Cuando sonó el bocinazo final en el Pierre Mauroy de Lille, escenario de gesta únicas de la gran España de Pau Gasol, y el triple imposible de Sergio Llull desde su propio campo ni se acercó al aro esta vez, se mezclaron de golpe todos los sentimientos. La crueldad de la eliminación (otra vez ante Canadá, como en el Mundial), la emoción del último partido como profesional de Rudy Fernández, pero también la extrañeza por la decisión de Sergio Scar
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Antonio Benito (Tomelloso, 1994) viene de nadar en el legendario Kailua Kona Pier, donde este sábado tomará la salida en el Ironman más famoso y duro del mundo, el Mundial de Hawaii. Ha compartido sesión con «los noruegos», Gustav Iden y Kristian Blummenfelt. «Había que aprovechar la oportunidad, es un lujo», cuenta en conversación con EL MUNDO desde la isla, alucinado él mismo con la revolución de su carrera deportiva, con su salto a la larga distancia del triatlón. «De Tomelloso a Hawaii, es heavy, ¿no?», bromea.
Es uno de los favoritos donde ningún español, ni siquiera Javier Gómez Noya o Iván Raña, ha vencido jamás (Eneko Llanos fue segundo en 2008), pero, al regreso de Hawaii, pase lo que pase, «volveré a ser Antonio el policía», en su comisaría de Lugo. Porque hace no tanto, pese a estar desde los 17 años entrenando con la selección española en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, este manchego no lo tenía tan claro. «Uno quiere vivir del deporte, pero si no llegan los resultados... Si no tienes ingresos hay que generarlos de alguna forma. Me puse a trabajar en el Decathlon dos años, también llegué a dejar el triatlón casi un año, luego me volví a reencontrar... Lo vi un poco negro», admite.
El éxito a Antonio le ha llegado de repente, al dejar la distancia olímpica. Ganó el mítico Zarautz de 2023 «con un mes y medio de cabra», «me cambió el chip», y se aventuró en el mundo Ironman. «Si me dicen esto hace dos años... Va a ser mi tercer Ironman, el primero fue en Cascais hace un año (tercero y por debajo de las ocho horas). Todo ha ido súper rápido, aunque sin saltarme ninguna etapa. Luego fui a Vitoria, gané (7h36:38, récord de la prueba) y conseguí el slot para Hawaii. Y ya estoy aquí», pronuncia, sin presión, pero consciente de que todos le mirarán de reojo: esta misma temporada se ha llevado el Mundial de Larga Distancia de la ITU en Townsville (Australia) y lo celebró en meta con su característico choque de pies. «Hay mucho entreno detrás. Ha tardado en salir casi 10 años [ríe], he tenido que ser paciente. A nivel fisiológico, metabólico, de mis características... mi cuerpo se adapta mejor a la media y larga distancia», explica.
Antonio Benito, durante el Ironman de Vitoria en el que logró la victoria.HOKA
Ha preparado Kona concienzudamente junto a su entrenador, Pablo Dapena, aunque, al contrario que el resto de sus rivales (los favoritos son Sam Laidlow, Patrick Lange, Magnus Ditlev, los noruegos...), él no sea profesional. Cuando le rodeaban las dudas, en plena pandemia, se preparó la oposición de Policía nacional y pasó un año en la Academia de Ávila. «Mi padre siempre nos ha dicho que teníamos que estudiar. Nos ha insistido muchísimo. Y con lo pesado que es... Lloró mucho más cuando aprobé la oposición que cuando me vio ganar en Vitoria. Eso es así», cuenta sin rubor. Porque a Antonio todos le conocen como El Melón, un recuerdo de sus orígenes. «Mi padre es agricultor. Mi madre es ama de casa, pero ahora han estado vendimiando los dos. Somos de Tomelloso, somos de campo. Desde pequeños lo hemos aprendido. Curte. Sé lo que es vendimiar, podar, coger aceitunas, melones... Te da una perspectiva de vida un tanto distinta y capacidad de valorar las cosas. Si eres de campo, ya sabes lo jodido que es... Mirar al cielo cada día a ver si la nube trae piedra o sólo agua. ¡Cómo no vas a tener los pies en la tierra!», explica con orgullo.
Así que, a sus 30 años, con los resultados, la fama y los patrocinios (Hoka, 226, Orbea...) llegando de repente, nada le puede amedrentar, ni siquiera las maratonianas jornadas de entrenamiento, con las tres disciplinas incluidas, después de su turno como policía, ahora en Lugo, antes en Girona. «Si sólo entrenara... Me da rabia y me frustra, hay días que estoy puteadísimo. Pero creo que gracias a la tranquilidad económica que me ha dado el ser Policía están llegando estos resultados y me quita un poco de presión. Hay que adaptarse a la situación y no pensar 'joder, vaya mierda de día, estoy reventado porque he entrenado después de trabajar'», se sincera.
Antonio Benito, nadando en Hawaii.GINES DÍAZEL MUNDO
Para Hawaii ha logrado un permiso por deportista de alto nivel, se ha podido concentrar unas semanas en Lanzarote y realizar las espeluznante sesiones de Heat training con las que ha tratado de simular las condiciones de calor y humedad que tendrá en la isla. «Alguien que no tenga ni idea de triatlón dirá que: '¿Qué hace el loco este en Lanzarote con chubasquero en el rodillo?'. Yo también lo he pensado», ríe al recordar los entrenamientos infernales, hasta cinco días por semana, en los que ha llegado a perder cuatro litros: «La cuestión es estresar al cuerpo. Al principio, a la media hora te dan ganas de morirte. Espero que valga la pena».
«Saldré a por todas. Aunque, para quitarle hierro al asunto, yo pienso que es un triatlón más. Lo único que, si en un ironman te puedes encontrar gente buena, aquí están todos los que han ganado, lo mejor de lo mejor», dice Benito, quien, en sus redes sociales, ha ido contando con su inconfundible humor manchego sus andanzas en la isla donde se inventó el triatlón.
No fue España, no hubo rastro en Bercy del coraje ni del baloncesto de la selección, no se pareció en nada a lo cosechado en la primera fase de Lille. Allí soñaron las de Miguel Méndez, cada batalla una victoria para acabar muriendo en un cruce trampa. Bélgica, de principio a fin con su juego alegre, con su poderío, acabó con el sueño en cuartos de final (66-79).
Tantas veces los precedentes son un engaño. La campeona de Europa había escapado de un infierno en el Pierre Mauroy. Perdió con Alemania y con EEUU y fue rescatada por el basket average, por una canasta final para ganar por 27, lo que necesitaba, a Japón. Esos sufrimientos fueron su acicate. Porque enfrente venía un rival conocido, la España que había sido capaz de sufrir y tumbar a China, a Puerto Rico, a Serbia. La misma de la final continental de hace un año. Que se sentía segura de sí misma pero que no se encontró en París, desenfocada y pronto desquiciada. Ni la garra le valió esta vez.
No se puede exigir a este equipo que fue capaz en Río de ganar una plata olímpica hace ocho años. De aquellos cielos no queda tanto, aunque nadie pueda discutir su empeño, su competitividad. Golpeada por el camino la selección, con bajas insustituibles como la de Raquel Carrera o Silvia Domínguez, dice adiós en el mismo peldaño que en Tokio, entre las ocho mejores del mundo. En la hora de la verdad, le faltó el día bueno, la puntería (desesperantes los porcentajes), el rebote y la fogosidad que es su seña de identidad.
Leo Rodríguez, ante Antonia Delaere, en el Bercy Arena de París.ARIS MESSINISAFP
La primera parte devino en tiroteo y eso ya no fue buena señal. España estaba avisada, pero en 45 segundos, Emma Meesseman ya había clavado dos triples como espinas en la piel del rival. Al acierto belga se unía la falta de dureza de las de Miguel Méndez, algo realmente extraño en un colectivo que brega con cualquiera. La primera falta de la selección (y fue en ataque de Queralt Casas) no llegó hasta el minuto 13.
Y aún así, refugiada en el talento de Megan Gustafson, España, también suelta desde el perímetro con Maite Cazorla aún en esos amaneceres, seguía en la batalla y hasta se iba a poner por delante con un triple de la pívot de Wisconsin (29-26). Pero fue justo ahí donde iba a llegar un colapso definitivo. Descansó Megan y todo se quebró repentinamente.
Con un baloncesto veloz y frenético, las de Rachid Meziane aceleraron sin mirar atrás. A Messeman se unió Kyara Linskens, dominando la pintura con su corpachón, subiendo en volandas a las campeonas de Europa, que asestaron un parcial de 3-18 que dejó tiritando a la selección. Volvió Megan y se intentó recomponer un equipo de repente petrificado, pero al descanso la desventaja era preocupante (37-48).
Porque las cosas no mejoraron a la vuelta, España sin encontrarse a sí misma, cada vez más desesperada, enredada en la tela de araña belga, en las travesuras de Vanloo. Regresó del descanso con otro parcial durísimo (2-11), para una desventaja que se disparó hasta los 22 (41-63). No había fórmula para anotar con soltura y Bélgica era un rival completamente crecido.
Las canastas no quisieron a España en Bercy. Ni aún derrotada era capaz de acertar, con balones que hacían todo tipo de arabescos hasta acabar siendo escupidos por el aro. Faltó temple y confianza. El intento de arreón final apenas inquietó a las belgas, que se las verán en semifinales con el ganador del Alemania-Francia.
No hay un tipo en Europa con semejante talento. Quizá tampoco ninguno con una personalidad tan insondable. La genialidad es Mario Hezonja. Es muy probable que el próximo curso no vista de blanco, que abandone el Real Madrid donde ha alcanzado esa plenitud tantas veces prometida. Pero hasta ese momento, ahí quedan sus exhibiciones. Será recordado y también añorado. En Belgrado resultó majestuoso. Como dos días antes en Berlín. Dos triunfos que, además, certifican la obviedad: los de Chus Mateo serán el mejor equipo de la temporada regular, de principio a fin y con récord de victorias ya (25) a falta de tres partidos. [76-88: Narración y estadísticas]
En tres días, Hezonja anotó 47 puntos, 25 sólo en el Stark Arena, donde hizo de todo, disfrazándose de ese líder que no siempre es, siendo lo trascendental que todo el mundo sabe que es capaz. Contagió a sus compañeros y anuló al grupo de Zeljko Obradovic, que cayó a la lona al final del tercer acto y ya no fue capaz de levantarse pese a que realmente el Madrid no se jugaba demasiado.
Qué diferente a lo ocurrido hace 10 meses, con la vida en juego para ambos en esos cuartos de la Euroliga. Tanta pasión que todo se había desbordado en el WiZink, aquella vergonzosa pelea y todas sus consecuencias. Esta vez el Madrid llegaba al Stark Arena con la calma de quien ya hizo sus deberes, con la prudencia del que sabe que ahora no es el momento de forzar la máquina. Todo lo contrario que el Partizan, en plena batalla por colarse en los puestos del novedoso play in de la Euroliga y con un recibimiento de uñas para Yabusele.
En los de Chus Mateo, esa diferencia de intensidad de reflejaba principalmente en la ofensiva, más fallos de lo habitual, rotación menos fluida, ideas más grises. Compensaba con el esfuerzo defensivo y el Partizan tampoco era capaz de sacar partido, pese a que los blancos apenas anotaron cuatro canastas (de 27 intentos) en los primeros 14 minutos. La tónica era la igualdad, con más protagonismo del habitual para Carlos Alocén, con un Campazzo algo débil, afectado por ese virus estomacal que ha dejado a media plantilla tocada (no viajaron a la gira ninguno de los tres veteranos, Rudy, Chacho y Llull y tampoco jugó esta vez Dzanan Musa). E incluso con la aparición del canterano Hugo González en la rotación.
ANDREJ CUKICEFE
Todo se animó a la vuelta de vestuarios, despejados ambos de los corsés, liberadas las muñecas. El retorno fue un poderoso intercambio, con Frank Kaminsky y Mario Hezonja como protagonistas, dos tipos que hace nada lucían en la NBA. El pívot martilleaba desde el perímetro sin nadie que le siguiera el rastro. El croata, puntos, rebotes y asistencias, tomaba la responsabilidad para que el Madrid siguiera en la brecha y más, pues un repentino 0-16 le otorgó, con Campazzo despertando también, por primera vez una ventaja lustrosa (54-68). Fueron tres minutos finales insólitos, por los suelos el Partizan, eléctrico el Madrid, que iba a anotar en ese tercer acto más puntos que en toda la primera mitad. Un ratito que iba a resultar clave.
Fue un k.o. técnico. Porque el arranque del cuarto final no sirvió para espabilar a los serbios. Un triple de Hezonja, ya completamente desatado, alargó el parcial (2-21) y la sensación de superioridad en el infierno del Stark Arena. El duelo se había acabado, todos rendidos al inabordable genio de Mario Hezonja (cinco de seis en triples, seis rebotes, cuatro asistencias...) para la cuarta victoria a domicilio consecutiva del Madrid, despejando cualquier atisbo de crisis.