Cuando Thomas Tuchel cogió las riendas de Inglaterra percibió que necesitaba un líder efectivo en ese vestuario, un hombre que diera el último grito, que nunca bajara los brazos, que manejara los egos de sus compañeros -algunos insoportables- y que detectara cuándo algo estaba empezando a romperse en el grupo. Esa persona no era el capitán Harry Kane, faro en el campo pero sin la capacidad asertiva que el alemán necesitaba en su proyecto cuando, como ha ocurrido en este Mundial, tomase decisiones controvertidas con impacto en el grupo.
Ese hombre era Declan Rice. El jugador del Arsenal se ha convertido en segundo capitán de los Three Lions para hacer una tarea que no le es extraña. La viene desarrollando desde que jugaba en el colegio. «Ni siquiera necesita llevar brazalete. Cuando habla, le escuchan», admite su entrenador Mikel Arteta. Y eso que en el Arsenal lleva solo tres temporadas, pero ese liderazgo también es una de las razones por las que pagaron 120 millones de euros por él, convirtiéndole en el traspaso de un inglés más caro de la Premier.
Unos meses antes, en mayo, cuando faltaban dos días para que el West Ham arrancara la eliminatoria de semifinales ante el AZ Alkmaar que les llevaría a pelear por el título de la Conference League, en el Soho House de Londres, un club privado para creadores y ejecutivos, Rice fue invitado a dar una charla sobre liderazgo efectivo ante un auditorio totalmente ajeno al fútbol. Las noticias sobre su capacidad para dirigir las emociones de un grupo habían trascendido al césped y las paredes de un vestuario. Incluso su resiliencia para soportar críticas tan dolorosas como las que recibió por el físico de su mujer.
«Nada está decidido»
Rice se sobrepuso a eso, como a que el Chelsea, el club al que animaba toda su familia, lo expulsara de su academia porque no dio el estirón cuando se esperaba. Se refugió en el West Ham, donde desarrolló la capacidad de detectar cuándo sus compañeros pasaban por un mal momento y avisaba de ello a los entrenadores. Por eso, con 23 años, ya era el primer capitán. En el Arsenal, pese a que el brazalete lo lleva Martin Odegaard, sigue cumpliendo la misma misión. Cuando los gunners cayeron derrotados contra el City, y parecía que la Premier se escapaba, trascendió una frase que impulsó al vestuario: «Nada está decidido». Y no lo estuvo. El Arsenal acabó proclamándose campeón y jugando la final de la Champions contra el PSG.
El hombre que bromeaba cuando, la pasada semana, se quemó la cara por los entrenamientos bajo el sol de Florida – «mi madre me ha regañado por no ponerme crema», confesó-, se convirtió en superestrella con su doblete ante el Real Madrid. Su cotización se disparó y hoy tiene 10 patrocinadores que van desde la moda y la cosmética, como Burberry y L’Oréal, al arroz Müller, en guiño fácil con su apellido.
A pesar de que, hasta 2019, jugó con las inferiores de Irlanda -y tres amistosos con la absoluta-, Tuchel necesita ampararse en él. La convocatoria del alemán, dejando fuera a jugadores como Cole Palmer, Phil Foden, Harry Maguire o Trent Alexander-Arnold, despertó recelos y está observado con lupa. Por eso necesita el pegamento emocional que le puede dar Rice.
Rice, durante la vuelta de semifinales de la Champions ante el Atlético.
A Inglaterra, que ha vivido en estas semanas previas al Mundial un terremoto en Florida, un tornado en Kansas y ha visto cómo le robaban parte de su material, le toca un arranque complicado en el torneo. Hasta ha tenido un lesionado que se volverá a casa. Tuchel ha llamado de urgencia a Trevoh Chalobah tras la lesión en el gemelo de Tino Livramento que sufrió en la sesión del domingo por la tarde. Es posible que al lateral del Chelsea no llegue a tiempo ni siquiera para presenciar el primer partido en la grada.
En Dallas le espera Croacia, con Luka Modric a la cabeza, en el partido que puede acabar decidiendo quién lidera el grupo L, que conforman con Ghana y Panamá. Además, será una de las selecciones que, por kilómetros, temperatura y cambios de actitud, más se desgaste en esta fase de grupos.







