Poco se jugaba la selección española después de haber caído en los cuartos de final ante Croacia. Sólo quedaba luchar por el quinto puesto en la última jornada de estos Juegos Olímpicos ante Grecia, pero España se volvió a quedar en la orilla (15-13).
Los helenos, que también quedaron líderes de su grupo y que cayeron en la misma ronda ante Serbia, se han impuesto a la selección en un partido con poca tensión, pero con mucho intercambio de golpes.
Después de un primer cuarto de tanteo, que finalizó con empate a dos y un gol de Álvaro Granados al inicio del segundo, España se olvidó prácticamente de la faceta defensiva y terminó cediendo ante los ataques de su rival.
Sin reacción
Los griegos, liderados por Konstantinos Genidounias, impusieron poco a poco su juego y lograron marcharse al descanso con dos goles de ventaja después de que Bustos igualara el marcador a seis pocos minutos antes.
En el tercer parcial, el equipo de David Martín no reaccionó y aprovechando una superioridad numérica, los griegos aumentaron su ventaja con un tanto de Gkillas y un penalti transformado por Fontoulis. Solo un gol de Bernat Sanahuja recortó tímidamente la distancia después de másseis minutos sin encontrar portería (10-7).
Dos goles más de los helenos ahondaron todavía más en la herida de una selección sin juego interior, sin acierto y con pocas esperanzas. A pesar de ello, el intercambio de golpes favoreció a España, que llegó a creer por un momento en la remontada al verse solo dos goles abajo (13-11) en la recta final, pero un tanto de Kakaris, en una acción que precisó de VAR, terminó por sentenciar el encuentro.
Felipe Perrone
A sus 38 años, el capitán de la selección Felipe Perrone y su compañero Martín Famera pudieron haber disputado su último partido como internacionales en este último día de competición.
Ni una sola de las 15.000 personas que abarrotaron la Philippe Chatrier este lunes se atrevió a moverse de su silla antes de que Rafa Nadal entrara en el túnel de vestuarios y abandonara la pista central de Roland Garros quién sabe si para siempre. Un pleno de manos rompiendo en ruido para despedir al tenista más grande que ha visto el lugar. Casi ajeno a ello, sereno ante tantísima emoción, el 14 veces campeón se acercó al centro de la pista, saludó a todos y se marchó sin más. Unos pocos minutos antes, la directora del torneo, Amelie Mauresmo, le había pedido que se quedara a responder unas preguntas, un hecho fuera del protocolo, la única rareza en la jornada.
Unos pocos minutos antes más, Nadal había caído en primera ronda ante Alexander Zverev por 6-3, 7-6(5) y 6-3 en tres horas y cinco minutos de lucha. "No sé si será mi última vez, pero si lo es, he disfrutado. Hay un gran porcentaje de opciones de que no vuelva, pero no puedo decir que es un 100% porque me estoy divirtiendo", comentó con la intención de normalizar los sentimientos a su alrededor, la piel de gallina, las lágrimas de la gente, incluso de su gente. Seguramente Nadal se calmaba con la certeza de que habrá más días así, de que no es el final. Como había pedido, no hubo una despedida oficial, ni mucho menos un homenaje; hubo un partido de tenis, un muy buen partido de tenis, y eso ya es mucho.
Después de más lesiones de las que ha sufrido cualquier otro tenista, de dolores en decenas de músculos y más ligamentos, Nadal quiso ganar de nuevo y podría haberlo hecho. En otras condiciones y, sobre todo, ante otro rival, seguiría ante la posibilidad de levantar su decimoquinto título en París. Seguramente Alexander Zverev era el peor a quien enfrentarse en este momento y seguramente el día, muy frío, pesado, lluvioso, tampoco era el mejor.
EMMANUEL DUNANDAFP
Pero Nadal convirtió una ceremonia nostálgica en un duelo disputado, es decir, consiguió lo que buscaba. Como habían hecho antes los aficionados de Barcelona, Madrid y Roma, el público francés fue a verle para agradecer y recordar, pero acabó aplaudiéndole por su juego, ya está. El primer punto del español en el partido, un error no forzado de Zverev, fue celebrado por la Philippe Chatrier con la melancolía de los regresos a los escenarios de los grupos de música divorciados. Pero poco a poco volvieron los intercambios vencidos, los puños al aire, las celebraciones de verdad.
Especialmente apoteósico fue el segundo set, el mejor momento de Nadal. Con 2-1 en contra en el marcador y dos bolas de break para Zverev, el español desplegó los golpes prohibidos, un revés cruzado, un ace, una derecha paralela y se lanzó con todo a por el periodo. Llegó a romperle el servicio al alemán, pero éste se revolvió y llevó la resolución al tie-break.
La dureza de Zverev
En las semanas previas, dejó dicho Nadal que si tenía que morir lo haría aquí, en la pista central de Roland Garros, en los instantes decisivos, y entonces lo hizo. Con dos horas de meneos en las piernas seguía con respuestas para el bombardeo continuo de Zverev, sólo falló la estrategia. Para contrarrestar la potencia que le llegaba del otro lado de la pista, decidió probar con un par de dejadas y ambas fueron fallidas.
EMMANUEL DUNANDAFP
Luego, en el tercer set, empezó con un break a favor y tuvo opción de otro más, pero el saque de Zverev era incuestionable. Un argumento demasiado grande a favor de su victoria. Igualmente después, hasta el final, Nadal dejó toda gota de esfuerzo y momentos de antología, entre ellos passing shots muy propios que hicieron saltar al público francés. El que es, no el que fue. Porque nada tiene que ver cómo se marchó el español este lunes de la Philippe Chatrier a cómo llegó, casi dos décadas atrás.
El público francés, entregado
Los abucheos, por ejemplo, en su derrota ante Robin Soderling en 2009 se convirtieron en una exaltación de su figura, desde su enorme escultura que luce en la entrada del recinto a la expectación ante cualquiera de sus pasos. Ante Zverev quedó claro que, Roland Garros ha entendido que Nadal no es sólo el campeón de 14 ediciones, si no que es su imagen, su emblema, su mito. Que no sea francés ya no importa o importa poco: Roland Garros es Nadal, Nadal es Roland Garros.
En el boulevard d'Auteuil, entre el Parc des Princes y la Philippe-Chatrier, este lunes se agolpaban los reventas para hacer su primer agosto, pues luego vendrán los Juegos Olímpicos. "¿Cuánto?", preguntaba el periodista. "3.000", contestaba el más joven de ellos, aunque luego era capaz de bajar hasta los 2.000 euros. En todo caso, un precio que probablemente no alcanzará la final del torneo del próximo 9 de junio, la juegue quien la juegue.
EMMANUEL DUNANDAFP
"¡Allez, Rafa!", se escuchaba como nunca en la Philippe Chatrier, entre muchos '¡Vamos, Rafa!" con marcado acento galo y una banda de música con banderas tricolor que adaptaba todos sus cánticos al español. En la parte superior, lejos de los palcos donde estuvieron Novak Djokovic, Carlos Alcaraz o Iga Swiatek, se llegaron a lanzar olas de apoyo al ganador de 22 Grand Slam: "Raaaaaaafaaaaaa".
En ese ambiente, con tamaño palmarés, Nadal podía haber entendido de una vez que lo ha logrado todo y nadie le exige más, pero su manera de ver el deporte nada tiene que ver con la percepción de otros. Para poder dormir tranquilo en el futuro, cuando vengan los años, necesita saber que lo dejó todo sobre la pista, lo que tenía y lo que no. Ahora está más cerca de alcanzar esa paz. Este domingo, quiso ganar de nuevo y podría haberlo hecho. El tiempo casi cae derrotado por primera vez.
Nadie las esperaba y fueron capaces de llevar a España no solo a su primer torneo internacional, la Eurocopa de 1997, sino hasta las semifinales. Era un contexto en el que vestían los equipajes de los chicos en talla S y se llevaron una prima de 25.000 pesetas. Entre aquellas pioneras de un fútbol olvidado estaba una joven Maider Castillo (Éibar, 1976), que completó una larga carrera y dio el salto a la dirección deportiva.
¿Qué recuerdan de aquella Eurocopa de 1997?
El recuerdo que tengo es buenísimo porque mi debut fue en aquella fase de clasificación. Lo logramos jugando una eliminatoria contra Inglaterra, que ya era una gran selección y tenía un fútbol semiprofesionalizado. Nosotras teníamos a Roser Serra, nuestra portera, jugando en el Arsenal y siempre digo que ella fue la que nos clasificó. No he visto volar a nadie como lo hizo ella en la ida contra Inglaterra, que ganamos 2-1 en casa y luego ahí empatamos a uno. En el Europeo, más de lo mismo. En nuestro grupo estaban Suecia, Francia y Rusia. Salvo las suecas, todas debutantes, pero, poco a poco, nos fue bien. Empatamos contra Francia, 1-1, ganamos 1-0 a Rusia... todo justito. Y perdimos 1-0 contra Suecia. Quedamos igualadas a puntos con Francia y por goal average pasamos a una semifinal. Imagínate. A mí me costó digerirlo, fue todo muy rápido. Nos eliminó Italia (2-1), pero fue un sueño.
¿Y cómo era el entorno, muy amateur?
Mucho. De hecho, solo estábamos ocho equipos en dos grupos de cuatro. De esa fase, pasabas a la semifinal y a la final. Si el campeonato era amateur, nuestra Liga ni te cuento. Yo compaginaba mis estudios en Vitoria y los viernes me iba a Eibar a entrenar y jugar. Eso ahora es impensable.
¿Por qué aquel logro no fue un impulso?
Es un tema de sociedad y, además, el fútbol femenino estaba olvidado. Hay muchas selecciones de aquellas que evolucionaron y la nuestra, no. Fíjate el tiempo que pasa para que te vuelvas a clasificar a otra Eurocopa, en 2013. Al final, en otros países, tanto federaciones como clubes apostaron y en España no se hizo. Es la realidad. Ahora, cuando ha habido promoción, se ha visto cómo han crecido las licencias. O cómo trabajando la condición física las diferencias se igualan.
En esa igualdad ya se impone la calidad de las jugadoras
A nivel técnico-táctico, estábamos preparadas, éramos buenas, pero en el físico había mucha diferencia. Era nuestro punto débil. En el momento en que eso se iguala, el resto aflora.
Ha pasado años en el Levante y ahora, como directora deportiva de la Real Sociedad, ¿cree que la Selección ha tirado de la Liga F o que la mayor apuesta de los clubes ha ayudado a España?
Todo suma, cada uno en su parcela. A mí, evidentemente, me parece que la implicación de los clubes ha sido muy importante. Cuando yo empecé a jugar, no había fútbol base, y eso lo han creado los clubes. Han apostado por crear más equipos femeninos, trabajarlos y prepararlos, como también hace la Federación en sus competiciones, que cada vez son más y suman mayores éxitos.
Maider (drcha) junto a Ruth García, hoy directiva de la RFEF.E.M.
¿Puede ser un peso excesivo para España ser favorita en esta Euro?
No sé. Antes todas querían jugar contra España en su grupo y ahora, nadie. Esa es la realidad. Tenemos una selección totalmente preparada para disputar grandes competiciones y, a la vez, siendo muy consciente de que la línea entre ganar o perder es muy fina. Estoy convencida de que si tienen esa presión serán capaces de afrontarla.
¿Ve alguna selección tapada?
Los grandes rivales serán Inglaterra, Alemania o Francia, pero seguro que se mete algún equipo nórdico. Tampoco sé la distancia que habrá con Países Bajos o Italia. Vamos a ver. Pero un mal partido te puede hacer quedar fuera de todo.
Usted jugó en el Levante con Montse Tomé, ¿cómo era en el campo?
Siempre ha sido una persona callada, tímida, reservada, pero a la vez con personalidad y las ideas claras. Jugaba de mediocentro, por su estatura a veces de 6 o de 8, y le gustaba tocar el balón. Era participativa, una buena centrocampista.
¿Ve eso reflejado en la selección?
Era una jugadora que cuidaba el balón, que hacía jugar al equipo y es, al final, el modelo de juego que tiene España. Pero no sólo de ahora porque esté Montse en el banquillo. Al final es una metodología que se lleva tiempo trabajando con unas jugadoras increíbles. Y que está dando resultados.
El duelo imponente entre dos colosos en los 200 metros braza deparó la soberbia victoria de uno de ellos, sin que el otro desmereciera. Los colosos eran el neerlandés Caspar Corbeau, plusmarquista mundial, y el español Carles Coll, campeón del mundo. Tamañas firmas.
Ganó Coll de forma incontestable, indiscutible. Decir que sin oposición sería excesivo porque Corbeau planteó batalla, como no podía ser menos. Pero los tiempos finales atestiguan la diferencia entre ambos. El español realizó 2:00.86. El neerlandés, 2:01.27. Muy lejos, el austriaco Luca Mladenovic (2:02.48). El registro de Coll es el sexto de la historia y, obviamente, récord de España. Dinamitó el suyo anterior de 2:01.55.
Corbeau es el único nadador que ha bajado de los dos minutos en la prueba (1:59.52). Lo hizo hace poco más de un mes en la Copa del Mundo de Toronto. Venía, además, de ganar el oro en los 100 en estos Campeonatos, en una prueba en la que Coll fue quinto. Estaba, pues, en forma y con ganas de hacer doblete.
Coll lo impidió con una actuación impecable. Pasó segundo, detrás deCorbeau, por los 25 y los 50 metros. Luego tomó la cabeza en cada tramo y ya no la dejó. Formidable en los virajes e imperial en los largos, obtuvo un triunfo de una claridad meridiana que contribuye a su consagración como una de las estrellas de la braza mundial. A sus recientes 24 años, tarraconense del Club Natació Sabadell y discípulo de Sergi López en Virginia Tech, está en evidente progresión.
Carmen Weiler, también alumna de López, no pudo repetir oro. Tras su victoria en los 200 espalda, sólo alcanzó a ocupar la quinta plaza (57.00) en los 100, dominados por la británica Lauren Cox (56.59). Las otras finalistas españolas de la jornada, María Valdés y Ángela Martínez, nadaban los 800 libre, que vistieron de oro a la favorita, la italiana Simona Quadarella. María terminó en quinta posición con una buena marca (8:21.44). Ángela, en octava (8:27.00). Hugo González pasó a la final de los 200 estilos con el mejor tiempo (1:52.68). Pinta bien.