El contraste era extremo entre las dos grandes favoritas al oro en los 800 metros. Entre Keely Hodgkinson, la viva imagen de la rubia Albión, y Mary Moraa, surgida de las profundidades oscuras de la fértil Kenia. Entre el estilo grácil de una y el enérgico de la otra. Dos mediofondistas formidables. Fiel a su costumbre, a su táctica, Hodgkinson tomó en el acto la cabeza de la carrera. Moraa, a su lado. A su lado, no detrás. Corrió de ese modo, al
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El Estadio Municipal Natalia Rodríguez de Tarragona acoge desde este viernes hasta el domingo el Campeonato de España de Atletismo, en una temporada presidida por el tardío Campeonato del Mundo de Tokio, del 13 al 21 de septiembre. El campeonato español sirve de trampolín y filtro para el gran acontecimiento. El campeón obtiene el billete directo, siempre que posea la marca mínima establecida por la Federación Internacional, muy exigente, o de la Española, menos dura pero sujeta también a otros severos condicionantes.
Reaparece Jordan Díaz, el campeón olímpico de triple salto, después de 359 días sin pisar las pistas (desde la final olímpica, el 9 de agosto del pasado año). Problemas en el tendón rotuliano de la rodilla derecha, tratada con plasma rico en plaquetas, le han impedido saltar durante tantos meses. Recibió el alta médica hace unos pocos días. Su regreso es, aparte de un atractivo (según se mire, el mayor del Campeonato), una incógnita en la final directa del domingo, a las 20.20 horas.
Teóricamente, incluso en mediana condición, no debe tener rival. Pero un año en blanco del mejor de los atletas en cualquier especialidad puede desbaratar todos los pronósticos. Mucho más si no se ha debido a un mero descanso, sino a una pelea contra unas molestias recurrentes, por no decir crónicas. La recuperación de Jordan Díaz es un objetivo estratégico del atletismo español, amén de un regalo para el universal. No en vano es el principal candidato para romper el férreo récord del mundo de Jonathan Edwards: 18,29 desde el 7 de agosto de 1995. Díaz lidera el ránking histórico español con 18,18 desde junio del pasado año, en el Campeonato de Europa de Roma.
Retorna también María Vicente en el heptatlón de hoy y el domingo. Muy maltratada por las lesiones, en ella tiene España una firme candidata al estrellato internacional en las pruebas combinadas. Reclaman obligada atención Thierry Ndikumwenayo (5.000, hoy a las 21.40) y Jaël Bestué (200 metros, domingo a las 20.35) .
Sevilla, a por el récord de Myers
No todas las pruebas tienen favoritos tan claros y, por así decirlo, en soledad. Los 400 femeninos (este sábado) reúnen a Paula Sevilla, Blanca Hervás, Carmen Avilés y Eva Santidrián. Paula, con una plusmarca personal de 50.70 está al borde de bajar de los 50 segundos y amenazar el récord de Sandra Myers de 49.67, que tiene ya 34 años.
Los 800 femeninos y masculinos, ese mediofondo tradicionalmente tan agradecido con los españoles, se anuncian apasionantes en las finales dominicales de, respectivamente, las 20.45 y 20.55, con Rocío Arroyo, Lorea Ibarzabal, Mohamed Attaoui, Mariano, La Moto, García, Elvin Josué Canales... Hay siete hombres con mínima para Tokio y sólo caben tres en el avión.
Marta Mitjans tiene 18 años y ya ha bajado de los dos minutos en esos 800 (1:59.88). Pero ha priorizado competir en el Europeo sub-20 de la próxima semana. Otra joven ha aflorado súbitamente: Rocío Arroyo, 22 años cumplidos en julio, madrileña de Alcalá de Henares, subcampeona de Europa Sub-23 con 1:59.18, tercera marca española de todos los tiempos, sólo por detrás de Mayte Zúñiga y Maite Martínez. Hasta esta temporada no había corrido los 800.
Las mujeres del 1.500 (Esther Guerrero, Águeda Marqués, Marta Pérez...) se jugarán el título en la matinal del domingo, a las 12:35. Guerrero acaba de batir el récord de España de la milla. Atraen los 1.500 masculinos con Adrián Ben, Nacho Fontes, Carlos Saez y Pol Oriach (domingo a las 12.45). Duelo en los 110 vallas entre Quique Llopis y Asier Martínez (domingo a las 21:25), con la intromisión de Abel Jordán y Daniel Cisneros.
Hubiéramos deseado una última, real y simbólica, victoria de Nadal en su apoteósica y merecida despedida sentimental. Pero ya era imposible, incluso frente a jugadores sepultados en las profundidades del ránking. Su adiós, postergado en exceso entre la tristeza, la comprensión y la gratitud de un país entero, suscita de nuevo una reflexión acerca de los deportistas que no se retiran «a tiempo».
El deportista muere dos veces. Y la primera ocurre cuando se retira (o le retiran). Se trata de una muerte biológicamente provisional, pero profesionalmente definitiva. Y el afectado no la acepta porque abre un abismo bajo sus pies. Así que, con frecuencia, y aunque, como en el caso de Nadal, haya proyectado un futuro confortable, experimenta una especie de horror vacui. No es raro. Después de todo, el deporte es la única actividad en la que la jubilación se produce en la juventud. El deportista tiene todavía por delante, en un territorio desconocido, amenazante por ignoto o incierto, incluso por extenso, la mayor parte de su existencia física. Le entra miedo, vértigo, inseguridad y trata de demorar el momento del adiós.
Autoengañándose acerca de sus, todavía, capacidades, o estirándolas con más o menos dignidad, permanece en activo, con frecuencia en un ámbito individual o, sobre todo, colectivo distinto e inferior del de sus mejores días. No lo hace por dinero, o sólo por eso, sino por mantener una ficción de permanencia.
Un tiempo innecesario
El caso de los futbolistas es paradigmático: Pelé, Cruyff, Beckenbauer, Maradona, Michel, Hugo Sánchez, Guardiola, Iniesta y un interminable etcétera alargaron impropia e innecesariamente sus carreras. Hoy siguen en activo Cristiano, Messi, Luis Suárez, Busquets, Alba y otro largo etcétera. Pero el fútbol sabe que este tiempo les sobra. No son Zidane, Kroos o como Rijkaard, que, en la celebración en el vestuario, después de ganar con el Ajax la Champions de 1995, anunció que ese había sido su último partido. O, cambiando de deporte, como Alberto Contador, que dio sus últimas y crepusculares pedaladas ganando en el Angliru.
No se retiraron a tiempo, entre nosotros, Alfredo Di Stéfano, Severiano Ballesteros e incluso un Alejandro Valverde en su longevidad digna... Ni, volviendo al tenis y al exterior, el mismo Federer. Y quizás Djokovic debe pensar en parar, ahora que está «a tiempo» de mantener su mejor recuerdo. Tampoco Serena Williams se fue cuando debía. Ni Usain Bolt. Existen «retirados en activo», valga la paradoja. Oficialmente aún en la brecha, pero en la práctica fuera de foco, Sergio Ramos o Mireia Belmonte siguen erróneamente la senda de Nadal.
Bolt, en los Juegos de Río 2016.AP
Si un bel morir tutta una vita onora, un mal morir, metafóricamente hablando, no estropea un pasado merecedor de elogio y agradecimiento. Tampoco hace añicos una imagen que se reconoce irrompible. Pero sin borrarla en absoluto, la empañe un tanto por ser la última. Saber retirarse oportunamente, es, no sólo en el deporte, una virtud casi teologal, incompatible a menudo con la ciega y sorda naturaleza humana.
En el lado opuesto de quienes se resisten en vano a los odiosos imperativos de Cronos figuran quienes se retiran «a tiempo» por el procedimiento de hacerlo «antes de tiempo». A «destiempo», en suma. Son sobre todo nadadores, debido a la precocidad de su deporte con relación a otros. La australiana Shane Gould (Gold), que este 23 de noviembre cumplirá 68 años, tuvo en 1972 todos los récords en todas las distancias del estilo libre. Insólito. Apabullante. En los Juegos de Múnich se llevó tres oros, una plata y un bronce. Y le «faltó tiempo» para retirarse. Tenía 16 años. En los mismos Juegos, Mark Spitz conquistó siete oros estableciendo siete récords del mundo. Y se despidió de las piscinas a los 22 años. Le quitó «tiempo al tiempo».