Cuando Sergio García era un niño de verdad -pecoso, desafiante y divertido- apuraba los fines de semana en el Club de Campo Mediterráneo, en Castellón, ganando coca-colas a los socios en el putting green. Por allí pululaba desde el amanecer hasta el último rayo de sol mientras su madre, Consuelo García, atendía la tienda del club y su padre, Víctor García, impartía clases de golf. Entonces le llamaban coloquialmente McEnroe, por los rizos, las pecas y un espíritu competitivo tan indómito como el del tenista que acabaría confesando haber roto cerca de 300 raquetas a lo largo de su carrera.
Sergio lleva instalado en la élite del golf mundial desde 1999, cuando plantó cara a Tiger Woods y el mundo se enamoró de un chico de 19 años, rebosante de desparpajo, al que bautizaron como El Niño. Desde entonces acumula cerca de 40 victorias profesionales en todos los continentes, ganó el Masters de 2017 y es el jugador con más puntos en la historia de la Ryder Cup. A sus 46 años, asentado como capitán de los Fireballs en el LIV Golf, García acapara hoy más portadas por sus recurrentes ataques de ira que por sus éxitos sobre los campos.
El Masters de 2026 ha sido el último capítulo de una historia que parecía escrita de antemano. Desde el primer día se intuía que algo terminaría sucediendo. El sábado, tras un mal drive, se enzarzó con unos arbustos en la salida del hoyo nueve, golpeando con furia el driver contra el suelo sin lograr su propósito. Durante la ronda final del domingo aprovechó una mala salida en el hoyo dos para destrozar primero una de las marcas de salida y, segundos después, partir su propio palo contra una de las neveras de bebidas situadas en el tee. La imagen se viralizó en cuestión de segundos. “Obviamente no estoy muy orgulloso de ello, pero a veces sucede”, se justificó.
La respuesta ante la prensa estadounidense que aguardaba a García tras completar los 18 hoyos no ayudó, sino que echó gasolina al incendio. Su actitud, calificada por muchos como altiva y prepotente, encendió aún más los ánimos.
En el propio campo, tras el incidente, Geoff Yang, presidente del Comité de Competición del Masters, se acercó para advertir al español por su comportamiento en el tee del hoyo 4. “No te lo voy a decir”, respondió Yang cuando otro periodista le preguntó por el contenido de la conversación. “Siguiente pregunta, gracias”, zanjó ante un nuevo intento. Ni disculpa ni atisbo de autocrítica.
El problema es que no se trata de un hecho aislado. García es reincidente y ha demostrado a lo largo de su carrera una incapacidad persistente para controlar la ira en el campo de golf. En su primer año en Wentworth, en 1999, ya acaparó titulares tras lanzar un zapato al público; en 2007 escupió dentro de un hoyo; ha roto putters y drivers, los ha arrojado a lagos -como sucedió en 2012 en Tailandia- o los ha enterrado en arbustos; se ha encarado con el público y en 2019 fue incluso descalificado en Arabia Saudí tras dañar hasta cinco greenes. “Como fruto de la frustración he dañado un par de greenes y pido disculpas por ello”, llegó a escribir entonces en un comunicado.
A lo largo de su carrera se ha ensañado con micrófonos ambientales, marcas de salida, bunkers y todo lo que se cruzara en su camino. Una actitud difícilmente justificable en un profesional que aspira a ser referente para futuras generaciones. En Estados Unidos, parte de la prensa reclama hoy un castigo más ejemplar para El Niño, que a sus 46 años debería haber dejado de serlo, aunque sus actos sigan diciendo lo contrario.







