La tetracampeona Italia no estará en el Mundial de fútbol de este verano, como faltó en los dos anteriores. Fue incapaz de ganarse la plaza en la generosa fase regular de clasificación y sucumbió en la amable repesca ante Bosnia, la 66ª en el ránking FIFA. Una vergüenza (Capello dixit) más que un fracaso. Un “Triple Apocalipsis”, según tituló “La Gazzetta dello Sport”.
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La crisis del fútbol nacional italiano también alcanza individualmente a los jugadores, que año tras año no figuran entre los candidatos al Balón de oro. Y a los clubes, que no ganan la Champions desde 2010. Sus plantillas trufadas de extranjeros, como en todas las principales Ligas, los convierten en representantes de sí mismos en sus respectivos entornos, no del país. Sin embargo, forman parte del entramado conjunto y contribuyen a dibujar su imagen completa. Que la “azzurra” se apuntara la Eurocopa de 2020 se explica porque, aunque no creamos en los milagros, haberlos, haylos.
A medida que el fútbol, por estructuras o coyunturas, ha ido perdiendo lustre, el resto del deporte italiano lo ha ido ganando de modo equivalente. Vive una Edad de Oro reflejada en los resultados de los Juegos Olímpicos de Tokio y París, de los recientes de invierno de Milán-Cortina y, en general, de cualquier competición a lo largo del calendario.
Como causa o como consecuencia, o tal vez sólo por casualidad, el deporte italiano se beneficia de la contingencia del fútbol, cuyas modernas y universales características empresariales, transformadas en los nuevos pecados, proceden de su separación del deporte para formar un planeta exterior, fuera de la galaxia común. Podemos aventurar la teoría de que en cuanto ha decaído el fútbol, se ha producido en Italia un crecimiento proporcional en esos otros deportes mediante un automático proceso mixto de sustitución y conquista.
En España, un país con una cultura muy inferior desde siempre a la italiana y con una dimensión históricamente menor, se produce un fenómeno inverso. El fútbol escamotea espacio y escatima oxígeno a los demás deportes. Los relega en los medios, regateándoles presencia y restándoles protagonismo. Serían parientes pobres si el fútbol no hubiera renunciado hace tiempo a la casa común para irse a vivir solo en un palacio demasiado grande y costoso de mantener como para no tener goteras y desconchones. Ya no hay consanguinidad entre él y sus familiares, cada vez más arrinconados en las páginas e informaciones especializadas y, por lo tanto, en la atención y el aprecio de la gente.
No nos faltan estrellas, hasta ahí podíamos llegar. Pero, a tenor de los resultados globales en los últimos tiempos, da la impresión de que España está menguando deportivamente en la medida en la que el fútbol va creciendo y derivando de afición a pasión, y de pasión a adicción. Nos gusta el fútbol, cómo no. Pero gozándolo sin tasa hasta elevarlo a exclusivo y excluyente, soportamos un lastre, arrastramos una rémora y, en definitiva, arrojamos balones contra nuestro propio tejado.



