“El doctor Tom Hackett me salvó de que me amputaran la pierna. Ha sido, de lejos, la lesión más extrema, dolorosa y desafiante a la que me he enfrentado en 100 vidas. No puedo llegar a expresar cómo de doloroso y duro ha sido”, explicó Vonn en un vídeo de casi cinco minutos que subió a Instagram, con voz entrecortada y casi entre lágrimas.
Las lesiones de Vonn fueron mayores que la fractura de tibia en la pierna que se lastimó inicialmente tras rozar una puerta y salir despedida de la trayectoria apenas 13 segundos después de iniciar su descenso el pasado 8 de febrero.
Vonn, de 41 años, explicó que el traumatismo del accidente le provocó un síndrome compartimental en la pierna. El síndrome compartimental implica una acumulación excesiva de presión dentro de un músculo, ya sea por sangrado o por hinchazón. La presión alta restringe el flujo sanguíneo y puede causar una lesión permanente si no se trata con rapidez.
“Cuando tienes tanto traumatismo en una zona del cuerpo que hay demasiada sangre y se queda atrapada, básicamente se aplasta todo. Todo estaba hecho pedazos”, señaló Vonn.
Vonn atribuyó al doctor Tom Hackett, un cirujano ortopédico que trabaja para Vonn y para el equipo de Estados Unidos, la operación de una fasciotomía para salvarle la pierna.
“La abrió por completo, la dejó respirar y me salvó“, describió la atleta olímpica.
La atleta señaló que Hackett sólo estaba en Cortina porque ella estaba compitiendo después de sufrir la rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda poco antes de los Juegos Olímpicos.
“Si no hubiera pasado eso, Tom no habría estado allí y no habría podido salvarme la pierna”, indicó.
“Estoy prácticamente inmóvil, en silla de ruedas. También me rompí el tobillo derecho, así que estaré con muletas al menos dos meses”, agregó Vonn, que ya tiene el alta médica del hospital.
Vonn, sin embargo, dijo que no se arrepiente de nada y que, pese a que hubiera deseado “terminar de otra forma”, en la vida “hay que tomar los puñetazos como vienen, y este me ha noqueado”, concluyó la legendaria esquiadora, que agradeció el apoyo a los aficionados y al cuerpo médico.
LUIS NÚÑEZ-VILLAVEIRÁN
@LNvillaveiran
Actualizado Miércoles,
11
octubre
2023
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18:57El Consejo Superior de Deportes, que presentaba la nueva orden ministerial para las...
Entre carrera y carrera, a Blanca Hervás apenas le daba tiempo para acudir al hotel, intentar comer algo -«pero tenía el estómago cerrado»- y dormir. De viernes por la mañana a domingo por la tarde, una proeza en Torun, de donde regresa con un botín que todavía le cuesta asimilar: dos medallas mundiales bajo techo, su primera final individual, su marca personal (51.43) y cinco carreras de 400 metros en sus piernas, a cuál mejor. «Estoy muerta», confiesa a EL MUNDO camino al aeropuerto. Aunque sobre todo, la madrileña de Valdemarín vuelve como el reflejo del nuevo y pujante atletismo español.
El estallido de Blanca no es casualidad. Tiene que ver con una fulgurante evolución física pero también con una liberación mental. El regreso a los orígenes, al club «de toda la vida» en Majadahonda, donde ingresó con ocho años y se enganchó porque se lo pasaba bien. «Los viajes me diferenciaban de la gente del cole», recuerda de aquellos días joviales.
El siguiente paso fue el salto a EEUU, donde compaginó el atletismo con su carrera de Comunicación en la Universidad de Florida. Fueron años plenos en lo vital pero no tanto en lo deportivo. «Fue una experiencia única, la repetiría mil veces. Aunque deportivamente tuve mis momentos peores», explica sobre una entrenadora y un sistema que le llevaron «al límite». «Ella no entendía lo que estaba sufriendo mentalmente y de hecho lo empeoraba. Tuve muchos problemas de confianza y de seguridad. Estaba bien físicamente pero no lo trasladaba a la competición. Fue poner un pie en España, juntarme con mi entrenador de toda la vida [Julio Rifaterra] y devolverme la la pasión por el atletismo que dejé de tener».
«Aquello me curtió», sigue. El año pasado todavía compaginaba su trabajo de media jornada como Product Manager con el deporte. Pero en diciembre tuvo que elegir. Se había quedado a cinco décimas de la mínima Mundial. «A la vuelta de Tokio hice un poco en ese análisis y pensé: 'Jolín, y si hubiese estado un poquito más descansada...'. Y entonces lo replanteé y hablé con mi jefe, que en todo momento lo entendió», detalla. Era el momento de hacer la «apuesta 100% por el atletismo», porque a Blanca aún le costaba creerse «una profesional»: «Estoy viviendo el sueño de niña, pero yo me veía como una persona normal que tiene que trabajar. Se me sigue haciendo raro no hacerlo».
Técnicamente, Hervás es pura elegancia. Algo que le repiten constantemente: «La gente me llama elegante y yo flipo porque yo sólo corro, la verdad... Sí que creo que uno de mis puntos fuertes es el correr suelta. Me da confianza e igual inconscientemente lo he ido exagerando». Pero para el 400 la fuerza es indispensable. De ahí el cambio físico, horas de gimnasio. También son «los pies». «Así lo llama mi entrenador. Algo que trabajamos mucho. La reactividad, los tobillos. Siempre me lo dice, cree que es mi punto fuerte en esos últimos metros. Cuando el cuerpo dice basta, me salvan los pies», analiza.
Blanca Hervás, en Torun.RFEA
Aunque, si algo destaca ella misma de su salto es «la confianza». «La clave real del cambio es cómo me voy conociendo y cómo voy aprendiendo a correr 400, escuchando a mi cuerpo. Me he dado cuenta en este Mundial de que iba detrás de alguien, enganchada, y tenía una seguridad plena en que al final iba a tener fuerza para pasarla», se sorprende a sí misma de ese cambio final demoledor.
Después de lo deportivo, de los objetivos por venir (el Europeo de Birmingham, bajar de 51 segundos al aire libre...), la otra parte del éxito es el impacto mediático, que a los 23 años de Blanca le cuestan asimilar. Es imagen de New Balance, de Toyota... «Flipo. Y estoy muy agradecida por la repercusión, por todos los mensajes positivos. Con la gente que se emociona conmigo. Quiero exprimirlo, todo lo que me pueda beneficiar a nivel personal, que me impulse para lograr mis objetivos».
Hay que volver a Torun. A su gesta. Sólo en el primero de su repóquer de 400, el viernes, estuvo por encima de 52 segundos, una marca que hace no tanto ni se imaginaba rebajar. Superó sin problemas esa serie inicial, tomó el rebufo de Lieke Klaver en semifinales para lograr el primer hito, estar entre las ocho mejores del mundo. Eso sería el sábado, pero antes, por la mañana, tenía plaza en la final del novedoso relevo mixto. Cualquiera, egoísta, hubiera optado por descansar. «Lo que hemos en los relevos es increíble. Estoy agradecida a mi cuerpo, porque me ha permitido pasar todas las carreras. Tenía que ir con mil ojos, porque en cualquier momento me podía romper», explica de un cansancio que se empezó a acumular seriamente.
Blanca Hervás, durante el Mundial de Torun.RFEA
Su actuación en el mixto fue apoteósica. La última posta, como hace menos de un año en el Campeonato del Mundo de Guangzhou. Otra remontada, aquella de oro, esta de plata. Un poco de festejos y a la final individual, por la tarde, en la que acabó sexta pero corrió el mejor 400 de su aún incipiente trayectoria. El domingo quedaba la traca final, aunque descansó en la clasificación del relevo femenino. En el desenlace, otra vez adelantando por el bronce casi en la misma línea de meta (se quedó a pocas centésimas de la plata). «Después de esa última carrera, me emocioné muchísimo, rompí a llorar mirando atrás y viendo el fin de semana».