Carlos Alcaraz no jugará el Mutua Madrid Open que empezó este miércoles por culpa de la lesión en el aductor derecho que sufrió en la final del Trofeo Conde de Godó, según ha podido confirmar EL MUNDO. Después de días de incertidumbre, el actual número tres del mundo lo anunciará este jueves a las 12.30 horas en una rueda de prensa que tendrá lugar en las instalaciones del torneo. El pasado lunes, Alcaraz se sometió a unas pruebas diagnósticas que confirmaron un pequeño desgarro que exige tratamiento y descanso.
La renuncia a jugar el Masters 1000 madrileño es un duro golpe para el tenista, que se proclamó campeón del torneo en dos ocasiones (2022 y 2023) y todavía guarda la decepción por su eliminación el año pasado en cuartos de final. El problema físico que arrastra, además, pone en duda su participación en el Masters 1000 de Roma que empieza el día 7 de mayo y obliga a reajustar su preparación previa a Roland Garros, que dará inicio justo en un mes.
“Me hice unas pruebas el lunes y estoy a la espera. Pensaba a principios de semana que iba a estar mejor, pero la verdad es que estamos un poco fastidiados físicamente y mañana decidiremos. La participación está en duda, porque también hay que escuchar el cuerpo. Mañana hablamos con el equipo médico. Madrid es de los sitios más especiales en los que juego y voy a hacer todo lo posible para poder estar”, explicó Alcaraz este miércoles en el programa ‘El Hormiguero’, última de las muchas obligaciones que tenía esta semana en la capital de España.
Desde que llegó de Barcelona a primera hora del lunes, el campeón de Grand Slam asistió a la gala de los Premios Laureus en Cibeles, a la presentación del propio torneo en la Caja Mágica, a un evento de ‘El Pozo en Callao, al estreno de su documental en Netflix en la Torre Picasso y finalmente, este miércoles, al programa de televisión. En medio de esa vorágine no se entrenó y estuvo en contacto con su equipo para valorar las sensaciones.
La última vez que Alcaraz tuvo que parar de jugar fue precisamente hace un año, también en la gira de tierra batida, cuando renunció a disputar el Masters 1000 de Montecarlo, el Trofeo Conde de Godó y el Masters 1000 de Roma por unos problemas en el antebrazo derecho. Entonces, hizo un sobreesfuerzo para estar precisamente en Madrid y luego encadenó sus triunfos en Roland Garros y Wimbledon y la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de París.
Ni una sola de las 15.000 personas que abarrotaron la Philippe Chatrier este lunes se atrevió a moverse de su silla antes de que Rafa Nadal entrara en el túnel de vestuarios y abandonara la pista central de Roland Garros quién sabe si para siempre. Un pleno de manos rompiendo en ruido para despedir al tenista más grande que ha visto el lugar. Casi ajeno a ello, sereno ante tantísima emoción, el 14 veces campeón se acercó al centro de la pista, saludó a todos y se marchó sin más. Unos pocos minutos antes, la directora del torneo, Amelie Mauresmo, le había pedido que se quedara a responder unas preguntas, un hecho fuera del protocolo, la única rareza en la jornada.
Unos pocos minutos antes más, Nadal había caído en primera ronda ante Alexander Zverev por 6-3, 7-6(5) y 6-3 en tres horas y cinco minutos de lucha. "No sé si será mi última vez, pero si lo es, he disfrutado. Hay un gran porcentaje de opciones de que no vuelva, pero no puedo decir que es un 100% porque me estoy divirtiendo", comentó con la intención de normalizar los sentimientos a su alrededor, la piel de gallina, las lágrimas de la gente, incluso de su gente. Seguramente Nadal se calmaba con la certeza de que habrá más días así, de que no es el final. Como había pedido, no hubo una despedida oficial, ni mucho menos un homenaje; hubo un partido de tenis, un muy buen partido de tenis, y eso ya es mucho.
Después de más lesiones de las que ha sufrido cualquier otro tenista, de dolores en decenas de músculos y más ligamentos, Nadal quiso ganar de nuevo y podría haberlo hecho. En otras condiciones y, sobre todo, ante otro rival, seguiría ante la posibilidad de levantar su decimoquinto título en París. Seguramente Alexander Zverev era el peor a quien enfrentarse en este momento y seguramente el día, muy frío, pesado, lluvioso, tampoco era el mejor.
EMMANUEL DUNANDAFP
Pero Nadal convirtió una ceremonia nostálgica en un duelo disputado, es decir, consiguió lo que buscaba. Como habían hecho antes los aficionados de Barcelona, Madrid y Roma, el público francés fue a verle para agradecer y recordar, pero acabó aplaudiéndole por su juego, ya está. El primer punto del español en el partido, un error no forzado de Zverev, fue celebrado por la Philippe Chatrier con la melancolía de los regresos a los escenarios de los grupos de música divorciados. Pero poco a poco volvieron los intercambios vencidos, los puños al aire, las celebraciones de verdad.
Especialmente apoteósico fue el segundo set, el mejor momento de Nadal. Con 2-1 en contra en el marcador y dos bolas de break para Zverev, el español desplegó los golpes prohibidos, un revés cruzado, un ace, una derecha paralela y se lanzó con todo a por el periodo. Llegó a romperle el servicio al alemán, pero éste se revolvió y llevó la resolución al tie-break.
La dureza de Zverev
En las semanas previas, dejó dicho Nadal que si tenía que morir lo haría aquí, en la pista central de Roland Garros, en los instantes decisivos, y entonces lo hizo. Con dos horas de meneos en las piernas seguía con respuestas para el bombardeo continuo de Zverev, sólo falló la estrategia. Para contrarrestar la potencia que le llegaba del otro lado de la pista, decidió probar con un par de dejadas y ambas fueron fallidas.
EMMANUEL DUNANDAFP
Luego, en el tercer set, empezó con un break a favor y tuvo opción de otro más, pero el saque de Zverev era incuestionable. Un argumento demasiado grande a favor de su victoria. Igualmente después, hasta el final, Nadal dejó toda gota de esfuerzo y momentos de antología, entre ellos passing shots muy propios que hicieron saltar al público francés. El que es, no el que fue. Porque nada tiene que ver cómo se marchó el español este lunes de la Philippe Chatrier a cómo llegó, casi dos décadas atrás.
El público francés, entregado
Los abucheos, por ejemplo, en su derrota ante Robin Soderling en 2009 se convirtieron en una exaltación de su figura, desde su enorme escultura que luce en la entrada del recinto a la expectación ante cualquiera de sus pasos. Ante Zverev quedó claro que, Roland Garros ha entendido que Nadal no es sólo el campeón de 14 ediciones, si no que es su imagen, su emblema, su mito. Que no sea francés ya no importa o importa poco: Roland Garros es Nadal, Nadal es Roland Garros.
En el boulevard d'Auteuil, entre el Parc des Princes y la Philippe-Chatrier, este lunes se agolpaban los reventas para hacer su primer agosto, pues luego vendrán los Juegos Olímpicos. "¿Cuánto?", preguntaba el periodista. "3.000", contestaba el más joven de ellos, aunque luego era capaz de bajar hasta los 2.000 euros. En todo caso, un precio que probablemente no alcanzará la final del torneo del próximo 9 de junio, la juegue quien la juegue.
EMMANUEL DUNANDAFP
"¡Allez, Rafa!", se escuchaba como nunca en la Philippe Chatrier, entre muchos '¡Vamos, Rafa!" con marcado acento galo y una banda de música con banderas tricolor que adaptaba todos sus cánticos al español. En la parte superior, lejos de los palcos donde estuvieron Novak Djokovic, Carlos Alcaraz o Iga Swiatek, se llegaron a lanzar olas de apoyo al ganador de 22 Grand Slam: "Raaaaaaafaaaaaa".
En ese ambiente, con tamaño palmarés, Nadal podía haber entendido de una vez que lo ha logrado todo y nadie le exige más, pero su manera de ver el deporte nada tiene que ver con la percepción de otros. Para poder dormir tranquilo en el futuro, cuando vengan los años, necesita saber que lo dejó todo sobre la pista, lo que tenía y lo que no. Ahora está más cerca de alcanzar esa paz. Este domingo, quiso ganar de nuevo y podría haberlo hecho. El tiempo casi cae derrotado por primera vez.
"¿Quiere mi huella dactilar?", repite Juan José Florián cuando llega a un hotel. En recepción, la reacción siempre es la misma: primero se sorprenden, luego se inquietan y, finalmente, se relajan con la risa. Florián se hace llamar Mochoman porque, como se dice en su país, Colombia, está "mocho", es decir, no tiene manos. También le amputaron la pierna derecha.
"El humor es básico en mi vida. La gente cree que las personas con discapacidad estamos bravos, que vivimos con frustración, pero yo he aprendido a vivir con ello", cuenta en conversación con EL MUNDO, después de que Movistar haya estrenado un Informe + sobre su vida.
A los 30 años, una bomba de las FARC dirigida quizá a su madre (que regentaba un negocio y no aceptaba la extorsión), quizá a él, soldado del Ejército, casi lo mata. Antes había huido de la guerrilla, que lo había reclutado forzosamente, y se había enrolado en el Ejército colombiano. Después se curó de una larga depresión gracias al deporte: primero la natación, después el ciclismo. Ahora sueña con estar en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028, tras arrasar en los campeonatos adaptados de su país.
En el documental relata usted mismo la explosión. ¿Cómo ha conseguido hablar sobre ello?
No lo recuerdo. Me voló las manos, una pierna, un ojo, me reventó los oídos, me dejó metralla en todo el cuerpo... pero realmente sólo recuerdo despertar en la UCI. En el coma tuve alucinaciones, pero lo duro fue después. Estaba todo el día sedado. Me pasaba los días a oscuras para no verme. Yo no quería vivir. Quería que me mataran.
Conocía perfectamente de quién venía la bomba.
Claro. Mi mamá no pagaba la extorsión. Nos amenazaban, pero no prestábamos atención. Nunca creímos que iban a llegar a tanto. De adolescente, con 16 años, las FARC me habían reclutado forzosamente, pero conseguí escapar. Recuerdo las maniobras, las armas... Viví muchas cosas crueles. Pero las pude soportar. De aquellos momentos saco mi fortaleza mental. Nunca me dejé influenciar, nunca creí en la ideología que me intentaron inculcar. Conseguí salir.
Y se alistó en el Ejército.
Siempre había querido ser soldado. De niño, cuando estaba el Ejército, jugábamos hasta tarde e íbamos a la escuela a salvo de que nos reclutaran. Cuando pude entrar, me dediqué a evitar que capturaran a otros adolescentes y sentía mucha compasión por aquellos que desertaban, como había hecho yo. Cumplí mi sueño.
Después del atentado, ¿cómo descubrió el deporte?
Fui un día a la Dirección de Veteranos y me encontré con otros soldados amputados que nadaban. Quise probar. Y aquello me cambió. La piscina me ayudó demasiado: en ella ahogué todos mis dolores psicológicos y físicos. En la piscina encontré un estilo de vida, me incluí en la sociedad, conocí a otras personas... Dejé todas mis lágrimas allí. Aprendí que no podemos quedarnos en el odio, el rencor o el miedo. Hay que arriesgarse a querer, a vivir, a sentir.
Incluso llegó a charlar con un excombatiente de las FARC.
Apareció un día mientras tomaba café. No sé si fue él quien puso la bomba, no me lo confesó. Me miró y me dijo: "Perdón". Le contesté que estaba vivo, que podíamos hablar, que me regalara unos pescados de los que cultivaba.
Después llegó el ciclismo.
Si la piscina fue enseñanza, el ciclismo fue mi salto al mundo. Conseguí adaptarme una bicicleta, que no es algo fácil en Colombia. Aquí estamos muy atrasados: los andenes no están adaptados, las ayudas que existen en España aquí no existen. Pero encontré amigos que me ayudaron. Me hicieron piezas exclusivas para mí. Por ejemplo, freno con la barbilla. Lo tengo todo preparado.
¿Le costó adaptarse a la vida diaria?
Se necesita mucha paciencia. Hay que aprender a depender de otra persona. Es un tema muy complicado. Tengo la fortuna de tener a mi esposa, pero sigo con acompañamiento psicológico. Aunque me vean sonriente, en los sueños se me presentan muchas pesadillas. Todavía me veo volando en pedazos o como combatiente.
Cuentan que un día atacó a Alejandro Valverde.
(Se ríe). Pinchó y le hice la broma. Nos reímos, nos dimos leña un ratico. El deporte me ha dado esa posibilidad: poder entrenar el año pasado con esos grandes ídolos aquí en Colombia. Con Nairo [Quintana], con Valverde... Fue un honor.
Y ahora, a por los Juegos Paralímpicos.
Sigo trabajando, sigo creyendo, aunque de momento las oportunidades no se me han dado. En Colombia tengo muchas limitaciones, pocos recursos. Pero el deporte paralímpico te permite una carrera muy larga. Mi referente es el español Ricardo Ten, que tiene 50 años y sigue encima de la bicicleta. Eso mismo espero hacer yo. Pase lo que pase, el ciclismo sólo me ha traído cosas buenas. Mientras se disputaban los Juegos Paralímpicos de París, yo me encontraba en una zona de Colombia muy afectada por los suicidios, dando charlas para evitarlos. Siempre digo: "Mírenme a mí: si yo puedo hacer cosas con todas estas limitaciones, ustedes también pueden".
¿Cómo es la situación actual en Colombia?
Se están reviviendo los atentados, las extorsiones, los desplazamientos, los reclutamientos forzados. Ahora no es tan visible y uno no entiende el por qué. En muchos lugares del mundo creen que aquí en Colombia estamos en paz, pero seguimos viviendo el terrorismo. Este mismo año, en el municipio donde yo sufrí el atentado hubo una serie de explosiones en los locales de comerciantes que se negaban a pagar.
Mundial de Atletismo
JAVIER SÁNCHEZ
Enviado especial
@javisanchez
Budapest
Actualizado Lunes,
28
agosto
2023
-
15:37Las cinco medallas, cuatro de ellas de oro, dejan a...