Demasiadas turbulencias agitan al Real Madrid estos días. Quizá la entidad atraviese uno de los periodos más grises de su historia reciente, pero sigue siendo el Real Madrid. Segundo año consecutivo sin títulos, elecciones a la presidencia envueltas en la controversia y comunicados que generan más polémica que certezas. Sin embargo, el Bernabéu vuelve a convertirse en un oasis de nostalgia con la celebración del Corazón Classic Match, que enfrentó al Real Madrid Leyendas contra el Inter Legends.
Por parte del conjunto blanco, volvieron a vestir la camiseta madridista futbolistas míticos como Pepe, Míchel Salgado, Fernando Sanz, Makélélé o Amavisca. Jugadores arropados por un estadio digno de un partido de LaLiga, aunque el ambiente era, siendo realistas, bastante más desenfadado y festivo que el de cualquier encuentro en el que el Real Madrid se juega los tres puntos.
Sorprende comprobar cómo, en tiempos difíciles para los de Chamartín y en un partido de estas características, la gente sigue colapsando las calles que rodean el nuevo Bernabéu. Resulta comprensible cuando se entiende que no es simplemente un partido. Es, más bien, una fiesta con la que amenizar un sábado. Padres e hijos de la mano hacían cola en los puestos de comida de los aledaños antes de presentar su entrada para acceder al estadio.
Una vez dentro, destacaba el aspecto de unas gradas que estaban muy lejos de quedar vacías. Asientos ocupados y un ambiente agradable y divertido. A medida que pasaban los minutos, la afición se animaba haciendo la ola.
Fue curioso ver cómo, después de muchos años, Pepe volvía a marcar en el Bernabéu y la grada se levantaba para corear su nombre cuando abandonaba el terreno de juego, mientras enviaba un beso a los aficionados. Sí, Pepe, el portugués. Precisamente ahora que otro técnico luso regresa a los banquillos del equipo blanco para dirigir a las actuales estrellas. Un guiño al pasado, pero con aires de presente.
En encuentros y momentos como estos es cuando cobra fuerza la capacidad del club para convertir la memoria en espectáculo. Algo parecido transmitió Barral en su celebración tras anotar el segundo gol. Con el número 7 a la espalda, el gaditano emuló la icónica celebración de Cristiano Ronaldo y la afición lo acompañó con entusiasmo.
El resultado, en realidad, era lo de menos, aunque los seguidores del conjunto madrileño pudieron marcharse a casa con un buen sabor de boca después de que el encuentro finalizara con victoria por 2-1. A pesar de las turbulencias que atraviesa el Real Madrid, pocos clubes son capaces de vivir momentos así sin perder la capacidad de movilizar a miles de personas con una energía más que suficiente para animar a su equipo. Este partido, convertido en un punto de encuentro intergeneracional, llevó a la afición blanca a transitar entre la nostalgia y la curiosidad por lo que está por venir. El antiguo himno del Real Madrid puso el broche final a una tarde de fiesta y recuerdos en el templo de la Castellana.






