A pocos kilómetros de la Meca, en Jeddah, el domingo pasado tendría que haber sido un día grande: monoplazas a toda velocidad, el mundo observando, los hoteles llenos, la ciudad -más bien aburrida- en su máximo esplendor. Pero no hubo nada de eso. Silencio y vacío. La Fórmula 1 no fue a Arabia Saudí por culpa de la Guerra de Irán, el Gran Premio quedó cancelado, y sólo hubo quietud en el circuito urbano del Corniche.
Muy lejos de allí en cambio sí había movimiento, mucho movimiento. En las oficinas de Colorado de Liberty Media, la empresa organizadora del Mundial, la anulación de las carreras en Bahréin y Arabia obligó a trabajo extra para arreglar el desaguisado. El certamen perdió algo más de 200 millones de euros entre cánones de organización y patrocinios asociados y todavía no sabe si podrá ir a Qatar o Abu Dhabi para cerrar la temporada. Los países del Golfo pagan más que el resto por albergar una carrera -Arabia y Qatar superan los 50 millones, Bahréin ronda los 45-, aportan una parte esencial de los ingresos por sedes y su estabilidad se ha convertido en un factor importante. No en vano Liberty llegó a perder cerca de un 12% en bolsa tras anunciarse las cancelaciones.
Pero igualmente la compañía insiste en que no hay crisis y, para mostrarlo, se apoya en su estructura de ingresos. En 2025 la Fórmula 1 facturó cerca de 3.870 millones de dólares, y sólo algo más de una cuarta parte procedía de lo que pagan los países organizadores. El resto llegó por vías más estables: los derechos televisivos -que se mantienen intactos mientras el calendario supere las 16 carreras- y los acuerdos globales de patrocinio, diseñados a largo plazo y desvinculados de una prueba concreta.
La lectura de las pérdidas así debe ser optimista. Aunque se cancelen Grandes Premios, el núcleo del negocio sigue funcionando y el campeonato conserva su capacidad de generar ingresos a escala global. Incluso dentro del paddock el efecto no es lineal. Bajo el límite presupuestario vigente, cada carrera que desaparece del calendario reduce costes logísticos -menos vuelos intercontinentales, menos transporte de material, menos personal desplazado- y libera recursos que los equipos pueden redirigir al desarrollo técnico. En un deporte donde las diferencias se miden en milésimas, ese ahorro puede tener impacto competitivo. De hecho no es descabellado pensar que un parón altere jerarquías y que, cuando la temporada se reanude en Miami el próximo 3 de mayo, habrá equipos que habrán sabido aprovechar el momento.
MotoGP, un problema a futuro
El impacto es distinto en MotoGP. El campeonato de motociclismo mueve cifras inferiores a la Fórmula 1 y depende más directamente de cada carrera. En 2024 cerró su facturación en 462 millones de euros, un 5% del curso anterior por culpa de la cancelación de los Grandes Premios de Argentina y Valencia. Su estructura es más frágil porque no hay grandes contratos globales capaces de amortiguar un parón prolongado, pero se salva de esta crisis porque su calendario está menos diversificado. Este curso el certamen sólo tiene en su calendario un viaje al Golfo, el Gran Premio de Qatar, y aún espera salvarlo con el aplazamiento hasta noviembre.
Lo que preocupa más es el medio plazo. La perspectiva del campeonato siempre ha sido expandirse hacia Oriente Medio -se proyectaba una carrera en Arabia Saudí a partir de 2028- y la crisis actual ha puesto en duda ese crecimiento. La internacionalización del campeonato motero, clave para aumentar ingresos y reducir su dependencia europea, queda en suspenso. Si la Fórmula 1 ha sabido resistir el impacto de la Guerra de Irán, está por ver cómo afecta al futuro de MotoGP.







