El Barça se llevó una victoria agridulce en su visita al Villarreal. La alegría por el 1-5, forjado con sendos dobletes de Lewandowski y Raphinha y el estreno anotador de Pablo Torre, se vio terriblemente ensombrecida por una más que posible grave lesión de Ter Stegen. El capitán azulgrana, quien firmó varias grandes intervenciones a lo largo del primer tiempo, tuvo que marcharse a los vestuarios prácticamente justo antes del descanso con la pierna derecha completamente inmovilizada y presagios muy malos para esa rodilla.
Las imágenes de su caída tras atrapar un saque de esquina, estorbado levemente por un par de rivales, sus gritos de dolor y la urgencia con la que tanto locales como visitantes llamaban a las asistencias obligan prácticamente a pensar en lo peor. Por momentos, su gesto, tapándose la cara con las manos, recordó a la última lesión sufrida como azulgrana por un Víctor Valdés que, a diferencia del germano, no fue estorbado por rival alguno en su aterrizaje.
Las sensaciones de los azulgrana al descanso eran tremendamente encontradas. Por un lado, podían estar felices por los dos goles convertidos por Robert Lewandowski, tras ver cómo a Yeremi Pino le anulaban un madrugador gol por fuera de juego, que llegó a permitirles mandar por 0-2 en el marcador, por mucho que Ayoze lograra recortar distancias en la recta final del primer tiempo. Y por el otro, se fueron a los vestuarios con un jarro de agua helada en sus espaldas por la grave lesión de rodilla del portero alemán al caer desequilibrado tras hacerse con el balón en un córner. Los gestos de propios y extraños pidiendo insistentemente las asistencias dejaron completamente helada a la grada del Estadio de la Cerámica, que acompañó la salida del arquero en camilla hacia los vestuarios con una sonora ovación mientras Iñaki Peña apuraba su calentamiento para tomarle el relevo.
Los jugadores del Barcelona piden que entre la asistencia médica por la lesión de Ter StegenJOSE JORDANAFP
El capitán azulgrana, con dos grandes paradas, sobre todo con la que firmó en un uno contra uno con Pepé, quizás el jugador más incisivo del Villarreal, había logrado mantener a los suyos con ventaja en el marcador. Una ventaja que empezó a construir Lewandowski tras enviar, en primer lugar, un pase milimétrico de Pablo Torre al fondo de la red y después, al rematar en semi caída, buscando una suerte de remate acrobático, un balón rechazado por Diego Conde y hacer el segundo. El guardameta del Villarreal, haciendo gala de reflejos y poco instinto de conservación, ya había desbaratado poco antes un remate del polaco que a punto estuvo de subir al marcador. Ayoze, con el gol también entre ceja y ceja, se encargaría de marcar el 1-2 con el que acabaría por morir la primera parte.
El Villarreal salió en tromba en la reanudación y encontró la igualada con un gol de Pepé, que fue invalidado también por fuera de juego. Algo que también le pasaría a Barry, quien buscaba, en su caso, recortar distancias porque antes de su acción, Pablo Torre, con un disparo que tocó en Logan Costa, ya había marcado el 1-3.
Robert Lewandowski, por su parte, había estrellado en el poste derecho de la portería local un penalti de Bailly sobre Lamine Yamal concedido a instancias del VAR. La desgracia del zaguero marfileño se haría aún más grande cuando, al encarar el partido su último cuarto de hora, desvió levemente un disparo de Raphinha que acabaría por convertirse en el 1-4 para los azulgrana. Con esa diferencia en el luminoso, Flick se permitió llevar a cabo varias rotaciones más. No en vano, el miércoles toca medirse a un siempre correoso Getafe en Montjuïc. Cuando el duelo se acababa, eso sí, aún tuvieron los visitantes tiempo para completar la goleada otra vez por medio de Raphinha, quien aprovechó una medida asistencia de Lamine Yamal para hacer que el definitivo 1-5 subiera al marcador.
Jules Rimet fue el Pierre de Coubertin del fútbol, aunque no nació en cuna aristocrática, como este, sino en una familia campesina de Theuley-les-Lavoncourt, al este de Francia. Sus padres echaron el resto para que estudiara en París, donde se graduó como abogado al tiempo que le entraba el veneno del fútbol. Había nacido en 1873, así que cuando llegó a París se vivía la eclosión del fenómeno deportivo. Se enamoró del futbol. Fundó el Red Star, jugó, arbitró, presidió la Federación Francesa desde 1919 hasta 1946 y en 1921 fue nombrado presidente de la FIFA, fundada en 1904.
En los JJ.OO. de 1924, celebrados en París, el fútbol pegó un estirón: participaron 22 naciones, por primera vez hubo representantes de fuera de Europa (Uruguay, Estados Unidos, Turquía y Egipto) y ganó Uruguay con un fútbol sorprendente. El Francia-Uruguay lo presenciaron 45.000 personas, dejando 30.000 francos en taquilla. Las asistencias del fútbol llenaban las arcas del COI... al tiempo que Coubertin le hacía reproches Rimet por la sospecha de que su deporte colaba profesionales, anatema entonces en el ámbito olímpico. Rimet empezó a rumiar la posibilidad de un Mundial específico para el fútbol, fuera de los JJ.OO. En Amsterdam 1928 la tensión ya se hizo insoportable, pero a Rimet no le importó. Uruguay ganó de nuevo el torneo de fútbol en Amsterdam, el país cumplía cien años e hizo una oferta muy generosa para organizar en 1930 el primer Mundial. Empezar por América le daría universalidad al campeonato, pensó Rimet. El coste fue que sólo se inscribieron cuatro europeos: Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia. Pero funcionó.
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Una competición así merecía un trofeo de enjundia, y Rimet se lo encargó al artista francés Abel Lafleur, un escultor y medallista célebre en la época, que sugirió una estatuilla que representa a la diosa griega Niké (Victoria), con un vaso octogonal sobre la cabeza. Rimet decidió que fuera de oro macizo, 1,8 kilos en total, cuatro con la peana cuadrada de lapislázuli que en cada lado llevaba una chapita de oro para inscribir el nombre del ganador de cada edición. Medía 38 centímetros.
Rimet cargó el bebé en su maleta y en su camarote del Conte Verde, célebre transatlántico de la época popularizado por Gardel con sus viajes a Europa. La aviación comercial aún no estaba desarrollada (el vuelo de Lindbergh fue solo cuatro años antes), de modo que los continentes se enlazaban por mar. Compartieron el viaje las cuatro selecciones europeas y el árbitro belga Langenus, que pitaría la final. Coincidieron con Joséphine Baker, que animó las veladas.
Aquel primer Mundial lo ganó Uruguay, cuya Federación fue, por tanto, la primera depositaria de la Copa, aún no llamada Jules Rimet sino Coupe du Monde. La custodiaría cuatro años, tras lo cual volvería a la FIFA, que la pondría en juego en el siguiente campeonato. En Italia 1934 y Francia 1938 la ganó Italia, así que estaba en Roma cuando estalló la guerra. Ante el temor de que la Federación no fuera un sitio lo bastante seguro, Ottorino Barassi, presidente de la misma, depositó el trofeo en una bóveda del Banco di Roma. Pero cuando en 1943 los aliados desembarcaron en Sicilia, Italia cambió de bando en la guerra y el país fue ocupado por los alemanes, Barassi temió por el trofeo. Era bien sabido que los nazis arramplaban con todo objeto artístico o de valor que se cruzara en su camino y bien podría darles por la copa, de modo que la sacó, se la llevó a su casa en Piazza Adriana y la puso debajo de su cama, en una caja de zapatos. Acertó de pleno. Los nazis se presentaron en el Banco di Roma para requisarla, no la encontraron y fueron a su casa. Barassi tuvo flema y les supo mentir. Dijo que en el alboroto de esos días podría habérsele llevado cualquier otro directivo. No se fiaron y le registraron la casa, pero debajo de la cama no miraron. El escondite estuvo bien escogido. Cuando, ante la proximidad de los aliados a Roma, la Federación se trasladó a Venecia, le dio la copa a un abogado amigo, Giovanni Mauro, que la ocultó en la casa de campo del ex jugador Aldo Cevenini en Brembate, cerca de Bérgamo.
Jules Rimet.E. M.
Terminada la guerra, el trofeo fue rebautizado como Copa Jules Rimet al cumplirse 25 años del dirigente en la presidencia de la FIFA, y en agradecimiento a sus desvelos. Estrenó nombre en otro viaje transatlántico, también en barco, pues Italia viajó así a Brasil 1950. Ya se podía ir allí en avión, de hecho España lo hizo, pero en 1949 se había estrellado el vuelo del Torino en la gruesa pared de piedra de la Basílica de Superga, viendo ya Turín, y no estaba el ánimo para vuelos.
Allí Jules Rimet se la devolvió a Uruguay de sobaquillo, sin ceremonia, buscando al capitán Obdulio por el campo entre los grupillos de uruguayos que se abrazaban, porque en el estupor por el Maracanazo se evaporó el protocolo. Uruguay la llevó a Suiza 1954. La final fue en Berna y esta vez sí, en un atril, con un paraguas amable protegiendo al ya octogenario presidente de la lluvia, Rimet leyó un discursito y entregó la copa al veterano y sabio Fritz Walter, capitán de Alemania. Sería la última vez que lo hiciera. Ahí mismo resignó su mandato y falleció sólo dos años después. Su Mundial estaba lanzado. En Suecia 1958 y en Chile 1962 Brasil ganó la copa, que volvió saltar de continente con ocasión de Inglaterra 1966.
Empezaban a concebirse el fútbol como vehículo publicitario, y ya en Suiza 1954 una tienda de ropa de caballeros había alquilado la Rimet unos días para exponerla en su escaparate, rodeada de cheviot. En Londres hizo lo mismo un tal Stanley Gibbons, organizador de una exposición de sellos raros en el Westminster's Center Hall. Los empleados que abrieron el centro la mañana del martes 21 de marzo, tercer día de la exposición, notaron con horror que la Rimet no estaba. Fue una conmoción. Scotland Yard desplegó sus mejores esfuerzos, pero no había la menor pista. Evidentemente había sido obra de un ladrón de guante blanco con interés exclusivo en la copa, pues había desdeñado sellos de un valor incalculable.
En la segunda mañana llega la carta de un tipo que pide 15.000 libras, en billetes usados de uno y cinco y numeración no correlativa, seguida pronto de otra en la que rectifica, pidiendo que sean de cinco y 25. Se organiza la entrega, se le detiene y hay júbilo general... hasta que se descubre que el tipo no tiene la copa, sólo era un caradura poco esclarecido. Scotland Yard ofrece 6.000 libras por cualquier pista fiable y le llegan en cantidad tan abrumadora que no se pueden atender. Hay desesperación.
'Pickles', el perro que encontró la Copa tras haber sido robada en Londres.GETTY
Así hasta el día 29, cuando un vecino de Beulah Hill, al sur de Londres, llamado David Corbett, saca a pasear a Pickles, un simpático chucho de tamaño terciadito, blanco con manchas negras. Pickles olfatea algo en un seto, se encela con ello y se resiste a los tirones de su amo, que se agacha y encuentra un paquete envuelto en papel de periódico del que asoma una piedra azul. Tira de ella y le sale la Jules Rimet. Inmediatamente va a Scotland Yard, que lanza la noticia a los cuatro vientos. Como ha quedado mal, luego investigará arduamente a David Corbett, sin fruto, antes de pagarle las 6.000 libras. El autor nunca aparecerá. Pickles se hizo más célebre que Laika, la perrita puesta en órbita por los rusos. Tuvo comida gratis el resto de su vida y él y su amo fueron invitados a la cena de honor, con la Reina y el equipo, tras la victoria de Inglaterra en el Mundial. Por desgracia, no vivió mucho más: falleció, estrangulado por su propia correa, mientras perseguía a un gato. Le recuerda una placa en el muro frente al lugar del hallazgo.
En México 1970 ganó por tercera vez Brasil. La Rimet había cumplido 40 azarosos años y le tocaba ya descansar en la sede de la CBF (la Federación de Brasil), que con tres Mundiales mereció su propiedad definitiva. A la vieja y querida estatuilla la sustituyó el trofeo que vemos ahora, también una victoria alada, esta vez sosteniendo la bola del mundo. La CBF la expuso en su museo, protegida en una urna de cristal antibalas. Desgraciadamente, no estaba tan segura como parecía, porque la cuarta cara del cubo que la contenía no era de cristal antibalas, sino de madera, y el conjunto estaba pegado a la pared con cinta aislante. Dos cacos fueron a la CBF el 18 de diciembre de 1983, al cierre se escondieron en un baño, salieron cuando ya no quedaba más que un solitario vigilante, le neutralizaron y ataron, levantaron la urna, cogieron la copa y se fueron. La mañana siguiente se conoció el desastre y fue el llanto y crujir de dientes.
La policía empezó las pesquisas por el circuito de sospechosos habituales y la pista la dio Antonio Setta, un experto en violar cajas fuertes. Recordó que le había contactado un tal Sergio Pereira Ayres con la intención de contratarle para robar la copa, pero rehusó porque su hermano había muerto de infarto con el gol de Gerson a Italia en la final de 1970. La policía fue al bar Santo Cristo, un tugurio que frecuentaba el tal Sergio Pereira Ayres, y resolvió el asunto: los asaltantes fueron Luis Vieira da Silva, 'Bigode', y Francisco José Rocha Rivera, 'Barbudo'. Los tres fueron juzgados en ausencia y condenados a penas de nueve años. Bigode [Bigote] apareció muerto en 1989 en un ajuste de cuentas. Pereyra fue detenido en 1994, Barbudo en 1995. Confesaron haber vendido la Rimet a un argentino llamado Juan Carlos Hernández, joyero y mercante en oro afincado en Río, que la habría troceado y fundido en la misma noche del 19 para aprovechar el valor de sus 1,8 kilos de oro, cuyo precio en la época era 47.000 dólares.
Hernández estaba entonces preso en Francia por tráfico de drogas. A su regreso fue detenido e interrogado. Negó tercamente los hechos, pero se le consideró culpable por la argucia de un policía, Murillo Miguel Bernardes, que dijo al compañero de interrogatorio: «Nosotros, los brasileños, tuvimos que ganar tres veces la copa para tenerla, y ahora viene un argentino y la funde». La sonrisa sardónica de Hernández fue tomada como una prueba, se le culpó y le cayeron nueve años. Cuando salió se fue a Argentina. Se ignora si aún vive. Los demás ya fallecieron.
La Diosa Niké, un detalle de la Copa Jules Rimet.E. M.
Quedó un aire de duda y la sospecha de que el encargo hubiera procedido de algún millonario caprichoso. Se llegó a registrar, sin éxito, la casa de Giulite Coutinho, ex presidente de la CFB, ya fallecido. El cineasta Jota Eme rodó un documental sobre el caso titulado El argentino que derritió la Copa Rimet, que destila escepticismo respecto a la solución policial del asunto.
Quién sabe, quizás la Rimet ande por ahí y cualquier día aparezca. De momento sólo hay tres reproducciones: una está en la FIFA, otra en la CBF, y una más en Inglaterra, donde fue reelaborada a toda prisa durante los diez días de abril de 1966 que estuvo desaparecida.