No hubo en los últimos tiempos una final tan repetida, hasta cuatro Madrid-Olympiacos, Olympiacos-Madrid, por el título desde 1995. Los dos equipos más estables y ganadores de la última era en la Euroliga. La reedición del Zalgirio Arena fue, esta vez, una noche rara en el WiZink, un auténtico tobogán. Un mal sabor de boca a los postres, pese al triunfo. Porque los blancos tuvieron que ganar dos veces, porque apareció un invitado inesperado cuando todo ya parecía resuelto. Kostas Papanikolaou, que lleva mil batallas, alguna a cara de perro cuando vestía de azulgrana, firmó la mejor actuación ofensiva de su vida, 23 puntos en la segunda mitad, y a punto estuvo de ponerlo todo patas arriba. [90-85: Narración y estadísticas]
Los números no siempre explican lo que está sucediendo en la cancha, pero sí que dan pistas. Y, más allá de hacer o no bien las cosas, de poner intensidad y orden a su defensa, el acierto fue un dictador tempranero. Para el Olympiacos el perímetro resultó como una tortura. Al descanso había fallado 13 de los triples 15 intentados, los dos últimos en la jugada final, tan liberados, tan significativa. Tenía entonces ya una losa de 22 puntos (llegó a ser de 24) ante un rival que, por contra, lo metía todo. Era como un juego infantil, tú fallas, yo meto. Los ocho aciertos de 11 del Madrid le disparaban, le hacían sentirse poderoso.
Le otorgaban esa fluidez que últimamente había olvidado. Ese ritmo que le vuelve a hacer intocable. El amanecer de Campazzo había sido de los que descompone a cualquier cosa que se ponga por delante, en este caso el Olympiacos de Bartzokas, siempre tan rocoso. Se derretía ante las genialidades del argentino, como un mago con su chistera, ahora me ves y ahora no. Pases, faltas recibidas, canastas, rivales anulados… Cuando se quisieron dar cuenta, los del Pireo habían encajado un parcial demoledor (26-4), con Musa, Abalde, Hezonja y Poirier de ejecutores.
Esos minutos marcaron todo lo demás, en una noche ya extraña antes de empezar, sin gigantes en la pista. Ni Milutinovic, ni Tavares. Tampoco Llull ni Fall, pareja inseparable ya para la eternidad, aquel tiro de Kaunas, ese poster en tantos dormitorios infantiles. Incluso se ausentó, todos por lesión (también Yabusele), Williams Goss, que regresaba al lugar del que quizá nunca debió salir.
Bellingham
Con todo ya aparentemente encarrillado llegó Jude Bellingham al WiZink. Y la luz se apagó. En esa segunda parte, revoluciones por los suelos, el Olympiacos trató de, sin hacer ruido, meterse de nuevo en el partido. Lo logró a lomos de su capitán, del incombustible Papanikolaou. Hizo valer su defensa (la mejor del torneo), ahora sí, dejando al Madrid en 16 puntos en el tercer acto, y se arrimó paulatina y peligrosamente.
Hasta hacer saltar las alarmas. Porque Papanikolaou, en vena, no se detenía, triple tras triple. Y a falta de 40 segundos estaban ahí (86-83). Un alarde de Hezonja -tan feliz últimamente que reía y reía en el banquillo cuando a su compañero Campazzo le señalan una ténica por protestar-, dos preciosas canastas de un Musa que antes había vuelto a las andadas con una técnica por sacar el pie tras un triple… Nada parecía suficiente. Fue un tapón de Poirier y el temple final de Campazzo el que cerró una noche extraña, de buenas y malas sensaciones, de una segunda mitad en la que encajó 55 puntos.
«Que nazca algo del caos que sembré», escribió ella misma cuando transitaba por el abismo. Sandra Piñeiro (Boiro, 1996) rememora sus nubes negras con una franqueza que pone los pelos de punta. El lado tenebroso del deporte, el que no se quiere ver pero ahí está. La anorexia adueñándose por completo de una remera de elite, ganadora por dos veces de la Bandera de la Concha con el Club Orio Arraunketa Elkartea. «Poco a poco, estaba matándome, me iba consumiendo», recuerda ahora, ya todo superado, de vuelta a sus 70 kilos (llegó a bajar de 50), al apetito, y con tantos horizontes, retos que le devuelven a la vida. El pasado 21 de abril completó el IRONMAN 70.3 de Valencia y a mediados de julio afrontará el más difícil todavía, la distancia completa (3,8 kilómetros de natación, 180 de ciclismo y un maratón) en Vitoria.
Sandra es pura vitalidad, pero ahí está su historia como lección, como ejemplo y como aviso. Cuando pidió ayuda y escapó de sus propia mente, resurgió la salud, la física y especialmente la mental, y sus ganas de todo. Probó crossfit, hizo carreras de montaña, aprendió a escalar -«cuatromiles, tresmiles, todos los Pirineos me los conozco de pe a pá...»- y ahora le apasiona el triatlón. También se ha empeñado en ayudar a los demás, en visibilizar un tabú que en su caso estuvo a punto de arruinarlo todo. Además de trabajar como entrenadora y readaptadora en San Sebastián, colabora con la Fundación Juntos e Invulnerables, para que los niños no tengan que atravesar por lo que ella pasó.
Sandra relata su historia no tan lejana en EL MUNDO, como muestra de hasta donde puede llevar la mente cuando todo se enturbia. Sus inicios en el remo en Galicia, en el club Cabo de Cruz su Boiro natal, «la primera y única chica», ya con ese «punto obsesivo por el deporte» que lo ponía incluso por delante de los estudios. De ahí a Riveira y pronto «el sueño de venir a remar al País Vasco, que era como jugar la Champions League en fútbol. Ganar la Concha, ganar la Liga... las competiciones más importantes en el mundo de las traineras», aunque ya entonces había brotado algo peligroso dentro de ella.
Piñeiro, en la carrera del IRONMAN 70.3 de Valencia, en abril.@ironmanspainMUNDO
«El problema psicológico con la comida venía de más atrás. Yo era una niña que se refugió en el deporte, encontré ahí un punto de paz y de control dentro del descontrol que tenía, de la mala gestión emocional de problemas en casa. Nació una relación tóxica: me gustaba, me hacía feliz, pero había algo que no era sano con él. Eso es lo que más me costó ver», se inculpa, aunque admite que a los 10 años ya la habían subido a una báscula y enciende la crítica hacia esos entrenadores, sobre todo en deportes minoritarios, «que hacen de Dios, sin conocimientos ni capacidades, jugando con la salud de las personas». Cuando dio el gran salto y fue fichada por Orio, donde pudo compatibilizar con sus estudios y prácticas de la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, la «obsesión fue a más». «En mi cabeza ya no había otra cosa que no fuese entrenamiento y restricción de comida. No comer, cada vez tenía que pesar menos. Menor peso, mayor rendimiento...», detalla.
Y llegó el infierno. «Normalizar cosas que no son normales». Y mejor escucharla despacio.
«Evitaba los eventos sociales, salir a cenar, porque sabía que iba a haber comida. Medía siempre las calorías a los alimentos, todo tenía que ser verde. Pensaba que entrenar más era sinónimo de rendimiento: cuanto más sufres, más te castigas, mejor. Es una rueda en la que te aíslas de tu entorno y cada vez estás más encerrado con esa voz obsesiva de tu cabeza. y encuentras una satisfacción, porque piensas que estás ganando con esa fuerza de voluntad la batalla a tu cabeza. Y te empoderas. Dices, qué fuerte soy, lo que soy capaz de hacer. Estás atentando contra tu salud, pero te cuesta verlo de forma racional».
Sandra Piñeiro, en San Sebastián.Jose Ignacio UnanueAraba
«Si sabía que había pesaje, vomitaba. Pensaba 'me da igual comer hoy, porque vomito y ya está'. Me dolían las manos de vomitar, me hacía heridas. Todavía tengo las cicatrices en los nudillos. Ves que tus compañeras también normalizan esas conductas. Estar dos días sin comer. Crees que tienes el control. Pero en realidad es la voz que tienes en tu cabeza la que te está obligando a hacerlo».
«Tenía miedo a toda la comida, al arroz, la pasta.. Pesaba la fruta y me comía la más pequeña, la que menos azúcar tenía... Nivel muy obsesivo. Lo único que veía comer bien era lechuga y tomate. Unos garbanzos, arroz con pollo... era inconcebible».
Piñeiro, durante la bici del IRONMAN 70.3 de Valencia, en abril.@ironmanspainMUNDO
«Hubo episodios duros. Hay uno que fue bastante fastidiado [Resopla]. Ahí ya llevaba sin comer unos días... Vomitaba agua. Estás tan obsesionada que hasta el peso del líquido tienes que expulsarlo. No quieres nada que pese dentro de tu cuerpo. Llegas a vomitar hasta 10 veces en un día. Estaba desnutrida, me levantaba de la cama y me temblaban las piernas. No sé ni cómo llegaba a entrenar, iba como un esqueleto, un muerto andante».
Sandra, que en 2019 se hizo viral en un episodio en plena competición que recuerda con mucho cariño -se le rompió el remo y, tras el pánico, siguió balanceándose con sus compañeras para mantener el ritmo hasta acabar ganando aquella regata-, tocó fondo. «Te planteas el querer morir. Es un sufrimiento y un dolor tan grande que no quieres estar», admite. Pero fue capaz de ir en busca de auxilio, en la Asociación de Anorexia y Bulimia de Gipuzkoa. Conoció a su psicóloga y «empezó el proceso con mi entrenador, mi médico y mi nutricionista, un trabajo sinérgico». Y hasta escribió un libro, 'Remando en la oscuridad', con las anotaciones que tenía en su diario del tiempo de recuperación. Una herramienta que su psicóloga le aconsejó que, si lo daba a conocer, podría ayudar a mucha gente, porque «es una enfermedad tabú, de la que cuesta hablar y pedir ayuda. Hay miedo a sentirte juzgado».
«Todo eso ocurrió en mi último año de remo, en 2021. Tuve que parar unos meses, había bajado tanto la masa muscular que tenía riesgo de fallo cardíaco», se sincera. Se retiró y aprendió a hacer «todo lo que siempre me ha apetecido, desde una forma saludable y de ocio». Completar un Ironman, con el lema de su Fundación en el pecho, es también una forma de darle visibilidad a la importancia de la salud mental. Porque Sandra aún sigue teniendo sus «días malos», pero ahora ya posee las «herramientas» para no volver a eso que ella llama «mundo requeteoscuro».
Los padres de Sergio Rodríguez se conocieron en una cancha de baloncesto. Eso podría explicar muchas cosas. "Cuando nací, los primeros regalos eran juguetes de baloncesto". En concreto, una canasta de los Celtics con la que jugaba compulsivamente en su habitación. Eso, también. O quizá el secreto del chachismo, esa marca ya para la eternidad de un jugador irrepetible, sea una frase de Pablo Laso: "Lo más importante, él ve esto como un juego".
Pepu Hernández, el entrenador que le hizo debutar con 17 años -en el quinto partido de unas finales ACB, en el Palau-, solía usar un juego de palabras con su pupilo, que también lo sería dos años después en el oro mundial de Saitama con la selección. Las letras que conforman el nombre de Sergio son las mismas que riesgo. Riesgo, imaginación, naturalidad, osadía, talento, profesionalidad y sobre todo, de nuevo, mucho amor por algo que él siempre vio como eso, un juego. El asombroso viaje del Chacho durante dos décadas es todo eso. De Tenerife a Getxo con 14 años, del Siglo XXI a Madrid, del Estudiantes a Portland, de Nueva York (paso por Sacramento) de nuevo a Madrid, del Real Madrid a Filadelfia, de la NBA a Moscú, del CSKA a Milán y del Armani de nuevo al Real Madrid, para cerrar una carrera repleta de éxitos, tres Euroligas, un Mundial, dos Eurobasket, Ligas y Copas en España, Rusia e Italia... y todo un MVP de la Euroliga en la temporada 2013-2014.
Pero Sergio Rodríguez es mucho más que su palmarés, es casi una filosofía. Un jugador que trasciende. Es el Chacho, el apodo que le pusieron en su primera preselección con España, en 2002, porque no paraba de decir, como buen canario, aquello de "muchacho". Jugaba entonces en La Salle con su primer maestro, Pepe Luque, y fue justo antes de marcharse a Bilbao, a esa experiencia llamada Siglo XXI, donde chavales cadetes y juniors convivían y se formaban baloncestísticamente. Fue por entonces cuando dio el estirón físico, aunque todavía le llamaban "polilla" porque no paraba de moverse.
Sergio considera aquellos años lejos de casa, previos al Estudiantes, clave en todo lo que iba a suceder después. El primer año en Madrid, donde se le atragantaron los estudios en el Ramiro, combinó el equipo EBA con el júnior y llevaba un mes de vacaciones cuando Pepu le llamó para la final contra el Barça. La noche antes había estado viendo la NBA y tuvo que despertarle una vecina. Aquella canasta en penetración en el Palau es el comienzo de un época. "Esos 20 segundos del final de liga con Estudiantes me marcaron. Nunca había ido convocado con el primer equipo. Venía de vacaciones, no me sabía las jugadas, estaba preocupado... Esa tensión desde el minuto uno de profesional me ha ayudado", confesaba en una entrevista con este periódico años después.
Ese verano también ganó el Europeo júnior, en Zaragoza, a las órdenes de Txus Vidorreta y con el 10 a la espalda (el eterno 13 lo llevó Antelo). "Un chico con mucho gancho", tituló su primer artículo en EL MUNDO un periodista que era a la vez admirador (como todos) de aquel insólito mago.
"El sueño de toda mi vida". La NBA fue la siguiente estación, a la que llegó con 20 años -dos años antes estuvo por primera vez en EEUU, en el Nike Hoop Summit de San Antonio-, campeón del mundo (esa semifinal contra Argentina...), número 27 del draft (por los Suns que tenían a Steve Nash y deciden traspasarle a Portland) y sin saber inglés. Y con el golpe de realidad de tantos, mucho banquillo y "pocas explicaciones" de Nate McMillan. Pero sin perder la esencia. "Podría estar triste si estuviese aquí perdiendo el tiempo, pero al contrario. Estoy mejorando técnica y físicamente y aprendiendo un idioma. Todo va muy bien para mí", confesaba en una entrevista a ABC en diciembre de 2006.
Sergio Rodríguez posa para EL MUNDO en Nueva York, en su etapa en los Knicks.EL MUNDO
Estuvo tres temporadas y media en Portland (coincidió con Rudy Fernández, con quien el destino le tenía preparada una despedida a la vez), unos meses en Sacramento (con Nocioni) y otro curso en los Knicks, vida en la Gran Manzana. El sueño se cumplió, con toda su realidad y toda su crudeza también. Se codeó con aquellos que admiraba (Iverson, Garnett...), danzó en ese mundo idealizado desde la infancia e incluso coleccionó momentos deportivos inolvidables. Pero se amontonaron las ganas de más. Tan valiente para partir como para regresar, sin pronunciar jamás una frase de arrepentimiento, y un fichaje por el Real Madrid de Messina.
Nada sencillo aquel ambiente, donde, él mismo lo reconoce, todo se magnificaba en negativo. Con Messina huido y Lele Molin a los mandos, los blancos se colaron muchos años después en una Final Four, la que iba a ser primera de muchas para el Chacho (aunque aquello fue un revés en el Sant Jordi, acabaría jugando seis finales y ganando tres Euroligas). Sin saberlo, aquel verano de tiroteos, de la llegada con pocas bienvenidas de Pablo Laso, era el comienzo de una era.
Rudy, Chacho y Llull, tras ganar la Euroliga de 2015.EL MUNDO
Con el estallido personal del Chacho en los playoffs de 2012, especialmente en las semifinales contra el Baskonia, cuando a su virtuosismo e imaginación se unió el acierto desde el triple. Esa primera etapa de lasismo fue su cénit, el MVP de la Euroliga, el título en 2015 en el Palacio... Hasta que la NBA volvió a cruzarse en su camino. Y los sueños de infancia, sueños son. Aunque el Chacho y Ana ya fueran padres de Carmela y aunque Claudio, su bulldog, no pudiera viajar con la familia a Filadelfia, donde eligió un apartamento en el centro de la ciudad.
Los Sixers se encontraron a un base diferente, maduro, inteligente, ambicioso. El Chacho asistió al debut de Joel Embiid, que le saludaba con una peineta en la visita de este periódico en febrero de 2017. Fue a menos en la rotación de Brett Brown y las ofertas para seguir un año más, demasiado inestables, no le convencieron.
Sergio Rodríguez, tras proclamarse campeón de la Euroliga en 2019 con el CSKA.Juan Carlos HidalgoEFE
Y cuando tocó volver a Europa, el Madrid ya había armado su equipo y el CSKA le puso sobre la mesa una oferta de esas que no se pueden rechazar. De USA a Rusia, la familia Rodríguez, una aventura vital que iba a coronar con su segunda Euroliga, en Vitoria 2019 (primer español en ganarla) con un club extranjero. De ahí a Milán, siempre cotizadísimo, el reencuentro con Messina, donde de él se enamoró cada aficionado del Armani e incluso el propio dueño Giorgio, que llegó a decir: "Me gusta todo de él. Amo a sus niñas. Su actitud dentro y fuera de la cancha es ejemplar. Y luego su sonrisa y su mirada profunda dicen mucho de él, son el espejo de su alma". Y un par de temporadas para cerrar el círculo en el Real Madrid, hasta otra Euroliga, la de Kaunas, protagonista principal el Chacho en la Final Four y en la feroz serie de cuartos contra el Partizán en la que se echó al equipo a la espalda, otro destello maravilloso.
Y, durante todo este tiempo, siempre su querida selección, de la que se retiró tras los Juegos de Tokio y se ausentó, por descanso, en el Mundial de 2019 que fue oro en Pekín. Más de 150 partidos y siete medallas con España, de Saitama a Saitama.
"Siempre soñé con retirarme estando bien físicamente y ganando mi último partido. Y ahora la vida me ha ofrecido este regalo", dice en su carta de despedida quien no ha querido homenajes jugando. Pues para él, el baloncesto siempre fue diversión, no nostalgia. El secreto lo guardó y las canastas ya echan de menos el chachismo, al eterno 13.
Gio Shermadini (Mtskheta, Georgia, 1989) es un jugador contracultural, un gigante aparentemente lento y sin amenaza exterior, pero contra el que nadie parece poder hacer nada en las pinturas de la ACB desde que aterrizara en Tenerife hace seis años (MVP en las temporadas 2021 y 2023). El pívot repasa sus atribulados inicios en el baloncesto, su deambular por media Europa después, su conexión con Marcelinho Huertas y su vida en la isla con sus cinco hijos mientras afronta la semifinal contra el Valencia.
Buscan la primera final de ACB en la historia del Tenerife. Parece un broche perfecto a este ciclo.
Es una oportunidad histórica. Llevo aquí seis años y esta es la segunda vez que disputo una semifinal. Acabamos de derrotar al Joventut, que es un muy buen equipo. Esta temporada estamos jugando increíblemente bien, aunque los dos últimos partidos de la temporada regular tuvimos un error, perdimos en casa contra el Valencia y en Manresa. Hubiera sido clave ser segundos, que era el objetivo. Estas cosas pasan. Ahora tenemos dos partidos en Valencia y si ganamos uno...
Dos equipos ofensivos, pero con estilos muy diferentes.
A ellos les gusta correr. Son un equipo muy, muy bueno ofensivamente. Tenemos que detener su contraataque, esto será la primera clave. Y después imponer nuestro juego, que como todo el mundo conoce es más de pick and roll, con Marcelinho y Fitipaldo amenazando desde el triple...
¿Cuál es el secreto del Tenerife?
Que sabemos quiénes somos. Muchos de los jugadores en la plantilla tenemos 36, 37 años... Marcelinho 42. Aaron [Doornekamp] 39. Somos el equipo más veterano. Pero la clave es que el entrenador Vidorreta sabe cómo manejarlo. Sabe cuánto tenemos que entrenar. Y creo que esto es lo más importante. No estamos cuatro horas por la mañana. Entrenamos una hora y media, pero de mucha calidad, haciendo todo correctamente, en ataque, en defensa. No entrenamos tanto y estamos descansados. Esto son detalles que son importantes para los jugadores. Llevo aquí seis años y nunca hemos entrenado dos veces. Nunca. El entrenador lo sabe, me lo ha dicho: para él no es solo entrenamiento, entrenamiento, entrenamiento. No, no, no. Tenemos que entrenar menos, pero tenemos que entrenar mejor. Buena calidad, buena intensidad.
¿Sienten que son un equipo incómodo para los rivales?
Esa es la sensación, sí. Estos días nos hemos preparado para el Valencia, hemos visto muchos vídeos. Ya sabemos cómo juegan. Pero ellos también piensan en nosotros. Tienen que saber cómo defendernos, ya sea a mí, a Marce o a Bruno. Para ellos tampoco es fácil. No es fácil jugar contra nosotros, pero... Bueno, ellos tienen grandes jugadores, especialmente... He olvidado su nombre. ¿Cómo se llama? El tirador. ¡Jean Montero! Montero [ríe]. Está muy bien, toda la temporada, nuestro objetivo es pararle. Aunque cualquiera puede anotar.
Explíqueme esa conexión con Marcelinho
Marce es lo mejor que me ha pasado en mi carrera. Es una gran persona, un gran jugador, y está haciendo un gran trabajo, no solo para mí, sino para todos. En cada partido, reparte más de 10 asistencias... Es increíble. Da buenos pases y también anota. El otro día 39 puntos con 42 años. Si tienes un buen base a tu lado, todo es diferente. Marce es como si fuera la mitad de nuestro equipo, lo sabe todo. Puede leer el juego, jugar el pick and roll. Si yo no estoy sólo, sabe que en la esquina habrá alguien liberado. Es genial. Ojalá juegue muchos años, pero yo sé que cuando se retire va a ser un gran entrenador. Estoy seguro, porque él tiene ese talento.
Shermadini, junto a Huertas, durante un partido de ACB.Aitor Bouzo / ACB Photo
¿Recuerda sus inicios?
Empecé a jugar tarde. En mi familia todos son muy altos. Mi padre mide 2.06, mi madre 1,85, mi hermano 2,08, mi hermana casi 1,90... En un verano yo crecí de repente y me hice más grande que mi hermano mayor. Todavía iba al colegio y siempre había sido más bajito que él. Me puse en 2,15. Jugaba en el colegio, pero nada especial, nada profesional. Yo no vivía en la capital. Mi pueblo está a unos 30 minutos en coche y esos desplazamientos eran un problema. Cuando fiché por el Maccabi de Tbilisi en 2005 todo era muy difícil. Mi padre tenía que conducir todo el tiempo, del entrenamiento a casa. Y fueron tres años duros, cada día entrenábamos unas siete y ocho horas, con mi hermano. Imagina. Entrenábamos muchísimo, cada día. Primero físico, luego cancha, individual, más entrenamientos con el segundo equipo y por la tarde con el primero... Fue muy duro, tres años así. Pero gracias a Dios, ahora estoy aquí. Tengo una familia increíble y he conseguido muchas cosas. Pero a la gente se lo seguiré contando, que entrenaba todos los días siete y ocho horas. Probablemente nadie me creerá.
Se fue al Panathinaikos con Obradovic y en 10 años, 10 equipos.
En el Maccabi de Tbilisi el dueño, judío, quiso que se llamara como el de Tel Aviv. En uno de mis primeros partidos anoté 89 puntos y quedé máximo anotador. Anotaba como 50 y 60 puntos cada partido. En 2008 me fichó el Panathinaikos de Zeljko Obradovic. Y empezó mi viaje por Europa, demasiados equipos, entrenadores, compañeros... Por eso pienso que La Laguna Tenerife es mi destino final.
Un georgiano que ha encontrado en Canarias su casa.
Así es. Tengo cinco hijos. Somos muy felices, desde la primera temporada. Y si la familia está feliz, todo está ok. Mi hija mayor tiene 14 años y juega al voleibol aquí. Ya mide dos metros. Mi hijo juega al baloncesto, en el club. Luego tengo dos gemelos de siete años y una pequeña de año y medio, Ioanna. Una familia enorme. El club es genial, el presidente... Me pagan bien, nos dan una buena casa. Y tengo un entrenador increíble, que me lo ha dado todo, que confía en mí, se nota que nos entendemos. Gracias a él he conseguido muchos trofeos, He sido dos veces MVP, tengo el récord de la liga de MVP del mes, 24 ó 25 [superó el récord de Tanoka Beard]. Ya se me olvidó. Todos estos récords son gracias a Txus, cambió algo en mí. Como te dije, esta es mi última parada. No sé cuánto más jugaré, tal vez dos o tres temporadas. No creo que tanto como Marce, pero lo intentaré (ríe).
Imagina cómo hubiera sido su carrera en los 80, cuando los pívots como usted dominaban.
Sí, lo he pensando muchas veces. No lo sé. Quizás hubiera ido bien o quizás no. Ahora ha cambiado el modelo de baloncesto, a muchos entrenadores no les gustan los pívots grandes. Los prefieren más fuertes, más bajitos, que puedan lanzar de tres... Pero yo tengo suerte, a Txus le gustan los tipos grandes como yo. Sigo haciendo mi trabajo bien. Si alguien quiere venir a ganarme en algún partido, estoy preparado. Aunque me lancen de tres.