Un gol a los veinte minutos de falta directa de José Luis García Vayá,Pepelu, permitió al Valencia llevarse la victoria de Las Américas y sellar su pase a la segunda ronda de la Copa del Rey eliminando al Parla Escuela, que tuvo ocasiones para empatar y durante muchos minutos hizo sufrir a su rival.
Rubén Baraja revolucionó su once para visitar al equipo madrileño y realizó diez cambios respecto al último partido. Solo Yarek Gasiorowski repitió en el equipo para liderar la zaga junto con Iker Córdoba y ambos tuvieron que emplearse a fondo durante el encuentro porque el Parla Escuela, pese a las cinco categorías de diferencia, se mostró un rival aguerrido, atrevido y con un juego ofensivo que le complicó a veces.
El Valencia tuvo las mejores ocasiones en la primera parte, fruto de las individualidades de Sergi Canós, que probó con sendos disparos lejanos, y de Fran Martínez, que ofreció verticalidad al ataque de su equipo. El único gol del partido llegó a los veinte minutos con un disparo de falta directa de Pepelu desde la frontal. El futbolista alicantino salvó salva la barrera por el lado derecho y el balón se coló por bajo por el poste izquierdo de la portería de Nando.
Resistencia local
El gol hirió al Parla Escuela pero no le dejó tocado ya que los jugadores de Adrián Sotelo, sin complejos, se lanzaron al ataque y comenzaron a ganar metros sobre la portería del Valencia. Así terminó la primera parte y comenzó la segunda, con el equipo madrileño tratando de llevar la iniciativa y sometiendo, por momentos, al Valencia, que estuvo bien plantado sobre el césped para no dejar huecos en su defensa.
El Valencia, de nuevo con sus individualidades, pudo ampliar su diferencia a los 64 minutos cuando tras una transición rápida Jesús Vázquez culminó la jugada de su equipo con un disparo cruzado dentro del área que atrapó Nando.
Para ese momento ambos entrenadores ya habían empezado a mover sus banquillos en busca de aire fresco, algo que le vino bien al ritmo del partido, que no decayó en ningún momento y llegó a ser eléctrico en algunos compases para el deleite de los 4.500 aficionados que llenaron Las Américas.
Los minutos finales, sin dominio del Valencia, permitieron al Parla Escuela ilusionarse con el empate, algo que buscó por todos los medios y pudo lograr tras un error defensivo de la zaga ché que provocó una jugada rápida a la contra que culminó Mario con un disparo lejano que atrapó Stole Dimitrievski.
También pudo sentenciar el choque, a los 84 minutos, el Valencia, con un remate cruzado de cabeza de Madrigal que se estrelló en el poste izquierdo de la portería madrileña.
«En ese momento la aparición de un pibe en el seleccionado brasileño no era para mí nada especial. Además, entró en el segundo tiempo. Recién al final me enteré de su nombre. Le decían Pelé. La historia de esa Copa Roca fue la acostumbrada para las selecciones argentinas. El equipo que ganó el Sudamericano de Lima en abril de 1957 fue liquidado con las ventas al exterior de Rogelio Domínguez, Maschio, Angelillo y Sívori. Por eso en julio ya se armó otro cuadro con gente nueva. De todos modos, este fue el primer partido y lo sacamos bien. Argentina aguantó atrás y un rato antes de terminar el primer tiempo ya ganábamos 1-0 con gol de Labruna. Ellos no podían llegar y en el segundo seguimos igual. Parecía que terminaba así. Pelé no tocó ninguna pelota. Pero en esta jugada se escapó uno de ellos y le pegó muy fuerte. Yo tuve que tirarme y no alcancé a retenerla. Ahí apareció Pelé, antes de que pudieran taparle. Todo fue muy veloz y la definió bien tocando con derecha. Por suerte, a los dos minutos el Gitano Juárez marcó un golazo y terminamos ganando dos a uno. Ahora que veo la foto y me voy dando cuenta de lo que significó ese negrito en el fútbol mundial, me asombro. ¡Pensar que ese pibe era Pelé...!»
Así describió el mítico Amadeo Tarzán Carrizo el debut de Pelé con Brasil, todavía con dieciséis años, el 7 de julio de 1957. En menos de un año, el 29 de junio de 1958, aquel chiquillo, ya con diecisiete, se proclama campeón del mundo en Suecia y regresaba a su país con seis goles en cuatro partidos. Su éxito lo saludaba así Nelson Rodrigues en su seguidísima columna semanal en Última Hora: «(...) Pelé, un menor de edad total, un menor en toda regla, que no puede entrar a ver una película de Brigitte Bardot. Para recibir el sueldo, para recibir los billetes con que le pagan, su padre tiene que actuar en su nombre. Pues bien, Pelé asombró al mundo. No se limitó a marcar goles, trató de adornarlos, de darles el mayor lustre posible (...)».
Un año de la nada a la gloria, que no sería como en tantos casos transitoria, sino imperecedera. Aquel chico se llamaba Edson Arantes do Nascimento y era hijo de João Ramos do Nascimento, ex futbolista con el apodo de Dondinho al que una lesión de rodilla despeñó del Fluminense al humildísimo Baquinho, de Três Corações, y Celeste Arantes, que detestaba ese deporte que dejó lisiado y sin oficio ni beneficio a su marido. La familia salía adelante con dificultades; el pequeño Edson contribuía voceando periódicos y lustrando zapatos para aportar unas monedas.
Cuentan los historiadores de Pelé que Dondinho lloró desesperado junto a la radio cuando Brasil perdió la final del Maracanazo. Sufrió aquella derrota como si le hubieran arrancado la piel. Si Brasil hubiera ganado esa final al menos podría pensar el resto de su vida que un trocito de esa gloria le pertenecía, pero no se le dio. Junto a él estaba su pequeño Edson, de nueve años que, impresionado por las lágrimas de su padre, tuvo un arranque de gallardía: «Papá, no llores. Yo ganaré el Mundial para Brasil y para ti». El tiempo hará verdad esa ingenua promesa. Para ello habrían de unirse varias circunstancias: su genética, un bien urdido complot entre el padre y un ex internacional, la audacia de Vicente Feola y la coincidencia con una gran generación.
El chico jugaba en baldíos, con pelotas de trapo, hasta que llegó al Baquinho, el club aficionado en el que el maltrecho Dondinho arrastró sus últimas rengas carreras. El equipo lo entrenaba como distracción Walter Brito, mundialista en Italia 1934, con buenas relaciones en el mundo del fútbol. A espaldas de la madre, el padre y Walter le consiguieron al chico una prueba en el Santos, donde gustó. De vuelta, doña Celeste puso el grito en el cielo, justo ahora que Edson había entrado en una fábrica de zapatos con dos dólares al día, todo un porvenir. Ella siempre le decía que su obsesión por el fútbol le convertiría en un pelé, un pelado, un pobre (de ahí su apodo, aunque otra versión asegura que de pequeño pronunciaba así el nombre de Bilé, el meta del Baquinho, su primer ídolo, y que le vino de ahí). Pero nada podía frenar la ilusión del chiquillo, respaldada por el aval de un tipo tan acreditado como Walter Brito, así que fichó por el Santos. Allí le prepararon un plan para fortalecerle y con 16 años debutó en un amistoso contra el Corinthians, en el que marcó. De entonces conserva el Santos un telegrama de Porto Alegre pidiendo la cesión de un interior; le ofrecieron al novísimo Pelé y al veterano Pagão, y la respuesta fue: «Pelé desconocido, envíen a Pagão».
Pelé, con el 10, marcando uno de los goles en la final contra Suecia.EFE
Pelé no tardó en brillar en el ambiente paulista y conquistó Río en un torneo entre el Santos, el Flamengo, el São Paulo, Os Belenenses y el Dinamo de Zagreb, donde le hizo tres goles a Os Belenenses y uno a los demás. De seguido llegó el ya comentado debut en la selección, ante Argentina en Maracaná.
Para el Mundial Suecia 1958 se formó un revuelo en Brasil sobre si Pelé sí o Pelé no. Se había alcanzado la clasificación sin él, y delanteros buenos sobraban. Feola tenía que compartir la decisión con un comité técnico que completaban Paulo Carvalho, propietario de Rádio Record y muy impuesto en fútbol, y Hilton Gosling, sicólogo de profesión, que tenían dudas al respecto. Poco antes de salir hacia Europa la selección jugó contra el Corinthians, a cuyo ídolo local, Luizinho, no le habían convocado por su escaso físico (le apodaban Pequeno Polegar, o sea, Pulgarcito) y sin embargo llevaban a ese mocoso llamado Pelé, aún sin rematar en estatura ni en peso. El ambiente cerril favoreció que Ari Clemente, el defensa-matón corinthiano, le sacara del campo por un patadón.
Aún así, Feola le llevó a Suecia con un tratamiento de toallas calientes en la rodilla. No pudo jugar los amistosos previos, y el primer partido, ante Austria, la delantera la formaron Joel, Didi, Mazzola, Dida y Zagallo. Ganó Brasil 3-0, con solvencia. Esperado como un equipo pinturero, inestable y frágil que no contaba en los pronósticos, sorprendió con un orden táctico nuevo: Feola cambió la WM (3-2-2-3), de uso universal, por un 4-2-4 que asentaba la defensa con un cuarto hombre y adelantaba a un interior junto al delantero centro. La media se despoblaba, pero el sabio juego en largo de Didi permitía transiciones rápidas.
El posterior 0-0 ante Inglaterra encendió alarmas. Una derrota en el tercer partido ante la URSS podría dejarles fuera. Así que Feola, apoyado por Nilton Santos, Bellini y Didi, convenció a sus colegas del comité de cambiar la delantera. Joel, que luego pasaría por el Valencia, dejó su plaza a Garrincha, y Mazzola hizo lo propio con Pelé, ya recuperado. Vavá ya había jugado ante Inglaterra por lesión de Dida y se mantuvo. Nacía una delantera legendaria: Garrincha, Didi, Vavá, Pelé y Zagallo. Todo con protestas de Hilton Gosling, que en su informe dijo de Pelé: «Es obviamente infantil. Carece del espíritu de lucha necesario». Y a Garrincha le puso prácticamente de deficiente mental.
Aquella delantera funcionó. Vavá no era un exquisito, pero sí un ariete incordiante, alrededor del cual Pelé flotaba como una mariposa y picaba como una abeja. Garrincha hizo locuras en la banda. Ganó Brasil con dos goles de Vavá, sendos tiros al palo de Pelé y Garrincha e innumerables paradas de Yashin. Contra Gales, en cuartos, volvió Mazzola al eje del ataque, en detrimento de Vavá, pero Pelé y Garrincha se mantuvieron. Hubo nueva exhibición, aunque el gol se retrasó hasta el 65, cuando Pelé recibió una entrega de cabeza de Didi, controló con el pecho, se giró bruscamente desconcertando a su marcador con un breve toque y cuando llegaba a cerrarle otro defensa remató duro junto al palo. Fue a la red, besó el balón y le abrazaron varios compañeros, apelotonados en un rincón de la portería, felices por su éxito y deslumbrados por la maniobra.
Contra Francia en semifinales, regresaría Vavá, a costa de Mazzola, porque su fútbol primario resultaba mejor complemento en el grupo de malabaristas. (Mazzola jugaría luego durante años en Italia con su apellido, Altafini. Lo de Mazzola era el apodo, perdida una 'z', con que se le conoció en Brasil por su origen italiano y su parecido con el gran Valentino Mazzola, fallecido trágicamente).
Pelé, durante un amistoso con Brasil.AP
Francia llegaba con copete de favorita y la pequeña sociedad Kopa-Fontaine en pleno rendimiento, pero se encontró con una exhibición portentosa de todo Brasil y sobre todo de Pelé, que despachó un hat-trick en veinte minutos. El resultado fue 5-2. El mismo marcador se dio en la final, ante los suecos, dos de los cuales, Gren (37 años), y Liedholm (36), duplicaban en edad a Pelé. Cuando este nació, Gren ya era internacional.
Marcó por delante Suecia con gol elegantísimo del milanista Liedholm, dando paso a un continuo ataque de Brasil, que al descanso ya había remontado con dos tantos casi idénticos: desborde de Garrincha, centro raso al borde del área chica y remate de Vavá, uno con cada pie, lo único que los distingue. Antes y después, una lluvia de ocasiones, entre ellas un zurdazo al poste de Pelé, desde fuera del área.
Tras la pausa se reanuda la tormenta de juego, y a los diez llega una jugada mágica que discute de tú a tú con el gol de Maradona a los ingleses en 1986. El lateral Nilton Santos, metido en el campo de Suecia y recostado a la izquierda, envía el balón al área, donde está Pelé, apretado entre dos rivales. Salta con agilidad, contacta el balón con el pecho para hacerlo pasar sobre la cabeza de Börjesson, para de inmediato hacerle un nuevo sombrero, este con el pie, a Gustafsson. Sobre el punto de penalti, mano a mano con el meta Svensson y antes de que el balón toque el suelo remata de empeine, duro y abajo. Una maniobra fugacísima en un metro cuadrado que anonada a tres rivales y eleva el marcador a 1-3, fuera ya del alcance de Suecia. Luego Zagallo marcará el 1-4, y a su gol siguieron los de Simonsson, que más adelante ficharía por el Madrid como pretendido sucesor de Di Stéfano, y finalmente otro de Pelé, casi sobre el pitido final del árbitro, de cabeza, con un golpe de parietal, cruzando al otro palo. Resultado final, 2-5. Pelé llora en los brazos del veterano meta Gilmar, mientras Garrincha, ante la euforia, pregunta si no hay que jugar una segunda ronda contra los mismos. Casi se apena, de tanto como se estaba divirtiendo. Brasil nunca perderá un partido con los dos en el equipo, toda una desautorización para el doctor Hilton Gosling.
¡Brasil Campeão! Ahora podían desempolvar los diarios brasileños el titular que quedó arrumbado en 1950. El niño de Três Corações había cumplido su promesa y el viejo Dondinho lloró esta vez de felicidad. L'Equipe hace una encuesta entre especialistas en la que Pelé sale como el jugador más cotizado del certamen, con una valoración de 100.000 dólares, por delante de Garrincha (90), Kopa, Fontaine y Vavá (80), y Didi (75). Doña Celeste pudo perdonar a su marido y al viejo Walter Brito aquel complot para llevarse al chico de casa.
Marc Márquez tiró de épica para sumar su tercer triunfo de la temporada en MotoGP en uno de sus circuitos favoritos: Phillip Island. Por mucho que las circunstancias le obligaran a firmar una salida extraña, supo sobreponerse para engancharse pronto a los puestos de cabeza, desde donde pondría a su vez los cimientos para pelear codo con codo con Jorge Martín por hacerse con el triunfo. Ambos supieron aprovechar a la perfección sus bazas. El de Cervera, su maestría en las curvas, muy especialmente, la cuarta, donde forjaría finalmente su victoria. Y el de San Sebastián de los Reyes, su arrojo y la mayor potencia de su máquina, si bien, con Bagnaia muy lejos ya de discutir ni la primera ni la segunda plaza, sacó a relucir su lado más cerebral para aumentar las distancias con el italiano en la clasificación hasta los 20 puntos.
"Era difícil ganar, así que damos por bueno lo que hemos conseguido. Ahora, vienen dos carreras en las que me siento mejor a nivel de sensaciones Lo di todo, pero empecé a encontrar dificultades en la entrada de las curvas y ellos lo han hecho mejor", reconoció un Bagnaia que tuvo que conformarse con subir al tercer escalón del podio en el Gran Premio de Australia. "Ha sido una carrera difícil, sin duda, tenía un ritmo fuerte, pero las sensaciones no fueron como las que tuve el sábado. Cuando me pasó Pecco, cambié la energía para dar un poco más. Luego, es verdad que sabía que Marquez estaba ahí y que lo intentaría en la curva cuatro, no tenía nada que perder, así que, después, preferí asegurar. Son 20 puntos de distancia y ahora vamos a un circuito, Tailandia, que me encanta", señaló por su parte Martín.
"Siempre ocurre algo. Nunca me quito el tear-off en la parrilla, pero esta vez tenía algo muy grande delante de y no me quedaba otra. Por desgracia, se puso ahí, delante de la rueda trasera y, aunque traté de quitarlo, fue imposible. En la salida, la moto hizo algo de spinning y no sabía donde estaba la primera curva ni nada, pero, después, logré adelantar a muchos pilotos. A partir de ahí, hubo momentos en los que pensé que sería imposible pasar a Martín, pero mantuve la calma y estoy muy contento con la victoria. Aunque Jorge apretó durante toda la carrera, yo guardé algo de goma para ese último ataque", apuntó un eufórico Marc Márquez. A partir de la vuelta 19, de hecho, la pelea por el triunfo fue cosa únicamente de ellos dos. Bagnaia, poco a poco, fue perdiendo fuelle y se descolgó demasiado como para tener opciones de hacerles sombra, si bien también era muy improbable que alguien lograra bajarlo del podio.
Con Marc Márquez sediento de sumar una nueva victoria, viéndola tan de cerca, y Jorge Martín más que dispuesto a no dar fácilmente su brazo a torcer, la pelea entre los dos pilotos españoles fue de altísimo voltaje. Si el de Cervera lograba ponerse por delante en un paso por curva, el madrileño respondía tirando de la mayor potencia de su montura para devolverle la jugada en la recta de meta. Hasta que, al final, en la penúltima vuelta, tras el último ataque del seis veces campeón del mundo de MotoGP, el ahora mismo gran favorito para hacerse con el campeonato de este año decidió finalmente no volver a discutirle la victoria en pos de afianzar un poco más el camino hacia su gran sueño.
En cuanto al resto de pilotos españoles, Maverick Viñales fue octavo, Raúl Fernández, décimo, Álex Rins, decimotercero, Álex Márquez, decimoquinto, Aleix Espargaró, decimosexto, y Augusto Fernández, decimoséptimo. Joan Mir, por su parte, sufrió una caída que le obligó a abandonar la prueba y Pedro Acosta fue declarado no apto para competir como consecuencia de las secuelas que dejó en su hombro izquierda la caída sufrida en la sprint race del sábado.
Open de Australia
EFE
Sydney
Actualizado Miércoles,
11
octubre
2023
-
11:25Ver 5 comentariosEl director del torneo aseguró que el tenista ha confirmado...