Jon Rahm prosigue con su explosivo comienzo de año, los 66 golpes de la segunda jornada del Phoenix Open volvieron a catapultarle a la lucha por la victoria de un nuevo torneo, y no un evento cualquiera, el WM Phoenix Open, primero de los eventos regulares ‘elevados’ del PGA Tour con un montante de premios de 20 millones de dólares.
Rahm, además sincronizó sus esfuerzos para hacer coincidir el clímax de su ronda con el punto más especial del recorrido de TPC de Scotttsdale. Coincidiendo con el anuncio del retorno de Tiger Woods, Rahm lograba el prodigio del día, con un eagle de 20 metros desde el búnker en el hoyo 13.
No contento con la pequeña gesta, ‘Rahmbo’ brindaba el birdie en el hoyo estadio donde cerca de 15.000 espectadores jalearon el dos del español en el hoyo 16.
Terminaría el ‘león de Barrika’ con dos birdies más sin error y el putt del día en el antepenúltimo hoyo. Embocó desde 12 metros, en este caso para salvar el par. Un resultado de -8 acumulado que dejan a dos golpes del líder, el número dos del mundo, Scotty Scheffler.
En la lucha por la caza del cetro del golf mundial, quedó la segunda jornada inconclusa debido a los retrasos acumulados, pero la fiesta del golf promete, y ante la presión de Scheffler y Rahm (segundo y tercer mejores jugadores del Mundo), Rory Mcilroy, que no tuvo su mejor primea ronda del torneo (73 golpes), reaccionó en el arranque de segunda jornada con cuatro birdies en los primeros hoyos. Intentaba el norirlandés asomarse a los puestos cabeceros del tablero, cuando cayó la luz del desierto de Sonora y el frio arrebató el ambiente del torneo más festivo. No se percibe este año tanta fiesta fuera de cuerdas, el espectáculo en el campo está siendo tan intenso, que parece frenar el ritmo de ingesta alcohólica del personal.
Fútbol femenino
MARINA PINA
@marinapinau
Actualizado Viernes,
15
septiembre
2023
-
15:21La fecha del encuentro, 19 de septiembre, se había decidido el pasado...
Unicaja es el nuevo líder de la Liga Endesa, a estas alturas, un mérito terrible. Esa es la conclusión del sexto clásico de la temporada, en el que el Barcelona se sintió poderoso y el Real Madrid irreconocible. Un cambio de síntomas que mucho tiene que ver (o todo) con la aparición de Ricky Rubio, cada vez más pleno. Su temple, su dominio del ritmo y su experiencia marcaron la tarde en el Palau. Después, en la resolución, ahí estaban Vesely (con las dos torres blancas expulsadas por faltas) y la magia de Laprovittola. [85-79: Narración y estadísticas]
Venció de principio a fin el Barça, seguro de sí mismo, agresivo, acertado por momentos y con la cabeza fría siempre. Capaz de golpear de inicio y de aguantar las embestidas del Madrid, que se intentó rebelar en la segunda mitad, pero era "remar" demasiado en ambiente hostil. De nuevo en el Palau vence el Barça (como en el precedente de Euroliga), más triunfo moral que otra cosa, porque se aproxima la hora de la verdad del curso y porque arrebata un bien preciado a su rival directo. Nada menos que el liderato que lucía desde la jornada 1. Igualado con Unicaja (que remontó por la mañana al Manresa), pero con mejor basket average para los malagueños, históricos, que dependen de sí mismos para acabar ahí.
"La manera en la que hemos salido es simplemente vergonzosa, hay que hacérselo mirar". La frase de Llull todavía con el aliento entrecortado, contundente como un puñetazo al mentón, resumió mejor que nada los 15 primeros minutos del Real Madrid en el Palau. Se vienen repitiendo estas autocríticas últimamente en los blancos y eso no es buena señal. El Barça le había pasado por encima como casi nadie este curso (llegó a mandar por 21, 38-17) y sólo una pequeña reacción antes del paso por vestuarios dejaba con vida a los de Chus Mateo.
El Barça fue un pitbull. Su amanecer, como una revancha llena de rabia por lo sucedido en el último clásico, la final copera. El meneo fue aún más evidente cuando Ricky Rubio ingresó en cancha con ocho puntos en dos minutos y junto a Laprovittola golpearon una y otra vez a un Madrid aturdido, que encajó un parcial de 24-2. No permitían los de Roger Grimau ni una canasta sencilla y, en el otro aro, martilleaban con su acierto desde el perímetro (anotaron sus seis primeros triples sin fallo).
Vesely
En semejante crisis, tuvo que salir al rescate el coraje del capitán. Llull espabiló a los blancos antes del descanso con dos triples. Después, un horrible Satoransky y la irrupción de Deck (recordando su versión de hace tiempo) firmaron un parcial de 2-14 que era oxígeno para el Madrid. Fue Ricky, en cancha de nuevo, quien con tres tiros libres de pillo puso un poco de orden.
Esos minutos, tantas veces clave y que tantos equipos desprecian, de antes y después del descanso, iban a resultar un alivio para el Madrid. Porque a la vuelta ya era otro y también el Clásico, que fue elevando su temperatura como no podía ser de otra forma. El Barça ya no encontraba un amigo en el triple y había perdido momentáneamente a Kalinic por faltas. Y el Madrid, con Campazzo a los mandos, se encontraba cómodo en la remontada (llegó a ponerse a tres, 57-54), aunque también vio como Tavares, penalizado por un claro tapón a Willy (de nuevo muy gris, aunque luego lo arregló), se iba al banco con cuatro personales.
El Clásico ya eran detalles. Y el Madrid estaba en la orilla (64-63) cuando su rival tardó tres minutos en anotar la primera canasta del acto definitivo. Un volver a empezar. Pero ahí ya las riendas las tenía Ricky, que no jugaba un partido de este tipo desde 2011, y el Madrid comprobó como todo iban a ser malas noticias. La quinta de Tavares, la irrupción de Vesely (que tanto daño le suele hacer), una técnica al desquiciado Poirier que poco después también abandonaba la cancha y la puntilla de Laprovittola, con los cinco puntos finales (para un total de 25), con esa clase única que posee el argentino, para cerrar la fiesta.
Fue un desquite tras las despiadadas derrotas en los octavos del Mundial 2010 o las semifinales de la Eurocopa 2012. Cristiano Ronaldo festejó ante Pedri, Nico Williams o Lamine Yamal lo que momento su momento no pudo frente a Andrés Iniesta, Sergio Ramos o Xavi. En su primera final contra España, el astro de Madeira conquistó el tercer título para Portugal, el segundo de la Nations League. A los 40 años volvió a ejercer un papel decisivo, anotando el provisional 2-2, con el que aumenta su histórico récord con As Quinas: 138 goles en 221 partidos.
Desde el banquillo, con una contractura muscular en la pierna derecha, Cristiano volvió a festejar un título para Portugal. En el minuto 87 había tenido que ceder su sitio a Gonçalo Ramos. Un infortunio equiparable al de la Eurocopa 2016, cuando tuvo que retirarse por una lesión en la rodilla izquierda, tras un choque con Dimitri Payet. De aquel gol de Eder, el héroe del que nadie había oído hablar en el Stade de France, a esta resolución agónica de la tanda de penaltis en el Allianz Arena.
Nadie puede discutir que Cristiano ha cambiado la historia del fútbol portugués. Desde su debut, en 2003, su selección ha jugado cuatro finales, mientras en los 75 años previos ni siquiera disputó una sola. Tampoco puede cuestionarse el especial influjo que él mismo ejerce sobre el Allianz Arena, donde volvió a marcar. Su sexto gol en seis partidos en el coliseo muniqués, escenario de aquellas exhibiciones con la camiseta del Real Madrid en la Champions. De aquellos dobletes frente al Bayern, en las semifinales de 2014 y los cuartos de 2017, al decisivo 2-1 del miércoles frente a Alemania.
Otra vez con el VAR
Cumplida la cuarentena, aun sin saber cuál será su futuro en Arabia Saudí, Cristiano sigue siendo decisivo en el primer nivel. Desde luego, lejos quedan ya los partidos donde influía en cada rincón del ataque. Tampoco hay rastro de la voracidad anotadora que le hizo merecedor de cinco Balones de Oro (2008, 2013, 2014, 2016, 2017). No obstante, Cristiano aún sabe recibir de espaldas para contribuir al primer toque, incluso con el aliento de Robin Le Normand en el cuello. O en acelerar por el perfil izquierdo, justo después del 1-0 de Martín Zubimendi. Ese sector se antojaba delicado para un debutante como Óscar Mingueza. No por azar, Cristiano atraía la atención por allí para abrir camino a sus compañeros.
La jugada del empate, obra de Nuno Mendes, nació de uno de sus desmarques. Tan en el límite del fuera de juego que el árbitro suizo Sandro Schärer, sólo dio validez tras la intervención desde el VAR de su compatriota Fedayi San. Por segunda vez en esta Final Four, la moneda al aire del videoarbitraje trajo suerte al capitán, que el miércóles únicamente pudo respirar cuando validaron su tanto desde la sala VOR.
Había que ver a Cristiano la furia con la que Cristiano festejó la decisión de Schärer, a escasos centímetros de Mikel Oyarzabal. Como si se tratase del debut y no de su 221º partido con As Quinas. Tampoco iban a pasar desapercibidas las protestas al árbitro, poco antes de que se cumpliera la hora de juego, en uno de los peores momentos para Portugal. Apenas unos minutos más tarde, Cristiano volvía a anotar para su selección.
Cristiano besa el balón tras anotar el 2-2 en Múnich.AFP
Son ya 138 goles tras ese remate conectado a la espalda de Marc Cucurella. De nuevo tras la aceleración de Nuno Mendes por la izquierda. El festejo fue sencillo, con el dedo índice. Sólo había necesitado una oportunidad, una sola, para marcar la diferencia. En estas más de dos décadas 78 tantos con la bota derecha, 32 con la zurda y 28 de cabeza. Deben catalogarse también 11 de libre directo y 10 hat-tricks.
Para entener mejor la comparativa baste mencionar a los pichichis históricos de otras potencias como Brasil (Neymar, 79 goles), Alemania (Miroslav Klose, 71), España (David Villa, 59), Francia (Olivier Giroud, 57), Holanda (Robin van Persie, 50) o Italia (Gigi Riva (38).
La ambición de CR7 por alcanzar los 1.000 goles sigue ahí. Como en su momento para Pelé y Romario, que dijeron alcanzar la legendaria cifra, aunque con todo tipo de amistosos de dudosa procedencia de por medio. Hasta ahora contabiliza 938: 450 para el Real Madrid, más los cantados para Manchester United (145), Portugal (138), Juventus (101), Al-Nassr (99) y Sporting de Lisboa (5).