Mientras en la ciudad egipcia de Sharm el Sheij se firma el acuerdo que debe poner fin a la ofensiva israelí en Gaza, con la liberación de rehenes por parte de Hamas y de presos palestinos por parte de Israel, el Valencia Basket medita si debe jugar a puerta cerrada su partido de la cuarta jornada de la Euroliga ante el Hapoel Tel Aviv.
No es la primera vez que el club valenciano se mide a un equipo israelí en un momento de crisis. En octubre de 2023, apenas ocho días después de los atentados que acabaron desatando la ofensiva en Gaza, el Maccabi Tel Aviv jugó en la Fuente San Luis con el pabellón blindado… pero con público en las gradas tras atravesar un fuerte dispositivo de control policial.
En esa ocasión, el temor es mayor después del boicot que asociaciones propalestinas hicieron en la Vuelta a España el pasado mes de septiembre. Fue entonces, con el calendario de Euroliga sobre la mesa, cuando Valencia Basket decidió que no pondría entradas a la venta para el duelo en el Roig Arena. El acceso se limitaría a los abonados.
Sin embargo, ahora son las propias autoridades quienes aconsejan al club sostenido por el mecenazgo del empresario Juan Roig que dispute el encuentro a puerta cerrada. Así lo confirmó la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé. “Las recomendaciones que nosotros hemos trasladado van en la línea de que se celebre a puerta cerrada, por cuestiones de orden público. Hay dos equipos que han anunciado que lo harán a puerta cerrada, pero en cualquier caso será decisión del club”, aseguró.
El partido ha sido declarado de alto riesgo, lo que conlleva que se active un fuerte dispositivo de seguridad en el entorno tanto del Roig Arena como del equipo israelí desde que ponga un pie en la Comunidad Valenciana.
La Laguna Tenerife y el Baix Manresa también se miden este martes en Liga de Campeones y Eurocup a los equipos Bnei Herzliya y Hapoel Jerusalén, y han anunciado que lo harán sin público en las gradas. Eso sí, en ambos casos hay asociaciones propalestinas que han anunciado que tratarán de impedir la disputa de los partidos.
En el caso del Valencia Basket, que jugará el miércoles, coincide con la jornada de huelga general convocada por los sindicatos y que, a pesar de los acuerdos entre Hamas e Israel auspiciados por Donald Trump, se mantiene porque no los consideran creíbles. Eso hace que también se mantenga una concentración en apoyo a Palestina prevista en el entorno del Roig Arena.
¿Se puede ganar un partido en Primera sin imponerse en un duelo y sin generar ocasiones? La respuesta es sencilla: es imposible. Pero por si alguien tenía dudas, el Valencia lleva semanas demostrándolo. En Mendizorroza sobrevivió y salió con un punto porque el Alavés anduvo falto de puntería, y porque apareció una mano de Agirrezabala en la segunda parte y un poste donde se estrelló la falta primorosa de Denis Suárez en los instantes finales. Golpes de fortuna que no entierran una crisis galopante de juego y resultados. [Narración y estadísticas:0-0]
Necesitaba demostrar el Valencia mucho más de lo que enseñó en este arranque liguero, pero el ímpetu le duró 20 minutos, los únicos en los que, por intensidad, fueron algo más reconocibles. La intención era ahogar al Alavés y convertir cada robo en una carrera hacia Sivera. Justo lo que hizo Javi Guerra, pero sin errar en la decisión de asistir a la incorporación de Danjuma en lugar de armar un tiro. Como declaración de intenciones, valía. Para ganar el partido, no. Era necesario convertir esa actitud en costumbre, algo que no lograron.
Había confiado Corberán en un once reconocible, con el regreso de Thierry y la apuesta por Pepelu en el eje, con Diego López en la media punta y Hugo Duro dispuesto, como siempre, a la brega con los centrales. Una alineación en la que Copete y Danjuma eran la diferencia con alguna de las que pudieron verse hace ahora un año. Sin embargo, esa sensación de despertar desapareció de un plumazo en cuanto la pelota empezó a llegar a Lucas Boyé.
Antonio Blanco y Pablo Ibáñez bajaron las revoluciones del partido y empezaron a encontrar al argentino con una movilidad que producía crujidos en la defensa valencianista. La primera ocasión la envió por encima del larguero; la segunda, doble, la salvaron también, pero el equipo de Corberán ya vivía atrincherado, con dudas y problemas de idea de juego. El plan se había agotado muy pronto y nadie sabía cómo pasar la página. Solo en la primera parte, el Alavés fue capaz de generar más ocasiones que la media que había alcanzado en las ocho jornadas anteriores.
Tras el descanso, poco cambió. Los valencianistas seguían persiguiendo sombras blanquiazules. La única diferencia es que el peligro que había creado Boyé lo retomó Toni Martínez. El murciano calentó con un disparo al lateral de la red para, poco después, rematar una falta telegrafiada por Abde obligando a Agirrezabala a lucirse bajo los palos.
El Valencia necesitaba soluciones y Corberán parecía dudar de por dónde empezar a taponar fugas que Coudet iba alimentando con Carlos Vicente, Denis Suárez, Guridi o Aleñá. Todos los duelos eran babazorros porque el rival había decidido cavar la trinchera y jugársela a la fortuna de no recibir gol. Cömert y Santamaría, para intentar apuntalar; Lucas Beltrán para entorpecer, pero el partido seguía estando en las botas del Alavés. Y pudo llevárselo si la falta magistral de Denis Suárez no se hubiera estrellado en un poste ante la impasible mirada de toda la zaga valencianista. Cosido a córners, solo se esforzaban en resistir en una batalla absolutamente imposible de ganar.
Hay equipos que no necesitan jugar bien para ganar, ni siquiera para pelear por títulos. El talento siempre aparece cuando más lo necesitan y los impulsa, los salva. Eso fue lo que le ocurrió a España en el Gamla Ullevi de Gotemburgo. En un partido gris, con Suecia incapaz de encontrar la forma de dañarle, superó su falta de chispa con la aparición de Alexia Putellas para certificar que España sigue saltando de final en final. Desde agosto de 2023, y con la única excepción de la final de los Juegos de París, la selección disputa todas las finales de las competiciones que disputa. Ganó el Mundial, venció en la primera edición de la Nations League femenina, se le escapó la Eurocopa en los penaltis y a finales de noviembre defenderá título en una final que, por primera vez, se jugará a doble partido.
No fue un partido con el sello que suele imprimirle España. El juego fue espeso y las ocasiones pocas y no muy claras, como si el 4-0 de La Rosaleda se interpretara como una renta suficiente que evitaba tener que forzar en el frío estadio de Gotemburgo. Sonia Bermúdez mandó al césped a las mejores jugadoras, intentando evitar que se manejara el marcador, lo que pasa es que Suecia le invitó a hacerlo.
Su seleccionador, Thomas Gustavsson, consciente de que ante la mejor selección del mundo necesitaba poco menos que un milagro para remontar, se tomó el partido como un test para sus jóvenes talentos, las que tendrán que llevar a Suecia al Mundial de Brasil de 2026. En esa tarea están las nórdicas tras verse lejos de la pelea por los títulos, en reconstruirse para volver con más fuerza. Ese ímpetu complicó que España arrollara como lo hizo en La Rosaleda.
Dominaba el juego lo suficiente para no verse sorprendida, pero con imprecisiones y sin la fluidez que acostumbra. Rondaba el área, aunque sin ocasiones claras hasta que, en el minuto 11, apareció Mariona con un remate forzado que se perdió por encima del larguero, y en el 18, otra vez a balón parado, Mapi León colgó una falta que Irene Paredes cabeceó buscando portería. Ni eso aceleró un duelo, que volvió a languidecer hasta que Schröder, rondando el minuto 40, se plantó ante Cata Coll para calentarla.
Buscó Bermúdez tras el descanso la amenaza en el área de Martín-Prieto y la frescura de Jana Fernández en la banda, incluso del debut de la jovencísima Clara Serrajordi al mando de la sala de máquinas, pero no sirvió de mucho. Tampoco a las suecas la mayor amenaza que supuso ver en el campo a Rolfö y, sobre todo, a Blackstenius, que mostró colmillo nada más saltar.
Sin embargo, se escapó por la orilla derecha de Clàudia Pina para rasear un balón al punto de penalti donde aparecía Alexia. Gol, tercero en esta ventana, que daba la segunda victoria de España en Gotemburgo en toda su historia. Un tiro de Jana que salió rozando el palo pudo ser el segundo, pero la corta ventaja en el partido la salvó Cata Coll con una doble parada a tiro de Angeldahl que no pudo atrapar y al rechazo que cazó Holmberg. Una noche gris que acaba con victoria, redondeando una eliminatoria con 5-0 y en una final.
Georgia lleva dos años en el mapa del fútbol europeo detrás de los nombres de Khvicha Kvaratskhelia y Giorgi Mamardashvili. Su brillo en el Nápoles y en la portería del Valencia ha hecho volver la vista al campeonato de un pequeño país de 3,7 millones de habitantes, la mitad que la Comunidad de Madrid, que se envuelve en su bandera para, por primera vez en su historia, disputar una Eurocopa.
Los georgianos proclamaron su independencia de la Unión Soviética en 1991 y aplastaron una invasión de Rusia en 2008, pero su fútbol ha sido conquistado por españoles. La base del logro de una selección que enloqueció al país en la tanda de penaltis de la repesca ante Grecia tiene su origen en España y en los éxitos que encadenó la Selección Española de 2008 a 2012, cuando el tiqui-taca asombró.
Jugadores y técnicos eran reclamados y Georgia fue una de las ligas receptoras. Allí desembarcaron dos ex entrenadores de la cantera del Barça: Álex García, que dirigía al juvenil y hoy es segundo de García Pimienta, y Andrés Carrasco, cuya misión era crear la academia del Dinamo de Tiflis por encargo de su propietario, el empresario Roman Pipia, dispuesto a hacer crecer al equipo que vio campeón de la Recopa en 1981 y, sobre todo, a la selección de su país. Hoy el 70% de la selección que en Alemania dirige el francés Willy Sagnol creció en esa academia, empezando por los dos estandartes.
Con ellos llegaron poco después un puñado de futbolistas , entre ellos Xisco Muñoz, campeón de Liga con el Valencia en 2002, que fue primero jugador y luego como técnico del Dinamo. "No teníamos ni ciudad deportiva para entrenar, pero había una intención de hacer crecer el fútbol y el presidente quería apostar por la gente joven del país", recuerda el técnico, hoy en Eslovaquia, que ganó dos campeonatos en el Dinamo.
Uno de esos 'cruzados' que defenderá a Georgia en su primera Eurocopa nació al fútbol con esa mentalidad española. "Yo jugaba en la academia de Dinamo de Tiflis con 12 años tuve un director que ha influido muchísimo en la manera de entrenar y de jugar al fútbol en Georgia. He crecido con la mentalidad y el estilo de juego español". Lo cuenta a EL MUNDO Giorgi Kochorashvili, centrocampista del Levante UD, que se convirtió en el primer futbolista georgiano que daba el salto a una de las cinco grandes ligas en dos décadas. "Desde Shota Arveladze nadie lo había hecho y ese primer paso fue complicado, porque salí con 18 años de mi país y hasta los 21 no pude debutar. Sin embargo, es una demostración de que es posible. De esa convicción de que se puede ha llegado Mamardashvili, con su altísimo nivel, o Khvicha Kvaratskhelia a Nápoles... Los jugadores empiezan a salir y todos estamos creciendo", explica.
Ese director que marcó a Kochorashvili es Andrés Carrasco. "Nuestra idea fue fundar la academia para conseguir un estilo, una identidad. Yo llevaba 13 años en el Barça y vimos que era factible aplicar ese 4-3-3 allí, porque su nivel físico era bueno y había muchos jugadores de calle con los que se podía trabajar con un perfil técnico interesante", explica en conversación desde Tiflis, donde acaba de renunciar a entrenar al Dinamo. Chicos con capacidad de uno contra uno para los perfiles, que no perdieran la pelota y que fueran capaces de jugar a dos toques. Eso, e inteligencia en el campo. Ambas cosas se las vio a Kochorashvili y, sobre todo a Kvaratskhelia. "Era luchador, muy trabajador, porque esa capacidad de trabajo es lo que te hace especial en Georgia. Pero nadie veía su talento. En las pruebas que hicimos no lo mostró y hubo mucha gente que dudó. Yo me la jugué porque creía que lo merecía", relata sin ver el techo del jugador que asombró al Diego Armando Maradona. "Era imposible predecir que iba a tener un impacto tan grande. El paso más difícil fue el de Rusia al Nápoles pero fue progresando y el factor sorpresa le ayudó", explica.
Para Carrasco, ha sido "vital" que hayan dado el salto a ligas más competitivas. "Es la primera vez que apenas hay jugadores en la selección que no estén en Rusia o en Georgia". En España ha costado, tanto que Mamardashvili fue ofrecido en un email que media Primera División rechazó, en la Premier apenas recuerdan la experiencia del talentoso y anárquico Georgi Kinkladze en el City a mitad de los 90 y miran al mediocentro del Watforf Chakvetadze, y es en Francia donde mejor están anidando desde el joven goleador Mikautadze en el Metz a Davitashvili en el Burdeos.
Georges Mikautadze, delantero del Metz francés.AFP
"El fútbol del país tiene visibilidad porque hemos venido jugadores a España, Italia o Francia. Ese reconocimiento ayuda a que la gente se anime más a buscar talento en Georgia. No es que antes no hubiera buenos jugadores, pero no daban el salto a un equipo europeo para jugar, aprender y crecer. Quedándote en Georgia puedes mejorar, pero hay que ver más allá y rodearte de gente que está a un nivel top. Jugar en una de las cinco grandes ligas te da muchísimo", advierte Kochorashvili.
"Como se han criado españolizados están más adaptados a nivel cognitivo al fútbol de primer nivel cuando dan el salto. Ése ha sido el éxito de Andrés, acercarlos al fútbol profesional", añade Xisco, convencido de que en esta Eurocopa pueden ser una sorpresa. "Hay jugadores que con 21 años ya llevan 100 partidos y están dispuestos a no dejar pasar ninguna oportunidad. Lo van a dar todo por su país y saldrán a jugar envueltos en su bandera y haciendo patria", advierte.
No serán nueve entre Mamardashvili y Kvaratskhelia. "Está claro que él es el gran ídolo, una estrella de las que nacen pocas veces, pero en Georgia jugamos en equipo. Él nos ayuda muchísimo con su talento y nosotros a él para que dé su mejor versión en cada partido", puntualiza 'Kocho'.
Son un equipo tras la idea que les propone Willy Sagnol, a quien siguen con fe ciega. "La parte mental la controla muchísimo, que es algo muy importante en el fútbol más allá del físico y la táctica. Nos da mucha libertad y eso nos hace sentirnos muy fuertes y disfrutar de cada momento que vivamos ante Turquía, Chequia o Portugal". Ése es el partido al que todo el mundo mira, se lamenta Kochorashvili recordando que es el último de la fase de grupos.
No tendrán los 'cruzados' georgianos el apoyo de los 60.000 aficionados que llenaron la gradas del estadio nacional en la repesca ante Grecia, pero sienten lo vital que es para el país poder darles una alegría. En medio de una crisis política por la influencia rusa y la limitación de derechos que conllevaría, "para la gente será una forma de desconectar. Somos un país pequeño que sueña a lo grande y estamos listos para esta aventura".