La apática y desorganizada España del primer día contra Australia ha empezado a enmendar sus errores en el segundo contra Grecia y su superestrella mundial, Giannis Antetokounmpo, lo suficiente como para arrancar una victoria de mérito y presentarse ante su tercer encuentro y la imbatida Canadá con una posibilidad de seguir adelante hacia las medallas.
¿Milagro? Pues casi, porque la selección de Sergio Scariolo ha sabido remendar algunos de sus ro
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De Londres a París, de manejar a la mejor generación de la historia del baloncesto español a tutelar el relevo generacional, de pelear por un oro olímpico contra el USA Team a lograr una meritoria clasificación en el reciente Preolímpico. De 2012 a 2024, olímpico Sergio Scariolo, también en el bronce de Río y en la despedida de los Gasol en Tokio. Cuatro Juegos, igualando a mitos como Gomelski en los banquillos, sólo por detrás de Antonio Díaz-Miguel (6). La imposibilidad de entrenar "en condiciones" en Lille, sede de la primera fase, ha contrariado el aterrizaje de la selección.
¿Qué ha cambiado del primer Scariolo olímpico en 2012 al actual?
Obviamente, todos cambiamos y evolucionamos. No tengo muchas dudas de que soy mejor entrenador ahora que en 2012. Como persona he madurado con experiencias que me han llevado a un buen equilibrio personal y que se reflejan sobre la gestión de los grupos que tengo.
¿Cómo recuerda aquella primera cita en Londres?
Como deportista recuerdo que fue como entrar en una tienda de juguetes para un niño. Sólo podía mirar alrededor. Fueron los mejores Juegos en cuanto a nivel de baloncesto. Había una participación total. Nosotros fuimos capaces de llegar hasta muy al final del partido con opciones de ganar el oro al USA Team. Y a partir de ahí empezó un poquito la cuesta abajo, los grandes jugadores que caracterizaban nuestra forma de jugar y competir iban ya haciéndose bastante mayores.
Siga por Río.
Mantuvimos una fantástica competitividad. Creo que ha sido el partido contra EEUU, en semifinales, con la menor diferencia histórica en un cruce. Con una épica final. Ese grupo de jugadores clave estaba ya en una edad muy madura. Demostraron que también en longevidad podían ser un equipo especial. Estaban alrededor de 35 y 36 años.
Tokio.
Los Juegos más atípicos. En una situación muy complicada, con todavía el covid. Y en lo deportivo se cerraba definitivamente una época con la despedida de Pau y Marc. Fue un homenaje a nuestra historia y además competimos muy bien. Contra Eslovenia, contra EEUU... El equipo como siempre dio la cara. Pero la sensación era la de cerrar un libro y empezar a abrir otro.
¿Qué espera de París?
La realidad es distinta, los objetivos son distintos. Estos serán los Juegos del paso de esa época que se ha cerrado definitivamente a otra nueva, que esperemos que al final del ciclo olímpico pueda escribir páginas otra vez de cuándo nos jugábamos contra EEUU partidos para ganar una medalla de oro.
Almansa, Aday Mara, Hugo González... Esa generación que tantas esperanzas hay para 2028, campeones del mundo júniors, no han tenido una temporada fácil.
Cualquier proceso nunca es lineal, depende de muchos factores. Son varias realidades de jugadores y hay de todo. Cuando los jugadores crecen se enfrentan con la dura realidad de que el baloncesto europeo en general, no sólo el español, no se ha preocupado de tener una visión a largo plazo, de las amenazas que llegan. Ha tenido una visión cortoplacista, del presente. No ha pensando en cómo completar la formación de los jugadores. En muy contados casos, un chaval que sale de las categorías inferiores, está listo física y mentalmente para competir al máximo nivel europeo. Es la fase crítica y de los nuestros, unos han jugado y otros no. Si no juegas, la motivación baja. Y el compromiso hacia la selección también baja cuando hay fuerzas que tienden a alejarle.
Scariolo, durante uno de los partido de preparación de la selección.ALBERTO NEVADOFEB
Más allá del billete a París, ¿la selección necesitaba un refuerzo como el del Preolímpico?
La sensación es de alivio. Y el análisis posterior fue positivo. Tengo que tener claro lo que puedo esperar y lo que no del equipo. Y hacer todo lo posible para que eso que espero, me lo puedan llegar a dar. Con una preparación tan complicada, lesiones, gente que se incorporaba tarde, en el Preolímpico nos acercamos mucho a esa mejor versión. Más no podíamos hacer. Creo que podemos crecer un poco, recuperar lesionados, elevar equis grados más para poder competir en los Juegos a un nivel superior. Todavía tenemos algún pequeño problema físico, alguno entre algodones. Lorenzo [Brown] tiene un dolor en un pie que queremos cuidar mucho, porque si no está él, podemos cerrar el chiringuito este año.
Australia para empezar, la Grecia de Antetokounmpo después. Y para cerrar, Canadá. ¿Cómo valora el grupo?
A Canadá todo el mundo la ve como la segunda fuerza después de EEUU y con razón. Australia, honestamente, me ha impresionado. Es bronce de los últimos Juegos y siempre es un equipo de medalla. Está ahí no por lo que ha sido, sino por los jugadores que tiene ahora. Varios NBA con minutos importantes, jugadores de complemento con mucha calidad anotadora, veteranía, juventud... es un auténtico equipazo. Y Grecia es un equipo extremadamente experto, con muchísimo oficio y además uno de los mejores jugadores del mundo.
¿La nueva realidad es España es resultar un equipo difícil de batir?
Esa es nuestra obligación y nuestra identidad. Tenemos que ser un rival contra el que sea difícil jugar. Un equipo cohesionado y compacto. Extremadamente eficaz defensivamente a pesar de no ser un equipo físico ni atlético. Un equipo contra el que no va a ser fácil anotar. Y ofensivamente, jugar bien en equipo. Con menos capacidad de uno contra uno, nuestra única capacidad de competir es generar muchos tiros desde las buenas decisiones, la organización, la circulación... A veces, el famoso dato del porcentaje de la canastas asistidas, en este equipo alcanza cotas altísimas. Pero tiene una doble lectura. Por un lado demuestra la calidad del juego y por otro te dice que hay muy poco margen para generar canastas de la nada, sin que vengan de una maniobra colectiva.
Sergio ScarioloALBERTO NEVADOFEB
La España que gana la Eurocopa presumía de Familia, un concepto que parece copiado del de esta selección de baloncesto. ¿Se sintieron identificados?
Cada equipo tiene su historia y sus códigos. Pero en el deporte español ha habido un antes y un después de la generación del 80 en baloncesto. Esa generación supo enriquecer su calidad en un deporte con su competitividad, ambición e inconformismo con apuntar a la excelencia y no conformarse. Yo viví el antes, durante y después y me he dado cuenta de que no sólo en baloncesto, en toda la sociedad deportiva española hubo una toma de conciencia tras ellos. Muchos deportistas lo han reconocido, que lo que ha transmitido nuestro equipo ha sido una fuente de inspiración y de enseñanza. Los que juegan ahora, casi ni se acuerdan. Pero son los herederos del legado. Los que tenemos memoria, lo tenemos claro.
¿Cómo está viviendo este verano tan especial para Rudy?
Lo estoy observando con mucho interés, con mucho espíritu de aprender. La psicología del jugador la aprendes observándoles, escuchándoles, viendo su lenguaje corporal, cómo se comportan en unas circunstancias u otras. Durante el Preolímpico, incluso un jugador con su experiencia, con sus tablas y su madurez, estaba extremadamente nervioso por conseguir el objetivo. Y a la vez, tenía la capacidad de que cuando llegó el día decisivo, de repente, toda esa presión, volvía la magia de saberla manejar. Mostraba su liderazgo brutal que igual en los días anteriores no había salido antes por la presión. Y juega el partido decisivo con gran presencia y eficacia.
¿Cómo explica la transformación de Willy con la selección? No parece el mismo de la temporada con el Barça...
El más indicado para explicarlo es Willy. Yo no puedo hacer una comparación, porque no lo tengo en el club y la selección. Obviamente, es una diferencia evidente. Por nuestra parte, nuestro esfuerzo y objetivo es poder aprovechar las cualidades de cada jugador adaptándolas a un marco de equipo. Porque no siempre se puede dar luz verde a todos los jugadores por igual ni minutos a todos. La bajada de volumen general de talento por suerte ha sido acompañada por una subida de la capacidad de aprovecharla. Realmente, si tenemos menos, hemos aprendido a sacar el máximo rendimiento.
Era verano de 1984 y la selección española de baloncesto acababa de conquistar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En el avión de vuelta, entre la euforia, alguien reparó en que Andrés Jiménez llevaba semanas llenando páginas de una carpeta. Caricaturas de sus compañeros, bocetos, anotaciones de anécdotas que de otro modo se habrían perdido para siempre. «Oye, esto lo tendrías que publicar», le dijeron. Y lo hizo, en una revista de modesta tirada, Nuevo Basket, cuya hemeroteca se perdió con su cierre. Por ello, ahora, con la ayuda de Ediciones Valnera, lo reedita en tapa dura, junto a una autobiografía, con la dignidad que la obra merece.
'Mi loca historia del básquet' se titula el libro que acaba de publicar este ala-pívot, ilustrador de vocación y contador de chistes. Porque sí, Jiménez también contaba chistes. Y no a cualquiera. «¿Qué dice un pájaro de 1.000 kilos en una rama de un árbol? ¡Pío, pío!», le soltó a Felipe González cuando el entonces presidente visitó a la expedición española en la villa olímpica y los compañeros le señalaron del grupo para que rompiera el hielo.
¿Qué dijo González?
Era otra época. Vino el presidente, había que improvisar y funcionó. Hoy, con todo tan organizado, con tanta gente envolviendo al equipo, seguro que pasan anécdotas, pero no son como estas.
La final contra Estados Unidos
Esas otras anécdotas son precisamente las que recorren el libro de cabo a rabo: el retrato de una generación que conquistó algo histórico sin darse cuenta, con medios escasos, sin apenas información sobre sus rivales y con una cohesión de grupo que, según Jiménez, lo explica todo. «Si no hubiésemos tenido ese ambiente, toda esa epopeya no hubiese acabado bien». Y la epopeya incluía capítulos de vodevil. Como cuando vieron por primera vez a Michael Jordan en persona.
¿Sabían quién era Jordan?
De Jordan, como máximo, habíamos visto un vídeo muy malo donde medio se veía una figura oscura. Cuando lo vimos en la pista dijimos: este es un tirillas. Aún no estaba tan musculado, tenía un cuerpo fibroso. Hasta que lo vimos jugar. El tirillas tenía más peligro que una caja de bombas.
También aparece en el libro el tapón a Patrick Ewing. Jiménez y Fernando Romay son los dos que, cuatro décadas después, todavía presumen de haberle plantado la mano al pívot de los New York Knicks, aunque el público general solo recuerda el de Romay. «El suyo es más espectacular, se lo da más arriba. Yo se lo doy más abajo, como de veteranillo, aunque no lo era», acepta Jiménez.
Sus inicios como dibujante
La semilla del baloncestista como ilustrador nació en el quiosco de su pueblo, Carmona, en Sevilla, que regentaba su abuelo. Tardes ojeando tebeos de Ibañez y Vázquez. Y un par de fanzines hechos a mano con un amigo. Antes de jugar para el Cotonificio, el Joventut y el Barcelona, llegó a ganar un concurso de dibujo de Coca-Cola de adolescente, y durante su carrera estudió diseño gráfico. Siempre supo que el baloncesto se acababa, el lápiz era su plan B.
No necesitó que lo fuera.
No, al final el baloncesto duró más de lo que yo esperaba y de lo que muchos esperaban. De hecho, con 13 años me presenté a unas pruebas de la Federación Española que se llamaban Operación Altura y me descartaron. Por suerte, un año después el Cotonificio de Aíto vino a buscarme a Sevilla. En aquella época todo era diferente. Mientras jugaba, llegué a trabajar también de auxiliar de contabilidad para la propia empresa, el Cotonificio, para garantizarme un sustento si el baloncesto se torcía.
No se torció. Con el Barcelona ganó siete Ligas ACB, cuatro Copas del Rey y una Copa Korac; fue internacional durante años y compartió generación con Fernando Martín, a quien conoció con 15 años en una concentración juvenil en Pamplona. Los dos llevaban manos jugando a baloncesto y estaban más retrasados que la mayoría. Yo le llamaba Conan y él me bautizó como Jimix», recuerda.
El libro ha agotado su primera edición en un mes -ya va por la segunda- y en las presentaciones congrega a los mismos de siempre: los compañeros de aquella plata, los que siguen viéndose al menos una vez al año. «Eso es lo que más vale con los años. Que hayamos podido mantener esa amistad», concluye Jiménez.