La estadounidense Lindsey Vonn, que el domingo sufrió una dura caída en el descenso de esquí alpino de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina 2026, desveló que sufre una fractura múltiple de tibia que requerirá más operaciones aparte de la ya efectuada y que su lesión en el ligamento cruzado de la rodilla izquierda no tuvo nada que ver en su trágica despedida.
"Ayer mi sueño olímpico no terminó como había soñado. No fue un final de cuento de hadas, solo fue la vida. Me atreví a soñar y trabajé muy duro para lograrlo. Porque en el esquí alpino la diferencia entre una línea estratégica y una lesión catastrófica puede ser tan pequeña como 12 centímetros", comentó en una publicación en su Instagram.
Vonn, que compitió a sus 41 años pese a tener la rodilla derecha de titanio y haber sufrido una rotura del ligamento cruzado anterior de la izquierda en el descenso de la Copa del Mundo de Crans Montana (Suiza) la semana pasada, sufrió un aparatoso percance a los 13 segundos de esta cita olímpica.
"Simplemente me quedé 12 centímetros demasiado cerca de la línea cuando mi brazo derecho se enganchó en el interior de la puerta, lo que me hizo girar y causó la caída. Mi ligamento cruzado anterior y mis lesiones anteriores no tuvieron nada que ver con mi caída", aclaró.
"Desgraciadamente, sufrí una fractura compleja de tibia que actualmente está estable, pero que requerirá múltiples operaciones para curarse correctamente", desveló.
La esquiadora de St. Paul (Minesota), que cuenta 84 victorias en la Copa del Mundo, 45 de ellas en descenso, no se arrepiente de su decisión.
"Aunque ayer no terminó como esperaba, y a pesar del intenso dolor físico que me causó, no me arrepiento. Estar ayer en la puerta de salida fue una sensación increíble que nunca olvidaré. Saber que estaba allí con la oportunidad de ganar fue una victoria en sí misma. También sabía que competir era un riesgo. Siempre ha sido y siempre será un deporte increíblemente peligroso", comentó.
"Y al igual que en las carreras de esquí, en la vida también asumimos riesgos. Soñamos. Amamos. Saltamos. Y a veces caemos. A veces nos rompen el corazón. A veces no logramos los sueños que sabemos que podríamos haber tenido. Pero esa es también la belleza de la vida: podemos intentarlo. Lo intenté. Soñé. Salté", añadió.
La Premio Princesa de Asturias de los Deportes en 2019, dueña de 11 medallas en grandes eventos, incluido un oro olímpico en Vancouver (Canadá) y dos oros mundiales, acabó con un mensaje a sus seguidores.
"Espero que si sacáis algo en claro de mi trayectoria, sea que todos tengáis el valor de atreveros a hacer grandes cosas. La vida es demasiado corta para no arriesgarse. Porque el único fracaso en la vida es no intentarlo. Creo en vosotros, igual que vosotros creísteis en mí", finalizó.
Acostumbrada a hacer posible lo imposible, ¿quiso ir Lindsey Vonn demasiado lejos? La estrella estadounidense del esquí alpino se fracturó la pierna izquierda en el descenso de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, el domingo, tras llegar ya con la rodilla izquierda gravemente lesionada.
El último desafío de Vonn, que soñaba a los 41 años con añadir un segundo título olímpico a su inmenso palmarés, se estrelló contra la nieve en 13 segundos.
La pista Olimpia delle Tofane, una de sus preferidas y donde venció 12 veces en la Copa del Mundo, no fue esta vez talismán: la Speed Queen perdió el equilibrio en el segundo bache de la pista y tras dar con una de las puertas del recorrido, golpeó violentamente contra la pista con sus esquíes, que no se desprendieron de sus pies a pesar del fuerte impacto.
Después de una larga intervención de los servicios médicos en plena pista, la campeona olímpica del descenso de Vancouver 2010 fue transportada en helicóptero al hospital de Cortina, y de allí a otro de Treviso, donde fue sometida a "una intervención quirúrgica ortopédica para consolidar la fractura de la pierna izquierda", explicó el hospital Ca'Foncello.
Medios italianos informaron que Vonn ha sido operada una segunda vez de la pierna dañada el domingo.
Para muchos, la que es considerada una de las mejores esquiadoras de la historia, cometió simple y trágicamente un error en su elección de trayectoria. "Hay un pequeño error técnico", estima en declaraciones a la AFP el francés Luc Alphand, ganador de la Copa del Mundo en 1997 y actualmente comentarista para la televisión pública de su país.
"En el momento en que vuelve a subir la pendiente, se inclina un poco con los hombros (...) y como hay un desnivel, sigue intentando esquiar y sube directamente hacia la puerta. Ahí mete el brazo en la puerta, eso es lo que le hace girar", analiza Alphand.
"Como no lleva bastante velocidad, los esquís no saltan (...) El efecto palanca de los esquís es enorme, son de 2,15 metros y son pesados. Eso provoca daños", sentencia.
¿La lesión explica la caída?
Vonn había sufrido nueve días antes otra grave caída, en Crans Montana (Suiza), y allí se había roto el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda, pero en todo momento pareció convencida de poder participar en los Juegos Olímpicos.
El doctor Bertrand Sonnery-Cottet, cirujano ortopédico consultado por numerosos futbolistas y otros deportistas víctimas de esa lesión, no ve "a priori" ningún nexo entre la rodilla dañada y el motivo de la caída.
También descarta la idea de la compensación para aliviar su rodilla lesionada, en una posición que le habría llevado a un eventual error de trayectoria.
Lindsey Vonn, tras su traslado en helicóptero al hospital.FELICE DE SENAAFP
"Después uno puede hacer legítimamente la pregunta de saber si la férula (que Vonn llevaba para consolidar su rodilla izquierda) agravó la fractura o impidió una agravamiento de las lesiones de ligamentos de la rodilla".
Pese a no tener acceso a su historial médico, el doctor Sonnery-Cottet rechaza la idea de que Vonn, varias veces lesionada en las rodillas en su carrera y acostumbrada a gestionar ese tipo de lesiones, estuviera mal aconsejada por sus médicos.
"Siempre es el deportista el que decide, teniendo perfecta consciencia de los riesgos de una decisión así. Ella lo intentó todo, pero esto demuestra que los milagros y los superhéroes no existen", afirma.
¿Hay que prohibir asumir riesgos?
Ante el caso Vonn, algunos expertos sugieren que un esquiador lesionado debería recibir la autorización de un médico independiente antes de poder tomar parte en una carrera.
Es una hipótesis que el presidente de la Federación Internacional de Esquí (FIS), Johan Eliasch, no se lo plantea: "Es trágico, pero así es el esquí de competición (...) La gente que dice que no debería haber corrido hoy no conoce a Lindsey", dijo el mismo domingo.
De vuelta incluso tras una grave lesión en la pierna izquierda (doble fractura tibia-peroné), la italiana Federica Brignone resume el sentimiento general del mundo del esquí: "Nadie puede decirte lo que debes hacer, es una decisión que solo una persona debe tomar, el deportista".
Después del triunfo del descenso del sábado, obtuvo Franjo von Allmen su segunda medalla de oro como componente del dúo formado con Tanguy Nef en la combinada por equipos. Ambos, el primero en el descenso y el segundo en el eslalon, constituían Suiza 2. Hubo dos platas en el empate, a 99 centésimas de los vencedores, entre Austria 1 y Suiza 1.
Veinticuatro horas después, los Juegos seguían conmocionados por el drama de Lindsey Vonn. Operada de urgencia el domingo para estabilizar la gravemente fracturada rodilla izquierda, la esquiadora, según un parte del hospital, permanecía "bajo observación estrecha en la Unidad de Cuidados Intensivos" para garantizar su privacidad y con un seguimiento constante de su evolución inmediata". Al parecer, Vonn ha sido intervenida dos veces por cirujanos plásticos y ortopédicos a fin de prevenir posibles complicaciones inflamatorias y relacionadas con el flujo sanguíneo. Según Aksel Lund Svindal, entrenador de Vonn y leyenda del esquí noruego y mundial, Lindsey tuvo la entereza y la deferencia, en sus terribles circunstancias, de felicitar a su compañera Breezy Johnson por su triunfo en el descenso.
La combinada por equipos ha sustituido modernamente a la combinada individual. En ésta, un mismo esquiador se enfrentaba al descenso y el eslalon. Era algo casi "contra natura" y con el relativo interés de ver a los esquiadores fuera de su hábitat. Los "suicidas" del descenso penaban en el zigzagueante eslalon. Y los "virgueros" del eslalon las pasaban canutas en el vertiginoso descenso. El espectáculo se resentía doblemente. Con buen criterio, se optó por formar equipos con especialistas puros en cada una de las modalidades. Se suman los tiempos y el resultado es una atractiva mezcla de estilos que provoca una considerable emoción.
Las grandes potencias (Suiza, Austria, Italia, Francia) presentaban cuatro equipos con sus estrellas entremezcladas para crear el mayor equilibrio posible. El descenso lo dominó Italia 1 con Giovanni Franzoni, plata en la prueba individual, por delante de Suiza 3 (Alexis Monney) y Suiza 1 (Marco Odermatt). Un poco más allá, Suiza 2 (Franjo von Allmen, el oro individual) e Italia 2 (Dominik Paris, el bronce).
Parte de la emoción de la prueba reside en que, en el eslalon, los esquiadores salen en orden inmerso a la clasificación en el descenso. El primer tiempo a considerar llegó con Austria 2 (Fabio Gstrein, compañero de Stefan Babinski). Lo mejoró Austria 4 (con Mario Matt, "partenaire" de Raphael Haaser). Cedió el liderato ante Austria 1 (Manuel Feller, la pareja de baile de Vincent Kriechmayr).
Los austriacos aguantaron el envite de Francia 1 e Italia 2. Pero no el de Suiza 2 (Von Allmen y Nef). Salvaron la plata con ese empate cronométrico frente a Suiza 1 (Odermatt y Loïc Meillard). Italia 1 no pudo acceder a medalla alguna. Luego del primer puesto de Paris en el descenso, la actuación de un desolado Alex Vinatzer en el eslalon, la envió al séptimo lugar. Odermatt, cuarto en el descenso individual del sábado, una sorpresa, ya tiene una medalla. Poca cosa la plata para él, mucho más si es compartida con un colega y, además, con otro país. Pero estaba visible y lógicamente contento. Una medalla es una medalla para todos: para la persona y para el país. Suma por partida doble.
El martes está reservado para la combinada femenina. El equipo lo habrían formado quizás Lindsey Vonn y Mikaela Shiffrin, las dos grandes entre las grandes. No fue posible ni ya lo será nunca.
Estalló la tragedia rota en llanto incontenible y gritos desgarradores. Llanto de dolor físico, exterior, y de dolor sentimental, interior. Gritos de rabia, de reproche contra el azar y de acusación contra el destino. Estalló la tragedia como estalla una bomba, como estalla una pena inconsolable que se desborda e inunda el corazón y el cerebro. Sobrecogidos, los miles de espectadores presentes cayeron en un silencio absoluto, y millones más en sus casas contemplando por televisión otro de esos tristes capítulos que hacen del deporte una metáfora de la vida. Muchos in situ y en sus domicilios se cubrían el rostro con las manos.
Se celebraba el descenso de los Juegos Olímpicos, la prueba reina del esquí alpino, la más rápida, la más espectacular, la más excitante, la más peligrosa. Y en ella, Lindsey Vonn, la más conocida, la más admirada, la más perseguida. Salía en el lugar número 13 de las participantes. Y, súbitamente, nada más arrancar, 12 segundos más tarde (¿o eran también 13?), probablemente a causa de sus ganas de triunfo y de recortar milésimas en cada movimiento, se enganchó con una puerta. Se desequilibró y voló ya con las alas quebradas. Y cayó rodando, botando, rebotando con todo el cuerpo, con toda el alma, sin control, como una muñeca de trapo, desarbolada, descoyuntada. Fue atendida largamente en la pista, convertida en una trampa, y evacuada, colgando en una camilla, en helicóptero, transformado en un vehículo deportivamente mortuorio.
Era el fin para la esquiadora, una de esas estrellas mediáticas que trascienden el deporte para alcanzar la altura de figura pública, de referente social. Especialmente en Estados Unidos, donde su popularidad se eleva a cotas hollywoodienses. Pero también en los países en los que el esquí y los esquiadores desatan pasiones. E incluso en aquellos en los que uno y otros interesan menos. Dotada de un innegable atractivo físico, complementario del talento deportivo, dos virtudes irresistibles para el público y la prensa, yacía sobre la helada y dura nieve, en la que sólo faltaba la sangre para completar una escena de una dureza atroz.
Prótesis de titanio
Era, sí, el final para ella no sólo de los Juegos Olímpicos, sino de toda una carrera reemprendida a los 40 años para, a los 41, reengancharse a una senda victoriosa, que había abandonado en 2019, obligada por todas las fracturas que había padecido. «Mi cuerpo está roto sin posibilidad de reparación», declaró. Se había roto en diferentes momentos el cruzado de la rodilla derecha, la tibia, el tobillo, el brazo, el menisco... El oro de Vancouver 2010 estuvo repleto de analgésicos. Pero, bueno, quizás no reparado, pero sí zurcido, remendado y sostenido por una voluntad tan fuerte como el titanio de la prótesis de la rodilla derecha, ese mismo cuerpo le había permitido esta temporada obtener, en ocho competiciones, siete podios, entre ellos dos victorias. Precisamente en Cortina, donde ha vencido en 12 ocasiones, se ha detenido su tiempo. Lindsey ya no volverá. This is the end.
Nacida Lindsey Kildow en Saint Paul (Minnesota) el 15 de octubre de 1984, mantiene, curiosamente, el apellido de Thomas Vonn, también esquiador, con quien estuvo casada entre 2007 y 2013. Cuando se la relacionó con Tiger Woods, formó una pareja de ensueño para quienes desean que los mitos se emparejen con los mitos, en una especie de divina decisión para con sus elegidos.
La conmoción producida por su accidente es equivalente a la admiración despertada por una figura que reúne todos los requisitos para ser considerada una moderna heroína, una mujer de, también, unas dimensiones literarias que se han incrementado con el cinematográfico dramatismo de su accidente. Su historial habla de tres medallas olímpicas (una de ellas de oro), de 84 victorias en la Copa el Mundo (y 143 podios), sólo por detrás de Mikaela Shiffrin (108) e Ingemar Stenmark (86). De cuatro clasificaciones generales de la Copa del Mundo, de ocho Globos de Cristal en descenso y cinco en supergigante. De los Premios Príncipe de Asturias y Laureus...
Vonn, trasladada en helicóptero al hospital de Treviso.AFP
Cuando pocos días antes del comienzo de los Juegos se rompía, en su novena competición del curso, el ligamento cruzado de la rodilla izquierda en el descenso de Crans Montana, añadió al nombre y al título un aura fatalista de burlona y definitiva tragedia. A su edad y en sus condiciones, ahí se acababa la historia. El presente se detenía de golpe para Lindsey y el futuro quedaba exento de cualquier tipo de incógnita. Ya no existía. Un epílogo innecesariamente cruel que cortaba de un modo excesivo, pero de indiscutible grandeza teatral, una carrera gloriosa, prolongada hasta lo inimaginable. Y, en cierto modo, magnificándola por su dimensión de doliente épica. Se entonaron los correspondientes réquiems, porque ninguna otra pieza musical podía serle aplicada a su persona.
Pero no era el fin. No, al menos, el que ella aceptaría. Pocas horas después del cataclismo, Lindsey desplegaba su seductora sonrisa y sostenía que «el sueño olímpico no se ha acabado para mí». Pero sí se ha acabado. Ahora sabemos que el sueño degeneró en pesadilla y que tenían razón quienes tildaron de locura el empeño. Pero fue una locura grandiosa en su desafío a la Medicina y a la razón.
Se la atendió en primera instancia en un hospital de Cortina y trasladada posteriormente a otro de Treviso, donde fue operada para estabilizar una fractura en la pierna izquierda. Se espera parte médico a mediodía.
Estalló la tragedia rota en llanto incontenible y gritos desgarradores. Llanto de dolor físico, exterior, y de dolor sentimental, interior. Gritos de rabia contra el azar y de acusación contra el destino. Estalló la tragedia como estalla una bomba, como estalla una pena inconsolable que se desborda. Nada más tomar la salida, probablemente a causa de sus ganas, Lindsey Vonn, se enganchó con un brazo en la puerta. Se desequilibró y salió volando, y cayó rodando, botando, rebotando con todo el cuerpo, con toda el alma, sin control, como una muñeca de trapo, desarbolada, descoyuntada. Fue atendida largamente en la pista, convertida en una trampa, y evacuada en helicóptero, devenido en ambulancia. Era el fin. No sólo de esa competición, sino de toda una carrera reemprendida triunfalmente el pasado año, rebasados los 40 años y que ahora, con 41, había regresado a la senda del triunfo. Rota por fuera y por dentro, Lindsey Vonn, la reina estadounidense del mundo, había dicho adiós para siempre a su vida deportiva. Para los supersticiosos, llevaba el dorsal 13.
Se hizo el silencio entre los millares de aficionados presentes, sobrecogidos. Y en millones de espectadores por televisión. Muchos se cubrían el rostro con las manos. También Breezy Johnson, compatriota de Lindsey, mejor tiempo hasta ese momento y vencedora a la postre por delante de la alemana Emma Aicher y la italiana Sofia Goggia.
En el deporte existen los milagros (o esos episodios inexplicables que denominamos así para describirlos, ya que no para entenderlos). Lindsey Vonn personalizaba uno de ellos en su permanencia en la cima del esquí a los 41 años, con la rodilla derecha reconstruida con titanio y los meniscos y los cartílagos tundidos y degenerados. Pero esta vez no se produjo. Por desgracia, tuvieron razón quienes tildaban de locura la decisión de Lindsey.
El helicóptero evacúa a Lindsay Vonn tras caerse en la prueba de descenso.Jacquelyn MartinAP
El esquí entero, los Juegos al completo estaban pendientes de la estadounidense con una oleada de admiración y simpatía que trataba de protegerla a la vez que la animaba. Incluso Italia hubiera aceptado con una cierta amable resignación la derrota de sus esquiadoras, también formidables especialistas en descenso.
No podía existir mayor expectación ni un interés más generalizado. Lindsey Vonn se había convertido en la figura más atrayente de los Juegos. Era un nombre y un título. Su propietaria mostraba una rebeldía frente a la adversidad que la designaba como una heroína moderna.
Cuando pocos días antes del comienzo de la competición se rompía el ligamento cruzado de la rodilla izquierda en el descenso de Crans Montana, añadió al nombre y al título un aura fatalista de burlona y definitiva tragedia. A su edad y en sus condiciones, ahí se acababa la historia. Lara Gut-Behrami, la campeona olímpica de supergigante, había sufrido, en noviembre, durante un entrenamiento, la misma lesión en la misma rodilla y se había despedido de la temporada. Y eso que era más joven (34 años) y estaba menos machacada. El presente se detenía de golpe para Lindsey y el futuro quedaba exento de cualquier tipo de incógnita. Ya no existía. Un epílogo innecesariamente cruel que cortaba de un modo excesivo, pero de indiscutible grandeza dramática, una carrera gloriosa, prolongada hasta lo inimaginable. Y, en cierto modo, magnificándola por su dimensión literaria.
Instante en el que Vonn gira en el aire antes de caer sobre lapista.RTVE
¿El fin?... Nada de eso. Pocas horas después del accidente, del cataclismo, Lindsey desplegaba su seductora sonrisa y sostenía que "el sueño olímpico no se ha acabado para mí". Aunque ahora sabemos que el sueño devino en pesadilla, el esquí acogió con incredulidad y alarma, pero también con esperanza, esa afirmación que amenazaba con empeorar el estado de la esquiadora hasta, quien sabe, dejarla coja para siempre o algo por el estilo. No se podía esquiar, y menos un descenso olímpico, con un ligamento roto que dejaba esa rodilla sin estabilidad y en trance de repercutir en la otra con una fractura del hueso en el que se fija la prótesis. Lindsey podía quedar coja de por vida y con severas limitaciones en su normal desempeño cotidiano. Ellos y todos los demás conteníamos el aliento cuando Lindsey tomó la salida.
Y ellos y todos los demás deseamos ahora que Lindsey sea más fuerte que todos nosotros y pueda hacer una vida corriente de persona normal después de habernos regalado la inigualable existencia profesional de una mujer extraordinaria.
En el último eslalon antes de los Juegos Olímpicos, en la estación checa de Spindleruv Mlyn, obtuvo Mikaela Shiffrin su victoria número 108 en la Copa del Mundo, 71 en esa disciplina de eslalon. Una doble celebración en el seno de una trayectoria inigualable y, aunque en deporte todo puede ocurrir, probablemente irrepetible.
La estadounidense, tercera el sábado en el gigante, ganó matemáticamente, y por novena vez, el Globo de Cristal de la modalidad y siguió certificando su categoría, su naturaleza, de esquiadora suprema en la actualidad y en la historia de su deporte. Ese noveno Globo supera los ocho que obtuvieron, también en eslalon, Ingemar Stenmark y, en descenso, Lindsey Vonn, en camino esta temporada de lograr el noveno e igualar así a su compatriota. Ambas esquiadoras suponen la cumbre de ahora y de siempre en las pruebas de habilidad y velocidad. El esquí las reconoce como sus reinas.
Es imposible esquiar mejor y más bonito, uniendo la belleza a la eficacia. Ya en la primera manga, Shiffrin, impecable en la pureza de su estilo, deslumbrante en su forma de deslizar y cimbrearse sin brusquedad en el zigzagueante paso de las puertas, estableció entre ella y las demás una barrera insalvable. Dejó a la suiza Wendy Holdener a 1:26. Sólo un accidente, más improbable en ella que en el resto, podía evitar su victoria, coronada casi siempre con una exhibición en el fondo y en la forma.
No se produjo, y Mikaela, vencedora por tercera vez en la estación checa, prodigó de nuevo su serena sonrisa rubia, escoltada por la suiza Camille Rast, su gran rival este año en el eslalon, y la alemana Emma Aicher, también asidua de los podios. Dado que la perfección humana no existe, al menos ininterrumpidamente, Mikaela tuvo en la segunda manga, a diferencia de la primera, algún ligero titubeo, solventado en el acto y sin daño, como quien rectifica un error sin reconocerlo ni lamentarlo. Al igual que en la primera manga, hizo el mejor tiempo en la segunda. En el cómputo de ambas, dejó a Rast a 1:67. Una diferencia sólida en un deporte resuelto habitualmente en centésimas.
Spindleruv Mlyn no es un nombre más en la memoria y la sentimentalidad de Shiffrin. Reviste una iniciática. Allí debutó Mikaela, el 11 de marzo de 2011, en la Copa del Mundo. Tenía 15 años. Era un proyecto de gran esquiadora, el embrión infantil de una futura estrella. Pero, naturalmente, nadie podía pensar que en el cuerpo de aquella chiquilla estaba naciendo un mito.
Lo hizo. Lo volvió a hacer. Contribuyendo aún más a su leyenda en vida, Lindsey Vonn se impuso en el descenso de Zauchensee (Austria), logrando su segundo triunfo de la temporada.
Se renuevan y multiplican los adjetivos para saludar a una mujer que, a los 41 años y tres meses, acrecienta su superioridad actual e histórica en el descenso, la prueba reina de las modalidades alpinas. Una reina para otra reina: Vonn obtuvo su victoria número 84 en la Copa del Mundo (45 en descenso). Ninguna mujer, salvo Mikaela Shiffrin —otra estadounidense—, ha subido tantas veces a lo más alto de un podio (106). Ni, por otra parte, ningún hombre, con la excepción de Ingemar Stenmark (86).
A causa de las condiciones meteorológicas —con la nieve cayendo copiosamente desde días antes e interfiriendo en los entrenamientos, suspendidos el viernes—, se recortó el recorrido de la prueba, que se resolvió en poco más de un minuto.
Vonn, técnicamente perfecta, arriesgó en la bajada y detuvo el cronómetro en 1:06.24, por delante de la noruega Kajsa Vickhoff Lie, a 37 centésimas, y de la estadounidense Jacqueline Wiles. Buen día para las sobrinas del Tío Sam.
Malo para la austriaca Magdalena Egger, evacuada en helicóptero con cortes en el rostro tras una caída que también afectó a su rodilla.
Vonn refuerza así, con mayor razón si cabe, su candidatura al oro olímpico en los próximos Juegos de Milán-Cortina. Ya fue campeona en Vancouver 2010, hace 16 años. Una eternidad en el deporte, pero no tanto para una esquiadora que, sin ser eterna, lo parece.
El esloveno Domen Prevc, claro líder del Cuatro Trampolines y de la Copa del Mundo de saltos de esquí nórdico -para la que también puntúan las etapas de este torneo-, arrancó 2026 del mismo modo en el que cerró 2025: con otra exhibición, al ganar este jueves la tradicional prueba de Año Nuevo, la segunda del prestigioso certamen navideño, que se disputó en la rampa grande de Garmisch-Partenkirchen (Alemania).
Prevc, de 26 años, ganador en Oberstdorf -asimismo en Baviera- el pasado lunes y que ya lideraba la prueba tras la primera ronda, ganó con dos saltos de 143 y 141 metros y se impuso en el trampolín olímpico de Garmisch -con un total de 303,1 puntos- por delante de dos austriacos, Jan Hörl -al que mejoró en 15,8 unidades- y el joven Stephan Embacher, que fue tercero, a sólo seis décimas del anterior.
Domen, plusmarquista mundial -con los 254 metros y medio que saltó el pasado 31 de marzo desde el trampolín gigante de Planica, en su país-, puede estar ante la gran temporada de su carrera, si mantiene este nivel, en una modalidad muy propensa a las rachas. La de este jueves, aparte de suponer su séptima victoria de la temporada, la decimosexta en la Copa del Mundo, lo confirma como gran favorito al triunfo en la septuagésima cuarta edición del evento deportivo invernal de mayor solera.
Tras atravesar el ecuador de un certamen que tradicionalmente arranca en Alemania y se completa en Austria, Prevc -cuyo hermano mayor Peter, ya retirado, ganó este torneo hace diez años (temporada en la que también ganó la Copa del Mundo)- encabeza la general del Cuatro Trampolines con 619,8 puntos: exactamente 35 más que Hörl y con 41,5 respecto a Embacher, la nueva gran promesa del salto austriaco.
Prevc, en el podio con el trofeo.PHILIPP GUELLANDAFP
Prevc, miembro de una saga de saltadores que completan su otro hermano, Cene -plata olímpica por equipos en los Juegos de Pekín 2022, asimismo retirado- y su hermana Nika, de 20 años -que en los mundiales de Trondheim, en marzo, ganó oro en ambos trampolines, poco antes de batir el récord del mundo femenino (236 metros), en Vikersund, asimismo en Noruega- se había impuesto, el pasado lunes, en la primera prueba del prestigioso torneo navideño. Se convirtió en el primer esloveno en ganar en Oberstdorf, al anotarse el sexto triunfo del curso -el sexto de las siete pruebas anteriores-.
Este jueves elevó la apuesta, con otra exhibición en Baviera, después de haberse anotado la apertura de esta edición, con mayor claridad aún, por delante del austriaco Daniel Tschofenig, ganador de la estatuilla del Águila Dorada el año pasado; y que, tras anotarse la primera prueba de la temporada, en Lillehammer, no sólo no se había dejado ver demasiado, sino que en Engelberg (Suiza), en la última competición antes del torneo, ni siquiera se había clasificado para la segunda ronda.
Cuando la temporada empieza a calentarse, Tschofenig compareció en una prueba en la que lo había igualado en la segunda plaza -con idéntica puntuación-el esloveno Timi Zajc, posteriormente descalificado por irregularidades en el mono de competición; por lo que el tercer puesto pasó a manos del alemán Felix Hoffmann.
Tschofenig -asimismo ganador el año pasado en Garmisch- arrancó 2026 con el noveno puesto final, tras acabar décimo la primera ronda, que ya había dominado Prevc por delante de Hörl: segundo el año pasado en el torneo y que también empieza a asomarse en los momentos estelares de una temporada que alcanzará su otro punto álgido el mes que viene, en los Juegos de Milan-Cortina d'Ampezzo (Italia), cuyas pruebas se disputarán en Predazzo.
Prevc, que también lo había hecho en la Schattenbergschanze, había vuelto a ser el mejor el miércoles en la calificación para la tradicional prueba de Año Nuevo. Resultado que no da puntos, pero que añade 3.175 euros a los 15.000 que se llevó por la victoria. Eso, tras dominar la ronda que determinó los 50 competidores de la prueba de este jueves, que -al igual que el resto de las del Cuatro Trampolines, pero a diferencia de las demás de la Copa del Mundo- se midieron en 25 enfrentamientos directos.
Los ganadores y los cinco mejores perdedores ('lucky loosers'), entre ellos el noruego Marius Lindvik -actual campeón olímpico de rampa larga-, pasaron a la decisiva segunda manga. No lo hizo el suizo Simon Ammann, cuádruple campeón olímpico -en los Juegos de Vancouver 2010 (Canadá) repitió la proeza lograda ocho años antes, en los de Salt Lake City (EEUU), al ganar oro en ambos trampolines-, que a los 44 años vuelve a participar en un torneo que no figura en su muy brillante palmarés y que tampoco se añadirá este año.
El japonés Ren Nikaido afrontaba tercero, un puesto por delante de Embacher -tercero en la calificación del miércoles, en la que batió el récord de trampolín (con un salto de 145 metros y medio)- la segunda manga, que arrancó con un pequeño retraso a causa de una avería en el ascensor del trampolín; y que otro nipón, el espectacular Ryoyu Kobayashi, triple ganador del torneo y que en Engelberg había interrumpido la racha triunfal de Domen, encaraba undécimo.
Ryoyu -uno de los únicos tres de toda la historia que ha ganado el 'Vierschanzentournee' con pleno de victorias en los cuatro trampolines- no defrauda casi nunca. Con un sensacional segundo intento, avanzó seis puestos y concluyó quinto: uno por detrás de su compatriota Nikaido; y justo por delante de los dos saltadores locales, el citado Hoffmann y Philipp Raimund, séptimo al final.
Embacher, seis veces campeón mundial junior y con 19 años la estrella emergente del equipo austriaco, sacó del podio a Nikaido con el salto más largo de la segunda ronda (141 metros y medio); y Hörl reguló lo suficiente para conservar la segunda plaza, de la que se quedó a sólo seis décimas su joven compatriota.
Pero a los 143 metros de su primer salto, el muy dominador Domen añadió un segundo intento de 141 metros. De una ejecución impecable, que nada más tomar contacto con el suelo ya le sirvió, antes de conocer siquiera la puntuación de los cinco jueces, para festejarse como ganador y líder sólido del Cuatro Trampolines. Un torneo que se reanuda el domingo en el trampolín olímpico del Bergisel, en Innsbruck, la capital del Tirol; y que coronará al próximo campeón el Día de Reyes en Bischofshofen, asimismo en Austria.
Prevc no sólo dio un paso importante para llevarse el Águila Dorada. Superó los mil puntos en la Copa del Mundo, que lidera ahora con 1.050, mejorando en 314 a Kobayashi; y, aún más claramente, en 469, a Raimund, tercero en la general.
Brutal en la importancia del triunfo, salvaje en la belleza de la forma, espectacular y casi increíble bajo todos los puntos de vista, Lindsey Vonn se impuso en Saint-Moritz en el primer descenso de la temporada. Olímpica, no lo olvidemos. Un triunfo histórico. Ninguna mujer ni ningún hombre había ganado, ni de lejos, una prueba de la Copa del Mundo a la edad de la estadounidense: 41 años y 55 días. El suizo Didier Cuche, con 37 años y 192 días, la precedía en el escalafón.
Toda la expectación era poca y toda la admiración es insuficiente para saludar la victoria número 83 en la Copa del Mundo de quien, hasta que la superó Mikaela Shiffrin, ostentaba el honor de ser la mujer más laureada del esquí.
Campeona olímpica y mundial, Premio Princesa de Asturias de los Deportes (2019), Premio Laureus a la Mejor Deportista Femenina del Año (2009 y 2010), entre otros galardones, y superventas con su libro Rise: My Story, la edad, las lesiones y las operaciones quirúrgicas —incluido un implante de titanio en la rodilla— la aconsejaron, o más bien la obligaron, a retirarse en 2019. Regresó en diciembre de 2024 con resultados esperanzadores y, en esta campaña 2025-2026, vuelve a ganar ante la crema de las esquiadoras de velocidad.
Lo hizo, además, con una diferencia enorme en la disciplina de descenso: dejó a las austríacas Magdalena Egger y Mirjam Puchner a, respectivamente, 98 centésimas y 1:16; y a nada menos que a la italiana Sofia Goggia, a 1:31. Descendió a 114 km por hora. No ganaba en la Copa del Mundo desde 2018. Su éxito es, sencillamente, prodigioso. Un hito.
Nacida Lindsey Kildow, divorciada del esquiador Thomas Vonn —de quien conserva el apellido de casada—, bella, estrella del papel couché por sus relaciones posteriores con el golfista Tiger Woods y el jugador de hockey sobre hielo P.K. Subban, añade un laurel más a una trayectoria incomparable. Su asombro maravillado y su júbilo son también los del mundo del esquí. Del deporte entero.
La esquiadora María Castellví relata una experiencia propia y común: en lo suyo, el freeride, el esquí fuera de pistas, es un rito de iniciación.
«Fue el año pasado en una canal, en Argulls, en el Valle de Arán. Había estudiado el parte de aludes y no había peligro, pero hice dos o tres curvas máximo, empecé a encarar los esquís, frené un poco y noté una fuerza que me tiraba para abajo. Bajé toda la canal rodando. Intenté salir como podía del alud, estabilizarme, ponerme de pie, pero no había manera. Hubo momentos muy angustiosos de verlo todo negro. Por suerte no me llegó a enterrar del todo y cuando llegué abajo pude levantarme».
A sus 20 años, antes de debutar con la élite en el Freeride World Tour (FWT), Castellví ya ha sufrido un alud, un trance por el que también pasaron otros referentes españoles, Aymar Navarro, Abel Moga o Nuria Castán.
«No es una norma, no quiero que lo sea, pero al final es lo que hacemos. Por estadística te puede pasar, eso está claro. Siempre hay peligro. Espero que no me toquen más veces», reclama la esquiadora, que en 2024 dominó el FWT Qualifier, la tercera división mundial, y este año competirá en el segundo escalón, el FWT Challenger, y debutará entre los mejores en Baqueira-Beret entre el 16 y el 21 de enero.
Pero si no hay una salida y una meta, si no hay puertas que pasar... ¿Quién gana en el esquí fuera de pistas?
Eso es lo que más le llama la atención a la gente. El freeride no se basa en la velocidad. Es un deporte con un jurado que mide tu creatividad, tu técnica, tu control, tu fluidez y tu estilo. Te envían una foto de un trozo de montaña y tienes que inventarte la bajada. No puedes esquiar allí en los días previos a la competición, así que primero debes estudiarlo todo bien con fotos y vídeos y luego, cuando ya estás allí, inventarte un descenso original, meterle saltos y hacerlo todo de una vez, sin pararte.
Precocidad en contra de las reglas
«Soy de Cambrils, que es un pueblo de la costa de Tarragona, lejos de la montaña, pero mis padres siempre han esquiado y tenemos una casa en el Valle de Arán. Empecé a esquiar a los tres años, hice un grupo de amigos, pero cuando crecimos empezaron a competir en esquí alpino y a mí no me llamaba la atención. No quería estar todo el día bajando la misma pista, quería ver montaña, vivir aventuras, hacer cosas diferentes. Un día, con los monitores, salimos de pista y empezamos a flotar, a saltar, y pensé: 'Esto está guay'. Tenía 10 años», recuerda Castellví, que obligó a cambiar una norma.
En su club, el Club Esquí CEVA de Vielha, no se permitía el esquí fuera de pistas antes de los 14 años, pero con ella tuvieron que hacer una excepción. «Siempre iba con los mayores y al final me dejaron. Ahora los niños ya pueden hacer 'freeride', ha cambiado el enfoque», cuenta quien después descubrió que en el freeride hay competición y que, de hecho, existe todo un mundo competitivo.
Un deporte a las puertas de los Juegos
El Freeride World Tour, con sus tres categorías, celebrará el año próximo su decimonovena temporada y se acaba de crear el Mundial, cuya primera edición tendrá lugar en Andorra, en Ordino-Arcalís, del 1 al 6 de febrero.
Al contrario que en otras disciplinas, aquí la mayor parte de la atención se la llevan los snowboarders, con figuras como el francés Victor de le Rue, aunque a los esquiadores no les faltan patrocinadores.
La ambición del freeride es entrar en los Juegos Olímpicos de Invierno y no es una utopía. En busca del público más joven, el Comité Olímpico Internacional (COI) ya ha aprobado la intención de hacerle un hueco a partir de los Juegos de los Alpes Franceses 2030, aunque como le ha pasado al skimo, es posible que se pierda algo de autenticidad por el camino.
«Estaría bastante bien que el freeride fuera olímpico porque sería más fácil obtener ayudas. Ahora las federaciones lo tienen complicado para dar oportunidades», reconoce Castellví, que compagina sus estudios de Negocios Internacionales y Marketing en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona con sus entrenamientos en Baqueira-Beret, siempre fuera de pistas, aceptando el riesgo.
«Cuando me pilló el alud, ese mismo día ya esquié. Me tomé 20 minutos para tranquilizarme y volví. Es muy difícil que se me quiten las ganas de esquiar», finaliza Castellví.