Scariolo sacó el lado positivo de la derrota contra Canadá -“no hay reproches”-, pero avisó de lo “durísimo” que será sacar billete para París en el Preolímpico
Los jugadores de la selección, tras perder contra Canadá.ALBERTO NEVADOFEB
Había aroma de gesta incompleta en las entrañas del Indonesia Arena tras la eliminación contra Canadá en la segunda fase del Mundial (no decía adiós tan pronto en un gran torneo desde Sydney 2000) , la frustración de lo que pudo haber sido, «la rabia y la impotencia» que verbalizaba Abrines en una España a la que ni su versión más reconocible y tantas veces loada le sirvió contra un rival evidentemente mejor. Una pregunta en el aire -¿qué hubiera logrado la selección en Manila compitiendo así de «increíble»?- y una mirada atrás, al momento realmente clave del adiós, a esa noche para olvidar contra Letonia el pasado viernes.
Porque ahí, en un partido en el que la selección no mostró ni la mitad de la concentración y la pujanza del domingo, se empezó a labrar la despedida ante un equipo, la revelación del torneo, que disputará unos históricos cuartos contra Alemania. Donde está Letonia debería haber estado la España que batalló con el «honor de su historia» ante los NBA de Jordi Fernández, que contuvo el aliento en ese triple final de Abrines que no entró para forzar la prórroga, tan dolido el alero del Barça que atizó con fuerza a los árbitros: “Es lamentable”.
La selección dejará este lunes, como bien pueda, Yakarta. Lo hará con heridas, con esos dos últimos cuartos para analizarlos seriamente (11-27 y 12-27), pero con el orgullo intacto. Así lo quiso destacar bien fuerte Scariolo, sin rastro de crítica, ni siquiera a ese trémulo último acto en el que se dilapidaron todas las opciones cuando llegó a mandar por 12. Si ante Letonia Scariolo se olvidó de los dos rookies en la segunda parte, ayer fue Juancho Hernagómez el que no pisó la pista en el acto final, mientras España se mantuvo más de cinco minutos sin anotar una canasta en juego. «El cuarto cuarto está en las manos de los grandes líderes, de los grandes bases, de Shai y esta clase de jugadores. Aprenderemos», admitió el seleccionador, que se rindió a Juan Núñez y no mencionó la excusa de los ausentes Lorenzo Brown y Ricky Rubio: «Me siento orgulloso de haber traído a un base de 19 años, que no es titular ni en su club. Estará frustrado, la tarea ha sido grande para él. Chapeau para Juan, claro que sí».
Abrines ejecuta el triple final, ante Canadá.ALBERTO NEVADOFEB
El seleccionador, emotivo, habló de «los veteranos que mordieron hasta el último grano de polvo para recuperar balones», «de uno de nuestros mejores torneos», de la hoja estadística en la que «hemos sido mejores en porcentaje de tiros, de tiros libres, en rebote…» y de lo «increíble de haber llenado el gap hay entre Canadá y nosotros. A un equipo lleno de top-players NBA le ha costado ganar a un gran grupo de jugadores. Estoy admirado». Un mensaje de positividad, en fin, intentando que todo lo mostrado sea lección para el futuro: «No hay reproches, cabeza arriba y pensar en el próximo campeonato. No nos ha quedado una gota de energía y de sudor». Como ese Santi Aldama para soñar que recordaba el mensaje previo de los veteranos: «Rudy, Llull y Claver hablaban que era la identidad del equipo la que nos ha traído tantas alegrías. Queríamos competir y lo hemos hecho y tenemos que estar orgullosos pese al dolor que sentimos ahora».
Porque el porvenir es tan ilusionante como complicada la hoja de ruta hacia los Juegos. España deberá sacar billete en el «durísimo» Preolímpico entre el 2 y el 7 de julio de 2024: cuatro grupos de seis equipos en los que sólo viaja a París el primero. “Va a ser una gesta titánica. Haremos la cuenta de los que están y de los que no están para ir a la guerra e intentar ganarlo”, concluyó Scariolo.
Adriana Cerezo es pura adrenalina. Y no sólo sobre el tapiz. Saluda aquí y allá, bromea con unos y otros y deambula eléctrica por el gimnasio Hankuk de San Sebastián de los Reyes como si fuera el salón de su casa. Los minutos previos al entrenamiento resultan una liturgia de vendajes, ánimos, risas, masajes y concentración. "Yo es que a lo que renunciaría es a no venir aquí. Ese sería mi sacrificio. Si tengo algún compromiso y tengo que cambiar los horarios o faltar al entrenamiento, pues me molesta. Y fue así siempre. Cuando tenía 10 años y me coincidía con el cumpleaños de algún amigo del colegio, me fastidiaba. Mi fiesta estaba aquí. Y que dure mucho", presume la menuda taekwondista en su entrevista con EL MUNDO, en la que habla tan rápido como pelea y con igual seguridad que como ejecuta sus patadas.
Hace tres años, en el Makuhari Messe Hall, un centro de convenciones gigantesco a las afueras de Tokio, una niña de 17 años cautivó a España con su mezcla de ternura y fiereza. Sonreía de camino a cada combate y despedazaba a su rival después. Sólo cayó en la final, contra la tailandesa Panipak Wongpattanakit, por un despiste en los últimos segundos. Y lloró. De rabia porque aquella plata, que era la primera medalla para el país en esos Juegos, no fuera oro. Aunque nadie hubiera contado con ella.
Nadie, menos los que la conocían. "El día que la vi por primera vez pensé: 'Esta es una bestia'. Vino un poco cabizbaja, pero cuando tiró la primera patada...", rememora Jesús Ramal, el entrenador que hizo de esa niña frustrada que acudió a su escuela la mejor del mundo. Pero su plata, la que le cambio la vida, fue también fruto de un guiño del destino. Si para los deportistas más veteranos el retraso de los Juegos a causa de la pandemia resultó un duro golpe, para la adolescente Adriana ese año de margen fue una bendición. "¿Cuántas posibilidades hay de que una pandemia retrase unos Juegos, que los pueda disputar con 17 años...? Una entre un millón. Si hubieran sido en el 2020, tenía la edad muy justa para llegar a Tokio. Tuve más tiempo para aprender, para que la Federación confiara en mí y para que no hubiera ninguna duda, porque venía de las categorías inferiores. No sé qué hubiera pasado si hubiesen sido antes, pero de esta forma no me fue mal. Así que, como fue un regalo, la idea era ir a por todas", dice ella, a la que todos aquí la llaman 'La Bicho'.
Cerezo, durante un entrenamiento en el Hankuk.Ángel Navarrete
¿Cómo recuerda aquel día en el que fue ganando combate a combate hasta plantarse en toda una final olímpica?
Estaba flotando. Siempre hemos afrontado el presente para estar preparados para las oportunidades. Y en el momento en que se dio, la íbamos a exprimir al máximo. En mi cabeza no entraba 'vamos a probar, vamos a ver'. En mi cabeza estaba: 'voy a ser campeona olímpica'. Con esa ilusión y esas ganas afronté ese día. Así que lo que iba sucediendo no nos sorprendía. Esa frescura y esa forma de verlo nos dio un plus. A mí allí sólo me faltaban mi entrenador y mis padres.
Y sonriendo.
Espero que la gente se acuerde de esa sonrisa. Y que en París y en Los Ángeles sea igual. Es la esencia, lo que marca la diferencia. Todos entrenamos mucho, todos queremos ganar, todos damos nuestro 100%, pero yo creo que disfruto un poco más que el resto. Porque a mí esto me encanta, es mi vida.
En París, en el Grand Palais, Cerezo ya no será esa rival a la que nadie conocía. A sus segundos Juegos, la madrileña llega como número uno del ranking olímpico de su peso (-49 kilos), bronce en el mundial de hace un año y con más experiencia, madurez y hambre. "Hemos ido aprendiendo ciertas cosas para afrontar a rivales más altas. No es que las estudiemos mucho, focalizamos la atención en nosotros. Porque si Adriana está bien, ella es imparable. Tiene cosas que...", relata Ramal sobre su pupila, que el próximo mes afrontará el campeonato de Europa como preparación para la cita que centra todas sus atenciones. "Es injusto que los Juegos marquen tanto. Nos encantaría que un campeonato del mundo tuviera tanta repercusión, como pasa en fútbol o en baloncesto. Pero en nuestro caso no es así. Todos los deportes minoritarios tenemos ese pico de exposición y es lo que, a la vez, lo hace tan importante y tan bonito. Así que toca aprovecharlo", reivindica ella.
Adriana Cerezo y su entrenador, Jesús Ramal.Ángel Navarrete
¿En qué es mejor ahora?
Simplemente, en el hecho de tener tres años más de trayectoria, de entrenamiento. En nuestro caso es un trabajo acumulativo. Son más cosas mecanizadas, más aprendizaje, más adaptación a las normas... Pero sobre todo, yo venía de categorías inferiores y no había tenido la oportunidad de pelear en grandes eventos ni con gente top. Algo que ahora sí he podido hacer, competir en Mundiales, en Grand Prix, con las mejores. Esa es la experiencia. Aunque muchas veces te estás enfocando en las que están ahí arriba y luego aparece alguien como yo, que no estaba en el mapa...
Ahora ya no va a sorprender.
Pero eso es bonito también. Todos trabajamos para llegar a lo más alto. Y luego, mantenerte. Creo que todavía no soy el objetivo a batir, porque no soy ni la número uno del ránking mundial ni la campeona olímpica. Todavía tengo a alguien a quien perseguir. Pero ojalá llegar a serlo. Espero que sea en estos Juegos y tener que mantenerlo. Se nos va a dar bastante bien.
Cerezo, durante el entrenamiento en Hankuk.Ángel Navarrete
A la tailandesa la tendrá ganas.
Sí. Y a una turca que me ha estado ganando un montón de campeonatos, aunque en los últimos dos he podido derrotarla. Pero ese combate sabes que va a ser duro. La china también. El nivel es tan alto que llega un punto en que son detalles. El que más lo disfrute, el que mejor esté... El que ese día se haya levantado con chispa. Pero estamos preparados para atajar a cualquiera.
¿Por qué el taekwondo?
Pues no lo sé. Yo probé un montón de deportes y no me llamaban la atención. Pero fue aquí... No sé. También está el hecho de que a todos nos gusta ser el mejor. Cuando ves que algo se te da bien y vas mejorando... Crece el protagonismo y dices: 'Quiero ser la mejor'. Porque puedo y sé que si trabajo lo puedo conseguir. Es esa ilusión, que la tienes cuando tienes ocho años y quieres ser el mejor de la clase y ahora con 20 quiero ser la mejor del mundo.
¿Sigue viendo películas de artes marciales en honor a su abuelo?
Qué va. Poquísimas. Veo un montón de series, soy muy friki. Obviamente, me he visto Cobra Kai. Soy mucho de ver documentales de grandes deportistas. Jesús está muy metido y me recomienda. Pero películas de artes marciales ya no veo. Los efectos especiales de ahora son tan buenos, que los de antes ya no te los crees. ¡Ya no soy tan niña! Pero tendría que verlo algún día, creo que lo haré.
¿Cómo lleva los estudios de Criminalística?
Estoy en tercero, ahí voy, al día. Espero terminar el próximo año. Mis padres y su exigencia. Para que pudiese venir a entrenar, para tener ese premio, mi fiesta, tenía que ir bien en el colegio. Si no hacía los deberes, si no traía buenas notas, ese día no venía a entrenar. Después, se me ha ido creando una rutina de aprovechar en los viajes, algo que empecé desde muy pequeña. En un avión de 10 horas a EEUU, ahí me llevo los libros. Tiempo sacamos, de donde sea.
Cerezo, durante la entrevista.Ángel Navarrete
Se ve en plan CSI en el futuro...
Me mola mucho el tema de cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. Pero yo iba a hacer Bioquímica o Biología Sanitaria. Cambié el mismo día de la preinscripción, hablando con mi madre. Me dijo: '¿Te ves dentro de 10 años en un laboratorio?'. 'Ni de coña', pensé. Me entró una angustia...
¿Lo de Policía le viene de familia?
Qué va. Mi padre tiene su empresa de decoración y mi madre trabaja en marketing. Tengo un tío que es policía local. Simplemente me llama la atención, me gusta mucho la Policía. Siempre ha estado en mi cabeza el tema de opositar. Pero ahora es complicado... Con calma.
¿Sigue practicando el mindfulness?
A diario. Empezamos en 2018. Me tranquiliza. Me viene bien para el taekwondo, pero también para los estudios. Vivimos a 2.000 revoluciones. Sacar 15 minutos, sentarte, respirar y no pensar en otra cosa, me viene bastante bien. Es algo que voy a hacer siempre.
¿Cómo lleva el mal perder?
Es que me enfado mucho conmigo misma. A todos nos gusta fustigarnos un rato, aunque estoy aprendiendo a no hacerlo. A llorar, a otro sitio. Se analiza lo que hemos hecho mal y se replantean las cosas. Quedarse en bucle es pasarlo mal a lo tonto. Ni eres el mejor cuando ganas ni el peor cuando pierdes. Mañana hay que pelear otra vez.
¿Lo peor que ha hecho tras una derrota?
Esto no se lo he dicho nunca a Jesús, ya lo leerá. Una vez perdí contra una tailandesa, la única vez en mi vida que fue por una diferencia de 20, en un Open de Bélgica Junior, en la final. Estaba tan enfadada que le pegué un puñetazo a la pared... Cuando me quite el guante tenía el el puño lleno de sangre.
¿Cómo lleva el tema dieta?
En los deportes de contacto hay mucha gente que hace locuras con el peso. Si yo peso más, soy más fuerte, soy más grande. Pero a mí me gusta entrenar, no dar el peso sudando con una capucha. Nos cuidamos, por supuesto. Pero nuestra filosofía va en dirección contraria. Creo que es un tema que hay que ir cortando, porque lleva a trastornos alimenticios. Mucha gente va a límite, en el boxeo, en el judo... Hay que saber alimentarte para competir, antes y después. La educación nutricional es súper importante y agradezco a Jesús que nos haya dado esa base.
¿Habrá otro tatuaje post París?
En las costillas, en el cuello.... Va condicionado a la experiencia que tenga, no a la medalla. Porque Tokio fue inolvidable. Subir en el ascensor con Pau Gasol, encontrarte en el comedor con Djokovic, que tu vecina sea Mireia Belmonte...
Los playoffs de la NBA se han convertido en una revolución. Tras una primera ronda sin demasiados sobresaltos, los cuatro primeros partidos de las semifinales de conferencia fueron ganados por los equipos visitantes. En el Este, más madera, los Pacers y los Knicks pusieron un histórico 0-2 ante Cavaliers y Celtics, los dos mejores de la temporada regular. El campeón estaba contra las cuerdas (nadie jamás sobrevivió a un 0-3) y visitaba el Madison Square Garden. Tras fallar 75 triples en los dos primeros duelos, los verdes resurgieron para escapar del abismo (93-115).
Lo hicieron en Nueva York, ante un ambiente extraordinario en las tribunas y todo el glamour de las primeras filas. Y, aunque aún a su labor de rendir a los guerreros de Tom Thibodeau le quedan muchos capítulos por escribir (en más del 85% de las ocasiones que un equipo se puso 0-2 en playoffs logró avanzar de ronda), al menos consiguieron recuperar tanto su puntería como su confianza.
Esta vez no desperdiciaron 20 puntos de diferencia, como les ocurrió en cada uno de los duelos iniciales en el TD Garden. A la vuelta de vestuarios dominaban por más de 30 (79-48), premio a su acierto recobrado. El triple es la seña de identidad de los de Mazzula. Viven y mueren desde el perímetro. Ante los Knicks, la primera noche fallaron 45 (récord) y otros 30 en la segunda. No iban a dejar de lanzar. Pero esta vez con puntería: seis de sus siete primeros intentos fueron para dentro.
El campeón se mostró arrollador, con ventajas desde el amanecer, cuando ya Mitchell Robinson seguía haciendo virales sus tiros libres fallados sin tocar aro. Los Knicks, que no disputan una final de Conferencia desde hace 25 años, no pudieron arrimarse en toda la tarde en la Gran Manzana (encajaron 71 puntos al descanso), pese a que otra vez Jalen Brunson fue su referente total: acabó con 27 puntos y siete asistencias. Los Celtics estuvieron liderados por Jayson Tatum, para espantar las críticas: 22 puntos, nueve rebotes y siete asistencias. El equipo de Boston finalmente acabó con un 20 de 40 en triples (50%9 y dos secundarios fueron también protagonistas. Pritchard, el mejor sexto hombre de la temporada, acabó con 23 puntos. Y el veterano Al Horford, excelente en defensa, firmó 15 puntos y ocho rebotes.