Dos récords del mundo iluminaron el cielo de París, en la cuarta escala de la Liga de Diamante. Por orden de aparición en la pista, que no de antigüedad en las tablas, el de los 5.000 femeninos y el de los 3.000 metros obstáculos masculinos.
Una semana después de haber batido, en Florencia, el primado universal de los 1.500, Faith Kipyegon, lanzada sin frenos, desatada sin bridas, dejó atrás los 14:06.62 de la etíope Letesenbet Gidey, conseguidos en Valencia en 2020, para registrar 14:05.20. La keniana, doble campeona olímpica y mundial de 1.500, se encuentra en estado de gracia corriendo por senderos de gloria.
Mantuvo con Gidey una pugna sin interferencias de las demás atletas. Gidey tiraba tratando de descolgarla o de fatigarla lo suficiente como para mellar su filo. No lo consiguió. Incluso, impaciente, exultante, Kipyegon la adelantó sin esperar a la recta final. Y ya en esos últimos metros, amplió la brecha para terminar en los radiantes 14:05.20. Gidey no estuvo nada mal. Pero sus 14:07.94 quedaron lejos de su ejecutora.
Y luego llegó Lamecha Girma. Desbocado, se aplicó a la tarea de destrozar el récord del keniano-qatarí Saïf Saaeed Shaheen de 7:53.63, petrificado en las listas desde 2004. El etíope, plusmarquista mundial de 3.000 en pista cubierta, voló en absoluta y remota soledad. Había que abrir mucho el plano en televisión para ver por dónde andaba el resto del plantel. Los tiempos de paso le respaldaban. Y remató con 7:52.11. Y ya que estamos, Dani Arce, tercero con 8:10.63, y Víctor Ruiz, séptimo con 8:13.89, lograron las mínimas para el Mundial de Budapest.
Los restos de una fuga de 46 hombres formada en el kilómetro 50 condujo a su primera victoria profesional, y a la tercera del equipo Kern Pharma en esta Vuelta, a Urko Berrade, navarro de 26 años. Que el Kern Pharma, un equipo de categoría continental, invitado a la Vuelta, haya alcanzado semejante éxito remite a lo grandioso y lo inolvidable. Tal vez a lo irrepetible.
Una etapa llamada a la intrascendencia en la zona alta estuvo a punto de provocar un terremoto cuando, en la Herrera, un puerto de 1ª, a 46 kms. de la meta, atacó Richard Carapaz. Aguantaron los mejores menos O'Connor y Landa. El líder enlazó en el descenso. Landa, precisamente en su tierra alavesa, se vino abajo.
En el camino del Calvario hasta la llegada, en un grupo de gente resignada, siguió perdiendo tiempo. No le ayudaron algunas decisiones técnicas del equipo. En especial cuando, en una determinación absurda e inútil por tardía, se mandó parar a un perplejo y maldiciente Cattaneo, que viajaba en la fuga ocho minutos por delante. El Soudal perdía así la posibilidad de ganar y no podía contribuir en nada a remediar el desastre de Mikel, que llegó a 3:20 del grupo de O'Connor, Roglic, Mas, Carapaz y compañía. Perdió el quinto puesto y se despeñó al décimo. Su lucha ahora no es por el podio, sino por mantenerse en el Top-10. El landismo se desinfló. Quizás de una vez por todas y para siempre.
O'Connor inspira una simpatía irresistible. Acepta con resignación la inevitable pérdida del rojo, sin negarse por ello a defenderlo hasta la última gota de sudor. Pero intuimos que, en el fondo de su indómito corazón, late una llamita de esperanza.
Viernes riojano, de Logroño al Alto de Moncalvillo, de 1ª categoría. Pasarán cosas.
Tadej Pogacar, a cuyo alrededor ha gravitado la entera temporada, cerró la suya con su quinto triunfo consecutivo en el Giro di Lombardia. Nadie ha sometido de ese modo a la reina otoñal de los Monumentos. Coppi también la sedujo cinco veces, pero no seguidas. Asimismo, nadie ha hecho podio en una misma campaña en los cinco Monumentos. Pogajar ganó el Tour de Flandes y la Lieja-Bastoña-Lieja, y fue segundo en la París-Roubaix y tercero en la Milán-San Remo. Lombardia ha sido su vigésima victoria del año y la 108 de su carrera. Y su décimo monumento.
Cuando compite, Pogacar ofrece algo muy parecido a una certeza que comienza por una frecuencia, prosigue con una costumbre y desemboca en una rutina. La carrera discurría con una cierta apacibilidad, en el sentido de que no ofrecía altibajos o sobresaltos, como si aguardara a que el esloveno tomase la iniciativa dónde y cómo decidiera. El UAE controlaba con Pogacar a rebufo.
Una escapada desde la mismísima salida con 14 hombres (Simmons, Matthews, Bilbao, Ganna, Vervaeke...) se había ido desgastando y perdiendo efectivos en el curso del trayecto de 241 kms., con 4.500 metros de desnivel, a lo largo de las sucesivas cotas, cortas y duras: Madonna del Ghisallo, Roncola, Berbenno... Entre unas y otras había también muritos, muretes y toboganes. Un infierno en un paraíso otoñal de bosques verdes, ocres, amarillos y rojos.
El UAE (Novak, Majka, en su última carrera profesional, Yates, Vine, Sivakov, Del Toro) seguía controlando, con Pogacar, abrigado tras su gente. En la Crocetta, Quinn Simmons, que había sido el alma de la fuga, iniciándola y sosteniéndola, dejó a sus compañeros. Y entonces la carrera se organizó con Simmons, bigotudo, patilludo, melenudo, campeón de Estados Unidos, "hippy" tardío, con el maillot recamado de estrellas, haciendo todo lo posible para que, cuando atacase Tadej, dispusiera de alguna ventaja que le concediese alguna oportunidad.
No la tuvo con todavía por delante la Zambla Alta (9,8 kms. al 3,3% de porcentaje medio) y La Ganda (9,6 al 7,1). Por detrás, Majka se entregaba a morir. Y moría. Lo reemplazaba Vine en el martirio. Y se inmolaba. Landa, que galleaba, humillaba de golpe la cresta. Y Roglic. Y Alaphilippe. Y Bernal. Y Pidcock. Y Carapaz (que se iría al suelo luego)... Quedaron aislados en vanguardia Pogacar, Evenepoel, Del Toro, Storer y los 19 años recién cumplidos de Seixas.
Y, de pronto, ¿dónde? Qué más da. ¿Subiendo o bajando? Es lo mismo. ¿En recta o en curva?. No importa. Súbitamente, donde fuera, estalló la tempestad de un solo hombre. Del único hombre posible. De un solo trueno. De un solo rayo. De Tadej Pogacar. Quedaban 36,6 kms. para la llegada. Pogi aceleró con esa su brutal suavidad. Evenepoel, que, escarmentado, ya ha aprendido todas las lecciones, ni lo intentó. Se hubiera abrasado a cambio de nada, a costa de gastar inútilmente unas energías que iba a necesitar más tarde.
Pogacar, por delante de Evenepoel, durante la prueba.MARCO BERTORELLOAFP
...Y todo había acabado antes de acabar. Pogacar volaba, ángel con alas blancas: casco blanco, culote blanco, calcetines blancos, zapatillas blancas, bicicleta blanca y jersey blanco pintado de arcoíris como adorno colorista del cielo impoluto de toda victoria. Pogacar gana por aplastamiento con una sonrisa que endulza el esfuerzo y lo infantiliza.
Evenepoel, coloso secundario, fue otra vez segundo. Lo celebró. Ya que vencerle es una quimera, escoltar a Pogacar es un privilegio. Michael Storer fue un tercero doblemente feliz.
Temporal en agua dulce en el Campeonato del Mundo de Natación en Piscina Corta que se disputa en Budapest. La natación sigue causando admiración y extrañeza por la misma razón: la frecuencia rutinaria con la que se baten los récords del mundo. Todos los análisis se revelan insuficientes. El cronista y el aficionado ya no saben qué decir ni qué pensar.
Siete récords del mundo. Uno por la mañana y seis por la tarde. Madrugó Gretchen Walsh (USA) con el de 50 mariposa (24.02). Por la tarde, en las semifinales, lo rebajó hasta 23.94. Summer McIntosh, los canadienses 18 años más impactantes de la natación abrió esa sesión vespertina con 3:50.25 en los 400 libre.
Cada récord era el aperitivo de otro. En las semifinales de los 50 mariposa masculinos, el suizo Noël Ponti, con 21.43, se merendó sus propios 21.50 de este mismo año. Y, a continuación, Kate Douglass, otra de las estrellas USA, nadó los 200 estilos en 2:01.63. Adiós al tope de Katinka Hosszú de hace 10 años (2:01.86). Emma Carrasco fue séptima con 2:07.62.
Los récords y el propio Campeonato se tomaron un respiro en los 200 estilos masculinos. Pero las marcas fueron imponentes. Si no existiera Léon Marchand con su primado de 1:48.88 de este mismo año, Shaine Casas, mulato estadounidense de inequívocos ascendientes hispanos, sería el plusmarquista con 1:49.51. Pero hizo el segundo mejor registro de la historia y se convirtió, con Marchand y Ryan Lochte en el tercer hombre en bajar de 1:50.00.
Tras el paréntesis de los 200 estilos masculinos, el cuarteto femenino estadounidense de los relevos 4x100 libre volvió a meter al Campeonato en la senda del récord. Con Kate Douglass en el primer tramo y Gretchen Walsh en el último, así cualquiera, realizó 3:25.01. Sus compatriotas masculinos no se quedaron atrás y redondearon la jornada con 3:01.66.
España tuvo también su cuota de récords en la apoteosis general. Carmen Weiler batió dos veces el de 100 espalda. En las series hizo 56.48. Y en las semifinales, 56.09. Entró en la final con el séptimo mejor tiempo. El equipo masculino de relevos 4x100 nadó las semifinales en 3:07.09. Y la final, en la que fue sexto, en 3:05.57. De paso, Sergio de Celís, en el primer tramo, dejó el récord individual en 46.48.