Si un día animé a mis hijos a que jugaran al rugby en vez de al fútbol, fue por todas esas cosas que rodean al deporte rey y que no me gustan: una grada implacable, su pulgar hacia arriba o hacia abajo, unos jugadores que parecen robots, la obligatoriedad del éxito, el exceso de expectativas.
Pero si hoy tuviera hijos pequeños y me sentara a ver el fútbol con ellos, si este domingo tuvieran seis o siete años, les pediría por favor que no se fijara
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En el minuto 84, la afición italiana celebró un córner como si fuera un gol, y quizá no haya mejor resumen que ese para explicar lo que fue el partido de anoche. Un España-Italia dominado de principio a fin por España, mucho mejor, más vertical, más atrevida, más divertida, más coral, más todo. A lomos de un futbolista brutal como Nico Williams, la selección de Luis de la Fuente bailó con Italia, hizo con ella lo que quiso y certificó, más allá de lo ajustado del marcador, dos cosas: primero, que jugará los octavos de final y, segundo, que en Alemania hay un señor equipo y se llama España. [Narración y estadísticas (1-0)]
Cuando Vincic, un árbitro terrorífico cuyo único mérito debe ser compartir nacionalidad con el presidente de la UEFA, dispuso el descanso, España había hecho 25 ataques, por cinco de su rival; había disparado nueve veces, por una de su rival (de ellas, cuatro a portería, por ninguna del rival); había dado 299 pases, por 177 del rival... ¡Ah! Y había tenido el balón un 61% por el 39% del rival, pero como el debate de la cansina posesión ha sido superado, quede a título meramente informativo. Cuando Vincic, pues, dispuso el descanso, España había hecho suficientes cosas como para ir ganando el partido, pero su rival, Italia, salió indemne del primer tiempo, que era lo mejor que le podía pasar. La selección, mucho mejor en todas las facetas del juego, más dinámica, más peligrosa, más ambiciosa, se dejó en las manos de Donnarumma y en sus propia ceguera la opción de ponerse por delante.
Aprovechando unas molestias de última hora de Nacho, De la Fuente dio carrete a uno de sus fetiches. Laporte es un futbolista con una jerarquía incuestionable al que solamente su decisión de jugar en una Liga de juguete, con todo lo que ello conlleva, permite cuestionar. El central zurdo es uno de los referentes del vestuario y en tanto que eso, que líder, supone un asidero hasta emocional para el equipo a juicio del entrenador. Quitando eso, el resto fueron los mismos que el sábado, no hace ni una semana, tiraron menos, atacaron menos, pero iban ganando 3-0 al descanso.
Sin noticias de Chiesa y Barella
La primera jugada fue un aclarado para dejar a Nico frente a frente con Di Lorenzo. Le encaró y sacó un centro que, de no haber sido Pedri el cabeceador, hubiera sido gol. Pero el menudo mediapunta remató con la destreza con la que hubiera colgado una lámpara. Ninguna de las suertes le resulta familiar, de modo que, con toda la portería para él, se la puso a Donnarumma en el guante. El portero italiano, con todo, sufrió para sacarla por lo cercano del remate. Los italianos, por cierto, también eran los mismos que le ganaron a Italia. Spalletti, un buen técnico, está construyendo desde el verano pasado un equipo bastante apañado, pero no cuenta con la calidad individual de otras épocas. La baja forma de Chiesa y Barella, probablemente sus dos mejores jugadores, tampoco ayuda.
La segunda jugada fue más de lo mismo. Nico contra Di Lorenzo. Vencedor, Nico. En el otro costado, Lamine Yamal estaba más vigilado, primero por Di Marco, el lateral, pero luego por Barella y Pellegrini, atentísimos a esas ayudas. España intentó probarse otra vez su traje nuevo de equipo vertigionoso, y un balón largo de Unai Simón lo bajó Morata para Pedri, y Pedri para Morata y Morata para Nico, que a medio metro de la portería hizo lo más difícil que podía hacer en su remate de cabeza: echarla fuera.
España veía pasar por delante ya muchas opciones, media docena a la media hora tras un eslalon de Lamine, un disparo desde su casa de Fabián que despejó apuradísimo Dunnarumma y un 'huy' de Morata, algo ofuscado. Veía pasar España esas opciones y observaba un partido raro, con Italia relativamente cómoda pese al acoso y con algún susto cuando Scamacca lograba, fue muy pocas veces, dejar de cara para que corrieran los de fuera. Nada serio. De hecho, lo más serio fue la amarilla a Rodri que le impedirá jugar contra Albania el lunes.
Chiesa, ante Cucurella, en el Veltins Arena.AFP
A la vuelta del descanso, Spalleti quitó a Jorginho. El jugador del Arsenal las había pasado canutas con Pedri a su espalda. Entró Cristante, que le dejó un recado a Rodri a modo de saludo y que vio la amarilla. La tuvo Pedri tras otra buenísima jugada de todo el equipo, pero la envió, como Nico en la primera parte, incomprensiblemente fuera.
Prueba de madurez
Llegó el gol, no podía ser de otra manera. Y llegó, tampoco podía ser de otra manera, con Nico otra vez encarando a Di Lorenzo (el lateral del Nápoles va a tener pesadillas con el chico). Su centro no lo atrapó Donnarumma y Calafiori se lo metió en propia puerta. Era una prueba de madurez para el equipo, ya por delante tras haber jugado realmente bien y con un equipo enfrente, Italia, a la que le faltará calidad, pero nunca le sobra coraje (ni algo de suerte). Dio un paso adelante el equipo de Spalletti, no le quedó otra, pero entretanto Pedri no cazó una por muy poco y Nico, quá noche la suya, estrelló un balón en la escuadra.
Agotado Pedri y confuso Yamal, De la Fuente dio entrada a Ferran Torres y Alex Baena, dos que debutaban en el torneo, igual que Ayoze. Dio igual. España no concedió un solo tiro más a Italia. Fueron 20 tiros contra tres. Fueron 57 ataques contra 11. Fue poca posesión (56%). ¿Y? Fue, así como suena, un baile.
Morata se va. Tras protagonizar la celebración de la Eurocopa con la selección, el delantero del Atlético de Madrid despejó ayer las pocas dudas que podrían quedar sobre cuál iba a ser su futuro más inmediato. El madrileño acudió ayer al centro de entrenamiento rojiblanco para despedirse de sus compañeros y del cuerpo técnico que le ha acompañado estos últimos años. "Me he despedido porque era importante para mí, era importante saludarles y agradecerles todo", señaló ante los micrófonos de la Cadena Cope, donde también confirmó su salida hacia Milán.
La historia de Morata con el Atlético de Madrid ha estado marcada por los altibajos. En tres años y medio y con una larga cesión a la Juventus a mitad de camino, lo cierto es que el delantero no ha conseguido ser ese ansiado goleador que tanto reclamaba Diego Simeone. Porque si bien en esta campaña ha logrado sus mejores cifras como rojiblanco (15 goles en Liga), una mala segunda mitad de temporada y las dudas que siempre han girado en torno a su figura han acabado por determinar una salida que, por momentos, no llegó a estar tan clara.
Una publicación en sus redes sociales hace dos semanas pareció confirmar su decisión de quedarse, pero sus palabras en una entrevista en EL MUNDO volvieron a dejar todo en el aire: "Ya he dicho que me muero de ganas por ganar un título con el Atlético, pero hay que poner una balanza lo que compensa y lo que no".
Esa será, quizás, la espina que le quedará pendiente al hasta ahora delantero rojiblanco. Morata se irá a Italia sin haber podido conseguir lo que sí ha logrado como capitán de la selección, aunque él también quiso dejar claro su punto de vista. "Levantar la Eurocopa es como ganar un título con el Atlético", afirmó ayer.
Todo apunta a que el madrileño firmará un contrato por cuatro temporadas como rossonero y que pagará en estos días la cláusula de rescisión de su contrato que asciende a unos 13 millones de euros.
IRREGULARIDAD
La titularidad ha sido otro elemento indispensable para entender la etapa de Álvaro Morata en el Atlético de Madrid. El técnico argentino nunca ha dudado a la hora de contar con otro tipo de delanteros como Memphis, Correa o Diego Costa, en esa primera etapa, para buscar más efectividad o velocidad de cara a portería y acompañar a Antoine Griezmann en la punta de ataque.
Además, la llegada de Luis Suárez en aquella temporada en la que el club consiguió el título, fue clave para que acabara concretándose su préstamo al equipo juventino.