Campeón en Suecia-1958 y Chile-1962, despojada en Inglaterra-1966 mediante juego violento, Brasil se clasificó para México-1970 de la mano de João Saldanha, de 52 años, exjugador de corta carrera en el Botafogo, luego afamado periodista deportivo y miembro del Partido Comunista por más señas. La clasificación fue brillante, con dobles victorias sobre Paraguay, Colombia y Venezuela, sumando 23 goles y encajando dos.
Pero con problemas. El general Emílio Médici, jefe de la dictadura militar de turno, quería en la selección a Dadá ‘Maravilla’. Diré que este era un jugador singular. Hijo de madre soltera suicidada cuando él tenía cinco años, tuvo una infancia callejera salpicada de delitos y arrestos. No le interesó el fútbol hasta que se vio en el correccional de Fenabem, ya con 20 años. Era un prodigio físico: hacía los 100 metros en 10 segundos, y saltaba 0,90 desde parado y 1,50 en carrera. Apareció en el Campo Grande con 21 años y a los 23 saltó al Atlético Mineiro. Carecía de control y regate, pero su velocidad, salto e instinto le proporcionaban ocasiones de remate y muchos entraban por desconcierto del portero ante su mal golpeo. Se autodenominó ‘Peito-di-Aço’, (Pecho de Acero), y decía cosas divertidas: “Con Dadá en el campo no hay portería en blanco”, “Hay tres poderes: Dios en el cielo, el Papa en el Vaticano y Dadá en el área.” “Chuto tan mal que si un día marco desde fuera del área despedirán al portero.” En 1969 sumó 40 en 43 partidos para el Mineiro, ninguna broma, pero era un perfecto inútil para todo lo demás. Médici reclamó que fuera convocado, y Saldanha respondió: “Yo no convoco a los ministros, él no convoca a los jugadores”.
Además tuvo un feo incidente. Brasil celebró la clasificación con un amistoso ante el Flamengo, que ganó, y su entrenador, Dorival Knipel, declarado enemigo de Saldanha hizo a los suyos dar una vuelta olímpica. Lo digirió tan mal que el día siguiente fue a la sede del Flamengo con un revólver para ajustar cuentas con Knipel, que afortunadamente no estaba.
Pero el problema definitivo lo tuvo con Pelé. Había surgido Tostão, seis años más joven, y felizmente recuperado de una lesión de retina. Era ‘El Pelé Blanco’ y jugaba en su misma posición, por detrás del punta. Como Pelé ya perdía velocidad, Saldanha le pidió que se emplazara arriba, como referencia, pero no quiso. En un amistoso contra Bulgaria le dejó en el banco y le sacó en el segundo tiempo con el 13 a la espalda, todo un sacrilegio. El partido acabó 0-0 y fue despedido.
La llegada de Zagallo
Se eligió a Zagallo, compañero de Pelé en los títulos de Suecia-58 y Chile-62. Se encontró con cuatro ‘dieces’ de inmensa categoría y en gran forma: Pelé, Tostão, Rivelino, muy técnico y formidable chutador, y Gerson, un interior cerebral. Los cuatro se movían por la misma zona. La revista Placar reveló un encuentro en la habitación de Pelé en el hotel Palmeiras organizada por Clodoaldo, de fuerte liderazgo, con Tostão, Rivelino, Gerson y el propio Pelé. Ahí acordaron cómo organizarse, con el extremo Jairzinho por la derecha. Rivelino sería extremo izquierdo, con diagonales hacia el interior, alternando con Tostão, Pelé se movería libre y Gerson marcaría el ritmo. A aquella línea (Jairzinho-Gerson-Tostão-Pelé-Rivelino) se la llamaría ‘la delantera de los cinco dieces’. Jairzinho era extremo puro, sólo fue un ‘diez’ muy al principio y ya al final de su carrera, pero lo de ‘cinco dieces’ sonaba mejor y quedó.
Zagallo retrasó al medio Piazza a la defensa, junto al duro Brito, para mejorar la salida, y confió el eje a Clodoaldo. Los laterales fueron Carlos Alberto, capitán y superclase, y el seguro y fuerte Everaldo. De portero, Félix, al que le cayó el papel de patito feo. Ese sería el equipo, con Paulo César Lima por ausencia de Gerson ante Inglaterra y Rumanía. Eso sí: llevó a Dadá, para contentar a Médici.
La preparación la diseñó un oficial de marines, Lamartine DaCosta, que recetó 92 días en ejercicios físicos duros, sin apenas balón, en altitud y un uso insistente del ‘test de Cooper’. Los últimos 60 días, ya los hicieron en Guanajuato, México, a 2.800 metros. Un martirio para Pelé. Tenía 29 años y había mantenido su privilegiado físico sin casi entrenar, sólo jugando, pues el Santos le explotó en constantes giras. Un día cazó al defensa Fontana murmurando con un militar: “Pelé es bueno para el fut-voley, pero no para el trabajo serio”. Se indignó, hubo que separarles y costó convencerle para que no exigiera su expulsión.
La parada de Banks
El estreno es el 3 de junio en el Jalisco, de Guadalajara (1.566 metros), ante Checoslovaquia. Mucha gente opina que una victoria en el Mundial favorecerá a la dictadura, que está haciendo barbaridades, y no hay fervor en torno al equipo. Para los jugadores es una liberación reconvertirse de nuevo de marines en futbolistas. Empiezan despistados, las conexiones no funcionan, y en el 11′ Petrá abre el marcador para los centroeuropeos. En el 24′ hay un golpe franco cerca del área que Rivelino transforma con un cañonazo homicida por el palo del meta Viktor. 1-1. No ha pasado mucho tiempo cuando Pelé lanza desde su propio campo un tiro que sorprende a todo el mundo; Viktor retrocede a la carrera, no llega, pero el balón se escapa junto a la escuadra. Es un momento mágico. Desde entonces se llamará ‘el gol de Pelé’ a los intentos de ese tipo, que proliferaron. En el 59′ sí marcará, matando con el pecho un pase de Rivelino para cruzar de forma imparable. En el 61′ Jairzinho agranda la distancia y luego cierra en el 83′. 4-1.
El día 7 y en el mismo escenario, toca Inglaterra, campeona vigente. Los jugadores soportan horas de proyección de diapositivas en las que Parreira, un innovador, les hace ver foto a foto los secretos tácticos del rival. El partido, bravo y tenso; una imprudencia de Lee, que patea la cabeza de Félix por llegar tarde al balón, es respondida pronto con un estacazo de Carlos Alberto, pie de hierro en bota de seda. Banks le hace a Pelé la parada de todos los tiempos, en un cabezazo desde la frontal del área chica, picado, que salva manoteando a bocajarro por encima del larguero. El gol no llega hasta el 59′, tras una cadena de regates de Tostão por la izquierda con envío a Pelé, que en el punto de penalti doma la pelota, atrae a defensas y abre para la llegada de Jairzinho, que cruza.
El grupo se cierra el día 10 con un 3-2 ante Rumanía. Pelé hace dos goles (19′ y 67′), uno de ellos al modo de Rivelino ante Checoslovaquia, tirando duro por el hueco que deja Jairzinho en la barrera apartándose en el momento oportuno. El otro lo consigue el propio Jairzinho en el 22′.
Los cuartos, el 14 y de nuevo en el Jalisco, enfrentan a Brasil con Perú, que entrena Didí, campeón del mundo y director de juego en 1958 y 1962. Un referente en el país, donde muchos se quejan de que no sea seleccionador nacional por negro y haya tenido que ir a exportar el ‘jogo bonito’ a Perú. Se clasificó para el Mundial dejando a Argentina, lo que inspiró al compositor Félix Figueroa una canción, ‘Perú Campeón’, que se sigue cantando allí. En su presentación remontó a Bulgaria un 0-2 para ganar 3-2 con un ataque constante y creativo… Luego batió 3-0 a Marruecos y no se le tuvo en cuenta la caída ante la Alemania de Maier, Beckenbauer, Overath, Seeler y Müller. El 14 de junio, de nuevo en el Jalisco, disputó contra Brasil el más bello partido del campeonato, que ganaron los brasileños por 4-2, con goles de Rivelino, Tostão (2) y Jairzinho. Fue una gozada.
El recuerdo del Maracanazo
La semifinal, que Havelange maniobró para que se jugara también en el Jalisco, donde el público estaba definitivamente enamorado de Brasil, les enfrentaba a un fantasma familiar: Uruguay. Sólo hacía veinte años del ‘Maracanazo’, todos los jugadores habían crecido escuchando a sus mayores hablar de ese trauma y las vísperas estuvieron cargadas de una tensión incómoda, con decenas de periodistas pululando por la concentración.
El desafío es el 17 de junio. Uruguay se maneja con soltura y se adelanta en el 19′ por medio de Luis Cubilla, y digamos que Félix no estuvo exento de culpa. A Brasil se le nota agobiado e impreciso, aunque en el 43′ empata Clodoaldo, que se ha adelantado inesperadamente y llega sin ser detectado al área para marcar a pase de Tostão.
En el descanso, Zagallo está indignado. Se sube a la mesa de masajes, les abronca por cobardes, enrojece… “La mejor charla de un entrenador que vi nunca”, diría luego Clodoaldo. El equipo sale con otro son, convencido de su superioridad. Jairzinho, en el 76′ y Rivelino, en el 89′, fijan el resultado en 3-1. Rivelino lo celebra con una alegría salvaje, como si expresara la liberación de todo un país. Pelé deja una jugada para la historia, al regatear a Mazurkiewicz sin tocar el balón. Lástima que tampoco fue gol.
El título, en propiedad
Todo desemboca el 21 de junio en el Azteca, a 3.200 metros. Enfrente está Italia, que ha ido de menos a más. Pasó el grupo con 1-0 ante Suecia y sendos 0-0 con Uruguay e Israel; en cuartos barrió a México (4-1), y en semifinales dejó fuera a Alemania con una prórroga inolvidable, la media hora más emocionante en la historia de la Copa del Mundo.
Al llegar al campo dejan solo a Pelé, que echa una cabezada en el vestuario, como hacía en los partidos importantes. Cuando regresan está despierto. Y todos a jugar. Brasil ataca y en el 18′, Rivelino bombea hacia el segundo palo y allí aparece Pelé, a la espalda de Burgnich, para sacudir un frentazo inapelable. Sigue apretando Brasil, pero en el 37′, en un contraataque, Félix y Brito se lían y el balón queda suelto en la frontal para Boninsegna, que marca a puerta vacía.
Parece que hay partido, pero no. La segunda mitad de Brasil es magnífica. Juegan los mismos once que ante Uruguay, sin cambios aquel día, tampoco ahora. Esos últimos 45 minutos del campeonato valoran aquel feroz entrenamiento de marines. Juegan con frescura ante una Italia que boquea y se agarrota. Gerson hace el 2-1 en el 66′ con un gran tiro cruzado, Jairzinho el 3-1 en el 71′, llegando al área chica remolcando a Facchetti, y en el 86′ llega la firma, una jugada que nace por la izquierda, hacia donde Jairzinho ha arrastrado a su marcador, pasa por Pelé, que temporiza y cede para la llegada en carrera de Carlos Alberto y éste sentencia con un tiro raso y duro al segundo palo. Luego salta tras la portería, celebrando ese gran gol suyo que es de todos y de todo el fútbol: 4-1.
Carlos Alberto recoge la Jules Rimet, entregada en propiedad a Brasil por su tercer título. (Desgraciadamente ya no existe, porque unos cacos la fundieron). La mira con veneración, la besa, la alza. Luego se desata el delirio. Los jugadores son asaltados, su ropa vuela, Rivelino sufre un colapso y le sacan como se puede… Pelé es alzado a hombros y alguien coloca sobre su cabeza un gran sombrero mexicano. Es O Rei, no hay duda, y esa imagen simboliza el regreso de lo mejor del fútbol, después de Inglaterra-1966, último Mundial en blanco y negro, en el que habían mandado el fútbol sucio y los malos arbitrajes.













