El 23 de febrero de 2025, Sestriere y su eslalon han sido la fecha, el lugar y la disciplina elegidos por el destino para hacer centenaria en el deporte a una mujer que cumplirá 30 años físicos el 13 de marzo. Hoy Mikaela Shiffrin celebra las 100 victorias en la Copa del Mundo de esquí, una hazaña que se inscribe en la mejor historia del deporte mundial, no sólo del esquí alpino.
Aquel 13 de marzo de 1995, en Vail, estado de Colorado, en el corazón del esquí y del turismo de las Rocosas, nadie podía saber ni pensar ni intuir que aquella miniatura llorosa bautizada Mikaela Pauline Shiffrin iba a lograr una gesta de proporciones colosales. Probablemente irrepetibles.
Las 100 victorias serán un número provisional para alguien aún lo suficientemente joven como para aumentarlas. Habrían llegado incluso mucho antes si no hubiesen surgido numerosos obstáculos en el camino. Para empezar, la pandemia, que canceló durante un tiempo la Copa del Mundo. Esta temporada, una caída en el gigante de Killington, el 30 de noviembre, le provocó a Mikaela una lesión abdominal que precisó de intervención quirúrgica y la mantuvo inactiva durante dos meses. Regresó fuera de forma, pero pudo, en el Mundial de Saalbach, conquistar un oro en la combinada por equipos.
Sestriere, después del Mundial, no parecía un sitio adecuado para redondear la proeza. En el primer gigante, el día 21, Mikaela acabó en la 25ª posición. En el segundo, el 22, en la 33ª. No pasó el corte de los 30 mejores tiempos por primera vez desde 2012. Pero, finalmente, Sestriere, burlón, resultó ser el nombre mágico.
Mikaela lo ha pasado mal muchas veces. De niña le fue diagnosticado "desorden de ansiedad, déficit de atención e hiperactividad", a sufrir las consecuencias psicológicas de las que son víctimas, a causa de la presión, tantos deportistas de máximo nivel. Trastornos que amenazan con aplastarlos y que sólo recientemente han empezado con toda su crudeza a salir a la luz como una forma de liberación y cura.
Mikaela, a la que sus padres habían subido, asustada, por primera vez a unos esquíes a los dos años, era una triunfadora. Había debutado precozmente en la Copa del Mundo dos días antes de cumplir los 16. Su primera victoria llegó 13 meses después. En 2014 ya había sido, en Sochi, oro olímpico en el eslalon. En 2013 y 2015, campeona mundial también en eslalon, su especialidad favorita, aunque haya conocido triunfos en todas.
Pero algo no funcionaba con la misma perfección en su cabeza. Se volvió paulatinamente más nerviosa. Vomitaba antes de las pruebas y empezaba a preguntarse qué sentido real tenía todo aquello, de qué servía. Entretanto, seguía ganando y, dado su carácter introvertido y poco dado a la exposición de sus sentimientos, no envió señales de alarma a quienes la rodeaban. Ni siquiera a sus más allegados.
Al principio pensó que experimentaba, física y mentalmente, una reacción normal, fruto de las exigencias de todo orden, personales, nacionales, comerciales, de la alta competición. Se repuso para, en 2018, en los Juegos de Pyeongchang, y aunque falló en el eslalon, ganó el oro en el gigante y la plata en la combinada.
En febrero de 2020 su padre, Jeff, sufrió una caída en su casa y quedó en coma. Mikaela estaba en Italia cuando su hermano Taylor la llamó para darle la mala noticia. Llegó pocas horas antes del fallecimiento. Esa tragedia casi la destruyó. Era incapaz de volver a esquiar y el covid suprimió unas competiciones a las que ella, por otra parte, no hubiera estado en condiciones de asistir con garantías. Pensó seriamente en dejar el esquí: "Me encontraba abatida, sin autoestima y con un sentimiento constante de desesperanza".
En ese estado de (des)ánimo, y con su racha de victorias disminuida después de la reanudación de las competiciones, afrontó los Juegos de Pekín'2022. El resultado sólo podía ser catastrófico. No acabó el eslalon, el gigante y la combinada, sus mejores pruebas, y acabó novena en el supergigante y decimotercera en el descenso. Tocó fondo. Y se dio cuenta de que, según sus palabras, "tenía que dejar de huir y esconder lo que sentía. Debía elegir entre la vergüenza de contarlo o desnudar mi alma y ser capaz de seguir adelante".
Lo consiguió con la ayuda de especialistas y de amigos en el mundo del deporte, que entendían mejor que nadie lo que le ocurría. Especialmente su pareja, el noruego Aleksander Aamodt Kilde, otra estrella del esquí mundial. En enero de este año, Mikaela sufrió una lesión de rodilla en el descenso de Cortina d'Ampezzo. Regresó a tiempo, en marzo, en los estertores de la temporada, para imponerse en los eslalons de Are y Saalbach. Las crisis personales parecen haber quedado atrás. Con su superación, la esquiadora y la mujer han salido reforzadas para el deporte y la vida.
La "centenaria" Mikaela lleva dos anillos en los dedos: uno que perteneció a su padre y el de su compromiso con Kilde. Y una divisa en el casco: ABFTTB. "Always Be Faster Than The Boys". Siempre más rápido que los chicos.
No le falta razón.