Hace tres años, en el Kokugican Arena de Tokio, se desesperaba Enmanuel Reyes Pla. “Ha sido una injusticia. Le conecté más golpes, pero los jueces mandan”. Acababa de perder una medalla en el combate de cuartos contra su compatriota Julio César la Cruz. Este mediodía, en el Centro de Exposiciones de Villepinte, el Profeta se desquitó. Un combate fiero contra el belga Victor Schelstraete para avanzar a semifinales, asegurar medalla olímpica y soñar con el oro en Roland Garros.
Hacía 24 años que el boxeo español no subía a un podio en los Juegos. Fue el último Rafa Lozano en Sidney, el mismo (seleccionador nacional) que instruye desde la esquina al cubano de La Habana, puro frenesí sobre el cuadrilátero y ante los micrófonos. “Voy a arrancar cabezas”, avanzó los días previos y no dejó escapar la segunda oportunidad de su vida.
El Profeta, calzón azul, desplegó todo su repertorio, espectacular y seguro de sí mismo de principio a fin. Cuando recibió el primero golpe del belga, sonrió. Y fue dominando los tiempos, golpeando una y otra vez a su cada vez más desesperado el rival. Ganó claramente el primer round y también el segundo.
Y en el tercero bailó, esquivó y golpeó. Y lo volvió a ganar para todos los jueces. Sabiendo contemporizar e incluso celebrar antes de tiempo.
Su rival en semifinales, el próximo domingo, se sabrá esta tarde (17:54 h.). Saldrá del combate entre el kazajo Aibek Oralbay y el azerbayano (nacido en La Habana, como Reyes Pla) Loren Berto Alfonso Domínguez.
El púgil escapó de La Habana en 2016, aunque no pudo llegar a España hasta un año después, tras muchos problemas burocráticos y meses deambulando por Europa. Incluso llegó a pasar por prisión y a estar deportado.
Tras su derrota en Tokio decidió convertirse al islam, como explicaba estos días en EL MUNDO. Me convertí por mis amigos. Y por lo que pasó en Tokio. Fue la clave. “Ahora estoy con Alá. Él es que el me da el triunfo, el que siempre me está apoyando. Con Él va a salir la victoria», explicaba.
La selección mantiene, además, otras tres opciones de medalla en París. Ayoub Ghadfa, José Quiles y Rafa Lozano Jr. Ganaron sus combates de octavos y están a una victoria del podio. El hijo del Balita se enfrentará el viernes (16.50) al dominicano Yunior Alcántara. Y el peso pesado, tras acabar con Kunkabayeb, también mañana viernes (22.24 h.) al armenio Chaloyan. El sábado (15.30 h.), será el turno de Quiles, contra el uzbeko Khalokov.
Red Auerbach dijo una vez que los Celtics no eran un equipo de baloncesto sino un "modo de vida". Ahora que la leyenda verde vuelve a recuperar el trono, a ganar el anillo 16 años después y a situarse (de nuevo) por encima de los Lakers en esa eterna batalla por la hegemonía (18 títulos a 17) en la NBA, retumban las enseñanzas del entrenador y dirigente fallecido en 2006, las volutas de humo de los puros con los que festejaba los triunfos en el viejo Garden, la forja de un destino emparentado con la competitividad, con el baloncesto al 100%, con los mitos también en la cancha. Ese halo de energía flotaba en la peculiar ciudad de Boston, en una noche como las de antaño.
Todo empezó con el pionero Red y siguió con Bill Russell. Y este anillo logrado ante los Mavericks de Luka Doncic casi por la vía rápida, perdiendo apenas tres partidos en todos los playoffs (y 18 en temporada regular), es en honor al gigante fallecido hace dos años. Estos Celtics de los 'Jays' (Tatum y el MVP Jaylen Brown) que perdieron las Finales de 2022 contra los Warriors y se llevaron un buen sofocón el curso pasado en la final del Oeste contra los Heat, han vuelto a desempolvar el añejo espíritu guerrero de la franquicia creada por Walter Brown en 1946, la primera en elegir a un jugador negro en el draft, la primera en colocar a cinco jugadores afroamericanos juntos en la pista (1963), la primera en tener un entrenador de color (1966). Todo por obra de Auerbach, el verdadero creador del mito celtic, autor de sentencias igual de inolvidables. "Yo siempre buscaba chicos con buen carácter y procedentes de un buen programa. Para mí, como si llevaba falda escocesa", reivindicó tras elegir a Chuck Cooper en 1950, dos meses después de llegar al cargo.
Bill Russell y Auerbach, en una foto de archivo.AP
Con Red y Bill juntos se creó una de las mayores dinastías del deporte en EEUU, con 11 títulos de 1957 a 1959. "Auerbach, como Santiago Bernabéu en el Madrid, fue el eje de todo. Él tiene una idiosincrasia muy particular: veía lo que otros no. Tenía un concepto y un ojo para jugadores muy marcado. Y luego iba renovando. Cuando se retira Bob Cousy, vienen Sam y KC Jones. Nunca perdía calidad en el equipo. Y el gran mérito es que sólo había 12 equipos, todo agrupado, con jugadorazos en todas las plantillas. Jerry West, Oscar Robertson, Will Chamberlain... Quedar tantas veces campeón así es una proeza", reflexiona el periodista Antonio Rodríguez, autor del libro 'La leyenda verde', todo un experto en la mitología Celtic.
Que incluye nombres propios que pueblan el cielo del actual TD Garden, que sigue conservando partes del parquet de madera de roble procedente de los bosques de Tennessee del original, reutilizadas tras haber sido barracones de la segunda guerra mundial. Bob Cousy, John Havlicek, Tom Heinsohn, KC Jones, Dave Cowens y después Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish y la rivalidad con los Lakers elevada hacia cimas que relanzarían (junto a un tal Jordan a continuación) la NBA hasta lo que es hoy en día... También episodios malditos, como las trágicas muertes de Len Bias (por sobredosis, horas después de que los verdes lo eligieran como número uno del draft) y Reggie Lewis (un paro cardíaco súbito en un entrenamiento) y la travesía en el desierto de 22 años hasta volver a ser campeones con Garnett, Allen o Paul Pierce.
"Los 80 fue otra época dorada. Larry Bird fue elegido en el draft un año antes de que pudiera jugar en la NBA. Auerbach sabía que iba a ser icónico. Y le rodeó con tipos que quizá nunca hubieran sido estrellas. McHale, Danny Ainge, que estaba entre el béisbol y el baloncesto, Parish... Un equipazo. Las muertes de Len Bias y Reggie Lewis impidieron que hubieran conseguido mucho más en los 90", admite Rodríguez.
Las cosas siguen igual en Boston, una ciudad donde "la religión era el hockey hielo, con los Bruins", donde las tradiciones se respetan como en ningún otro sitio. El mismo escudo con el Shamrock irlandés, la misma camiseta, el mismo logotipo con el Leprechaun, ese duende de la mitología gaélica que diseñó Zangfeld, el hermano de Auerbach. Pero desde aquel 2008 hasta ahora han pasado un buen puñado de años y de expectativas. Hasta dos anillos de los Lakers, incluido el de las Finales de 2010. Y la enésima reinvención y de decisiones de las que marcan el porvenir. Esta vez, con dos pilares elegidos consecutivamente en el tercer puesto de los draft de 2016 y 2017. Y de los refuerzos que han hecho insuperables a los del religioso Joe Mazzulla (su nombre ya junto a los de Auerbach, Russell, Heinhson y Doc Rivers), especialmente el de Jrue Holiday (Porzingis se perdió demasiados partidos por lesión) llegado desde el que parecía su principal rival en el Este, los Bucks. Todo por obra en los despachos de Brad Stevens, otro que pasó del banquillo a la gerencia con decisiones trascendentales.
Jaylen Brown, tras conquistar el anillo y el MVP.ELSAGetty Images via AFP
Ahora, el heredero del Celtic Pride es Tatum, cinco veces All Star, oro olímpico en Tokio (también estará en París). Un chico de 26 años formado en Duke, profundamente admirador de Kobe Bryant y que no se ha perdido ninguno de los 130 partidos que los Celtics han disputado en playoffs desde la temporada 2016-2017. Y la pareja que forma con Brown, el escudero perfecto que ha logrado un merecido MVP tras unos playoffs pletóricos.
Tuerce el gesto Scariolo ante el 'back to back' que "todos odiamos", ante el inclemente calendario una vez más, dos partidos en 24 horas en este Preolímpico que no deja de ser un enredo a pesar de la paliza inicial contra Líbano. Se lesiona Juancho en el aductor, la Fonteta no luce llena, amenaza Bahamas en el horizonte... Inconvenientes de la nueva realidad que no frenan la ilusión de España por estar en los Juegos de París. Para eso, el siguiente obstáculo es Angola este miércoles (20.30 h., Teledeporte).
A la selección le aguarda el segundo round hacia París, otro escalón, un rival bastante más peligroso. Por las armas con las que cuenta -entre ellos el pívot NBA Bruno Fernando o Jilson Bango, una de las sensaciones de la Bundesliga, recién fichado por el Casademont Zaragoza- y también por los fantasmas que despierta su recuerdo. No hay ningún episodio más sonrojante en la historia de la selección que el 'angolazo'.
Ocurrió hace estos días 32 años, cuando Angola no sólo expulsó a España de los Juegos de Barcelona en el Olímpico de Badalona, sino que lo hizo humillando a los de Antonio Díaz Miguel (63-83) en su Waterloo particular. Los chicos que ahora dirige el español Pep Clarós poco tienen que ver deportivamente con aquella selección que dominaba África (siete Afrobasket consecutivos entonces), pero los vínculos están latentes. Silvio de Sousa es el hijo de aquel ogro llamando Jean Jacques Conceiçao que destrozó a Herreros, Epi, Orenga, Jiménez o Villacampa -curiosamente en aquel equipo también estaba Santi Aldama, padre del ala-pívot de los Grizzlies- y que quedó para siempre en la memoria colectiva del baloncesto nacional como un lugar al que no volver jamás.
Aníbal Moreira, en La Fonteta.EL MUNDO
Su entonces compañero Anibal Moreira, otro de los héroes, es el segundo entrenador, que recuerda para EL MUNDO una noche inolvidable. "Yo estaba allí. Fue algo totalmente inesperado ganar a España en esas alturas, en ese escenario. Algo increíble, un orgullo para nosotros. Pero es una historia del pasado. España después fue campeona del Mundo, plata olímpica. Nosotros somos conscientes de eso", cuenta el técnico desde la grada de La Fonteta. Cómo olvidar las ovaciones del público local a los pases rivales o la tormenta que desataron en una España que, seis días después, en la lucha por el noveno puesto, les derrotó en una batalla llena de incidentes. "No merezco una despedida así. Nos han dado un baño", protestó Epi.
"Los chicos saben aquella historia. Aquí está el hijo de Conceiçao. Están bien informados sobre eso. Y tienen la ilusión de que todo es posible", sigue Moreira, que metió 12 puntos aquel día -España, llena de problemas y polémicas, había perdido también contra el Dream Team, la Alemania de Detlef Schrempf y la Croacia de Petrovic, Kukoc, Radja...- que habla del día más importante de la historia del baloncesto en su país junto "a los títulos que logramos en África o la presencia en los Juegos".
"Angola es un equipo atípico, por su extraordinaria prestancia atlética", alerta Scariolo. "El equipo está bien, hicimos una buena preparación. Sabemos que va a ser muy difícil, porque España es un equipo superior a nosotros. Pero tenemos nuestras esperanzas, sabiendo que somos un equipo joven con poca experiencia. Vamos a dar nuestro máximo y a jugar lo mejor posible", reflexiona el ayudante de Clarós, que también tiene en mente su enfrentamiento del jueves contra Líbano para disputar las semifinales del Preolímpico.
La tarea pendiente lo sigue siendo para el Real Madrid, incapaz no sólo de ganar fuera de casa en lo que va de temporada, también de ser él mismo. Lejos del WiZink, la pesadilla. No lo logró tampoco en el Pireo, plaza áspera, donde no fue capaz de confirmar su aparente progresión de los últimos tiempos, sus cuatro victorias de carrerilla, arruinado de nuevo en la recta de meta por el Olympiacos. [79-69: Narración y estadísticas]
Fueron McKissic y Vezenkov los únicos que supieron avanzar en el lodazal, un duelo sin alharacas, pura espesura de tanto que se conocen, los dos grandes protagonistas del baloncesto continental en los últimos años. Decisivos ambos, como antes lo fue Walkup, para asestar la quinta derrota en la carretera a este Madrid de tantas dudas, fallón, permisivo de más en el rebote ofensivo (hasta 15 para los de Bartzokas), con una rotación acortada y sin noticias de Dzanan Musa. Y completamente derretido en la hora de la verdad.
Ahí, todos desaparecieron. Hezonja intentó agarrar la responsabilidad, pero tantas veces su baloncesto es precipitado. Todo lo contrario que McKissic y Vezenkov. Un demoledor parcial de 31-12 puso fin a cualquier opción de triunfo visitante.
Había sido una primera parte extraña, con más dinamismo y tiros liberados que aciertos, como si los aros se empeñaran en no acompañar el talento de los protagonistas. Chus Mateo sorprendió con Ibaka de inicio, para forzar con sus lanzamientos abiertos al gigante Fall. Y el ex NBA sumó ocho puntos rápido, aunque ya no volvió a la batalla (Rathan Mayes ni jugó). Pero fue la segunda falta de Campazzo lo que marcó ese amanecer, pues le mandó rápido al banco para no volver, al jugador que más influye en el juego blanco sin duda.
Hezonja y Peters, durante el partido en Atenas.Georgia PanagopoulouEFE
El Madrid fluyó bien sin el Facu e incluso llegó a sentirse cómodo por momentos en el infierno heleno, con Eli Ndiaye aportando su energía desde el banquillo. Sólo Vezenkov plantaba cara enfrente. Pero un 0-9 de parcial llevó a los del Pireo al descanso con ventaja.
A la vuelta, un genial pase por la espalda de Campazzo rompió la rutina del intercambio. Deck aprovechaba sin hacer ruido cada oportunidad para sumar y Hezonja, en uno de sus arreones a los que tantas veces falta continuidad, volvió a estirar la ventaja blanca (un triple más un robo culminado en mate para el 46-55, la máxima).
Desde ahí ya fue todo mal para el Madrid. Y se repitió el guion. Cuanto más en el abismo se veía Olympiacos, más estruendosa era su reacción. El rebote ofensivo le concedía, además, demasiadas oportunidades de redención. McKissic, con su electricidad, encendió la Paz y la Amistad, que vibró con un parcial de 12-0 justo antes de entrar en el momento de la verdad.