La paradoja Mbappé

La paradoja Mbappé

Dejando a un lado a Courtois, dado que los porteros sólo responden ante su propia singularidad dentro de la uniformidad del conjunto, a Kylian Mbappé se le considera unánimemente el futbolista más descollante del Madrid. Pero también es objeto de discusión respecto a los efectos prácticos de tamaño timbre. Hay quien defiende que el equipo se desenvuelve peor con él. En un deporte colectivo, fractura el grupo, dividiéndolo en exceso entre su persona y el resto. No estorba, eso faltaría. Pero su voltaje produce cortocircuitos resumidos en que Vinicius era mejor jugador antes de que él apareciera por aquí para formar un dúo irresistible.

Para saber más

Mbappé personaliza el gol, la suprema expresión del fútbol. Imposible escatimarle méritos. Obligado alabar su Bota de Oro, sus 44 tantos en total, la pasada temporada. Sus 14 en ésta en Champions y los 23 en Liga. Pero el Madrid no ganó nada en ese curso 2024-25. Y en el actual va por el mismo camino, agarrado a la brocha de la Champions. Es cierto que Mbappé, con su gol en el Bernabéu, el único en los siete últimos encuentros, le insufló un hilo de vida ante el encuentro a vida o muerte en Múnich. Pero se le reprochó su falta de puntería en varios momentos. Su categoría y su sueldo le conminan poco menos que a la infalibilidad. En su primer año marcaba un gol cada cuatro tiros. Ahora, cada 25.

Mbappé no defiende, no presiona. Semejante actitud le costó calentar banquillo con Luis Enrique, que es quien sabe de verdad de fútbol. Los demás no tenemos ni p… idea. Muchos estarán de acuerdo con el asturiano. Y otros tantos pensarán que obligar a Mbappé a defender es como emplear a un purasangre como animal de tiro. Un error de concepto y otro de aplicación.

Kylian es, pues, una paradoja asomada a un debate y sazonada con un punto de gafe. El PSG no ganó la Champions hasta que él se fue. Y el Madrid no celebra un título desde que él llegó. Excepto en algunos momentos al comienzo titubeante de su aterrizaje, Mbappé sólo ha dado motivos para ser vitoreado. Pero ya ha escuchado murmullos. Y un día, igual que históricamente a todos, se le silbará como expresión del juicio inapelable de la grada. Los silbidos en el estadio más exigente del mundo son a veces una invitación a la despedida. Otras, un rito iniciático, una forma de bienvenida que avisa de que el escudo hay que merecérselo partido tras partido. Con el talento que se les reconoce a las estrellas, pero también con el esfuerzo que, como a cualquiera, se les exige.

En los demás estadios, el jugador se doctora afectivamente ante la parroquia cuando le aplauden. En el Bernabéu, además, cuando le pitan.

kpd