El adiós de Rafa Nadal, concretado en la mañana de este jueves 10 de octubre, es el adiós del mejor deportista español de la historia. Con algo más de dos décadas en el circuito profesional, el español se marcha dejando tras de sí unas estadísticas díficilmente igualables.
Sólo superado por Novak Djokovic, uno de sus dos grandes rivales, los 22 Grand Slam permanecerán mucho tiempo como la segunda mejor marca de todos los tiempos. Los 14 Roland Garros es una de esas cifras que pueden no ser superadas nunca. Ha triunfado en todas las superficies, aunque es en pista dura donde más veces ha jugado.
Siempre dijo que su objetivo no era ser número uno, que su objetivo eran los títulos, y por eso quizá las 209 semanas que estuvo en lo más alto del ránking suenen a poco aunque hablemos de una trayectoria de 20 años.
Su carrera también se ha visto salpicada por las lesiones que, tras un vistazo, se ve cómo afectan a todas las partes de su cuerpo.
Carlos Alcaraz ha alcanzado el nirvana. Está en su ‘prime’, que dirían los chavales, pero hay algo más. Desde la final de Roland Garros siente la confianza absoluta que anhelan todos los deportistas. Ganará si lo hace bien, se ponga quien se ponga delante. Hace un par de años que es así, al menos en hierba o en tierra batida, pero ahora lo tiene interiorizado. En sus partidos anteriores en Wimbledon, no se le movía ni una ceja pese a ciertos errores y este miércoles en cuartos de final ante Cameron Norrie, con la inspiración de su lado, se confirmó el tenista seguro en sí mismo que merece ser. Fue una victoria rápida en una hora y 40 minutos, pero sobre todo fue una victoria inmaculada. [Narración y estadísticas (6-2, 6-3, 6-3)]
Cada vez que tenía una bola de break en contra, como las cuatro que defendió en su primer juego al saque, Alcaraz se vestía de Alcaraz y resolvía con el golpe preciso y los movimientos idóneos. En semifinales, el viernes, se medirá a Taylor Fritz, que derrotó a Karen Khachanov (6-3, 6-4, 1-6, 7-6 [4]), pero a este nivel... ¿Quién lo puede parar?
Desde el día anterior, de hecho, quedó claro que Alcaraz ya no se preocupa tanto de los rivales, sólo de sí mismo. En Wimbledon los tenistas tienen la intimidad que les falta en otros Grand Slam porque las pistas de entrenamiento están en una zona anexa, el Aorangi Park, y allí no puede acceder el público. Si acaso pueden intentar ver algo desde lejos. Por eso en sus sesiones Alcaraz siempre juguetea, se inventa retos para sus equipos -una variación de la petanca, un golf usando las raquetas...- y por eso puede estar más a su aire.
Detonaciones con la derecha
En años anteriores, incluso en el último Roland Garros, por sus entrenamientos pasaban sparrings para simular las condiciones de su siguiente rival y ensayar una respuesta. Pero antes de medirse a Norrie no apareció nadie. El lunes, Alcaraz se centró durante una hora en trabajar su derecha, desafinada hasta el momento, y olvidó al británico, pese a que es zurdo, normalmente un incordio.
GLYN KIRKAFP
El efecto se lee en las estadísticas: 37 winners, la mayoría con sus drive. El efecto se escuchaba en la pista central. Más allá de su excelencia en el saque -esta vez 13 aces-, con la llegada de los partidos decisivos apareció el golpe más demoledor de Alcaraz. ¡Boom! De la nada su raqueta explotaba contra la bola y la enviaba al otro lado a una velocidad incontestable. El sonido de esa derecha era distinto a los demás, sonaba a detonación, realmente algo violento. Ante Fabio Fognini, Oliver Tarvet, Jan-Lennard Struff y Andrey Rublev, el español apenas utilizó esa arma secreta, pero ante Norrie la desempolvó. Vendrán días de uso intensivo.
El británico tampoco tenía manera de contestar. Más inseguro en el servicio que otros días, fue espectador de un espectáculo que le era ajeno. En el tercer set, con el apoyo del público, de su público, lo intentó todo, pero sus recursos eran los que eran. Apenas consiguió salvar una bola de partido y alargar el encuentro unos minutos. Alcaraz ha alcanzado el nirvana y eso es mucho.
Vinicius nunca debe dejar de correr. Ni siquiera para tirar un penalti. Paradinhas absurdas como la de la ida, censurables en cualquier ser humano, en él son una marcianada contra natura que sólo conduce al desastre. Esa pausa infernal nos rondó a todos la cabeza en la semana. Volvió con la primera pifia de Valverde. Con el primer pase atrás de Doku. Con las primeras manos de Courtois. Con su propio trallazo al palo y el rebote en el culo de Donnaruma que no quiso ir para dentro. Se hizo carne cuando le enfocó la cámara recitando a saber qué antes de ejecutar. Fue un alivio enorme la carrera directa hacia el balón, sin esa especie de anuncio de Youtube que es la maldita paradinha cuando se cuela en el ritual. Gol y todo parecía ya muerto y enterrado. Pudieron ser unos cuantos después. El propio Vinicius parecía empeñado en no querer marcarlos por si un exceso en la celebración le dejaba sin jugar la siguiente eliminatoria contra el Bayern.
Con diez el Manchester City, y 0-4 abajo, la imagen de Guardiola embutido en una sobrecamisa de cuadros ridiculizaba nuestro propio miedo anterior. Grave error. Don Fútbol se encargó de recordarnos que por ahí seguía Doku y sobre todo seguía Trent, que regaló un duelo, un córner y el gol del empate. El oasis del descanso se rompió de golpe con la imagen macabra de Courtois lesionado y Mbappé calentando. Parecía que el equipo quería rendir homenaje al acojone general de la afición e intoxicar de emoción la eliminatoria. Lo contrario que Guardiola, que quitó a Haaland con mucha prisa. A él y a otros les secó a paradones Lunin, acostumbrado a demostrar en el silencioso Etihad que es un gran portero.
Durante 20 minutos la emoción radicó ya en ver qué tal estaba Kylian, que no pareció cojitranco y echó buenas carreras. El balón de oro Rodri vio desde el banquillo como el balón de plata Vinicius marcaba su gol 34 en la Champions League. Guardiola, que sabe que el Madrid no gana una Champions sin drama mediante, supo estarse quietecito. A ver los alemanes.