Cuando sonó el bocinazo final en el Pierre Mauroy de Lille, escenario de gesta únicas de la gran España de Pau Gasol, y el triple imposible de Sergio Llull desde su propio campo ni se acercó al aro esta vez, se mezclaron de golpe todos los sentimientos. La crueldad de la eliminación (otra vez ante Canadá, como en el Mundial), la emoción del último partido como profesional de Rudy Fernández, pero también la extrañeza por la decisión de Sergio Scar
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Era noche europea grande en el Palacio. De esas en las que poco importan los precedentes. Se trata de ganar, convencer y convencerse. Ante un rival directísimo como el Armani de Mirotic, de Messina y también del ovacionado, "uno de los nuestros", Fabien Causeur. Y el Real Madrid respondió con contundencia. Se desprendió de parte de sus incertidumbres y miró, al fin, a los ojos de la Euroliga. Brillaron los que deben y el contundente triunfo, el tercero seguido en Europa, dispara las expectativas. [96-89: Narración y estadísticas]
Mucho camino le resta a los blancos, este viernes sin ir más lejos en Belgrado contra el Estrella Roja, allá donde concretar las sensaciones. Donde soñar incluso con evitar el play-in, con ser temidos otra vez en los cruces. Ya nada importará el arduo camino hasta aquí. Con Tavares volviendo a ser gigante (19 puntos, siete rebotes en 20 minutos en pista), con el carácter único de Campazzo, los puntos de los 'Brates', el despertar de Garuba y Feliz, la eternidad de Llull. Todo eso lo sufrió el Milán, que se dejó parte de sus opciones aunque un triple de Mirotic sobre la bocina le salvó el basket-average (85-76 ganó en la primera vuelta). Su calendario es propicio.
Serán jornadas de cuentas y miradas a otras canchas. Pero también de sondearse a uno mismo, a esas "frustraciones" que reconocía Chus Mateo y de las que hubo poco rastro ante el Milan. Siempre por delante, respondiendo a cada intento de meterse en el partido de los italianos y sólo titubeando en un desenlace en el que se dejó una ventaja que puede echar de menos después.
Contrastó el aplauso sentido y largo a Causeur en su retorno al Palacio, con la pitada de siempre a Mirotic, otro ex. Eso marcó los prolegómenos, aunque luego pronto quedó olvidado con la gran puesta en escena del Madrid, tal y como demandaba la ocasión. Cuando mire atrás, quizá sea este martes de marzo el partido más trascendental de la temporada. Los blancos se dejaron de historias y de dudas. Fueron un ciclón, prologando ese éxtasis que fue el acto final en el Carpena. Si allí asestó 39 puntos, en el Palacio el Milán se llevó 31 (y eso que el triple desde su propio campo de Andrés Feliz estaba fuera de tiempo).
Garuba-Mirotic
Tuvo mucho que ver Usman Garuba. Al fin. El de Azuqueca está siendo todo lo que se espera de él cuando decidió volver de la NBA. La intensidad, la versatilidad, el carácter. Desde el quinteto inicial, con Deck al tres (le está costando al argentino ser el que es), secó a Mirotic, que en toda la primera mitad apenas fue capaz de meter dos tiros libres. Y además aportó ocho puntos para corroborar el absoluto dominio blanco de la pintura. Un abuso que se tradujo en una distancia de 15 puntos (24-9).
El Madrid de Tavares y Garuba era insondable para Messina. Su equipo intentó reaccionar en el segundo acto, cuando los Brates lideraban la segunda unidad blanca. Le costó al Madrid tres minutos anotar su primera canasta, pero el Armani seguía lejos. Y eso que llegaron sus tres primeros triples (es el equipo con mejor porcentaje de la competición). Las dos últimas posesiones pudieron haberlo cambiado todo. Pero falló Mannion y Llull, con cuatro segundos por jugar y arrancando desde campo propio, acertó con una de sus mandarinas. Para júbilo de las tribunas, que cuando la agarra el balear ya sabe que es apuesta casi segura. Vibra como ante la embestida de un toro. De haberse ido por debajo de 10 a 13 arriba, para un Madrid que reservó muchos minutos a Tavares.
Llull celebra su triple antes del descanso.Juanjo MartínEFE
A la vuelta pareció el Madrid decidido a sentenciarlo, 17 de ventaja (58-41) y todo cuesta abajo. Y sin embargo, la noche tenía trampa. Por las propias desconexiones y por el despertar de Mirotic. Primero fue un 0-9 en un abrir y cerrar de ojos y luego un error de concentración clamoroso de Garuba, para estropear casi todo lo anterior. Esa cabecita, ese ímpetu mal encauzado, le llevó a empujar a Mirotic tras una falta. La antideportiva le mandó al banquillo y liberó al hispano-montenegrino. Encadenó nueve puntos seguidos, robos, tapones y asistencias. El Armani estaba en el duelo.
Pero era noche europea grande. Y Campazzo lo sabía. No están siendo sus mejores semanas, pero él es el líder. A su espalda el equipo y otra vez el colchón. Y todos implicados en un triunfo clave, el que le hace soñar con los playoffs e incluso con esa Final Four.
Al Milán ya no le quedaba respuesta. Apenas salvar el basket-average. Y el Madrid estaba con el subidón de haber funcionado su respuesta, los mecanismos de antaño, el dominio de la pintura, el baloncesto al galope y hasta el acierto. Pero los blancos se enfriaron, Brooks emergió con un par de triples y aunque un palmeo de Tavares pareció definitivo, Mirotic acertó después para el mal menor.
El baloncesto guarda momentos asombrosos, citas que, contra todo pronóstico, se guardarán para siempre en la memoria. Una semifinal entre Unicaja y UCAM Murcia para contraponer un clásico por el otro lado. Lo que podría parecer intrascendente devino en una batalla antológica, repleta de momentos para la historia. El principal, el del colectivo de Sito Alonso, heroico, impredecible, capaz de presentarse en su primera final sin ganar ni uno sólo de los partidos de su camino en playoffs en casa. Lo logró, aquí lo increíble, porque se impuso en todos a domicilio. Incluidos el quinto en el Carpena. [70-79: Narración y estadísticas]
Será el rival a partir del sábado del Real Madrid un equipo inmortal, peleón, bravísimo. Encajado en una zona, resistiendo pese a la plaga de lesiones, pese al favoritismo de ese Unicaja que no ha hecho otra cosa que asombrar durante el curso, el campeón de la Champions League, el mejor equipo de la temporada regular en la ACB. Sabiendo jugar con los nervios el Murcia del oponente, escondiendo sus carencias y potenciando sus virtudes. Llegó a perder por 13 en el primer acto y de cinco al comienzo del último. Se sobrepuso a todo el UCAM, con Caupain y Dylan Ennis a los mandos y un rebote ofensivo vital de Morin en la recta de meta. Una victoria, una proeza, que nadie podrá olvidar jamás en Murcia, el más difícil todavía.
La primera mitad fue un reflejo de la serie, del ir y venir de unos días de maravilloso y atribulado baloncesto entre malagueños y murcianos. Golpeó Unicaja con contundencia, con la agresividad recobrada y un Carpena estruendoso. Un 10-0 para soñar, trampolín hacia un éxito que llegó a ser más (25-12) ante un rival que parecía, por entonces, atemorizado.
Los jugadores del Murcia celebran su victoria en el Carpena.Jorge ZapataEFE
Nada más lejos de la realidad, porque las zonas defensivas de Sito Alonso son un trampa que se apoya en la paciencia, en el desconcierto del rival, al que invita a lanzar, a tomar decisiones erróneas. Que juega con sus dudas. Y UCAM lo logró, impulsado también en los lanzamientos de Troy Caupain, en la electricidad de Ennis. Un parcial de 2-17 repentino que anuló por completo a los locales, apenas siete puntos en todo el segundo cuarto, enredados en pérdidas e incertidumbres.
La igualdad siguió a la vuelta, con una tensión insoportable. "El tiempo es un aliado", había avisado Sito al descanso, consciente de lo que juegan los nervios y la presión en estas cumbres. Y esos tiros que en Murcia no entraban a los suyos, ahora eran dianas de Caupain y Ennis, cada vez más dañinos. Cada vez más en la mente del rival, que se vio siete abajo (49-55) y al que rescató otro triple de Kendrick Perry sobre la bocina del tercer acto.
Fue el inicio de la rebelión, liderada, cómo no, por Alberto Díaz (dos triples). En ese momento de temor, apareció toda la rabia del Unicaja, todo ese baloncesto frenético que le ha hecho tan reconocible. Un 14-0 como un directo al mentón del Murcia, que se tambaleaba pero no caía. Y ahí, en esa resistencia de púgil embravecido, estuvo la historia. No había llegado hasta esta orilla para morir sin luchar y en un momento, a pesar de sus problemas con el rebote ofensivo, se había sacudido para volver a igualar (65-65).
Ya no hubo más equipo en el Carpena. Las muñecas malagueñas se encogieron a la vez que crecía la moral murciana, conscientes de lo que tenían ante sí. Igual daba que les birlaran el rebote. O que Kravish anotara un triple fuera de guion. Iba a ser la última canasta local. Un 0-12 final, con Ennis y Caupain como héroes. Una gesta.