ‘Podemos intentarlo’. Dos después tarde tuvimos al primer ecuatoriano llegando al Everest sin oxígeno. Unos años más tarde, Ecuador se clasificó para su primer Mundial de fútbol. Hoy, cuando escucho a los deportistas de mi país, me emocionan. No sólo van a participar, quieren ganar, ser protagonistas. Ese fue el principal cambio en la mentalidad del ecuatoriano.
Jefferson Pérez, llegando a la meta, en Atlanta 96.
P.- Su rivalidad con los españoles marcó una época.
R.- Fue maravillosa. REcuerdo primero a Jordi Llopart, a José Marín. Luego vino la siguiente generación, Dani Plaza, David Domínguez, Valentín Massana. Y después Paquillo, fueron muchos años compitiendo con él, un deportista de mucho nivel. y ahora, finalmente, María Pérez, entre otros más.
P.- ¿Cómo ha encontrado a la comunidad ecuatoriana en España?
R.- Es muy emocionante ver a chicos que vinieron jóvenes, o que ya nacieron aquí y han encontrado unos estudios, un trabajo, una vida. Lo único que pedimos son oportunidades. Somos gente de trabajo, gente de bien, pero no te puedo negar que, como en todos sitios, siempre existen por ahí algunos que hacen quedar mal a una nación. Le doy las gracias a España por abrirnos las puertas a todos los latinos. A veces nos puede costar entender las costumbres locales, pero cuando ya pasa un tiempo, asumimos, las respetamos y nos adaptamos.
P.- La rivalidad en la marcha se mantiene entre Ecuador y España, dos países con tanta tradición…
R.- Es interesante, porque no sólo nos une una lengua, también nos une un deporte, una especialidad. Tuve una reunión con la Federación Española y la idea es mantener esa relación mutua, intercambiar información, tecnología, organización, nos permita a los países mejorar.









