Ya es oficial. El Real Madrid ha anunciado este jueves el fichaje para las tres próximas temporadas, hasta el 30 de junio de 2029, del técnico portugués José Mourinho como entrenador del primer equipo de fútbol en sustitución de Álvaro Arbeloa, y se incorporará al club el próximo 13 de julio.
“La Junta Directiva del Real Madrid CF, reunida hoy jueves 11 de junio y presidida por Florentino Pérez, ha acordado nombrar a José Mourinho entrenador del primer equipo las tres próximas temporadas, hasta el 30 de junio de 2029”, señala el club en su web.
José Mourinho se incorporará al Real Madrid el próximo 13 de julio, día que dará comienzo la pretemporada, agrega.
Mourinho, de 63 años y que sustituye en el cargo a Álvaro Arbeloa, regresa de esta manera al Real Madrid, al que ya entrenó tres temporadas entre la 2010-2011 y la 2012-2013.
La primera gran promesa electoral de Florentino Pérez en las elecciones del domingo, en las que superó a Enrique Riquelme, regresa a la dirección del conjunto madridista con la misión de devolver al equipo al rumbo adecuado tras dos años de decepciones.
Para contratar a Mourinho el Real Madrid debe abonar al Benfica los 15 millones de euros de cláusula de rescisión para su fichaje, algo que ya confirmó el club lisboeta.
José Mourinho tiene trabajo intenso por delante tanto en el aspecto de confección de la plantilla como de planificación de pretemporada y el cierre de amistosos.
El fichaje ya lo adelantó este mismo martes el Benfica al anunciar a la Comisión del Mercado de Valores portugués de la intención del Real Madrid de abonar los 15 millones de la cláusula de rescisión de Mourinho con el club lisboeta, que además informó de la contratación de sustituto: Marco Silva.
Tribunales
GERMÁN GONZÁLEZ
Barcelona
Actualizado Martes,
9
mayo
2023
-
18:33Ver 20 comentariosRemarcan que existe riesgo de fuga del jugador ya que tiene...
La madre de uno de los miembros del equipo compró tela, nos los cosió y nosotros pusimos encima unas pegatinas que nos dio la Federación Española. Pero no teníamos uniforme ni nada, íbamos por las estaciones con ropa de calle.
¿Y los cascos?
Utilizábamos unos cascos de moto que el entrenador sacó de la BMW y nos regaló. No eran homologados, nunca lo fueron.
¿Y el bobsleigh?
El equipo austriaco nos alquilaba uno que tenían viejo, que llevaba sin utilizar más de una década. Como ya no era reglamentario le tuvimos que hacer arreglos como soldarle unos bloques de plomo.
España sólo ha participado en bobsleigh en los Juegos Olímpicos de invierno en dos ocasiones. En Cortina d’Ampezzo 1956 se quedó cerca de ganar una medalla con el Marqués de Portago como líder y mecenas y en Grenoble 1968 se presentaron varios equipos a propuesta de Juan Antonio Samaranch. Pero estuvo clasificada una tercera vez y nadie la recuerda. Un conjunto de seis chavales enviados a un colegio mayor de Austria a aprender cómo era aquello de tirarse montaña abajo con un trineo consiguió un billete para Albertville 1992 y justo después se separó, fue eliminado, se evaropó. Hace cinco años ‘La Vanguardia’ recuperó la historia del llamado ‘equipo invisible’, cuyos miembros conversan ahora con EL MUNDO después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina.
"Fue una iniciativa que salió de los estudios de INEF de varias ciudades de España. Algunos que habían participado en los Juegos Olímpicos décadas atrás organizaron un casting, nos hicieron pruebas y montaron un equipo. Yo no estudiaba INEF, hacía Derecho, pero venía del atletismo y quedé segundo", recuerda Joan Manel Esclasans, uno de los protagonistas de la versión española de la película ‘Elegidos para el triunfo’, que relata los éxitos de Jamaica con el bobsleigh. "¡Aquellos jamaicanos eran amigos nuestros! Nosotros éramos unos desgraciados y caíamos bien a todo el mundo. Ellos tenían muchos más medios", apunta Esclasans, hoy de 56 años, informático, sobre aquel año de locura en su juventud. Junto a él se apuntaron Xavi Núñez, que venía de jugar al fútbol americano en los ya desaparecidos Diesel Eagles de Vilafranca o Luis Lisazo, que era subcampeón de España de lanzamiento de disco.
Una paella en Mónaco
"La Federación Española aceptó el proyecto, pero luego se sorprendió del éxito y nunca llegó a apostar. Se tomaba el bobsleigh a cachondeo. Nos enviaron a Innsbruck a entrenar y sólo nos cubrían alojamiento y manutención. Para el resto teníamos que usar el dinero de la beca ADO, que eran unas 75.000 pesetas -unos 450 euros-, o pedir ayuda a nuestras familias. Era todo muy precario. Teníamos un entrenador que venía con nosotros de vez en cuando, pero ni preparador físico, ni fisioterapeuta, ni médico, ni nada. De hecho si nos hacíamos daño nos atendían los médicos del equipo soviético porque teníamos buena relación con ellos", cuenta Esclasans.
En su palmarés, hasta siete participaciones en la Copa del Mundo de 1991 en lugares como Cortina d’Ampezzo o La Plagne y el Preolímpico previo a Albertville 1992, donde superaron el proyecto de Mónaco con su príncipe Alberto como uno de sus integrantes. "También teníamos buena relación con él. Nos invitó en verano a una competición de salidas que hacía en el Principado y le preparamos una paella", recuerda el miembro del bobsleigh que pasó de la gloria a la desaparición en un instante.
¿Qué ocurrió?
No se esperaban que nos clasificáramos para unos Juegos Olímpicos y no querían gastarse el dinero que tocaba. Nos dijeron que no nos iban a inscribir, que el presupuesto se lo llevaba Blanca Fernández Ochoa -bronce en esquí alpino en aquella edición- y nos enviaron para casa sin más.
¿Qué hicieron?
Nos sentimos engañados, nos tomaron el pelo. Yo había dejado Derecho, por ejemplo. Estuvimos más de un año fuera de casa y no sirvió para nada. Éramos muy jóvenes, teníamos muchas ganas y nos lo tomábamos muy en serio. Íbamos a ver cómo entrenaban los austriacos y les copiábamos en todo, estábamos ocho o nueve horas en el hielo. Con otros gestores hubiera sido un proyecto bonito.
¿Mantienen la relación?
La verdad es que no. Cada uno hizo su vida y ya está. Estaría bien reencontrarnos algún día.
«¿Sabes qué? Cuando me preguntan qué sentí en pleno vuelo no sé qué decir. Estaba superconcentrado. Tenía tantas cosas que hacer a la perfección, estaba preocupado por tantos detalles... Todo tenía que salir bien. Cuando aterricé, ya lo disfruté, sentí una explosión de felicidad. Estaba agotado, pero entonces festejé».
El pasado 22 de marzo, en el centro de paracaidismo de West Tennessee, en Estados Unidos, el chileno Sebastián Álvarez se subió a un avión de hélices, ascendió a 12.670 metros de altitud y decidió saltar sin paracaídas. ¿Quería matarse? Todo lo contrario. Era el culmen de su carrera en el aire, la celebración de toda una vida. Álvarez batió todos los récords de los vuelos con los peligrosísimos trajes de alas: alcanzó una velocidad máxima de 550 km/h, recorrió 53,45 kilómetros -una distancia similar a la que separa Madrid de Guadalajara- y planeó durante poco más de 11 minutos. Cualquier plusmarca anterior no tiene comparación. En lugar de volar desde un lugar elevado, como había hecho tantísimas veces en el Montblanc o en el edificio Burj Khalifa de Dubai, decidió hacerlo desde más allá de las nubes, más alto que cualquier avión comercial.
¿Qué fue lo más difícil?
En el vuelo lo más difícil fue mantenerme rígido para coger más velocidad y planear más tiempo. Digamos que tenía que ser como la ala de un avión, tan duro como el metal. Con tanta velocidad debía hacer la máxima fuerza posible, tensar mi cuerpo al máximo y mantener eso durante 11 minutos supuso un desgaste supergrande. Aunque creo que la mayor dificultad del salto estaba en la logística, en la tecnología, en la preparación.
Por la altitud inicial, Álvarez, de 39 años, al que apodan Ardilla, tenía que enfrentarse a dos obstáculos que parecían insuperables: las bajísimas temperaturas y la falta de oxígeno. «El tema del oxígeno fue el que nos llevó más tiempo», reconoce el especialista en conversación con EL MUNDO desde Múnich, donde estos días participa en varios actos de la marca que le patrocina, Red Bull.
El frío como obstáculo
A tantísima altitud corría el riesgo de perder la conciencia antes de llegar al primer minuto de vuelo, necesitaba una botella de oxígeno, pero el peso le jugaba en contra. Al final lograron adaptar un arnés para llevar una ampolla en el pecho, aunque eso le obligó a adelgazar cuatro kilos. «Luego nos dimos cuenta que a estas temperaturas la válvula de exhalación de la máscara se congelaba así que diseñamos un casco especial para cubrirla», recuerda quien también utilizó como abrigo un sistema de capas calefactadas eléctricamente que le permitió soportar un frío de hasta -70 grados.
¿Y en el aire había diferencia al ir a 200, a 300, a 400 o a 550 kilómetros por hora?
No exactamente. Yo llevaba un audífono con GPS, una cajita chiquitita, que me iba diciendo la velocidad y la distancia recorrida. Por eso sabía que iba acelerando, pero es verdad que físicamente no sentía ningún cambio a partir de cierta velocidad, de los 300 a los 550 km/h.
Cuenta Álvarez que la preparación le llevó dos años por los desafíos que le presentaba el material, pero también por la necesidad de saberse preparado. Durante horas practicó en el túnel del viento que hay en el aeropuerto de Bromma, en Estocolmo, y siguió un programa de fuerza específico centrado en la espalda, el pecho, los hombros y los brazos. «Aunque en realidad creo que la parte más importante del entrenamiento fueron los muchos años que llevo practicando con el traje de alas y los más de 1.050 saltos que ya había completado en mi vida», apunta.
Su salto en Montserrat
«Mi profesión es piloto militar, estuve años en las Fuerzas Aéreas de Chile. En mi formación para volar aviones y helicópteros, me enseñaron a saltar en paracaídas y me encantó. Durante muchos años estuve dedicándome al paracaidismo hasta que probé el wingsuit hace 15 años en el centro Lodi, en California, que entonces era uno de los mejores lugares del mundo. Desde entonces no he parado. La tecnología ha mejorado mucho y cada vez es más seguro».
Antes de su vuelo de todos los récords hace unas semanas, Álvarez ya había completado saltos muy recordados como cuando se mantuvo un paralelo al lado de una avioneta, llegando a tocarla, sobrevolando Montserrat. Según cuenta, el Skydive Empuriabrava, en la Costa Brava, es uno de los mejores lugares para practicar el paracaidismo en Europa. «Me encanta España y me encanta conocer el mundo desde el aire, aunque en los últimos años ya me pesan tantos viajes. Para mí es el lado malo de dedicarme al paracaidismo. Estoy en constante movimiento por el mundo, es sacrificado», finaliza Álvarez.