Jorge Martín está más cerca que nunca de su gran objetivo. El de San Sebastián de los Reyes lo tiene todo a favor para proclamarse campeón del mundo de MotoGP este fin de semana en un circuito de Montmeló que se ha convertido en relevo circunstancial del tradicional colofón de la temporada, Cheste, por los estragos causados por la DANA en Valencia hace un par de semanas. El madrileño, que se despide en este Gran Premio del Pramac y Ducati para enrolarse en las filas del equipo oficial de Aprilia, tendrá su primera gran oportunidad en la sprint race. Su ventaja de 24 puntos sobre el bicampeón Pecco Bagnaia, quien, seguro, peleará hasta el fin para apurar sus opciones, es sin duda su gran baza.
Martín solo necesita sumar dos puntos más que el italiano en la sprint race para asegurarse el campeonato y convertir así la cita del domingo en una gran fiesta para sus incondicionales. Dado el reparto de puntos de estas carreras cortas, con 12 para el vencedor y nueve para el segundo, hacerse con el primer puesto sería su mejor opción. No obstante, tanto él como Bagnaia suman siete victorias en este tipo de prueba, si bien el de San Sebastián de los Reyes ha logrado subirse más veces al podio que su gran rival en este tipo de pruebas a lo largo de la presente campaña. En caso de que el madrileño no lograra subir al primer escalón, ser segundo y que Bagnaia acabara tercero también le bastaría. A partir de allí, las opciones se vuelven más complicadas.
Así, en caso de quedar del tercer clasificado para abajo, Martín debería sacarle al menos dos puestos al italiano o que Bagnaia se quedara finalmente sin sumar ningún punto para asegurarse el campeonato. Si el madrileño llegara a la última carrera manteniendo la ventaja de 24 puntos, necesitaría también sumar al menos dos puntos en el Gran Premio del domingo. Sumar solo uno no sería suficiente, dado que, si el bicampeón lograra hacerse con el triunfo y ambos quedaran empatados a puntos, el título iría a parar a manos de Bagnaia, gracias a que, a lo largo de este 2024, ha sido capaz de sumar más victorias en Grandes Premios que el de San Sebastián de los Reyes.
Xabi Alonso le ha cogido el gusto a respirar cuando la cuerda más le aprieta. Su Madrid agota el oxígeno lastrado por las lesiones, por la falta de confianza de algunos de sus futbolistas y por los defectos de una plantilla que echa de menos piezas vertebrales. Ante el Atlético, en un derbi lleno de angustia por la trascendencia del resultado y las sensaciones, el conjunto blanco triunfó con goles de Valverde y Rodrygo y le regaló a Arabia Saudí su cuarto clásico seguido en la final de la Supercopa de España.
Habían pasado 75 segundos, apenas un suspiro largo, cuando Fede Valverde se reconectó a la temporada del Madrid con un misil tierra-aire que sorprendió a Oblak y a su barrera, algo mal colocada, y se coló por la escuadra derecha del esloveno. El partido "diferente" al del Metropolitano que había advertido Xabi Alonso en la previa se estrenó con ventaja para un conjunto blanco necesitado en pleno juicio a su entrenador en el desierto.
Para el examen final a su proyecto, Alonso confió en los mismos once que golearon al Betis en el último partido en el Santiago Bernabéu. Sentó a Güler, dio entrada a Camavinga y repitió con Gonzalo en la punta del ataque en lugar del lesionado Mbappé. Atrás, Rüdiger forzó su maltrecha rodilla para hacer pareja con Asencio en el centro de la zaga y Valverde regresó al lateral derecho. Era el once de gala de Xabi.
Sin salida limpia
Enfrente, el Cholo construyó una defensa para tratar de detener el caudal ofensivo del Madrid y un centro del campo para intentar dominarlo, como había sucedido en el duelo del Metropolitano, con Baena y Julián cerca de Koke y Gallagher.
Al minuto, golazo de Valverde, rabia del charrúa dándose golpes en la cabeza y aire para el Madrid, cuyo planteamiento agradeció el tanto del uruguayo. Los blancos, conscientes de que están lejos de ofrecer una salida de balón limpia ante equipos grandes con la plantilla actual, confiaron en un estilo tan simple como efectivo. Balones largos, ganar segundas jugadas y situarse con pocos toques en campo rival.
«Tenemos una idea clara de lo que queremos», admitía Alonso antes del duelo. Y por lo visto en el césped era era así. Courtois buscó una y otra vez a Gonzalo, Bellingham o Valverde en largo y el Madrid creció, cuando pudo, a partir de ahí.
Vinicius, frente a Llorente, el jueves en la semifinal.EFE
El resto de la posesión fue del Atlético, más proactivo con balón, más incisivo en las bandas, con más córners y más ocasiones claras, amenazando a Courtois y dando trabajo al belga en casi cada acción.
Giuliano incidió junto a Llorente en la banda de Carreras aprovechando el poco esfuerzo ofensivo de Vinicius y Julián conectó con Baena entre líneas, detrás de Tchouaméni y Camavinga, para hacer dudar a la defensa del Madrid.
Más allá del gol, Rodrygo perdonó la única opción de los blancos en la primera parte al definir flojo una contra en la que había recortado bien a su defensor. Sin contar eso, el interés estuvo en el área de Courtois. En el 20, Sorloth envió alto un centro de Llorente, Baena probó al belga en el 30, el delantero noruego hizo volar al portero en el 32 y erró un cabezazo claro en el 34 cuando no se esperaba el fallo en el despeje de Asencio.
Respuesta en tres minutos
El Atlético acumuló ocasiones y fallo, para desesperación del Cholo, que hablaba sin parar con Vinicius mientras el brasileño le contestaba y sonreía. "Te va a echar Florentino", le llegó a decir el argentino.
El descanso aterrizó con la ventaja madridista pero con la sensación de que el Madrid pendía de un hilo. Y en esas, cuando parece que no le queda más, el equipo blanco te pellizca. En el 54, Valverde vio el desmarque de Rodrygo entre líneas, el brasileño le ganó el cuerpeo a un débil Le Normand, se internó en el área y definió cruzado ante Oblak. Alonso que se veía aprobando el examen.
Pero a los tres minutos respondieron los rojiblancos a través del errático Sorloth. Vinicius no siguió la marca de Giuliano, el argentino se acomodó para el centro y el noruego cabeceó a gol, fácil, por detrás de Asencio.
Julián Álvarez, frente a Bellingham, el jueves en Yeda.AFP
El Cholo, que había quitado a Gallagher para poner a Llorente en el centro del campo, exprimió su fondo de armario y apostó por Griezmann y Cardoso, mientras Alonso terminó experimentando en su defensa dando entrada a Fran García y Mendy, dos laterales zurdos, por Rüdiger y Asencio, sus dos centrales titulares.
Los blancos terminaron el duelo con Valverde, Tchouaméni, Carreras y Mendy en su defensa, con Fran García de extremo izquierdo y compitieron un duelo que se convirtió en más táctico que técnico. Una pequeña batalla futbolística, de corazón, en la que no brilló demasiado el talento. Los blancos parecían exhaustos físicamente y el Atlético pudo empatar el duelo en varias ocasiones claras en el tramo final, pero no estuvo acertado.
Simeone siguió con su pique con Vinicius, recordándole al brasileño los silbidos de la grada, y Llorente pudo poner las tablas con dos disparos que rozaron el palo de Courtois. 21 disparos sumó el Atlético por los nueve del Madrid, con Tchouaméni salvando un gran centro de Llorente y con Julián enviando lejos de las redes un remate dentro del área.
Vivió Alonso en su primera bola de partido en Arabia, ganó el Madrid y sonrió Arabia, que tendrá un nuevo clásico en Yeda.
Desde sus primeras intervenciones ante los medios como nuevo entrenador del Barça, Hansi Flick ha procurado transmitir calma y comedimiento. Casi nunca ha querido decir una palabra más altisonante que otra. Su discurso ante las decisiones arbitrales, en la sala de prensa, siempre ha sido el mismo: máximo respeto.
Fuera de ella, con todo, ha acabado perdiendo los papeles en alguna que otra ocasión. La última, este pasado sábado, frente al Girona, en Montjuïc. Gil Manzano le expulsó con doble amarilla por, según expuso el colegiado, protestar sus decisiones. Algo que el técnico alemán trató de desmentir acabado el duelo, señalando además que sus cortes de mangas, una vez Araújo anotó el 2-1, no iban dirigidos a nadie en concreto.
"Sobre la primera, Frenkie estaba por ahí delante y le dije 'venga, vamos', quizás a él le enseñaron amarilla y, sinceramente, no era para el árbitro. La segunda, no lo sé. Y en cuanto a la celebración, lo acabo de ver, no iba dirigido a nadie, era por cómo estábamos jugando, por el rendimiento. Nunca hago nada en contra de nadie. Todo esto es fútbol, emoción, nunca hablo contra el árbitro. Lo de aplaudir y demás era una forma de hacer reaccionar al equipo y quizás las tarjetas les hayan ayudado también", aseguró el alemán en la sala de prensa.
"Era para Frenkie"
El aparente bajón de rendimiento que llevan mostrando los suyos es lo que le ha hecho sacar de nuevo su lado más visceral. Un lado que, el año pasado, provocó que fuera expulsado con roja directa tras protestar un penalti a favor del Betis en su visita al Benito Villamarín.
Entonces, al técnico le cayeron dos partidos de sanción. En esta ocasión, todo podría quedarse en uno, al deberse su expulsión a una doble amonestación y al hecho de que Gil Manzano no recogió en el acta sus airadas reacciones tras el tanto del triunfo. La entidad barcelonista, además, tendría previsto presentar alegaciones, por mucho que Flick entienda que nada evitará su ausencia en el banquillo en el clásico del domingo que viene.
"No creo que eso se produzca, la verdad. El árbitro lo ha decidido así, pero no me dirigía al colegiado, era para Frenkie [De Jong], lo puedo decir abiertamente. Es su decisión y tengo que aceptarla", aseguró el alemán, quien desveló además que el trencilla no quiso hablar con él tras el partido. "Lo que yo he hecho no tenia que ver con él, sino con mi equipo. Si no quiere hablar conmigo, es su decisión y tengo que aceptarla, no pasa nada. No es algo que me entristezca, simplemente tengo que aceptarlo", recalcó.
Otros precedentes
Por mucho que traté de mostrar templanza, lo cierto es que Flick no es de los que se callan si ve algo que no acaba de gustarle. De hecho, sus protestas y las de su ayudante, Marcus Sorg, tras consumarse la eliminación de su equipo frente al Inter en las semifinales de la Champions provocaron que la UEFA, inicialmente, les castigara a ambos con una sanción de un partido que, al final, no tuvieron que cumplir, si bien su comportamiento estará bajo vigilancia.
En la previa del duelo frente al Girona, por ejemplo, también fue inusualmente vehemente a la hora de desmentir que el club hubiera impuesto la titularidad de Lamine Yamal frente al PSG tras, presuntamente, haber llegado tarde a una reunión convocada por el técnico. Los precedentes invitan a pensar que, en el último partido de Liga, viendo cómo iban las cosas tras el sonado tropiezo en el Sánchez-Pizjuán, sencillamente, estalló. El precio: seguir el próximo clásico, si nada lo impide, desde la grada.
Sorpresas. Primera sorpresa: Marco Odermatt, el suizo de platino, no fue de oro. Segunda sorpresa: no fue de plata. Tercera sorpresa: no fue de bronce. El mejor esquiador de velocidad, el líder de la Copa del Mundo de la especialidad (y de la general) no conquistó medalla alguna en el descenso. Fue cuarto a 0,70 del vencedor, su compatriota Franjo von Allmen. La plata y el bronce recayeron en dos italianos: Giovanni Franzoni, a 20 centésimas, y Dominik Paris, a 50. Dos enormes alegrías iniciales para el país organizador.
Sorpresas, sí, aunque siempre relativas en una prueba decidida a menudo por un parpadeo y en la que la imposibilidad humana de la perfección decide dónde colocar a cada cual en un momento determinado. Odermatt es el mejor, pero no lo puede ser sin interrupción, y, después de todo, Von Allmen, debutante olímpico, pero campeón mundial, lleva ganados esta temporada dos descensos de la Copa del Mundo y obtenido dos segundos puestos (por detrás de Odermatt en ambos casos).
En cuanto a Giovanni Franzoni, una revelación, se apuntó uno. Siempre es una baza potencialmente ganadora. Dominik Paris "resucitó" con un segundo puesto en Crans Montana, el último descenso antes de los Juegos (por detrás de Von Allmen). Llegaba en forma y, además, ha ganado seis veces en esa pista. Tiene con ella una especie de idilio.
Estos son los Juegos Olímpicos y eso era el descenso masculino, un comienzo explosivo del esquí alpino, el eterno rey de blanca barba y áurea corona. Una sola prueba sujeta a la suerte casi tanto como al talento. El oro y las demás medallas se juegan en una sola partida a una sola carta. Como en tantas otras competiciones. Pero estos son los Juegos y una sola carta vale por cien en una sola partida que cuenta por mil.
Trayecto largo, de casi dos minutos, tiempo de sobra para que las piernas, aunque mudas, aúllen de dolor. Saltos de 50 metros antes de reencontrar los esquíes la nieve. Pista diabólica, de las más difíciles del mundo, con muchos sectores, en Bormio, en el Stelvio, de inolvidables resonancias ciclistas. En un momento dado, el podio era por entero suizo con Von Allmen, Odermaatt y Alexis Monney. Los italianos le dieron casi por completo la vuelta. Desplazaron a Odermatt y Monney, pero no pudieron con Von Allmen, 24 años, 1,83 de estatura de compacto esquiador de velocidad con nombre de aristócrata o de general prusiano.
La vertiginosa velocidad masculina regresará el miércoles con el eslalon supergigante. Otra oportunidad para todos. Pero especialmente para Odermatt, también líder de la Copa del Mundo de la especialidad. Pase lo que pase, el suizo, que no interviene en eslalon, ya no podrá acceder a tres oros, como Toni Sailer en Cortina56 y Jean-Claude Killy en Grenoble68. El austriaco y el francés ganaron el descenso, el gigante y el eslalon, llamado entonces especial. No existía aún el supergigante.
...Y ahora, en la fiesta dominical, el descenso femenino con Lindsey Vonn. Sobran las palabras. Narraremos los hechos.