10 días, 11 medallas (nueve ya en el cuello, dos, la de fútbol y la del boxeador Ayoub Ghadfa, aseguradas). Se cumple la decena de jornadas olímpicas desde la lluviosa inauguración y ya comenzó la cuenta atrás en este frenesí parisino. Cinco, cuatro, tres… Hubo alegrías insospechadas, adioses de leyenda como el de Nadal y golpes tan dolorosos como el de Carolina Marín, que marcarán para siempre al deporte español. También hubo decepciones, ‘casis’, polémica… Pero la estupenda trituradora de los Juegos quiere más. Y, de aquí al domingo, la recta de meta promete otro buen puñado de emociones únicas.
La cuenta de las 22 medallas de Barcelona sigue marcando las conversaciones de aficionados, deportistas y enviados especiales. Se podrían no llegar, incluso ni siquiera superar las 17 de las dos últimas citas olímpicas. Pero, para optimistas, también se podría superar todavía. De aquí al domingo, hay motivo.
Porque, por ejemplo, llega, desde hoy mismo, el piragüismo y ahí, entre remadas, canales y aguas tranquilas, casi nadie como España. Son 21 medallas en nuestra historia (sólo la vela tiene más, 22), 17 en la modalidad sprint que está por venir, cinco de ellas sólo de Saúl Craviotto. Que vuelve a optar a podio, en el K-4 con Rodrigo Germade, Carlos Arévalo y Marcus Cooper. Pero las cuentas se disparan con el C2 de María Corbera y Antía Jacome, las dos embarcaciones del K2 masculino (formadas por Carlos Arévalo y Rodrigo Germade, y Adrián del Río y Marcus Cooper), Paco Cubelos y Adrián del Río en el K1 1.000 y luego todas las individuales, especialmente en el C1 200 femenino.
Y también el taekwondo, otro semillero de éxitos. Adrián y Adriana, Vicente y Cerezo (plata ella en Tokio), compiten el miércoles en el Grand Palais. Sin tantos focos, Javier Pérez (-68 kg.) y Cecilia Castro (-67 kg.).
Ese mismo miércoles de absoluta locura para los intereses españoles, bien temprano, es la marcha por equipos mixta. España acude con dos parejas. Una de ellas la forman, nada menos, que los dos actuales campeones del mundo, plata María Pérez en París y bronce Álvaro Martín. Completar 10 kilómetros cada uno en dos ocasiones no es sumar dos más dos, pero todo indica que…
Sin salir del atletismo, que nos dejó sin la esperada medalla de Ana Peleteiro (una de las que se contaba en las cuentas de la lechera), quedan por participar Jordan Díaz (9 de agosto a las 20:13) y sus 18 metros para ser campeón de Europa hace un par de meses, Moha Attaoui y su escandalosa progresión en el 800 (sábado 10 , 19:05); en la longitud con Fatima Diamé y los 110 metros vallas no será sencillo, pero tampoco es descartable.
Cata Coll y Aitana Bonmati celebran su victoria ante Colombia.Kiko HuescaEFE
Falta tela por cortar. Porque queda más vela, especialmente atentos al 470 mixto con Jordi Xammar y Nora Brugman. Queda la sincronizada -con el equipo (final el miércoles a las 19:30) y el ejercicio de dúo (sábado, 19:30)- y la rítmica (10 de agosto, 14:00), el voley playa de Herrera y Gaviria que está en cuartos y, por qué no, queda la escalada y queda María Valdés y esos 10 kilómetros en aguas abiertas en los que plata en en el pasado Mundial.
Y, por supuesto, restan los equipos. Los que hicieron famoso aquello de ‘soy español, a qué quieres que te gane…’. Pocas naciones como España cuando se trata de disputar algún deporte en compañía. Y, aunque parecía que en París la cosa había aflojado, resulta que, a estas alturas, de los 10 que partieron (sin contar la alegría del 3×3 femenino), ocho siguen en disputa. Sólo fallaron el balonmano femenino (perdió sus cinco partidos, un fracaso) y el baloncesto masculino (se quedó sin cuartos por el basket average). Siendo realistas, los dos fútbol (el masculinó ya aseguró) y los dos waterpolos tienen opciones reales de medalla y, por qué no, de alcanzar ese oro ‘imposible’ (desde Atlanta 96 no se logra por equipo, el waterpolo masculino). Pero ojo con ambos hockeys, con los infatigables chicos del balonmano y las chicas del baloncesto…
Hagan cuentas pues. Siendo pesimistas, estamos alrededor de las 22 medallas el próximo domingo. Si nos venimos arriba… París será una fiesta.
Antonio Barrul habla como boxea, a una velocidad de vértigo. Asesta frases certeras, un poco a la manera de Mohamed Ali. «En el ring soy violento, tengo mucha raza, a mí no me echa para atrás nada ni nadie». Es un súpergallo en plena ascensión, un chico con un objetivo claro, ahí al fondo, ser campeón del mundo. Aunque antes tenga que recorrer un camino que apenas es un esbozo aún. Ya es campeón de España y defenderá en breve su título Iberoamericano, después debe venir Europa y, por fin, «cumplir mi sueño».
Pero Antonio también es un gitano orgulloso de serlo. Más todavía de la labor social que junto a su padre realizan en el 'Club de boxeo fuerte y constante' de su León natal, punto de encuentro de jóvenes que esquivan otros golpes, los de la propia vida. Sabe bien de lo que habla.
Y Antonio, en fin, es también aquel joven que un día se levantó en un cine mientras veía con su mujer y sus hijos Garfield, y que encaró valiente al energúmeno que maltrataba a su pareja. Decidió no mirar a otro lado y sus golpes se hicieron virales, fue denunciado. «Pero lo volvería a hacer mil veces: a la mujer no se la puede tocar», reivindica quien boxeó con guantes morados, compromiso ético contra la violencia hacia las mujeres.
Barrul, junto a su padre Vicente, en un entrenamiento.Peio García/ICAL leónMUNDO
Fue un primero de mayo de hace dos años y lo recuerda como si fuera ayer. Pese al aluvión mediático, no pretende olvidarlo. Porque hubo críticas a su violenta intervención y algunas dolorosas. «Pero gracias a ese suceso que me pasó la gente me conoce. Ahora realmente están viendo la clase de persona que soy, los proyectos que tengo en mi vida. Tengo que dar gracias a ese mal momento. Hoy soy un referente para los jóvenes. A las mujeres hay que tratarlas como princesas, como se merece. A una mujer no se la puede tocar. Si no la quieres, apártate de su vida. Pero no le puedes hacer lo que pasó ese día», protesta.
Pregunta. ¿Lo volverías a hacer?
Respuesta. No es que piense si lo volvería a hacer: todo el mundo tendría que hacerlo. No que sólo se levante una persona. Hay que frenar esa acción.
P. ¿Cómo lo recuerdas?
R. Como era el día del espectador, nos fuimos al cine. Como a los cinco minutos de película, vemos a una pareja discutiendo. Ella se apartó unas butacas más atrás. Pero al rato él se levantó y la empezó a insultar. Se veía su cara agresiva, desencajado. Cogí a mis niños y los aparté, para que no vieran eso. Siguieron los insultos y el revuelo. Vi que él la enganchó por el cuello y la zarandeó en la butaca.
Antonio hace una pausa, como masticando aquella rabia que no se apaga. «Yo me levanté y lo único que le dije es que qué estaba haciendo. Que era un cine, una película para niños, que lo único que tenía que hacer era marcharse. Me vio pequeño, joven y me empezó a increpar, a insultarme, a faltarme al respeto. No le quería hacer daño. Pero todos tenemos un límite. Seguía insultándome, amenazándome, mi mujer llorando. Le dije: ¿Tú crees que es normal lo que le has hecho a tu mujer?'. Avisé para que llamaran a seguridad, pero no venía nadie... Al final le di lo que él me estaba pidiendo. Era su merecido".
La denuncia interpuesta contra él fue archivada por el juzgado. Y Antonio siguió con su vida, que es también un ejemplo. Deportivo y personal. En diciembre, en el Palacio de los Deportes, lleno hasta la bandera, de su León natal, noqueó al colombiano Fran Mendoza en el cuarto asalto para lograr el título Iberoamericano: «Un rival que tenía 20 victorias y una sola derrota. El número seis del mundo. Le gané en cuatro rounds, un KO brutal. Hice una finta con la mano, me incliné, esperé a que bajara a su derecha y le crucé el golpe. Yo sabía que ese golpe no lo iba a aguantar. Lo teníamos estudiado: el croché de izquierda era el golpe. Creo que estamos para grandes cosas». «Si sigo ganando este título, puedo estar entre los 15 primeros del mundo, lo que me daría opciones de pelear por el título mundial. Ese es mi sueño. Pero siempre he dicho de ir paso a paso», explica. Su próxima parada es la defensa de ese título, en unas semanas en el Gijón Arena.
Para preparar los grandes combates, El Volcán viaja a Gijón junto a su entrenador Olivier Sánchez. Se separa de su familia, meses fuera de casa. «Sólo vuelvo los fines de semana para coger esas fuerzas que hacen falta, porque yo soy muy familiar. Y luego otra vez toda la semana solo, centrado en comer, dormir y entrenar». También de su padre, Vicente Barrul, ex campeón de España. Y mucho más que eso. En su barrio, Vicente, que compaginó su carrera con el trabajo «en el pladur y después en un matadero», que tuvo que superar un ictus, es un héroe. «De niño yo veía todo lo que había en el barrio. Muchas familias desestructuradas. Mi padre y mi madre siempre han sido luchadores de la vida. Él decidió montar un gimnasio para hacer una labor, para intentar devolver todo lo que le había dado el boxeo», relata de unos comienzos nada sencillos. «Nos metimos en una nave de patada, porque en ningún sitio nos alquilaban un gimnasio. No querían», relata de aquellos prejuicios, de las explicaciones de su padre: «¿Qué prefieres, ver a los niños, fumando, bebiendo, liándolas? Porque al final la juventud lo malo lo coge muy rápido, lo bueno le cuesta mucho». Finalmente les dejaron una pequeña sala en un polideportivo, «70 metros cuadrados llenos de ilusión y de amor». «Después, mi padre dijo: mejor pedir perdón que permiso. Cogimos todo el local, 300 metros».
Antonio Barrul y sus tres hijos.Peio García/ICAL leónMUNDO
El club presume de 12 campeones de España y de mucho más que boxeo. «Mi padre consiguió traer unos cuantos profesores de apoyo escolar. Dice que son ángeles, porque vienen voluntarios. Había mucho absentismo. Hicimos una pequeña fundación en la que los niños, antes de entrenar, tienen la obligación de hacer sus deberes y sus estudios. Si no, no pueden entrenar. Los niños, imagínate, enamorados del boxeo. Porque mi padre lo transmite no con disciplina, sino con amor. Y ahí estamos. Todos los barrios de León, allí paran. Es como un punto de encuentro. Algunos ni entrenan: se sientan, hablan, hacen sus deberes».
Pregunta. ¿A ti el boxeo también te ha apartado de otras cosas?
Respuesta. Al 100%. También conocí en el gimnasio a mi mujer. Y me cambió la vida. Porque solo pensaba en ella y en el boxeo. Si no, al final te descarrilas. Mucha gente cercana ha tenido problemas.
P. Sube al ring con la bandera gitana.
R. Hay que romper prejuicios. Hay personas buenas y personas malas, nada más. No se trata de razas, de etnias, de color de piel. Hay que mirar el corazón de la persona. Yo soy boxeador, mi hermano es enfermero. Tuvo un cáncer con 12 años, un linfoma, estuvo fatal. Cuando se recuperó, quiso devolver todo lo que habían hecho por él. Ahora trabaja en el hospital de León, es enfermero y es gitano. Yo soy boxeador, soy gitano, campeón de España. Mi padre tiene un gimnasio lleno de niños, hace una labor social. Es gitano. Claro que se puede. Y eso es lo que hay que hacer ver a las nuevas generaciones. Sólo hacen falta oportunidades.
P. Vio a su padre en un ring.
R. Los recuerdos de mi infancia son muy buenos. Vi a mi padre ganar su primer campeonato de España. En Valladolid, en 2005. Yo estaba nervioso. Recuerdo pedirle a Dios: 'Que gane mi padre, que gane mi padre'. Esos nervios no los he vuelto a sentir nunca.
P. ¿Ni cuando tú peleas?
R. No, no. A mí me gusta lo que hago. Me gusta subir al ring y enfrentarme con otro hombre. Y a ver quién es más fuerte, a ver quién es mejor.
P. ¿De niño boxeaba?
R. No tanto como mis hijos ahora. A mí lo que me gustaba era pelear. Me pegaba en el colegio todos los días, con quien fuera, siempre con los grandes. Todos los días estaba castigado. Como viera que abusaran de un amigo, ahí iba yo, pin pan. Así me hice fuerte.
P. ¿Cuándo tuvo claro que quería ser profesional?
R. Estuve hasta los 12 años haciendo gimnasia artística. Fui a cinco campeonatos de España, en uno quedé subcampeón. Pero mi padre abrió el gimnasio y ya era imposible que yo siguiera, porque mi amor hacia el boxeo creció de una manera mágica.
P. ¿Recuerda su primera vez en un ring?
R. Me subí, sonó la campana y pim, pum, pim, pum. No paraba de tirar golpes y gané por KO en el segundo asalto. Él ya tenía cuatro o cinco combates y yo ninguno. Pero sentía que era fácil. Cuando eres niño no tienes miedo.
P. Y ahora, ¿sientes miedo?
R. Quien diga que no tiene miedo es un mentiroso. Yo siento miedo, adrenalina, ganas de ganar, luchar por mi familia que está a pie de ring. Pero hay que controlarlo, porque sólo es deporte. Los golpes que más duelen son los de la vida.
Esta vez su rostro en los tacos de salida, calle 2, era ligeramente diferente. Un leve asentimiento, la seriedad habitual, más determinación. Había una maldición que liquidar y Quique Llopis sabía que en Torun podía ocurrir. Y lo logró, en una final increíblemente igualada, la plata mundial bajo techo que le consagra. Sólo el polaco Jakub Szymanski (7,40) fue más rápido que el valenciano, que, como temía y como estaba dispuesto, tuvo que rebajar (otra vez) el récord de España para conseguir la medalla. Un 7,42 para la historia.
Llopis acudía a Torun respaldado por su apabullante regularidad y por «el mejor momento de forma» de su carrera a sus 25 años. Un vallista que es una garantía, aunque le esquivara la gloria de los podios: cuarto en los Juegos de París, cuarto en el Mundial de Tokio y cuarto en Mundial de pista cubierta de Glasgow. En el Campeonato de España, hace unos días, se volvió a colgar el oro y, antes, en Gallur y en Lievin, clavó por dos veces el 7,45, plusmarca nacional. Hasta este sábado.
Llopis, durante el 60 vallas del Mundial indoor de Torun.Petr David JosekAP
Con el Europeo de Birmingham de agosto en mente (ya fue plata en el último, en Roma), allá donde los 110 metros le benefician al despliegue de sus 190 centímetros, el valenciano no deja de pulir detalles. Trabajando en la biomecánica, en el estudio del vídeo para "medir todo en busca del error" y hasta en los tacos de salida. Junto a su entrenador, Toni Puig, descubrieron que tendía a invadir la calle derecha, peligro mortal en una final, por lo que desplazaron el punto de partida "hasta un palmo".
El valenciano de Bellreguard fue avanzando con su seguridad habitual. En semifinales, allá donde su colega Asier Martínez no pudo clasificarse (quedó quinto con 7,62), él volvió a rozar el récord de España (7,46), pese a algún problema con la primera valla.
Y en la final, el favorito Trey Cunningham, que había corrido unos minutos antes en 7,35 sólo pudo colgarse el bronce, igualado con el jamaicano Demario Prince. Por detrás del local Szymanski y del genial Quique Llopis, la segunda plata de España en un sábado para no olvidar. La medalla de Llopis es la segunda de España en la especialidad, 41 años después de la de Javier Moracho, también plata.
"Estoy en una nube. Por fin hemos conseguido una medalla a nivel mundial, que siempre se nos resistía y ya la tenemos", celebró Llopis desde Torun en los medios de la Federación. "Han sido tres carreras en un día. Por la mañana he sentido una pequeña molestia en el pie y la hemos arrastrado durante las tres carreras. En la final estaba anestesiado y prácticamente ya no sentía nada", confirmó.