Irán y las rosas blancas del Mundial de Francia’98 que Donald Trump quiere ignorar
4 de diciembre de 1997, Stade Vélodrome de Marsella, sorteo de grupos para el Mundial Francia-1998. Antecede a la ceremonia un partido Europa-Resto del Mundo ante 38.000 espectadores, con Zidane y Ronaldo como capitanes. No lo sabían, pero estaban destinados a enfrentarse más adelante en la final según el plan de la organización, que diseñó a cencerros tapados un enjuague para que Francia y Brasil tuvieran trayectorias separadas. Años después lo confesaría Platini en 'France Bleu', presentándolo cínicamente como "una pequeña travesura".
Después del partido se hizo el sorteo en un escenario instalado en el palco, con Blatter de estrella y Beckenbauer, Weah y Kopa como 'manos inocentes'. A medida que salían las bolas de los 32 países (este campeonato aumentó la participación hasta ese número) aparecía la figura de esa selección y se sentaba en una gradita del escenario para alterar la monotonía del acto. Todo discurre con normalidad hasta que Blatter, cuando va extrayendo los participantes del cuarto y último bombo, saca el nombre de Irán para completar el Grupo F, que ya reunía a Alemania, Yugoslavia y... Estados Unidos. Tan cuidadosos con desviar por rutas opuestas a Brasil y Francia, olvidaron tomar precauciones para evitar este choque entre dos países agriamente enfrentados en el escenario mundial. Ya no había remedio.
Para saber más
Futbolísticamente, este partido no significaba nada, pero en el tablero geopolítico era el peor que podría haberse producido.
Estados Unidos había sufrido a lo largo de 444 días el secuestro de 66 miembros de su embajada en Teherán. El 4 de noviembre de 1979 varios centenares de estudiantes saltaron la tapia del recinto y se apoderaron de todo el personal salvo el embajador, su esposa y seis más que escaparon en helicóptero a la de Canadá. El desencadenante fue el viaje el 22 de octubre a Estados Unidos del depuesto sah de Irán, Reza Pahlavi, para tratarse de un cáncer. Había sido destronado en enero del mismo año, aprovechando una salida a El Cairo, en realidad una fuga disfrazada de vacaciones. Desde París, el ayatolá Ruhollah Jomeini llevaba tiempo acusando al sah de occidentalizar el país, abandonar las enseñanzas del Corán, enriquecerse obscenamente y ser un títere del imperialismo americano. El clima de efervescencia islamista y la creación de una república teocrática produjeron el caldo de cultivo para la toma de rehenes, cuyo fin era exigir a Estados Unidos la entrega del sah. Las imágenes de los secuestrados con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados que los estudiantes mostraron como trofeos en la puerta de la embajada estremecieron al mundo.
El presidente Carter ordenó un rescate en abril de 1980, para el que se reunieron en el desierto, no lejos del objetivo, ocho helicópteros RH-53 y seis Hércules MC-130 portadores de grandes camiones camuflados del ejército iraní para derribar las puertas del recinto. Fue abortado por la avería de un helicóptero y en la evacuación se produjo un accidente en el que fallecieron ocho estadounidenses, cuyos cuerpos tuvieron que ser abandonados ante la aparición del ejército iraní. Los cadáveres de aquellos desdichados fueron paseados en triunfo por las calles de Teherán. Esa crisis le costó a Carter la presidencia en favor de Ronald Reagan.
Para entonces ya había muerto el sah e Irán varió sus condiciones para la liberación: que Estados Unidos asumiera las responsabilidades financieras debidas a la política del sah, que devolviera los fondos de este, que cancelara las demandas contra Irán, que desbloqueara las cuentas iraníes en bancos estadounidenses y que se abstuviera de intervenir en sus asuntos internos. Reagan aceptó todas excepto la de los fondos del sah, que propuso dejar en manos de la justicia. Hubo acuerdo e Irán liberó a los rehenes el 20 de enero de 1981, al cabo de 444 días de cautiverio.
A eso se sumaba la guerra Irak-Irán. En 1980, Sadam Husein lanzó sus tropas a través de la frontera iraní, una invasión que mezclaba causas como lejanos pleitos fronterizos, rivalidad por el liderazgo de la región y el recelo del occidentalizado Husein, azuzado por los estadounidenses, ante la expansión del islamismo radical. Duró ocho años con idas y venidas hasta dejar las fronteras como estaban. Estados Unidos apoyó a Sadam Husein, que utilizó profusamente armas químicas. El balance fue medio millón de muertos, la mayoría iraníes que asaltaban en masa las trincheras con fanatismo de guerra santa y eran barridos por las ametralladoras o los gases. En el curso del conflicto, un crucero lanzamisiles estadounidense que patrullaba aguas territoriales de Irán derribó un avión de pasajeros iraní, confundiéndolo con un bombardero.
Una imagen de los rehenes secuestrados en la embajada de Estados Unidos en Teherán, el 4 de noviembre de 1979.E. M.
El ayatolá Jomeini calificó a Estados Unidos como 'el Gran Satán', mientras desde allí se lanzó contra la revolución islámica el epíteto de 'Eje del Mal'. Suficientes desastres, seguidos con interés sobrecogido por un mundo ya televisivo y globalizado, para que fuera visto con recelo ese partido, cuya fecha y lugar quedaron fijados para el 1 de junio de 1998 y el estadio Gerland, de Lyon.
Nada más concluir el sorteo, periodistas acudieron al seleccionador iraní, Jalal Talebi, que paradójicamente había hecho familia en California, donde se trasladó en 1982 a causa de la guerra y regentaba un supermercado: "La gente intenta falsear las cosas con buena intención, pero no se puede separar el deporte de la política. No es bueno que se haya producido este emparejamiento", dijo con tono sombrío. Más agresivo fue Khodadad Azizi, estrella de Irán, que jugaba en la Bundesliga: "Estados Unidos nos impuso una guerra de ocho años que costó la vida a medio millón de iraníes. Hay muchas familias de mártires deseando que ganemos. Tenemos esa obligación, es el partido de nuestras vidas".
Al seleccionador norteamericano, Steve Sampson, un tipo facundo y muy popular entre los periodistas deportivos, que le apodaban 'Tío Sam', se le prohibió la entrada en Irán cuando pretendió acudir a ver un partido de su futuro rival. Por su parte, la federación iraní envió para lo mismo a Estados Unidos a dos técnicos camuflados en una expedición de luchadores, pero se les identificó y fueron devueltos a su país.
Cuando se acercaba la fecha se dieron leves señales de distensión. Los respectivos presidentes eran ahora Bill Clinton y Mohamed Jatami, con una visión menos encarnizada de esa rivalidad. Eso había tenido su pequeñísimo fruto precisamente en el encuentro deportivo entre las selecciones de lucha de ambos países, en puridad el primer contacto desde la crisis de los rehenes. Pero a Jatami le hostigaba en su país la oposición dirigida por el radical islamista Masoud Rajavi, líder de los 'Muyahidines del Pueblo'. Muyahidín significa literalmente "el que lucha en la guerra santa".
Así estaban las cosas cuando se llegó al partido. Ambas selecciones perdieron el primer día (1-0 Irán ante Yugoslavia, 2-0 Estados Unidos ante Alemania). En vísperas del temido choque la televisión francesa tuvo la idea, con oportunismo inoportuno, de programar "No sin mi hija", peripecia de una mujer estadounidense que intenta escapar de su esposo iraní para impedir que su hija sea educada en la fe islámica, lo que fue tomado como una provocación en el seno del equipo iraní. Azizi se quejó: "¿Por qué no pasan una película en la que se vea la masacre de los estadounidenses en Vietnam o el genocidio nazi?". La inquietud creció con la noticia de que el partido de Masoud Rajavi había adquirido 7.000 entradas para distribuirlas entre islamistas, no necesariamente iraníes pero unidos a su causa, con la consigna de pertrecharse de pancartas y fotos del propio Rajavi. El realizador y los cámaras de televisión fueron instruidos para evitar que sus símbolos aparecieran en los planos.
Donald Trump y el líder supremo de Irán, el Ayatolá Ali Khamenei.AFP
Bill Clinton emitió un mensaje destacando la importancia del torneo al unir a dos poblaciones política y culturalmente tan distintas, y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, propuso abrir una línea de diálogo entre ambos países. Pero Mohamed Jatami, acuciado por la actitud intransigente de los 'muyahidines', advirtió a su selección que de ninguna forma permitiría que saliera al campo detrás de Estados Unidos, como establecía el protocolo tras sortearse los papeles de local y visitante. Desde las dos concentraciones se produjeron llamamientos a la concordia. El seleccionador Jalal Talebi recuerda que lleva años viviendo feliz en Palo Alto y dice: "No soy un político, soy un hombre del deporte, pero puedo asegurar que no hay problemas. Por favor, no hagáis de esto algo grande, es solo un partido." Tab Ramos, un veterano de la selección estadounidense, declara: "Esto es un partido, no nos tiene que preocupar nada más. Ni la crisis de los rehenes ni nada. Aquí no he escuchado a ningún compañero decir que tenemos que ganar por Clinton ni nada parecido". Una manifestación en Lyon en defensa de las mujeres iraníes trata de ser compensada con la emisión televisiva de 'Zona prohibida', documental sobre el "inapropiado" lance amoroso entre Clinton y la becaria Mónica Lewinsky.
Para un partido sin importancia deportiva alguna, se acreditaron 800 periodistas, de los que el 42 % no eran especialistas en deporte, sino en política. Francia dispuso un operativo de 4.000 agentes de seguridad entre gendarmes y fuerzas especiales. Un 'muyahidín' que salta al campo luciendo una camiseta con la foto del líder Masoud Rajavi es retirado de inmediato.
Pero, sorpresa, los dos equipos salen juntos, los iraníes portan unas rosas blancas que entregan a sus homólogos estadounidenses y todos se entremezclan para la foto oficial, invitando a los árbitros a incorporarse. Lo que siguió fue un partido no exactamente bueno pero grato de ver y, en líneas generales, limpio, merecedor solo de dos tarjetas. Ganó Irán 2-1 con goles de Estili (41'), Mahdavikia (84') y McBride (88'). Los 'muyahidines' se limitaron a celebrar entusiásticamente el triunfo y en Irán dos millones de personas festejaron hasta el amanecer. Jatami aprovechó para emitir un mensaje de unidad: "Esta victoria es símbolo de unidad nacional"; Clinton dijo: "Felicito al presidente Jatami y me felicito por el trabajo que hemos hecho para mejorar la situación", y James Rubin, portavoz del Departamento de Estado, habló de "un comienzo para construir lazos, derribar los muros de la desconfianza y crear comprensión". Por su parte, Ali Jamenei, 'Líder Supremo' de la República Islámica, declaró: "El enemigo es grande y arrogante y les hemos hecho probar de nuevo el sabor de la derrota".
Estados Unidos quedaba fuera; Irán sería apeada tras caer ante Alemania el tercer día, pero todos regresaron felices. El estadounidense Jeff Agoos declaró: "Hicimos más en noventa minutos que los políticos en veinte años".
A los 18 meses rubricaron la paz con un amistoso en Pasadena, donde vive una gran comunidad iraní; empataron 1-1 ante 50.000 espectadores. Cuando en Qatar 2022 les tocó enfrentarse de nuevo, aquellas inquietudes estaban olvidadas. Ganó Estados Unidos 1-0. Hoy esas inquietudes regresan por la irrupción de Trump y los rumores de un ataque sobre Irán, y todo cuando sólo faltan cuatro meses para el Mundial. Irán está encuadrada en el grupo G.









































