Un mes, sólo un mes, un mes exacto, ¡menudo mes! Hace un mes, el 8 de febrero, Paula Sevilla se presentó en el Campeonato de Madrid de pista cubierta con el gesto torcido. Velocista de siempre, especialista en los 200 metros, por ser castellano-manchega no le habían dado plaza para su distancia y sólo le permitían participar en los 400 metros. El doble de sufrimiento, el doble de agonía… ¿Para qué correr? A sus 27 años, se planteó quedarse en casa. De hecho, iba a quedarse en casa. Pero a última hora decidió probarse.
En las distancias cortas, los 100 metros, siempre se había visto eclipsada por amigas suyas como Maribel Pérez y Jael Bestué y, en el fondo, sabía que algún día tendría que probar con alargar sus sprints. Lo que ocurrió sorprendió a todo el mundo, sobre todo a ella. De repente, una cuatrocentista de clase mundial. En su debut registró una marca estratosférica, 51.79 segundos, y se convirtió en la segunda mejor española de siempre sólo por detrás de Sandra Myers. ¿Había sido casualidad? Imposible.
Un mes después, sólo un mes, un mes exacto, Sevilla se colgó este sábado su primera medalla internacional: bronce en los 400 metros del Europeo indoor. Con la inocencia de quien todavía no sabe por qué es tan buena, la española se atrevió a retar
¿De qué sirve una ovación? En la mayoría de escenarios, una estampida de aplausos lo es todo: el reconocimiento, el éxito. Pero en el tenis no es así. El tenis no es lugar para artistas; tan cruel resulta. Después de cada truco que asombra al público hay que ganar otro punto, y otro, y otro, y al final la magia queda enterrada por la derrota. En el tenis, una ovación no sirve para nada.
Corentin Moutet se presentó ante Carlos Alcaraz con su paleta de golpes de autor —sus dejadas, sus globos, sus liftados, sus tweeners, sus saques por abajo— y los aficionados se lo pasaron bien, vaya si se lo pasaron bien, pero el francés no tuvo opción. El marcador, que acabó reflejando un 6-2, 6-4 y 6-1 en dos horas y cinco minutos de juego, condenó su arte. A ratos, una tercera ronda del Open de Australia se convirtió en una exhibición y fue divertidísimo; ese será su consuelo. Si estaban durmiendo, miren los highlights, porque valdrán la pena.
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Hubo múltiples intercambios para el espectáculo y los editores de los vídeos de las distintas televisiones tendrán donde elegir. El resto de puntos, eso sí, fueron dominados por Alcaraz. Su superioridad ante Moutet era tan evidente que podía escucharse; ni siquiera hacía falta abrir los ojos. Sus golpes sonaban como siempre, una detonación tras otra, mientras el francés emitía un ruido distinto, un murmullo. Si no inventaba, le faltaba fuerza. O, mejor dicho, inventaba porque le falta fuerza. De vez en cuando, Moutet soltaba su derecha desde el fondo de la pista y parecía peligroso, pero lo hacía tan pocas veces, era tan excepcional, que no suponía una amenaza real. El riesgo para Alcaraz estaba en la distensión.
Cuatro juegos consecutivos
El segundo set fue la evidencia. En los primeros 45 minutos de partido, todo estaba resuelto. Al número uno también le gusta entretener a los aficionados, pero su juego se basa en la potencia que el tenis actual exige y sus derechazos no encontraban respuesta al otro lado de la pista. Con 6-2 y 3-0 en el marcador, su clasificación para octavos de final era cuestión de tiempo. Pero entonces Moutet le tendió una trampa. Entre la tensión que genera un Grand Slam, en una pista multitudinaria como la Rod Laver, le invitó a bailar con golpes tan raros como un par de saques por abajo, y Alcaraz aceptó la oferta.
Entre el jolgorio del público, ambos empezaron a buscar el más difícil todavía. Y de repente, el español concedió cuatro juegos consecutivos, dos breaks en contra —del 3-0 al 3-4—, y tuvo que ponerse a trabajar de nuevo. Tampoco le costó recuperarse, pero tendrá que aprender de lo ocurrido. Hasta el final del partido podía divertirse, sí, pero lo más importante era la victoria. En la siguiente ronda le espera Tommy Paul, que no será tan ameno.
"No es fácil jugar contra alguien como Corentin, no sabes lo que vendrá. Lo bueno es que ha sido divertido para todos, habrá muchos 'highlights'", comentaba Alcaraz que bromeaba sobre la cantidad de dejadas que le había hecho Moutet. El francés le llevó a la red hasta 55 veces y, al final, aseguraba estar "exhausto": "Ha habido un momento en el que le he dicho a mi equipo que ya no me iba a correr más a las dejadas. Normalmente soy yo el que utiliza ese golpe, ahora veo lo que provoca".
«Es mi viejo amigo aquí en Melbourne. Siempre está ahí para sanar mis heridas y hacerme compañía. Tenemos una conexión preciosa, una amistad que ya dura más de 20 años», comentaba este jueves Novak Djokovic. Pero... ¿de quién hablaba?
La relación del serbio con el Open de Australia, que ha ganado 10 veces, es realmente extraña. Tiene muchos seguidores, pero no mueve masas. Tiene privilegios, pero sus partidos no suelen ser en su horario favorito —la noche—. Quizá su negativa a vacunarse contra el covid y el lío para entrar en el país en 2021 lo estropearon todo. O quizá ya venía de antes. En todo caso, era interesante saber quién le prometió fidelidad hace tanto tiempo en ese lugar, quién era ese «viejo amigo». Pero resultó que no era quién, sino qué.
Desde su primer Open de Australia, en 2005, Djokovic mantiene una tradición que cumple siempre: ir a abrazar a un árbol local antes de que empiece el torneo. Un árbol único para él. Siempre el mismo.
Décadas atrás, el serbio visitó el precioso Real Jardín Botánico de Melbourne, conectó de una forma especial con una de las decenas de higueras de Bahía Moretón que hay allí y decidió mostrarle su cariño. Desde entonces repite el rito cada año. Las higueras de Bahía Moretón son árboles enormes —en España hay ejemplares en Valencia, Alicante, Cartagena o Sevilla—, así que Djokovic va allí, abre los brazos al máximo y se queda un rato pegado a su corteza. Puede parecer extraño —y lo es—, pero a él le funciona.
En el camino de Sinner
De momento, este año el actual número cuatro del mundo ha aparecido en el mejor estado de forma posible a sus 38 años. Si en primera ronda venció al español Pedro Martínez por 6-3, 6-2 y 6-2, este jueves repitió resultado en segunda ronda ante Francesco Maestrelli, y le espera mañana Botic van deZandschulp. En su camino, hasta ahora despejado, podría encontrarse con Jakub Mensik, Lorenzo Musetti o TaylorFritz, pero vuelve a ser la gran amenaza para una nueva final entre Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. Si alcanza una semifinal contra el italiano, cuidado.
«Tuve una larga pretemporada y pude trabajar en muchos aspectos. Ese es el objetivo. ¿De qué sirve seguir compitiendo si no intento mejorar cada temporada? Esa es mi mentalidad. Supongo que es lo que me permite seguir jugando a mi edad», valoraba el ganador de 24 Grand Slam, que a simple vista se muestra más fresco, más ligero y más rápido.
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La temporada pasada, Djokovic se dio cuenta de que no podía competir con el Big Two que domina el circuito. Su juego siempre se basó en la rapidez y la anticipación, y los años le estaban arrebatando ambas virtudes. Unas décimas de segundo menos eran una eternidad frente a Alcaraz o Sinner. «Ahora soy más lento que cuando dominaba el tenis; es normal, es biología», reconocía a principios de esta semana. Por eso decidió cambiar su preparación.
Su nueva ayuda
Contrató a un nuevo ayudante, el doctor en Fisiología Marc Kovacs, y se puso en sus manos. Durante un par de semanas en Atenas hizo exactamente lo que le indicó, aunque ninguno de los dos ha querido revelar en qué consistió el trabajo. Kovacs ha realizado investigaciones sobre la biomecánica del servicio, los sprints en pista y la resistencia en el tenis, así que pudieron trabajar en diversas áreas. «En este momento de mi carrera necesito compensar lo perdido, 'ocultar' mis debilidades y potenciar mis fortalezas para poder competir al máximo nivel con Alcaraz y Sinner», aseguró el serbio, que está a un paso de alcanzar las 400 victorias en Grand Slam, un récord histórico.
«¿Es esta la mejor oportunidad de Djokovic para ganar su Grand Slam número 25?», preguntaba este jueves ESPN a los aficionados presentes en el Melbourne Park, y la mayoría decía que sí, que no hay duda. La superficie y las condiciones son las que mejor le van, está sano y lleva varios meses de descanso en las piernas.
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«Entiendo que Sinner y Alcaraz están jugando a un nivel diferente en este momento que el resto. Eso es un hecho. Pero eso no significa que nadie más tenga una oportunidad. Tengo mis posibilidades en cualquier torneo, especialmente aquí. Cuando soy capaz de juntar todas las piezas del rompecabezas puedo vencer a cualquiera», intimidaba en la previa del torneo el número cuatro mundial, que esta vez no está acompañado de su familia, pilar esencial en sus éxitos. Es enero, sus hijos tienen colegio y ya no tienen edad para perderse dos semanas.
«Estoy eternamente agradecido al tenis por darme la oportunidad de vivir mi sueño. Espero que llegue a 25, pero quedarme en 24 tampoco estaría mal», finalizaba Djokovic.
Por fin, la sonrisa de Antía Jácome. En el hangar de España en el canal de Vaires-sur-Marne ya sólo había miradas al suelo, malas caras, el ánimo hundido hasta que la española empezó a palear. Después de decepciones y hasta hundimientos, 44 segundos para la ilusión. Jácome arrancó entre las mejores y entre las mejores se mantuvo hasta que al final... ¡Casi!
Su cuarto puesto en el C1-200, otro para la delegación española, que ya acumula 17 en estos Juegos Olímpicos de París no era lo esperado, pero a ella le supo a gloria. "No podía haber dado más de mí, la verdad. No tenía más en este cuerpo. Me hubiera gustado subir al podio, pero me voy con un buen sabor de boca", comentaba Jácome, que venía de un desencanto, el sexto puesto junto a María Corbera en el C2-500 y de un ciclo olímpico más que complicado.
Porque Jácome, revelación en los Juegos de Tokio, quinta con sólo 21 años, apuntaba a todo cuando sus entrenadores desde que se mudó de Pontevedra a Sevilla, Marcel y Georgina Glavan, ficharon por China sin avisar y se quedó sola. De camino a París tenía que rehacer su preparación y su vida. Y decidió mudarse nuevamente, esta vez a Mallorca, para empezar a trabajar con Kiko Martín en Lago Esperanza, en Pollença. La siguió su pareja, el también piragüista Pablo Martínez, y su compañera en la canoa, Corbera.
"Tengo que darles las gracias porque no puedo tener un entorno mejor. Cuando me quedé sin entrenador hicieron lo impensable para que yo consiguiese una medalla y no ha podido ser, pero estoy segura de que algún día será", anunciaba Jácome, que reclamaba unos días de vacaciones antes de encarar unos Juegos de Los Ángeles 2028 a los que llegará con 28 años, el mejor momento para conseguir, entonces sí, su medalla olímpica. "He sido quinta y he sido cuarta, ahora me toca dar ese pasito más", proclamaba.