Juanito Oiarzabal: “No merece la pena perder el ápice de una uña por escalar una montaña”

Juanito Oiarzabal: "No merece la pena perder el ápice de una uña por escalar una montaña"

Es Juan Eusebio Oiarzábal (Vitoria, 1956), Juanito, un hombre coqueto. A veces habla de sí mismo en tercera persona y quizás por eso, y porque ha sido el tercero en subir los 14 ochomiles sin oxígeno, hayan decidido hacerle un documental. Oiarzábal, entre Juan y Juanito, repasa la vida de un alpinista excepcional y de una persona irrepetible.

¿Cuánto frío ha pasado en su vida?
Mucho, pero te voy a confesar un secreto: soy muy friolero. Quizás sea porque en el Himalaya he pasado tanto frío que al final… He tenido congelaciones dos veces en la nariz, en las orejas y, lo más fuerte de todo, la amputación de los diez dedos de mis pies.
Friolero y alpinista, vaya mezcla.
Te adaptas a todo. Yo he cruzado el desierto de Taklamakán, el Sáhara y pasas mucho calor, pero luego tu organismo lo asimila. En montaña es parecido.
¿Y cuándo nota que pasa el umbral de no aguantarlo?
Enseguida. Cuando subo por segunda vez a la cumbre del K2 ya veía que me estaba congelando. A lo largo de mi carrera he ido viendo cuando tengo los pies de una manera o de otra y en este caso cometí el mayor error de mi vida deportiva. Me tenía que haber dado la vuelta, pero esa cabezonería mía hizo que me fuera a la cumbre hasta que acabé con un edema pulmonar y la amputación de todos los dedos de los pies.
Entonces, ¿eso del K2 fue un milagro o traspasar el umbral?
No creo en los milagros y en los duendes menos. Fue una oportunidad única en mi carrera para conmemorar la primera ascensión a esa montaña hace 50 años y una década desde la primera vez que lo hice. Para mí era un reto. No es fácil volver a subir dos veces el K2. La montaña actúa como un imán. Te absorbe.
¿Se plantea si mereció la pena?
No merece la pena perder el ápice de una uña por subir una montaña. Pero siempre he sido muy ambicioso y, aunque no lo merezca, el éxito está muchas veces en arriesgar pese a las consecuencias. Seguramente me arrepentiré toda mi vida.
También perdió a muchos compañeros, ¿cómo vive con eso?
Pues se vive porque sabemos cómo es este negocio. Nada es seguro en montaña, siempre hay algo. Y cuando sales de casa lo haces mentalizado a que igual no puedas volver. Eso me hace un auténtico superviviente tras haber realizado 47 expediciones sólo al Himalaya y 26 ochomiles sin oxígeno.
Estadísticamente no tendría que estar aquí sentado.
A mí la suerte me ha sonreído mucho y estoy muy agradecido a la vida porque a mis mejores amigos, con los que he crecido, los he perdido en el Himalaya. Sin embargo, subir dos veces el Everest, el K2, el Kanchenjunga… y así repetir 10 de los 14 ochomiles no es fácil porque el Himalaya no da esas oportunidades. Lo natural sería que en alguna te pillara. Estadísticamente hablando yo tendría que haber perdido la vida.

¿Cómo afronta un deporte así?
No me lo planteo. Sabes que vas a una montaña de 8.000 metros y sabes sus características. Todo se estudia. Yo me dediqué a escalar en los Alpes y eso hizo una base increíble para poder solventar situaciones comprometidas en el Himalaya.
¿Es usted físicamente superior?
Lo bueno que he tenido, primero, mi mentalidad de no hundirme absolutamente nunca y, por supuesto, la adaptación a la altura, que es algo importantísimo a la hora de subir un ochomil sin oxígeno. Mis compañeros siempre eran más fuertes que yo, pero el aclimatar bien es clave.
Ahora todos usan oxígeno.
El Himalaya está totalmente prostituido. Pero también el Aneto, los Alpes, el Mont Blanc… Las agencias comerciales lo han prostituido para forrarse. Les da todo igual porque casi, casi, te aseguran la cumbre por 40.000 euros, que es la expedición más barata que hay.
¿Cómo es la vida en el Campo 4 del Everest?
El de la parte nepalí, pues es un collao, con miles de botellas de oxígeno vacías y tiendas abandonadas. Es el estercolero a mayor altura del mundo. Un lugar con mucho viento, inhóspito, diría que incluso cruel, cuando estás esperando la noche para salir y alcanzar la cumbre. Son momentos muy tensos en los que sólo se oye el ruido de los quemadores fundiendo nieve. Todo el mundo dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo estaré? ¿Llegaré a la cumbre? Esas son las preguntas que te haces.
O sea, ¿el peor momento para afrontar un 8.000 es la noche previa?
Claro, es lo que vale, todo lo demás es pasajero. Vas aclimatando tu cuerpo, vas abasteciendo los campamentos de altura, colocando las cuerdas, pero si el último día, cuando llegas al campo 4, no estás en condiciones… Es el día estrella, el día por excelencia. Y luego tener en mente lo más importante, que la meta no es llegar a la cumbre sino al campamento base. El 70% de los accidentes en el Himalaya son bajando.

El alpinista posa para la entrevista.MUNDO

¿Y qué piensa a 8.000 metros?
En bajar (risas). Y cuando tienes un poquito de tiempo, te puedes recrear con el cielo ahí arriba. Aunque en el Cho Oyu fue distinto, fue mi primer ochomil y las sensaciones no se han vuelto a repetir. Es algo mágico.
¿Cuándo ve que puede vivir de ello?
Yo vengo de la gimnasia deportiva y eso fue mi base para la montaña. A los 14 descubrí ese mundo vertical, el de la escalada en roca. Y ahí empezó todo Hasta que me dije: ‘Coño, voy a ver si soy capaz de ser el primer español en subirme los 14 ochomiles’. Y, efectivamente, lo fui.

Siempre hacia delante

Uno de sus hijos sigue sus pasos, ¿le asusta?
No. No me asusta. Me gusta incluso que se dedique a lo que yo he hecho toda la vida y me entretengo con él hablando de ello.
¿Hay algo que haría diferente?
No, la figura de Juanito es como es y Juanito no puede cambiar. Juanito es así de esporádico, así de natural y de campechano. Y en el documental se refleja de manera magistral la figura de Juanito.
¿Cómo casa la soledad de la montaña con hacer un documental?
En la montaña no hay soledad. Yo me divierto siempre, disfruto con cualquier cosa, me pongo a caminar y le doy la vuelta al mundo un millón de veces.

kpd