Bela Karolyi, el carismático aunque polémico entrenador de gimnasia que transformó a muchas jovencitas en campeonas y a Estados Unidos en una potencia internacional, ha fallecido. Tenía 82 años.
La federación estadounidense de gimnasia anunció que Karolyi murió el viernes. No se dio a conocer la causa del deceso.
Karolyi y su esposa Martha entrenaron a múltiples medallistas de oro en Juegos Olímpicos y campeonatos mundiales en Estados Unidos y Rumania, incluyendo a Nadia Comaneci y Mary Lou Retton.
“Un gran impacto e influencia en mi vida”, publicó en Instagram Comaneci, quien tenía sólo 14 años cuando Karolyi la entrenó para obtener el oro por Rumania en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976.
Los Karolyi desertaron a Estados Unidos en 1981 y durante los más de 30 años se convirtieron en una fuerza guía en la gimnasia de este país, aunque no sin controversias. Bela ayudó a conducir a Retton —de apenas 16 años— hacia el título olímpico individual en los Juegos de 1984 en Los Ángeles.
En un episodio memorable, auxilió a una lesionada Kerri Strug a salir del piso en los Juegos de 1996 en Atlanta después de que su salto aseguró el oro por equipos para las estadounidenses.
Karolyi se convirtió brevemente en el coordinador de la selección nacional para el programa de élite de mujeres de Estados Unidos en 1999 e incorporó un sistema semicentralizado que eventualmente convirtió a las estadounidenses en el estándar de oro del deporte. Pero ello tuvo un precio.
Fue apartado después de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 después de que varias deportistas hablaran sobre sus tácticas.
No sería la última vez que Karolyi fue acusado de buscar protagonismo y de presionar demasiado a sus alumnas física y mentalmente.
Karolyi lleva al podio a Kerri Strug tras rorcerse un tobillo en un ejercicio en los JJOO de 1996.SUSAN RAGANAP
Durante el apogeo del escándalo de Larry Nassar a finales de la década de 2010 —cuando el deshonrado exmédico de la selección estadounidense fue condenado a cadena perpetua en términos efectivos después de declararse culpable de toqueteos y agresiones sexuales a deportistas bajo la apariencia de tratamiento médico— más de una docena de exgimnastas declararon que los Karolyi eran parte de un sistema que creó una cultura opresiva que permitió que el comportamiento de Nassar continuara sin control durante años.
Aún así, algunas de las discípulas más famosas de Karolyi siempre estuvieron entre sus más firmes defensoras. Cuando Strug se casó, ella y Karolyi tomaron una foto recreando su famosa escena de los Juegos Olímpicos de 1996, cuando él la llevó al podio después de que había realizado un salto con un tobillo gravemente torcido.
El pasado 24 de marzo, poco después de que Nika Kvekveskiri anotase el penalti que metía a Georgia, por primera vez, en la fase final de una Eurocopa, las calles de Tiflis se tiñeron de una euforia que traspasaba lo futbolístico. Muchos ciudadanos, ajenos al balón, aprovecharon el momento para reivindicar un viejo anhelo: el de la integración en la Unión Europea.
Tres días más tarde, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa animaba a los jugadores a "seguir haciendo feliz al país con más victorias". Un mensaje relevante, dado que la popularidad de Ilia II rivaliza con la de Giorgi Mamardashvili, portero del Valencia, o Khvicha Kvaratskhelia, extremo del Nápoles, las estrellas de la selección. Desde 1977, año de su entronización, su influencia sobre la sociedad y la vida política no sólo se mantiene intacta, sino que ha sobrevivido a una tentativa de envenenamiento con cianuro.
Para saber más
Georgia atraviesa una furibunda crisis política, agitada por la polarización y los discursos de odio. De ello dan prueba aquellas escenas de gozo por la Eurocopa, que pronto se transformaron, a lo largo de abril y mayo, en multitudinarias protestas contra Rusia, el gigante que ocupa militarmente, con 8.000 soldados, una quinta parte de su territorio. Siguiendo las directrices del Gobierno, la policía disolvió con tal violencia a los ciudadanos que una ola de indignación empezó a inundar el país. Hasta alcanzar al vestuario dirigido por Willy Sagnol.
"Hubo futbolistas que apoyaron esa causa, aunque debieron guardar silencio o eliminar sus publicaciones de apoyo en las redes sociales", cuenta a EL MUNDO el director de uno de uno de los periódicos más influyentes de Tiflis, con la condición de no revelar su identidad. "Algunos fueron acusados incluso de pertenecer a partidos políticos de la oposición. Aunque ningún jugador ha querido admitir presiones de la Federación, veo muy probable que se produjeran", prosigue.
El último informe de Amnistía Internacional confirma que el "procesamiento de opositores por motivos políticos", "la violencia contra las mujeres" y las "detenciones arbitrarias de civiles" resultan aún hoy moneda común en Georgia. El 8 de julio 2023, una fiesta del Orgullo Gay fue reventada por 2.000 militantes de ultraderecha, que destrozaron el escenario y prendieron fuego a los emblemas arcoíris. Los agentes de policía, según la citada ONG, "no hicieron nada para impedirlo".
Sagnol, seleccionador georgiano, con sus jugadores.AFP
Como tampoco intervinieron, a mediados de 2017 en la sede de la Federación, cuando otro grupo de violentos clamaron contra Guram Kashia. El capitán de la selección había osado portar un brazalete con su club, el Vitesse holandés, en apoyo del colectivo LGBTQ. Hoy, Kashia liderará la línea de tres centrales ante Turquía, mientras en el banquillo del Westfalenstadion, a la espera de mostrar su olfato goleador, aguardará Budu Zivzivadze.
El futbolista del Karlsruher se ha erigido como uno de los estandartes de la disidencia. No sólo por aquel doblete ante Luxemburgo que despejaría el camino hacia la última eliminatoria frente a Grecia, sino por su frontal oposición al Gobierno. Zivzivadze no ha escatimado críticas a la Ley de Agentes Extranjeros. Un texto, ostensiblemente inspirado por el Kremlin, que coloca en la diana a cualquier empresa -de los medios de comunicación a las ONG- que presente un 20% de capital extranjero. Otro ejemplo de la deriva autoritaria de Sueño Georgiano, el partido gubernamental, el que intenta controlar cada resorte del poder. Incluido el balón.
Levan Kobiashvili, quien fuera ídolo del Schalke a comienzos de siglo, compatibiliza el cargo de presidente de la Federación con su acta de diputado, mientras Kakha Kaladze, campeón de dos Champions con el Milan, ejerce como alcalde de Tiflis. Pese a su escaso pudor para hostigar a los discrepantes, ambos encabezarán hoy la expedición en Dortmund. "Son los autores de todo el mal y de toda la inmundicia que pueda imaginarse", espetó Kaladze cuando le preguntaron sobre la influencia de la oposición en el equipo nacional.
Problemas sociales
Entretanto, el primer ministro, Irakli Kobajidze, no ha perdido la ocasión para reservar su cuota de protagonismo. "Cuando algo sucede por vez primera en 30 años significa que el esfuerzo de este Gobierno también ha supuesto una gran parte del éxito", adelantó el pasado 10 de abril. Según el último registro del Banco Mundial, correspondiente a 2019, Georgia es el séptimo país del mundo donde más fácil resulta hacer negocios, sólo unas décimas por detrás de Estados Unidos. Su sector turístico representa el 33,5% del PIB, casi el triple que en España o Italia. Sin embargo, aún sigue a años luz de Europa en cuanto a Índice de Desarrollo Humano, el coeficiente de la ONU que pondera la esperanza de vida, los niveles de educación o el consumo per capita.
Por no hablar de la libertad de prensa, donde en 2024 ya ha retrocedido 26 posiciones, según el informe anual de Reporteros Sin Fronteras. De ello bien saben en las redacciones de Tiflis. "Son tiempos duros. Desde que Vladimir Putin lanzó su guerra a gran escala contra Ucrania, mi país ha tomado una senda iliberal. La propaganda afecta a todos los niveles. Incluso al de la rivalidad con Turquía, el único país vecino que reconoce plenamente nuestra soberanía. A pesar de los prolongados intentos de Rusia de instigar la turcofobia, esos sentimientos son mínimos", concluye el citado informante georgiano.