El deportista, de 33 años, falleció el domingo mientras dormía. Su esposa, también envenenada, está hospitalizada.
Alexandr Pisarev, antes de un combate.YouTube
El luchador ruso de artes marciales mixtas (MMA) Alexandr Pisarev falleció el pasado domingo presuntamente a consecuencia de un envenenamiento con opioides, según afirmaron a la prensa rusa fuentes cercanas el deportista.
“Según datos previos, fue por envenenamiento con opioides. No sabemos todavía de dónde salieron y cuál fue la causa. Tendremos los resultados definitivos de los análisis en un par de días“, afirmó una fuente citada por la agencia TASS.
El pasado domingo Pisarev, de 33 años, y su esposa, relataron a sus familiares que se encontraban mal. El deportista murió mientras dormía, y su esposa, también envenenada, actualmente está hospitalizada. Según algunos medios, se sospecha que el luchador fue envenenado con una sandía, una hipótesis por confirmar.
Investigación
El Comité de Instrucción de la región de Moscú informó en su canal de Telegram que “la muerte del deportista tuvo lugar a consecuencia de un envenenamiento con una sustancia no se ha determinado”. “Los investigadores inspeccionan el lugar de los hechos, se requisan objetos que podrían resultar significativos para la investigación, se llevan a cabo peritajes químicos forenses”, indicó la entidad.
El luchador, cuya última pelea -en la que perdió ante su compatriota Maxim Usoyán- tuvo lugar en la ciudad rusa de Yekaterimburgo en febrero de 2020, fue campeón de Moscú y finalista del Campeonato Europeo de MMA.
Nadie las esperaba y fueron capaces de llevar a España no solo a su primer torneo internacional, la Eurocopa de 1997, sino hasta las semifinales. Era un contexto en el que vestían los equipajes de los chicos en talla S y se llevaron una prima de 25.000 pesetas. Entre aquellas pioneras de un fútbol olvidado estaba una joven Maider Castillo (Éibar, 1976), que completó una larga carrera y dio el salto a la dirección deportiva.
¿Qué recuerdan de aquella Eurocopa de 1997?
El recuerdo que tengo es buenísimo porque mi debut fue en aquella fase de clasificación. Lo logramos jugando una eliminatoria contra Inglaterra, que ya era una gran selección y tenía un fútbol semiprofesionalizado. Nosotras teníamos a Roser Serra, nuestra portera, jugando en el Arsenal y siempre digo que ella fue la que nos clasificó. No he visto volar a nadie como lo hizo ella en la ida contra Inglaterra, que ganamos 2-1 en casa y luego ahí empatamos a uno. En el Europeo, más de lo mismo. En nuestro grupo estaban Suecia, Francia y Rusia. Salvo las suecas, todas debutantes, pero, poco a poco, nos fue bien. Empatamos contra Francia, 1-1, ganamos 1-0 a Rusia... todo justito. Y perdimos 1-0 contra Suecia. Quedamos igualadas a puntos con Francia y por goal average pasamos a una semifinal. Imagínate. A mí me costó digerirlo, fue todo muy rápido. Nos eliminó Italia (2-1), pero fue un sueño.
¿Y cómo era el entorno, muy amateur?
Mucho. De hecho, solo estábamos ocho equipos en dos grupos de cuatro. De esa fase, pasabas a la semifinal y a la final. Si el campeonato era amateur, nuestra Liga ni te cuento. Yo compaginaba mis estudios en Vitoria y los viernes me iba a Eibar a entrenar y jugar. Eso ahora es impensable.
¿Por qué aquel logro no fue un impulso?
Es un tema de sociedad y, además, el fútbol femenino estaba olvidado. Hay muchas selecciones de aquellas que evolucionaron y la nuestra, no. Fíjate el tiempo que pasa para que te vuelvas a clasificar a otra Eurocopa, en 2013. Al final, en otros países, tanto federaciones como clubes apostaron y en España no se hizo. Es la realidad. Ahora, cuando ha habido promoción, se ha visto cómo han crecido las licencias. O cómo trabajando la condición física las diferencias se igualan.
En esa igualdad ya se impone la calidad de las jugadoras
A nivel técnico-táctico, estábamos preparadas, éramos buenas, pero en el físico había mucha diferencia. Era nuestro punto débil. En el momento en que eso se iguala, el resto aflora.
Ha pasado años en el Levante y ahora, como directora deportiva de la Real Sociedad, ¿cree que la Selección ha tirado de la Liga F o que la mayor apuesta de los clubes ha ayudado a España?
Todo suma, cada uno en su parcela. A mí, evidentemente, me parece que la implicación de los clubes ha sido muy importante. Cuando yo empecé a jugar, no había fútbol base, y eso lo han creado los clubes. Han apostado por crear más equipos femeninos, trabajarlos y prepararlos, como también hace la Federación en sus competiciones, que cada vez son más y suman mayores éxitos.
Maider (drcha) junto a Ruth García, hoy directiva de la RFEF.E.M.
¿Puede ser un peso excesivo para España ser favorita en esta Euro?
No sé. Antes todas querían jugar contra España en su grupo y ahora, nadie. Esa es la realidad. Tenemos una selección totalmente preparada para disputar grandes competiciones y, a la vez, siendo muy consciente de que la línea entre ganar o perder es muy fina. Estoy convencida de que si tienen esa presión serán capaces de afrontarla.
¿Ve alguna selección tapada?
Los grandes rivales serán Inglaterra, Alemania o Francia, pero seguro que se mete algún equipo nórdico. Tampoco sé la distancia que habrá con Países Bajos o Italia. Vamos a ver. Pero un mal partido te puede hacer quedar fuera de todo.
Usted jugó en el Levante con Montse Tomé, ¿cómo era en el campo?
Siempre ha sido una persona callada, tímida, reservada, pero a la vez con personalidad y las ideas claras. Jugaba de mediocentro, por su estatura a veces de 6 o de 8, y le gustaba tocar el balón. Era participativa, una buena centrocampista.
¿Ve eso reflejado en la selección?
Era una jugadora que cuidaba el balón, que hacía jugar al equipo y es, al final, el modelo de juego que tiene España. Pero no sólo de ahora porque esté Montse en el banquillo. Al final es una metodología que se lleva tiempo trabajando con unas jugadoras increíbles. Y que está dando resultados.
«Nunca amamos a alguien en concreto. Amamos tan sólo la idea que nos formamos de alguien». El madridismo que ama a José Mourinho, y que empieza por su presidente, lo hace por lo que dejó escrito Fernando Pessoa: ama lo que Mou significó en una etapa crítica. Un tiempo que fue de los aplausos en el Bernabéu a Ronaldinho por parte de un señor con bigote a ver el propio estadio arrasado por el paso de un Atila con zapatillas de ballet. Era Pep Guardiola. Mourinho también lo padeció, pero acabó por llevar a la implosión a su antónimo hasta derrotarlo, hecho que inflamó el orgullo de buena parte del madridismo, aunque fuera a costa de minar el campo con la irreverencia y la ira. El portugués se marchó, desgastado por su propia cruzada, pero la ira se quedó entre nosotros. La nostalgia no siempre es por amor.
La saudade, la nostalgia, es un sentimiento muy portugués. Está presente en los personajes de Pessoa como en los de Eça de Queiros u otros grandes escritores lusos, aunque Mourinho tenga poco que ver con el introspectivo Bernardo Soares, protagonista del Libro del desasosiego. Mou es The Special One, el mejor actor del fútbol, aunque ya sólo un gran entrenador en su invierno.
La nostalgia por el pasado de blanco es mayor por parte de una legión de fieles madridistas que por el propio técnico, cuya saudade es únicamente de sus tiempos de gloria. La realidad es que no los vivió en el Bernabéu, y no sólo por los títulos. También por el feeling. Mou se sintió en su salsa en la Premier, porque en Inglaterra era el personaje de una comedia. Aquí lo convertimos en el personaje de una tragedia, algo muy español. El error fue nuestro.
La superioridad moral del Barça
La era de Mourinho en el Madrid no fue únicamente la de los insultos o el juego extremo y duro. También la de la rebelión frente a un Barça que, además de dominar en el campo, se había situado en una posición moral de superioridad. Era el marketing de los valors. El caso Negreira y los audios de Piqué con Rubiales para repartir el oro de Arabia demostrarían que quienes predican desde atalayas morales suelen tener los pies en las cloacas.
El reencuentro del Madrid con Mou, el miércoles en Lisboa, evoca, pues, esa nostalgia en un tiempo que se asemeja en algunos aspectos al momento en el que llegó el portugués al banquillo del Bernabéu. La crisis deportiva y el dominio del Barcelona durante la temporada pasada invocan la necesidad de invertir la tendencia, aunque para ello haya que «poner una bomba». Es lo que dijo Mou en privado ante la superioridad, entonces, de los azulgrana. La puso. Los resultados fueron evidentes, al destruir al rival, aunque sin conseguir todos los objetivos esperados. Los efectos colaterales, con deterioro de la imagen del club y división, también.
El Madrid ha escogido para salir de su crisis actual a un mourinhito, después de destituir a otro de los entrenadores que, como futbolista, más conexión tuvo con el portugués. Sin embargo, como dijo Arbeloa en la más atinada de sus declaraciones, si intentara imitar a Mou, fracasaría. En lo suyo es único, el «puto amo».
Mourinho, durante un partido del Benfica.ALESSANDRO DI MARCOEFE
Veremos a ese Mourinho antes, durante y después del partido de Champions, porque el personaje necesita más que nunca de sus artes, dado el desequilibrio que existe, hoy, entre el Benfica y el Madrid, por irregular que esté el conjunto blanco. La primera indirecta la dejó al expresar su sorpresa por el hecho de que entrenadores sin experiencia accedieran al banquillo de grandes clubes. Arbeloa no respondió. Acertó.
Asesor en la distancia
«No cuenten conmigo para telenovelas», manifestó el portugués cuando le preguntaron si estaba entre las soluciones para el Madrid, después de la destitución de Xabi Alonso. La realidad es que no ha estado en el debate de las alternativas, aunque jamás haya dejado de ser como un sueño húmedo para Florentino Pérez, en especial en noches de tormenta. El contacto entre ambos ha permanecido, en ocasiones hasta como un asesor en la distancia.
Florentino encontró el éxito después de Mou. De hecho, el mayor de su era, con las tres Champions de Ancelotti, en dos etapas, y las tres de Zidane, dos apuestas suyas y dos personajes de su cabecera. Pero ni el francés ni el italiano hicieron seguidismo de su línea argumental en las guerras del presidente y el club. Tampoco en el maniqueísmo y la división. La que aparecía entre madridistas y «pseudomadridistas» fue acuñada por Mou.
Al portugués le ha ido peor desde que dejó el Madrid. Lo mejor de su carrera, las Champions con Oporto e Inter, fueron anteriores. Volvió a ganar la Premier con el Chelsea, un club con una afición a fuego, donde su estilo encajaba a la perfección, pero no alcanzó la gloria en uno de sus destinos más esperados, Old Trafford, y tampoco encontró el momento para ocupar el banquillo de Portugal. La Eurocopa conquistada en 2016 habría sido uno de sus grandes hits. En cambio, la conquistó alguien que no se parece en nada a Mou. Fernando Santos se había escapado, realmente, de un libro de Pessoa.
Arbeloa, entrenador del Madrid.J.J.GuillénEFE
El Benfica es su último destino, por el momento, pero no un destino más, porque Mou es benfiquista de corazón. Se trata del club de sus orígenes, en el que se formó. El entrenador, que hoy cumple 63 años, fue la baza electoral del actual presidente del Benfica, el ex jugador Rui Costa. Una gran figura para el banquillo del club que más estado de opinión crea en el país. Los resultados no han llegado, lejos del Oporto, líder. Las lesiones han minado a un Benfica en el que Mou hizo voto de prudencia al llegar, pero nadie puede ir contra su naturaleza.
Eso es lo que dijo Arbeloa con respecto a sus futbolistas tras la victoria en La Cerámica, un test de calidad que salvó el técnico. La declaración tiene una parte de sensatez y otra de capitulación para un entrenador que quiera desarrollar su obra. Como si el Madrid fuera El libro de la selva, aunque Vinicius no se parezca en nada a Mowgli ni en esa selva resuene, hoy, un grito como el de Mou, para lo bueno y para lo malo.
Se repitió la historia. Bueno, no. Fue la misma historia, fue su continuación, no su repetición. Tadej Pogacar aceleró y se acabó, repetida o no, continuada o no, la misma u otra, la historia. Jonas Vingegaard, admirable en su esfuerzo, agachó la cabeza y punto final.
Trepaban ambos, en compañía de una treintena de ilustres, por la última dificultad de la etapa, la Montée de Valmeinier 1.800. Perseguían a un Romain Bardet que está dando las últimas pedaladas de su vida deportiva. Se retirará en este Dauphiné, en el que, orgulloso, profesional, ha asomado varias veces la testa antes de humillarla por la fuerza de los hechos. Ya en el Tour ejercerá de comentarista. Formó con Thibaut Pinot y Warren Barguil el trío de aspirantes a devolver a Francia el trono de la Grande Boucle. Estuvieron bastante cerca, pero no remataron, y todavía, ¿hásta cuándo?, y desde 1985, Bernard Hinault se mantiene como último francés en reinar en la Corte gala (y mundial) del ciclismo.
Merecía Bardet esta digresión a modo de homenaje. El grupo de notables lo atrapó a falta de 13 kms. para la llegada, situada en la mismísima cima del puerto, un obstáculo hors catégorie de 16,5 kms. de longitud, con una pendiente media de 6,7% y una máxima de ocho, en el ese macizo en el que, según tires por una carretera u otra, acabas en el Galibier o en el Télégraphe. No era tan duro como la Madeleine o la Croix de Fer, que se habían subido previamente, pero seguía siendo muy exigente y, además, las piernas de todos venían acusando esos esfuerzos anteriores. Puro desgaste.
La etapa había comenzado como se descorcha una botella de espumoso. Un estampido, un surtidor de espuma y el líquido que se derrama hacia las copas. La gente salió de estampida. El primero... ¡Campenaerts! Una excentricidad. Una broma. Atacaban, respondían, se juntaban, se separaban Kuss, Johannessen, Lutsenko, Buchmann, Armirail, Paret-Peintre, Jorgenson, Traeen, Higuita, Healy, Buitrago, Romeo...
Estábamos en la Madeleine, 246 kms. al 6,2% de media y con una pendiente máxima del 10%. Bajaron todos la Madeleine y luego ascendieron la Croix de Fer (22,4 kms. al 6,9% de media y al 10% de máxima. Bajaron la Croix de Fer y muy poco después, luego de un ancho valle con subiditas precursoras del envite final, afrontaron Valmeinier. Ya habíamos visto al honrado y esforzado Bardet, muy cerca, además, de su terruño, despidiéndose del ciclismo antes del definitivo adiós del domingo.
El grupo fue adelgazando y quedándose como un silbido. Cuando atacó Sepp Kuss, compañero de Vingegaard en el Visma, pensamos que podría establecer una cabeza de puente para el danés. Detrás tiraba Sivakov, el único amigo que le quedaba a Pogacar. Pero el esloveno, que hizo de aguador para su compañero, no necesita a nadie. Es autosuficiente. Kuss duró un suspiro. Y entonces, a 11 kms. de la meta, saltó Tadej.
En realidad, él no salta. Ni demarra. Sólo acelera. Y basta. Vingegaard, de nuevo, no pudo seguirle. Y menos Evenepoel. El pelotón ya no merecía en absoluto tal nombre. Estaba completamente diseminado. Pogacar mantenía las distancias y Vingegaard, pese a todo el tipo. No perdía mucho, aunque sí lo suficiente. Al final, Tadej aflojó un poco, seguramente no por falta de fuerzas, y Jonas, exhausto, eso sí, terminó a 14 segundos. Lipowitz, a 1:21. Johannessen, a 2:26. Evenepoel, a 2:39. Enric Mas fue séptimo a 3:48. Y Carlos Rodríguez, noveno a 3:51, como Paul Seixas, undécimo. En la general manda Pogacar con 1:01 sobre Vingegaard. Lipowitz está a 2:21. Evenepoel, a 4:11. Noveno es Carlos Rodríguez a 7:41. Décimo, Enric Mas a 7:43. No se les ha visto mucho. Pero ahí están. Confiemos en que, en la última etapa, lucen algo más.
Décima victoria de la temporada para Pogacar. Y 98 de su carrera. Si redondea el Dauphiné con la última etapa y la general, alcanzará las 100. Una cifra redonda en sí misma y más aún por la categoría de los triunfos. Tadej sigue incrementando su leyenda en vida. Una vida deportiva aún corta que afronta el reto de ser en el futuro aún más radiante que en el pasado y el presente.