Sabe la España de balonmano qué es alcanzar la cima, aunque viene de la sima. Hace nada, entre 2019 y 2021, jugó las semifinales de dos Mundiales consecutivos y se proyectó entre las mejores, pero luego cayó en el desánimo. Retiradas, graves lesiones, malos torneos y el abismo; estuvo a un paso de quedarse fuera de los Juegos de París 2024. Al final se metió en el Preolímpico de rebote. Y ahora, por lo visto este jueves ante la República Checa (21-31) en Torrevieja, está decidida a ascender de nuevo.
En su primer partido en el torneo que otorga el billete olímpico, la selección ofreció una exhibición, su mejor actuación en años, y este mismo viernes puede asegurar el pase. Si vence a Argentina (21.00 horas, Teledeporte), el rival más débil, lo tendrá hecho. Un éxito innegable.
Ante la República Checa, España volvió a ofrecer la versión de hace unos años: estrategia, lucha y creatividad. Detrás, donde se ganan los partidos, el seleccionador, Ambrós Martín, planteó una defensa 6:0 rapidísima que apenas dejó lanzar a las cañoneras checas. Ni Markéta Jerabkova ni Kamila Kordovska aparecieron y el juego rival se colgó del brazo de Charlotte Cholevova, la única inspirada. Fue importante el acierto de Merche Castellanos en la portería, pero más el escudo que formaban sus compañeras.
Y delante, la selección fue otra vez la selección. Después de un Europeo y un Mundial para olvidar, con escasísimos recursos ofensivos, España disfrutó otra vez del liderazgo de Shandy Barbosa, ausente en esas citas, y del arte de otras jugadoras como Mireya González -MVP con siete goles- y Alicia Fernández. Ambas treintañeras y ambas machacadas por las lesiones, su presencia ofrece al equipo de Martín una capacidad de generar goles que resulta esencial.
Gracias a la inercia que ellas generaron las jóvenes del equipo pudieron jugar tranquilas y todas acabaron aportando lo suyo, nadie falló. De hecho, excepto la pivote Kaba Gassama, todas las jugadoras de campo españolas marcaron y tuvieron minutos. Ante Argentina será el momento de asegurar el objetivo. Esperar al partido del domingo ante Países Bajos sería un error. Por lo visto este jueves, España vuelve a las alturas.
Cuenta Juanjo López, traumatólogo y médico de Carlos Alcaraz, que hace unos años tocó fondo. Mucho estrés, poco ejercicio, mucho sueño... y al final la espalda crujió. «Sufrí una lumbalgia aguda, apenas podía moverme. Estábamos en el pueblo de mi mujer, embarazada de ocho meses, y tenía que ayudarme su abuela, la bisabuela de mis hijos. Entonces dije: 'Hasta aquí'. Pedí una excedencia de mi trabajo en la sanidad pública y cambié de hábitos: empecé a entrenar más, a cuidar mi alimentación, a descansar mejor», recuerda López que ahora publica un libro 'Hábitos para ser el número 1' (Espasa, 2024), donde ofrece consejos, recuerda su proceso de transformación y relata lo que vino después: ahora viaja con Alcaraz y está centrado en sus cuidados.
Si el tenista, que este martes se enfrenta a Stefanos Tsitsipas en cuartos de Roland Garros (no antes de las 20.15 horas, Eurosport), sufre algún dolor, ahí está López para ayudarle.
Trabajaba como traumatólogo infantil, experto en anomalías como el pie zambo, y ahora cuida de Alcaraz. ¿Cómo fue el cambio?
Muy progresivo. Cuando sólo era un niño, a los ocho años, le hice su primera revisión. Su padre era mi profesor de tenis, yo era residente de traumatología y venía al hospital [el Virgen de la Arrixaca de Murcia] para que lo valorara. Por supuesto no sabía que iba a ser tenista. A los 14 años, cuando logró sus primeros puntos ATP, pasé a ser parte de su equipo. Recuerdo que ya le hicimos unas plantillas para que su pisada fuera perfecta, que su desgaste físico fuera simétrico.
¿Sufrió Alcaraz en la adolescencia? Suele ser una época de dolores.
Es cierto, lo es, pero no, Carlos no sufrió dolores de crecimiento. Tan sólo recuerdo que pasó por una patología de rodilla habitual en adolescentes que se llama Osgood-Schlatter. Ocurre cuando el cartílago está todavía abierto y se inflama de forma episódica por culpa de la tracción repetida. Le obligó a parar un tiempo. Pero sobre los 16 años ya le cambió el cuerpo y con el trabajo de fuerza, se hizo el tenista que es. También le ayuda mucho la genética privilegiada que tiene. P. ¿Tuvo claro
¿Tuvo claro dejar su plaza en el hospital para empezar a viajar con Alcaraz?
No, no, no lo tuve claro. Siempre había querido trabajar en el ámbito del deporte, pero cuando haces una residencia en un hospital y obtienes una plaza, abandonar esa plaza es complicado. Pedí la excedencia antes de que Carlos ganara el US Open de 2022, fue una apuesta. Pero quería dar una medicina de calidad y cada vez me costaba más. En el hospital llegué a atender a 69 niños en un mismo día, así es imposible hacer buena medicina. Afectaba al paciente y me afecta a mi. De ahí vinieron mis problemas de espalda.
Un rival le lanza una dejada y Alcaraz corre a salvar la bola. ¿Cierra los ojos para no mirar?
Alguna vez sí. Sufro en cada carrera, la verdad. Si Carlos tiene una lesión me siento responsable. Pero hay cosas que no puedo controlar. Ni yo ni Carlos. Si se tuerce el tobillo sólo podemos tratarlo y que se recupere bien lo más rápido posible.
Rafa Nadal ha jugado infiltrado, Paula Badosa lo ha hecho este mismo Roland Garros. ¿Se puede ser profesional y no vivir con dolor?
Es difícil. Deporte profesional y dolor van cogidos de la mano. Pienso en la prótesis de cadera de Andy Murray y en cómo afectará a su vida. Por eso con Carlos pensamos en el corto plazo, pero también en el medio y el largo. Es importante que dispute este Roland Garros, pero también que esté sano para Wimbledon y los Juegos Olímpicos y que, cuando acabe su carrera, dentro de muchos años, pueda vivir con salud. Hay que tenerlo todo en cuenta.
¿Fue difícil tratar la reciente lesión en el antebrazo derecho de Alcaraz?
Fue un proceso duro, siempre es difícil. Cuando actúo yo es porque algo malo está pasando. Para mí el torneo ideal fue el último Open de Australia: no tuve que darle a Carlos ni un analgésico, no sufrió ningún problema. Hay que tener en cuenta que los jugadores tienen una serie de compromisos con los torneos y los sponsors y esos compromisos a veces chocan con su salud. Mi papel es mirar por la salud de Carlos.
Carlos ha confesado muchas veces que abusa del móvil, un mal de estos tiempos. En su libro explica cómo combatir esa adicción.
Precisamente Carlos está ahora leyendo mi libro, tratamos de instaurarle el hábito de la lectura porque es un gran remedio. Él sabe que el robo del tiempo es tremendo y que el descanso es básico para el rendimiento. Son cosas a mejorar. Lo ideal es dejar de tocar el móvil dos o tres horas antes de dormir, aunque para los jóvenes eso es muy difícil porque la vida fluye por esa vía. Además la dopamina que generan los vídeos causa adicción. Pero Carlos sabe que eso es negativo y está cambiando el hábito.
Todo el equipo de Alcaraz es una piña, siempre van juntos, siempre se animan. Es inhabitual en el circuito.
Totalmente. Con Carlos todo es muy familiar, muy sencillo, es un buen chico, es divertido y hace que creas en el proyecto. Todos en el equipo remamos en la misma dirección, se nota la unidad. Además, todos estamos cediendo muchas cosas a favor de Carlos. Echamos mucho de menos a la familia, nos perdemos cosas en casa y estar juntos nos ayuda.
Cuentan que usted de joven se asomó al tenis profesional.
No, no, fui cabeza de ratón. Gané algún torneo a nivel de club, simplemente. En cuanto jugué dos previas de torneos future me dieron por todos los lados. Me lo pusieron fácil, me enviaron a estudiar.
En los últimos Juegos Olímpicos, Laura Heredia vivió una experiencia rarísima; tenía esperanza y, al mismo tiempo, sentía tristeza. «Parecía que estaba en una película», admite.
El día de la inauguración de los Juegos de Tokio, Laura Heredia estaba en Tokio, pero no en la Villa Olímpica, si no en un hotel desde donde veía toda la ciudad y de donde no podía salir. Era reserva. La primera reserva. Si cualquiera de las 36 participantes en pentatlón moderno se hubiera lesionado o hubiera dado positivo en coronavirus, Heredia habría debutado en unos Juegos. Fueron 72 horas de una espera trepidante. Desde que llegó a Japón hasta que empezó la competición, en cuarentena estricta y sin compañía, Heredia estuvo todo el rato pendiente del móvil. En cualquier momento podía sonar. Pero al final, para su desgracia, no sonó.
«No puedo decir que fui olímpica y tampoco que estuve en Tokio. Llegué al aeropuerto, me llevaron al hotel y de allí al aeropuerto. Casi no pude ni seguir cómo fue la competición porque estaba volando de vuelta», expone Heredia, que recuerda aquella vivencia con pesar. «Fue duro por la espera de aquellos días y por cómo llegué a esa situación. Podía haberme clasificado, pero en abril me contagié del virus, me perdí algunas competiciones y se fue todo al garete. Podía haberme quedado en casa y renunciar a ser reserva, pero no me lo hubiera perdonado si hubiera habido una baja», reconoce la pentatleta que este verano, ahora sí, seguro que sí, será olímpica.
David RamírezAraba
Desde hace meses tiene asegurada la plaza para los Juegos de París 2024 y, de hecho, es una de las candidatas españolas a medalla menos conocida. En su deporte, que combina natación, esgrima, hípica, atletismo y tiro, suele haber sorpresas y viene de una plata en los últimos Juegos Europeos. Toda la vida explicando en qué consiste su deporte y este agosto quizá lo aprende toda España.
¿Por qué nunca se especializó en atletismo o natación?
Es una pregunta que en algún momento nos hemos hecho todos los pentatletas. Pero al final esa es la gracia. Combinar disciplinas que no tienen nada que ver es muy divertido. Si me obligaran, elegiría el atletismo, el mediofondo, pero nunca lo he trabajado de forma específica.
Heredia forma parte de un milagro que se llama Escuela Llor de Sant Boi del Llobregat. De allí salieron los hermanos Gasol, sí, pero también han salido de allí la mayoría de practicantes españoles de un deporte en extinción. Desde primero de Primaria, extraescolar de pentatlón moderno. Así ya han formado a dos olímpicos.
«Yo empecé siguiendo a mi hermano Aleix, que compitió en los Juegos de Tokio. Nos llevamos ocho años y cuando empecé él ya estaba becado en la Blume. Al principio en la escuela combinábamos nadar y correr, luego nos introdujeron el tiro, después la esgrima y, por último, la equitación», acepta Heredia, que compagina el deporte con sus estudios de veterinaria en la UCAM. Especialistas en remontadas en la última prueba del pentatlón, que combina carrera y tiro, estas semanas está centrada en mejorar su esgrima, la disciplina que la puede aupar entre las mejores.
David RamirezAraba
«Esta vez llevo meses trabajando con la tranquilidad de tener la clasificación y todo es distinto a antes de Tokio», finaliza Heredia, aún con la rarísima experiencia de los últimos Juegos Olímpicos a flor de piel.
Hace tres años, en el Ariake Gymnastics Center de la bahía de Tokio, Simone Biles se retiró al vestuario, se puso encima un enorme albornoz blanco y salió a anunciar al mundo entero que se retiraba de los Juegos Olímpicos. Iba a ser la estrella, tenía que ser la estrella, pero ya no podía ser la estrella. Con su decisión construyó un enorme debate sobre la salud mental en el deporte de élite, la presión de la competición, la incomprensión pública, incluso el efecto a largo plazo de los abusos sexuales, pero también dejó un enorme vacío.
Si en Múnich 1972 el rey fue Mark Spitz; en Montreal 1976 la reina fue Nadia Comaneci; en Los Ángeles 1984, Carl Lewis; en Barcelona 1992, el Dream Team; en Atlanta 1996 lo fue Michael Johnson; y en Pekín 2008 reinaron Michael Phelps y Usain Bolt; en Tokio 2020, Biles tenía reservado el trono. Y sin ella nadie ocupó su sitio. "No quiero ser una estrella, no he nacido para ello", llegó a proclamar el nadador estadounidense Caeleb Dressel, que se colgó cinco medallas, el que más, y pocos meses después cayó en una profunda depresión.
Hoy los Juegos Olímpicos de París 2024 arrancan con el puesto de máxima estrella, de leyenda, de emblema todavía vacante. ¿Quién será el mayor o la mayor protagonista? Quién sabe, aunque la aspirante mejor situada vuelve a ser quién era: Biles. Apenas se recuerda, pero después de su catarsis de mareos y lágrimas, la gimnasta estadounidense se apuntó al último día de competición en Tokio para ganar un bronce en la barra de equilibrios, su peor aparato, y dejar escrito un mensaje: "Volveré".
Desde entonces la cuatro veces campeona olímpica en los Juegos de Río 2016, ha vivido todo un proceso de curación que pasó por no competir dos años, acudir a terapia para evitar esos temibles twisties y, entre otras cosas, recibir una medalla de honor de manos de Joe Biden o casarse con el jugador de la NFL Jonathan Owens. A mediados del 2023 regresó con tanto éxito que dominó el último Mundial. A partir del martes 30 -el domingo será la clasificación-, en el Bercy Arena de París encontrará la competencia de otras gimnastas como la brasileña Rebeca Andrade, amiga suya, compañera de entrenamientos, pero principalmente dependerá de ella misma.
Si sostiene todo el peso que tiene sobre sus hombros no sólo ganará, también reinará. Si no lo hace, hay pocas candidaturas más. De hecho, la otra que más reluce también tiene nombre de mujer y concretamente nombre de mujer estadounidense: Katie Ledecky. La nadadora tiene en sus brazos y en sus piernas un récord de los que quedan en el recuerdo: si vence en las tres distancias que disputará se convertirá en la deportista con más oros de la historia de los Juegos.
Dueña ya de siete, sumará 10, uno más que la ucraniana Larisa Latynina, mito de la gimnasia antes de Biles. En su contra su timidez y su apuesta absoluta por el fondo, las pruebas menos espectaculares de la natación. A sus 27 años y después de 12 en la élite -en Londres 2012 ya ganó un oro-, Ledecky ha abandonado los 200 metros y los relevos cortos para situar todas sus opciones en los 400 metros que disputa mañana, los 800 metros y los 1.500 metros. En la piscina no hay nadie con su historial, pero podrían surgir nuevas estrellas.
JJOO Paris. Sedes
El público local espera que triunfe Leon Marchand, especialista en mariposa, y en los 100 metros libre se vivirá un duelo eléctrico entre el rumano David Popovici y el chino Pan Zhanle, ambos recientes plusmarquistas mundiales. Necesitarán volar y derrochar carisma para saltar las fronteras de su propio deporte, pero podrían hacerlo.
Como podría hacerlo el velocista Noah Lyles en el tartán del estadio de Saint Denis o como ya ha hecho Eliud Kipchoge, leyenda haga lo que haga en el maratón. En realidad, lo más probable es que nuevamente el protagonista o la protagonista de los Juegos no estén en el atletismo y la natación y esté en el tenis, con todos los ojos mirando a Carlos Alcaraz o en el baloncesto, con otro Dream Team (Lebron James, Stephen Curry, Kevin Durant, Jayson Tatum, Joel Embiid) en acción y el fenómeno Victor Wembanyama en su casa.
Faltan estrellas, siempre falta alguien, como el maratoniano recientemente fallecido Kelvin Kiptum, algunos rusos sancionados como el nadador Evgeny Rylov o quienes renunciaron, como Kylian Mbappé o Tadej Pogacar, pero unos Juegos Olímpicos no esperan a nadie. Un trono está libre y quien lo ocupe posiblemente será una mujer.