La guerra civil que está a punto de explotar en el tenis: 1.000 millones, Arabia Saudí y la queja de Djokovic contra Alcaraz y Sinner

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El tenis tal y como lo conocemos podría desaparecer en los próximos años. O no. La única certeza es que entre las pistas y los despachos hay una guerra civil a punto de explotar. A un lado, el Open de Australia y muchísimos jugadores —más de 600—, aunque estrellas como Carlos Alcaraz y Jannik Sinner se hayan alejado de las trincheras. Al otro, los circuitos ATP y WTA y los otros tres Grand Slam: Roland Garros, Wimbledon y el US Open. Entre ambas partes ya hay demandas, multimillonarios dispuestos a intervenir e incertidumbre. Quizá desaparezca el sistema actual. Quizá no pase nada. Pero el precedente del golf y la herida abierta del LIV Golf espantan.

Para entender la situación hay que rebobinar seis años y centrar la mirada en un solo tenista, el más laureado de todos los tiempos: Novak Djokovic. En 2020, el serbio creó un nuevo sindicato de jugadores junto a Vasek Pospisil para reclamar lo que consideraba que era suyo: más dinero, más libertad comercial, menos partidos y menos imposiciones. “Nos merecemos tener más voz en las decisiones que se toman en los despachos”, afirmaba entonces Djokovic, que respaldaba la fundación de la Professional Tennis Players Association (PTPA) con datos.

Pese a que los premios de los torneos aumentan cada año, los tenistas solo reciben el 17% de los ingresos que genera su deporte, un porcentaje minúsculo si se compara con el 50% que obtienen los jugadores de la NBA o el 70% que pueden llegar a cobrar los futbolistas. Además, los circuitos ATP y WTA apenas ofrecen espacio para la publicidad individual de cada jugador y, a cambio, les exigen cada vez más días de trabajo, especialmente tras la ampliación a dos semanas de los Masters 1000. “Es un calendario insostenible”, argumentaba Djokovic, que pronto encontró apoyos.

Denuncias internacionales

En su primer año de vida, la PTPA afilió a centenares de socios, especialmente jugadores modestos, aunque también se sumaron nombres conocidos como Paula Badosa, Hubert Hurkacz, Ons Jabeur, Reilly Opelka o Pablo Carreño. Con Djokovic a la cabeza, la asociación hizo el ruido necesario, expuso sus propuestas y planteó una negociación a todos los dirigentes del tenis. Pero solo recibió silencio por respuesta. Durante varios años, ni la ATP, ni la WTA, ni los Grand Slam hicieron caso alguno a la PTPA y sus reivindicaciones se fueron apagando.

Hasta el año pasado. En marzo, la Professional Tennis Players Association, hasta entonces criticada por su falta de impacto, presentó por sorpresa varias demandas en Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido contra los órganos rectores del tenis por “prácticas anticompetitivas”. “Los jugadores estamos atrapados en un juego amañado, con un control limitado sobre nuestras carreras y nuestras marcas, mientras sufrimos un flagrante desprecio por nuestro bienestar”, proclamaba el sindicato, que iba incluso más allá al afirmar que los dirigentes de su deporte operaban “como un cartel”. Aquello fue el inicio de un terremoto del que todavía se desconocen las consecuencias.

El papel del Big Two

A partir de ese momento, las dos partes empezaron a moverse con rapidez. La PTPA, apoyada económicamente por el billonario estadounidense Bill Ackman, se lanzó a buscar 1.000 millones de dólares entre bancos e inversores para crear un nuevo circuito unificado, el Pinnacle Tour, que debería mejorar el reparto de beneficios y explotar menos a los tenistas. Además, alcanzó un acuerdo con el Open de Australia para colaborar a cambio de retirar al torneo de la demanda. La ATP, la WTA y los otros tres Grand Slam, por su parte, cerraron filas y prometieron batalla mientras maniobraban en la sombra. Durante unos meses se barajó la posibilidad de que el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí interviniera en la revuelta a favor de los jugadores, pero la ATP consiguió su apoyo a cambio de otorgarle un nuevo Masters 1000 a partir de 2028.

Y ahora, ¿qué pasará? Nadie lo sabe. Los litigios jurídicos pueden durar años y, en teoría, antes deberían llegar los pactos. De momento, la PTPA parte en desventaja. Todavía no ha encontrado el dinero necesario para montar su propio circuito y sufre una notable división interna. La pasada semana, de hecho, Djokovic decidió desvincularse de la asociación por “la falta de liderazgo entre los tenistas”, una crítica implícita a la falta de apoyo de Alcaraz o Sinner, que no quieren inmiscuirse. Pero si el sindicato encuentra la inversión que anhela y el Big Two decide dar un paso al frente, el tenis tal y como lo conocemos podría cambiar para siempre.

kpd