El desastre de Inglaterra en 1950, cuando los inventores del fútbol tuvieron que aprenderlo de nuevo

El desastre de Inglaterra en 1950, cuando los inventores del fútbol tuvieron que aprenderlo de nuevo

Los ingleses inventaron el fútbol (1863) y lo extendieron por el mundo al tiempo que sus ferrocarriles, pero cuando en 1904 se creó la FIFA no quisieron tratos con advenedizos. Cambiaron de idea en 1906 porque en 1908 se iban a celebrar en Londres los Juegos Olímpicos, querían el fútbol en el programa oficial y llamaron a la puerta de la FIFA, que aceptó tan entusiasmada la incorporación de los inventores que nombró como nuevo presidente a un inglés, Daniel Woolfall. En 1920 se salieron porque se rechazó su exigencia de expulsar a los países derrotados en la I Guerra Mundial. Regresaron en 1924, pero se volvieron a salir en 1928 porque no se aceptó letra por letra su definición de amateurismo, tema muy en boga entonces por el conflicto entre el profesionalizado fútbol y el movimiento olímpico, que predicaba la pureza amateur.

Así que faltaron a Uruguay 1930, Italia 1934 y Francia 1938. Como el Mundial, entonces llamado Copa Jules Rimet en homenaje a su impulsor, iba cuajando sin ellos, en 1946 decidieron regresar a la FIFA otra vez, esta la definitiva, para acudir al primer Mundial de la posguerra, Brasil 1950. Ya estaba bien de que posaran como campeonas del mundo selecciones a las que consideraban inferiores.

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El recelo en ese sentido se hizo evidente en 1934. Italia ganó ese año el Mundial jugado en terreno propio, y aceptó el desafío de visitar a Inglaterra en Wembley. Había mucho en juego: el campeón del mundo sometía su título al examen de los inventores. Se disputó el 14 de noviembre de 1934 y pasó a la historia como La Batalla de Highbury. A los 10 minutos ya ganaba Inglaterra 3-0, y con un penalti fallado. Un planchazo de Ted Drake rompió el pie de Doble Ancho Monti, el duro oficial de Italia. Ocupaba la posición clave de mediocentro; por pundonor trató de mantenerse sobre el campo y sólo consiguió ser la causa del derrumbe. El entrenador, Vittorio Pozzo, le retiró, recolocó el equipo, y entre que Inglaterra aflojó al verlo todo tan fácil y que Italia, rebrincada por la lesión a Monti, se puso a sacudir, el partido se equilibró. La ferocidad italiana fue a más hasta dar lugar a una carnicería que desbordó al árbitro sueco, Olsson. Hapgood salió con una nariz rota; Bowden, con fractura de clavícula; Barker, con una mano rota; y el pirata Ted Drake, con una amplia herida abierta en una pierna. En la segunda mitad hubo dos goles seguidos de Meazza, que exaltaron la vibrante narración de Carosio, el locutor favorito de Mussolini. Italia perdió 3-2, pero regresó satisfecha, con sus jugadores entrando en el santoral del fútbol transalpino como I Leoni di Highbury.

Entrenador, no seleccionador

Inglaterra quedó tan aturdida que la Football Association decidió en su reunión del día siguiente no jugar nunca más contra equipos no británicos, en la idea de que el fútbol de por ahí fuera no era tal, sino un sucedáneo brutal y peligroso. Por fortuna, se volvería atrás de esa decisión al cabo de un año y siguieron concertando partidos internacionales, que en general ganaban. Todas las selecciones se medían en la preguerra por lo que eran capaces de hacer ante Inglaterra.

En 1946, decía, regresaron a la FIFA, que esta vez sí apartó a las dos grandes agresoras, Alemania y Japón. Italia se salvó por su reputadísimo presidente de la Federcalcio, Ottorino Barassi, que salvó la Copa Jules Rimet escondiéndola de los nazis, y porque en 1943 abandonó el Eje para pasarse a los Aliados, ratificando aquella malicia de Napoleón según la cual «los italianos nunca terminan la guerra en el bando en que la empezaron, salvo que cambien de lado dos veces».

Una vez reafiliada a la FIFA, Inglaterra ganó plaza en el Mundial de Brasil 1950 como campeona en 1949 del British Home Championship, que desde 1884 hasta 1984 enfrentó anualmente a las cuatro selecciones británicas. Para esta nueva época se designó por primera vez un entrenador «a tiempo completo», tarea que recayó en un singular y brillante personaje, Walter Winterbottom, maestro de formación, ex jugador del Manchester United, luego titulado y más adelante profesor de Entrenamiento Físico en la Universidad de Carnegie. Durante la guerra fue instructor físico en la RAF. Tenía un aire docto y profesoral, sin pedanterías. Era entrenador, pero no seleccionador. Eso correspondía a un comité técnico; él sólo se encargaba de la preparación física y las instrucciones tácticas. Eso era común en todas partes en la época, en selecciones y en clubes, donde la directiva decidía el equipo y el entrenador los preparaba y dirigía. Winterbottom luchó durante su larga permanencia en el cargo (de 1946 a 1962) por unir las dos funciones en su persona, pero eso no llegaría hasta su sucesor, Alf Ramsey.

Un momento del partido entre Inglaterra y Estados Unidos.

Un momento del partido entre Inglaterra y Estados Unidos.US SOCCER

Inglaterra tenía el que se llamó su Equipo de Oro, con un ataque que aún repiten muchos de memoria en Inglaterra: Matthews, Mortensen, Lawton, Mannion y Finney. Cosecharon estupendos resultados en amistosos, entre ellos un 0-4 en Turín sobre Italia, así que fueron al Mundial confiados. Tanto que Matthews, que a sus 35 años seguía siendo una estrella, fue enviado junto a otros jugadores a una gira-embajada por Canadá, con la idea de que se incorporara al Mundial sobre la marcha. También faltó en el grupo el traidor Neil Franklin, que se había fugado del Stoke City para fichar por el Unión de Santa Fe en la liga pirata de Colombia, la misma del Millonarios de Di Stéfano. Franklin era el jefe de la defensa.

El viaje de los Three Lions fue arduo, 36 horas con escalas en París, Lisboa, Dakar y Recife hasta llegar a Río de Janeiro. Se hospedaron en el hotel Luxor, frente a la playa, donde se les miraba y trataba con fervor cuasi religioso, como si estuvieran nimbados por un aura mágica. Pero como la cocina brasileña y la inglesa son irreconciliables, no se sintieron bien. El sorteo les colocó en el Grupo 2, con Chile, Estados Unidos y España, víctimas propiciatorias según el juicio general.

Debutaron ante Chile el 25 de junio, en Maracaná, estrenado la víspera con el inaugural Brasil-México. Aunque llovió mucho, asistieron 80.000 personas. Ganó Inglaterra 2-0, pero fue un triunfo discreto, sin brillo, que dejó a los asistentes sin nada especial que contar al regreso a casa.

un haitiano colado de matute

Cuatro días después afrontaron a Estados Unidos en el estadio Independencia de Belo Horizonte. Ya había regresado Matthews tras un viaje de 28 horas, pero como se había ganado, se le dejó descansar por decisión de Arthur Drewry, voz del comité seleccionador en la gira. Roto ya el embrujo de lo desconocido tras el soso partido ante Chile, sólo acudieron 10.000 espectadores. El equipo estadounidense, que la primera jornada perdió con España 3-1, no tenía el menor tirón, ni siquiera en su país. Sólo les acompañó un periodista, Dent McSkimming, a costa de sus vacaciones en el St. Louis Post-Dispatch y pagándose el viaje.

Pero llegó la bomba: Estados Unidos ganó 0-1, resultado tan increíble que más de un periódico interpretó que había un error en el cable de Reuters y lo transformó en 10-1. Salieron jugando a Inglaterra de tú a tú, marcaron en el 38', se encerraron, y el juego repetitivo y sin fantasía de los ingleses fracasó ante su defensa. El meta Borghi estuvo enorme. Jugaba en el St. Louis Simpkins-Ford Club, base de la selección, y había viajado al Mundial tras una bronca con su madre porque desatendía el negocio familiar, una funeraria. Pero ese día, cuando llegaron las noticias, pudo sentirse orgullosa de él. Hasta un penalti paró.

El gol lo marcó Joe Gaetjens, un haitiano colado de matute, porque no tenía la nacionalidad estadounidense. De familia adinerada, fue a la Universidad de Columbia a estudiar Económicas y para sus gastos trabajó de lavaplatos en el restaurante Rudy's, cuyo propietario, un empresario gallego, también tenía un club de fútbol llamado Brookhattan. Gaetjens se enroló en el equipo a 25 dólares por partido y llegó a la final de la US Open Cup, donde perdió ante el St. Louis de Borghi. Llamó la atención y fue seleccionado.

Williams y Gaetjens, durante el partido disputado en Belo Horizonte.

Williams y Gaetjens, durante el partido disputado en Belo Horizonte.FIFA

Marcó el gol al rematar un rechace corto del meta Williams. Aquello le dio nombradía internacional y fichó por el Racing de París, donde fracasó. Regresó a Haití convertido en una celebridad, siguió jugando al fútbol, montó una lavandería, formó una familia... Pero terminó trágicamente. Estaba emparentado con Louis Déjoie, rival político del temible François Duvalier, que en 1964 se proclamó presidente vitalicio y decidió ajustar cuentas. Avisados por un policía amigo, dos hermanos de Gaetjens salieron del país, pero él no lo hizo. No se había metido en política como ellos y era un héroe nacional, así que pensó que no irían por él. Pero el mismo día que sus hermanos dejaron el país, los Tonton Macoute (apodo de la siniestra policía de Duvalier) le internaron en la prisión de Fort Dimanche y no se supo más de él.

Tras el batacazo, Inglaterra tenía que enfrentarse a España, que a su vez había ganado también a Chile, de manera que llevaba dos victorias. Los ingleses quedarían eliminados perdiendo o empatando. Y si nos ganaban, habría que jugar un desempate. Del ánimo con que afrontaron el partido dan fe las declaraciones de la víspera de Wright, capitán en sustitución de Franklin: «Daremos nuestra verdadera medida en los dos partidos con España», dijo, dando el primero por ganado de antemano.

Por su parte, nuestro entrenador nacional, Benito Díaz, replegó prudentemente a la selección desde la primera línea de playa en Copacabana, donde estaban hospedados, hasta un hotel en Corcovado, para evitar tentaciones de la carne que empezaban a hacerse patentes. La cita fue en Maracaná el 2 de julio, ante 75.000 espectadores, a las 15:00 hora local, las 19:00 en España, que siguió con fervor el partido por Radio Nacional, en la voz de Matías Prats. Ganamos, entre júbilo nacional, 1-0, con gol de Zarra. Esta vez sí se alineó Matthews, los ingleses jugaron por fin bien, pero España hizo un partido tan redondo que Antonio Valencia, de Marca, el cronista más acreditado de aquel tiempo, resumió: «Ha sido el momento de la vida futbolística española, en el que lució el oro viejo del buen fútbol como ninguno».

Con tres victorias en tres partidos, España pasaba a la liguilla final junto a Brasil, Suecia y Uruguay. Con una victoria y dos derrotas, Inglaterra se volvía precipitadamente a casa. Para colmo, Estados Unidos perdió su partido ante Chile por 5-2, terminando de dejar mal a Inglaterra. El Daily Herald publicó una esquela con este texto: «Nuestro afectuoso recuerdo al fútbol inglés, que falleció en Río de Janeiro el 2 de julio de 1950. Un numeroso círculo de amigos lamenta su dolorosa pérdida. R.I.P. Nota: El cadáver será incinerado y sus cenizas trasladadas a España». «Los viejos maestros deben volver a la escuela», declaró humildemente Winterbottom, admitiendo que el aislamiento había cosificado su fútbol. Inglaterra se abrió al mundo y recogió el fruto en 1966.

Henry Kissinger, el predicador del fútbol en Estados Unidos: de sus enredos con la FIFA a la llamada de Clinton antes de jugar con Brasil

Henry Kissinger, el predicador del fútbol en Estados Unidos: de sus enredos con la FIFA a la llamada de Clinton antes de jugar con Brasil

A finales del siglo pasado, el fútbol había colonizado casi toda la tierra, pero el casi que faltaba no era despreciable: India, China y Estados Unidos. En el último país hubo un hombre llamado Henry Kissinger, primero secretario de Defensa y luego de Estado, que dedicó el tiempo que le dejaba libre su tarea de pactar paces en Oriente y agitar golpes en Latinoamérica a predicar el fútbol entre los suyos. Incluso logró la organización de la Copa del Mundo de 1994 para EEUU, remando río arriba contra escépticos en su tierra y fuera de ella.

Kissinger había nacido en Fürth, Baviera, en 1923, hijo de un maestro de escuela judío y una ama de casa. El crecimiento del nazismo llevó a la familia a tomar la sabia decisión de emigrar a EEUU cuando él tenía 15 años. Mundo nuevo, vida nueva. Pero su infancia y preadolescencia en el Viejo Mundo ya le habían enamorado del fútbol, que definía como «una complejidad disfrazada de simplicidad». Cuando alcanzó los más altos cargos en la administración republicana, sus colaboradores tenían entre otras tareas la de suministrarle sobres con recortes del fútbol europeo, soccer en su nuevo país, que designa con la palabra fútbol esa variante suya del rugby, tuneado con cascos y corazas.

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Finalizando los 70, estuvo entre los impulsores de la North American Soccer League (NASL), aquel intento algo postizo de meter el fútbol por arriba, con un supercampeonato cuya bandera fue un declinante pero aún válido Pelé, al que se juntarían Beckenbauer, Cruyff, Eusebio y otros nombres de relumbrón. Aquello sólo duró hasta 1984, y digamos que si no cuajó allí como espectáculo sí dejó un estímulo para su práctica. Colegios y universidades se interesaron por este deporte, al que veían valores europeos, y practicarlo pasó a ser un signo distintivo de los y las jóvenes de clases distinguidas. De ahí derivó el excelente desarrollo de su fútbol femenino, en la vanguardia mundial desde años atrás.

El 'aprendizaje' de 1986

Kissinger había intentado hacerse con el Mundial de 1986, al que renunció Colombia tras tenerlo atribuido. La causa fue que la FIFA se descolgó con unas exigencias inéditas que elevaban exponencialmente el costo: 12 estadios de 40.000 espectadores para la primera fase, más cuatro de 60.000 para la segunda, más dos de 80.000 para el partido inaugural y la final, más una torre de comunicación en Bogotá, más congelación de las tarifas hoteleras para los miembros de la FIFA desde el 1 de enero de 1986, más un decreto de libre circulación de divisas internacionales por el país, más una flota de limusinas para los directivos de la FIFA, más una red de trenes entre sedes, más aeropuerto con capacidad para los más modernos jets en todas las sedes, más red de carreteras rápidas para conectar las sedes entre sí.

Ante semejantes imposiciones, Colombia renunció, no sin gran polémica nacional. Kissinger impulsó a Estados Unidos a proponerse, y lo hizo, junto a Canadá, Brasil y México, que al final se lo llevaría. México tenía un gran padrino, Guillermo Cañedo, vicepresidente de Televisa y de la FIFA, de quien en Colombia siempre se malició que fue el urdidor de aquel pliego de exigencias. Kissinger declararía más tarde al respecto: «Los enredos y conspiraciones por la Copa del Mundo de 1986 me hicieron nostálgico de las conversaciones de paz en Oriente Medio». Se compensó publicando tras el campeonato un impactante artículo titulado El fútbol y las actitudes, donde señalaba que cada país juega al fútbol como vive y como hace la guerra.

Pero aprendió a manejarse en la FIFA, y el de 1994 sí lo conseguría, por delante de Marruecos y Brasil. Al presidente de la FIFA, Joao Havelange, cómplice en aquellos años de Juan Antonio Samaranch y Primo Nebiolo (presidente mundial del atletismo) en la causa de allegar grandes patrocinios para el deporte, le pareció oportuno un Mundial en Estados Unidos. Las críticas en Europa y Sudamérica fueron demoledoras, y tampoco puede decirse que Estados Unidos recibiera la noticia con entusiasmo. The Washington Post escribió en su editorial: «El fútbol es un juego que los estadounidenses enseñamos a nuestros niños hasta que alcanzan la edad suficiente para hacer algo interesante». Y también: «Aquí es el deporte del futuro y siempre lo será».

El Soldier Field de Chicago, durante la ceremonia inaugural.

El Soldier Field de Chicago, durante la ceremonia inaugural.FIFA

Kissinger se reservó el papel de vicepresidente del comité organizador, aunque en verdad lo manejaba todo. EEUU ya acudió al Mundial previo, Italia-1990, pero perdió los tres partidos. Ahora que estaba clasificada de oficio necesitaba un equipo competitivo para no hacer el ridículo y Kissinger, aconsejado por su ídolo Beckenbauer, escogió como seleccionador al yugoslavo Bora Milutinovic, un arquetipo de trotamundos de esos que da el fútbol; lo había sido como futbolista y lo sería también como entrenador. En México-1986 dirigió a la selección local y en Italia-1990, a la de Costa Rica, a la que clasificó previamente. Fue una buena elección. Trabajó a fondo, con una larga concentración en Mission Viejo (California) por la que pasaron muchos jugadores hasta ir afinando el grupo definitivo, entre cuyos supervivientes se contó el bético Tab Ramos. Si hasta aquellas fechas Estados Unidos había jugado 80 partidos en toda su historia, ahora iba a jugar 89 antes del Mundial, lo que incluyó el torneo de la CONCACAF, la Copa América y un torneo Internacional en Riad con Arabia y Costa de Marfil. El resto fue una nube de amistosos bien programados y graduados.

Concurrieron 24 equipos, la mitad que al de este próximo verano, divididos en seis grupos de cuatro; pasaban a octavos los dos primeros y los cuatro mejores terceros, con la novedad que la victoria daba tres puntos, no dos, como venía siendo hasta entonces. Los jugadores llevaron el nombre en la espalda sobre el número, costumbre inveterada en los deportes americanos y ya adoptada entonces por la Premier. Se jugó en ocho ciudades, en campos de fútbol americano, en general viejos. Un contraste con Italia-1990, donde se construyeron o renovaron casi todos.

La primera impresión fue desoladora: el 17 de junio abrieron plaza en el Soldier Field, de Chicago, Alemania, como campeona vigente, y Bolivia, entrenada por nuestro recién fallecido Xabier Azkargorta, El Bigotón, al mismo tiempo que coches de policía perseguían por las autopistas al que conducía O.J. Simpson, celebérrimo jugador de fútbol americano (incluso había participado en la exitosa Aterriza como puedas), presunto culpable de asesinar a su esposa y su amante. El fútbol perdió interés, hasta los espectadores de Chicago dejaron los asientos para seguir en los televisores de las galerías la cinematográfica persecución, filmada desde un helicóptero. Ese primer día el Mundial se sintió en casa ajena.

86.016 espectadores en San Francisco

Y, sin embargo, todo fue creciendo sobre la marcha. Una causa fue la inmensidad de aquel país, donde desde cualquier lugar puede salir gente para cualquier cosa. Y luego, el inesperado buen papel del equipo local, bien armonizado por Milutinovic. Se hizo muy popular el defensa Alexi Lalas, un hippy pelirrojo de melena rizosa y perilla, que evocaba a Buffalo Bill, pero también llamaron la atención el portero Meola, el líbero Reyna, el cerebral Wynalda y el alborotador atacante Coby Jones. Empezaron empatando con Suiza y dieron la campanada al ganar en el segundo partido a Colombia, 2-1, con aquel autogol de Escobar que le costaría la vida al cabo de pocas semanas. Cerraron el grupo perdiendo 1-0 con Rumanía, pero eso les dio para pasar el cruce y enfrentarse en octavos a Brasil.

Ese día el fútbol pisó fuerte en Estados Unidos. Se acreditaron 1.500 periodistas. En la víspera, el presidente Bill Clinton llamó personalmente a Milutinovic para desearle suerte, y el partido concentró 86.016 espectadores en el Stanford de San Francisco, 2.000 más que la Super Bowl de 1985, récord hasta la fecha. Ganó Brasil 1-0, gol de Bebeto, pero puede decirse que aquella fue una derrota de prestigio. La ABC batió su récord de audiencia. Los muchachos de Milutinovic habían cumplido, logrando lo que la NASL había intentado infructuosamente con sus pelés, beckenbauers, cruyffs, eusebios y demás.

Por lo demás, aquel Mundial dejó cosas interesantes para el recuerdo: Franco Baresi se lesionó de menisco en el primer partido. Dada su edad, 34 años le dimos por retirado. Pero resultó que la entonces modernísima técnica de la artroscopia le permitió reaparecer en la final, donde iba a fallar el primer penalti de la tanda.

Salenko, durante su histórico partido ante Camerún.

Salenko, durante su histórico partido ante Camerún.FIFA

Rusia participó por primera vez como tal, una vez disuelta la URSS. Uno de sus jugadores, Oleg Salenko, marcó cinco goles en un partido, cosa que nadie hizo antes y no haría después, en ese verano estaba pasando del Logroñés al Valencia, y más adelante jugaría en el Córdoba. Rusia ganó 6-1 a Camerún, con el meta Songo'o, que luego pasaría por el Depor, como víctima. Pero esa goleada no le dio para clasificarse. Salenko fue Bota de Oro con seis goles, los mismos que Hristo Stoichkov, aunque conseguidos en menos minutos.

Maradona vivió el definitivo drama de su suspensión por dopaje, después de haber vencido su adicción a la cocaína con un tremendo esfuerzo. El error de uno de sus colaboradores al reponer un medicamento agotado por otro muy parecido, pero que contenía efedrina, hundió su carrera y su vida para siempre.

Roger Milla, que había asombrado en Italia-1990 con su incorporación a Camerún por orden del presidente cuando ya estaba retirado, regresó a este Mundial, ya con 42 años. En el partido de los cinco goles de Salenko marcó el único de los suyos, con lo que se convirtió en el goleador de mayor edad en la historia de la Copa del Mundo.

Hemorragia nasal

España acudió con el polémico Javier Clemente como seleccionador e hizo un buen campeonato. Su equipo, granítico, cargado de defensas centrales, llegó hasta cuartos, donde perdió contra Italia por un gol de Roberto Baggio. A muy poco del final, Mauro Tassotti provocó una fuerte hemorragia nasal a Luis Enrique con un codazo en el área que ni el árbitro ni el linier vieron. Quién sabe si con ese penalti...

La final fue Brasil-Italia. Terminó 0-0 tras prórroga y por primera vez el título se decidió en la tanda penaltis. Ganó Brasil, con un fallo final de Baggio, la estrella de Italia.

En términos generales, aquel Mundial fue un éxito inesperado. Frente al escepticismo inicial, EEUU metió 3.587.538 espectadores en los 52 partidos, con un promedio de 68.991, récord absoluto. Esa fue la más grata de las sorpresas. El fútbol había metido un pie en el país, para felicidad de Kissinger. Desde entonces se ha clasificado a todas las ediciones, excepto el de Rusia-2018 (antes había faltado a todas las celebradas entre Brasil-1950 e Italia-1990) y ha ganado la Copa de Oro (que enfrenta a los países de Centro y Norteamérica) en seis ocasiones.

Ahora, el capital estadounidense asalta los grandes clubes de la Champions y el país se prepara para organizar un nuevo Mundial, apoyado en Canadá y México. Sólo que ya no está Kissinger al cargo, sino Trump...

La noche disoluta de la Naranja Mecánica y aquel titular de 'Bild': "Cruyff, champán, chicas desnudas y un baño refrescante"

La noche disoluta de la Naranja Mecánica y aquel titular de ‘Bild’: “Cruyff, champán, chicas desnudas y un baño refrescante”

Holanda tardó mucho en desarrollar su fútbol. Hasta Alemania-1974 no había participado más que en dos Mundiales, Italia-1934 y Francia-1938, y en ambos cayó al primer partido. Desde la guerra hasta los setenta sólo tuvo un jugador destacable, Faas Wilkes, un interior zurdo superclase, largo y delgado, profesional en varios equipos de Italia, y también aquí, en el Valencia y en el Levante. La selección oranje renunció a él a raíz de salir del país como profesional, así eran las cosas entonces. Todavía en la segunda mitad de los sesenta, un equipo holandés era en la Copa de Europa una especie de cheque al portador. El Madrid se cruzó con el Feyenoord en la 1965-1966 y Puskas, ya con 39 años, gordo hasta para bodeguero, le marcó sus últimos cuatro goles europeos.

Y de repente, el boom. En 1970 ganó la Copa de Europa el propio Feyenoord; los tres años siguientes lo haría el Ajax, con un joven Cruyff a la cabeza. Pero si el equipo de Rotterdam alcanzó el título desde un estilo clásico, lo del Ajax fue una revolución: el fútbol total, con jugadores intercambiando posiciones y apareciendo por cualquier lado. Delgados (hasta entonces se valoraba al jugador macizo, por las cargas), melenudos, desenfadados en el vestir, se les vio como una prolongación en el fútbol de la revolución beatle, cuyo adelantado fue el irlandés George Best en el Manchester United. Fue un fútbol rupturista en el fondo y en las formas. Aquel Ajax, y su traslación vestido de naranja a la selección holandesa, representó fielmente el espíritu de su tiempo, el zeitgeist de Hegel: exaltación de la juventud, ansia de derrocamiento del viejo mundo, espíritu de alegre insurrección…

Para saber más

Eso incluía abanderar la libertad sexual. Rinus Michels, a la sazón entrenador del Barça (que fichó a Cruyff para la 1973-74), lo había sido antes del Ajax. Le hicieron seleccionador sin que tuviera que dejar el club catalán. Holanda se había clasificado un poco por los pelos para el Mundial porque su predecesor, el checoslovaco František Fadrhonc, no daba con la mezcla entre el Ajax y el Feyenoord. Michels lo conseguiría, y además iba a incorporar una novedad llamativa: permitió que durante la larga concentración previa al campeonato las esposas y novias de los jugadores hicieran un par de convivencias con ellos, en días de asueto con noche de hotel incluida. Aquello violaba un tabú ancestral, pues regía la convicción de que la práctica del sexo debilitaba. Los entrenadores lo proscribían para la segunda mitad de la semana, los boxeadores se abstenían desde tres semanas antes de un combate, muchos ciclistas lo evitaban durante toda la temporada de verano. Conocí a un boxeador que sufría infaliblemente una polución la noche antes de cada combate y decidió acostarse con la parte delantera de los calzoncillos rellena de alcanfor, como remedio casero.

Y ahora los jugadores de Holanda iban a la Copa del Mundo con las mujeres o novias. Lo de las novias añadía escándalo en la España de entonces, aún franquista, con su nacionalcatolicismo a cuestas. Aquí el sexo antes del matrimonio era pecado según la Iglesia y milagro según la población joven masculina.

La fiesta

Michels eligió como sede del equipo la ciudad de Hiltrup, a 70 kilómetros de la frontera de Holanda y cerca de los campos de su grupo. Se alojaron en el Waldhotel Krautkrämer, en un paraje tranquilo, con bosque y lago. Un remanso de paz.

Holanda pasó la primera fase con buena nota e iba a deslumbrar en el primer partido de la segunda con un estrepitoso 4-0 sobre Argentina. Una exhibición plena, el mejor partido del campeonato, ante una de las candidatas al título. De aquel equipo varios jugadores pasaron con éxito por España: Carnevali, Heredia, Wolff, Ayala y un jovencísimo Kempes. Wolff seguía asustado al cabo de los años: «Defendían con 11 y atacaban con siete. Intercambiaban posiciones, no sabías por dónde iban a aparecer». Después vino el 2-0 ante la RDA, la Alemania Oriental. La RDA había ganado en la primera fase a su vecina, la RFA, campeona de la Eurocopa de 1972, con base en el Bayern de Beckenbauer, Breitner, Hoeness o Müller.

La selección naranja estaba eufórica. Se veían imbatibles. Era domingo, hubiera tocado encuentro con las parejas, pero Michels no lo programó esta vez. Había detectado que el contacto entre ellas extendía rumores y envidias, y la final estaba encima. A cambio autorizó una fiesta con recital del grupo holandés The Cats y, tras la cena, no se respetó el toque de queda de las 11 de la noche. Sólo Michels se fue pronto a la cama. El sábado había tenido que dirigir al Barça en la final de Copa (sin Cruyff, los extranjeros no jugaban entonces esa competición), madrugó para estar en el Holanda-RDA y estaba agotado. Y como cuando el gato no está los ratones bailan, alguien corrió la voz de que en la piscina cubierta del hotel había tres chicas desnudas, coladas como groupies de The Cats, y allí acudieron poco a poco casi todos.

Cruyff estaba hablando con una pelirroja cuando vio a alguien haciendo fotos, saltó y se la emprendió a golpes hasta descubrir que era el hijo del propietario, no un periodista. No supo, ni él ni nadie, que entre los testigos sí había un periodista, de nombre Guido Frick, redactor del Stuttgarter Nachrichten. Se había camuflado en el hotel como representante de spätzle, un tipo de pasta, con idea de hacer un reportaje al final del campeonato; de repente se encontró con aquello y decidió sacrificar el resto de su estancia a cambio de publicar en su periódico una información titulada: «La Superestrella Cruyff te invita a un baño nudista», que salió el martes 2. Aquello no trascendió, los jugadores ni se enteraron y jugaron despreocupados el miércoles 3 contra Brasil, y ganaron 2-0. Eran jóvenes, habían descansado la juerga, hicieron un buen entrenamiento el martes y estaban ya en la final.

Pero se había cerrado una tormenta sobre sus cabezas.

El escándalo

El mismo día del partido contra Brasil, replicó la historia el Bild-Zeitung, que pagó 4.000 marcos al Stuttgarter Nachrichten por nuevos detalles, y añadió otros de cosecha propia, conformando un reportaje de cinco páginas con firma de Klaus Schütz, que fabuló haberse infiltrado como falso camarero. Tituló: «Cruyff, champán, chicas desnudas y un baño refrescante». El Bild no era un pequeño periódico de provincias, sino un monstruo con siete ediciones en Alemania y cuatro millones de compradores, líder absoluto de la prensa sensacionalista internacional. El relato saltó fronteras, ocupó telediarios y desató la ira de esposas y novias. La calma de Hiltrup se convirtió en un terremoto.

Para proteger el descanso, las habitaciones se habían dejado sin teléfono; sólo había una cabina en el hall que, al regreso de los jugadores de su partido para ver el Alemania-Suecia, que cerraba el otro grupo, ya estaba colapsada. Fueron terribles ese día y los siguientes, con acusaciones al director del hotel, continuos llamamientos a la cabina y disputas por la lista de espera. Cruyff tuvo preferencia, no sólo porque era el divo, sino también el más señalado en el reportaje. «Cruyff sudó más en esa cabina que en cualquier entrenamiento», escribiría años después Auke Kok, en su libro 1974, cuando fuimos los mejores.

Danny Cruyff se sintió particularmente humillada. Su marido encabezó el titular y fue señalado como cabecilla de la fiesta. Al fin y al cabo, en aquella selección todos obedecían su voz. Él había sido la causa de que no fuera seleccionado el mejor meta del país, Van Beveren, del Eindhoven, con el que tenía mala relación. Y llegó a enfrentarse a la Federación a causa del patrocinio. Holanda vestía Adidas, pero él estaba patrocinado por Puma. Jugó la clasificación con la banda gruesa de esta marca en las mangas, en lugar de las tres de Adidas. Y en el Mundial, tras una durísima negociación, aceptó ponerse la camiseta de Adidas, pero le quitó una de las tres rayas. Era el primero para el elogio en las buenas y el primero para las críticas en las malas. Y en aquel momento estaba en las peores.

En el otro grupo pasó Alemania y la final se jugó el domingo 7, sólo cuatro días después de la publicación, con el ambiente del grupo radicalmente alterado. Michels estuvo durísimo en la comparecencia previa ante la prensa alemana, que añadió a ese fuego toda la leña posible: «Se han atravesado líneas rojas inimaginables», bramaba. Latían, además, los rescoldos de la guerra, sólo 30 años atrás, cuando Alemania ocupó Holanda e hizo allí desastres, sobre todo a partir del desembarco de Normandía. Llegó a provocar una hambruna terrible, en la que varios jugadores habían perdido familiares.

La final

Alemania ganó aquella final, y eso que Holanda empezó de maravilla. Sacó de centro, jugó el balón, lo entretuvo con 15 pases de distracción hasta que arrancó Cruyff, perseguido por Vogts, y al llegar al área le entró imprudentemente Hoeness, volteándolo. El penalti lo lanzó Neeskens a su manera, con un disparo homicida por el centro. Recuerdo que vi aquel partido en Goyán, Galicia, a la orilla del Miño, recién licenciado de la mili, con un compañero de quinta que era del pueblo, y su hermano sentenció: «Gol del Barça, ganamos uno cero».

Y tenía razón, pues Cruyff provocó el penalti y Neeskens, que lo transformó, estaba ya fichado por el club catalán para la temporada inminente. El primer jugador alemán que tocó el balón fue el meta Maier, para sacarlo con la mano del fondo de la portería. Pero el resto del partido sería otra cosa. Vogts apretó a Cruyff por todo el campo, el equipo no se movió como venía haciéndolo, no fluyó el juego, se había perdido la sincronización de movimientos. Las mentes estaban espesas. El juego alemán, hecho de eficacia, se impuso y ganó 2-1.

Cruyff no estuvo en Argentina-1978. La razón la desvelaron los gemelos Van der Kerkhof en su autobiografía: desde aquella cabina de tortura le había jurado a Danny, para salvar el matrimonio, que nunca más iría a una concentración larga. Sin él, Holanda llegó a la final y hasta rozó el título con un tiro al palo de Rensenbrink en el descuento, pero cayó en la prórroga. Otra final perdida.

La Naranja Mecánica pasó a la historia como un campeón sin corona. Un equipo legendario, al que una noche de descompresión disoluta aireada por el tremendista Bild se le cruzó en el peor momento.

Una vez osé preguntarle a Cruyff por esto. No le hizo gracia y fue breve: «Alguien contó algo a alguien y a partir de ahí se fabricó una historia».

Camerún, el primer martillazo de África en los Mundiales: los rigores de un seleccionador soviético, el revulsivo de Milla y las presiones a N'Kono

Camerún, el primer martillazo de África en los Mundiales: los rigores de un seleccionador soviético, el revulsivo de Milla y las presiones a N’Kono

En los 70 empezaron a aparecer voces autorizadas que anunciaban: «Cuando el África negra despierte, reinará en el fútbol». El pronóstico se basaba en el inmenso potencial físico de las gentes de aquella parte del mundo, con fuerza, agilidad y velocidad muy buenas para este deporte. Ya habíamos tenido algún ejemplo en Europa, el más importante, Eusebio, nacido en Mozambique cuando era todavía provincia portuguesa de ultramar. De la misma época era Kialunda, un congoleño que triunfó en el Anderlecht. Aquí impactaron Salif Keita y el gambiano Biri-Biri, llegados al Valencia y al Sevilla en la campaña 1973-74. Y la raza negra ya estaba muy presente en países de Sudamérica de larga tradición futbolística, y bien que se notaba. Singularmente en Brasil, con Pelé.

En el África subsahariana tardó más en entrar el fútbol que en el Magreb, y cuando llegó, las condiciones de pobreza no permitían la existencia de buenos campos. En general, practicaban un fútbol anárquico, sin más propósito que el lúdico. Pero, se decía, era cuestión de tiempo que tuvieran campos, tradición y una cultura táctica poco a poco implantada por técnicos europeos que empezaban a ir por allí.

Para saber más

La primera selección de aquella zona presente en un Mundial fue Zaire, en el Mundia de Alemania de 1974, que conquistó la única plaza africana. (A México'70 fue Marruecos, a Argentina'78 iría Túnez). Fue un desastre. Perdió 2-0 con Escocia, 9-0 con Yugoslavia y 3-0 con Brasil, dejando una imagen folklórica de brujos, fetiches y amenazas de su presidente, Mobutu Sese Seko. Otra cosa sería Camerún, ya en España'82, donde con la ampliación de 16 a 24 equipos a África ya le correspondieron dos y vinieron Argelia y Camerún. Argelia no pasó en su grupo por un tongo entre Alemania y Austria. Camerún hizo en el suyo los mismos puntos que Italia para el segundo puesto y quedó fuera por goal average, pero dejó buena impresión, en especial el delantero Roger Milla. Empató con Polonia, semifinalista, y con Italia, campeona.

La orden del presidente Biya

En México'86 las dos plazas serían para Argelia y Marruecos. Camerún iba a regresar, junto a Marruecos, en Italia'90. Y daría la campanada. El seleccionador fue Valery Nepomnyashchy, ex futbolista soviético, retirado a los 25 años por un golpe en un riñón. Fichó en 1988 como parte de un programa de colaboración entre los dos países. Llegó para la sub-21, pero se fue el seleccionador y le cayó el cargo. Firmó por dos años, con el horizonte de Italia'90 y les clasificó, ganando el grupo frente a Nigeria, Angola y Gabón, y eliminando luego a Túnez.

La liga local, amateur, se suspendió para preparar del Mundial. Nepomnyashchy hizo una lista de 40 para una primera criba y un día le iban cuatro, otro 10, otro seis... Y no siempre los mismos. No les daban permiso en sus trabajos. El día que pudo montar un partidillo lo consideró un éxito. Finalmente escogió 28 para la concentración definitiva, en un campamento militar cerca de Split, entonces Yugoslavia, hoy Croacia. Allí se les agregaron los 10 profesionales europeos, ocho que jugaban en Francia, uno en Suiza y nuestro N'Kono, meta del Espanyol, que ese curso jugó en Segunda. Los pericos acabaron terceros, lo que les otorgó acceso a una promoción contra el Málaga, que N'Kono se perdería. El portero escuchó a través de la radio el retorno a Primera de los suyos con tanda de penaltis en Málaga.

En esas llegó la orden del presidente, Paul Biya, de incorporar a Roger Milla, dos veces Balón de Oro africano. Con 38 años, estaba retirado. Tras una carrera iniciada a los 14 años en Camerún y culminada en Francia (ganó una Copa con el Mónaco y las Copas de África de 1984 y 1988), se despidió con un doble homenaje en Yaundé y Duala, los dos únicos estadios del país. Ahora jugaba por placer en el Saint-Pierroise, de Isla Reunión.

Vautrot expulsa a Massing tras una dura entrada sobre Cannigia.

Vautrot expulsa a Massing tras una dura entrada sobre Cannigia.GETTY

Le esperaron incómodos, pero su conducta agradó. No se hizo el importante, dio buenos consejos, se entrenó a fondo y aceptó el papel de suplente. El trabajo fue terrible, en plan ejército soviético, subiendo colinas con un compañero encima una y otra vez. Hubo abandonos y los amistosos no fueron tranquilizadores, pues los perdieron todos menos el último, contra la sub-21 yugoslava. Con esos antecedentes y la perspectiva de abrir plaza la jornada inaugural, ante los campeones, la Argentina de Maradona, volaron los 22 supervivientes a Milán.

Cuando Nepomnyashchy da la alineación en el hotel, a cinco horas del partido, hay sorpresa: no juega Bell, del Burdeos, al que se daba por titular, sino N'Kono. La causa fue que al grupo le habían dado 800 dólares a repartir entre todos por clasificarse, Bell supo que otras selecciones cobraban hasta millón y medio, levantó esa liebre y el ministro de Deportes exigió al seleccionador que le apartara. N'Kono quiso resistirse, pero Nepomnyashchy le dijo: «Si no juegas, pongo un delantero». Y jugó. Un factor de nerviosismo más cuando se alinean en el centro del campo ante un San Siro repleto, de unas dimensiones desconocidas para casi todos. Asiste el presidente Biya, otra amenaza, y no pueden esperar más apoyo que el de un grupito de familiares de los que jugaban en Europa.

Los capitanes, Tataw y Maradona, sortean los campos, y el argentino se retira haciendo unos malabares intimidantes con el balón. Eso les enfada. Y más les enfada que el abundante grupo argentino les haga sonidos de mono. Cantar su himno les ha reforzado y salen decididos a vender cara su piel negra. Corren, saltan, cargan y pegan, corren, saltan, corren y pegan... El superduro Massing advierte a Maradona: «Soy un amateur sin nada que perder, como vengas por aquí te retiro». Maradona no se arruga, llegará a sufrir hasta 12 faltas, 10 de ellas castigadas con tarjeta amarilla por Vautrot, lo que viene a significar que le pegaron todos. En la segunda mitad sale Caniggia a repartirse los golpes con él. Pero hace rato Camerún ya no sólo pega. En el minuto 20, M'Fedé, que se da un aire a Milla, regatea a dos argentinos, entrega bien y crea una ocasión de gol. El equipo descubre que puede jugar. Como Argentina nada y guarda la ropa, el partido se equilibra. En el minuto 68, Omam-Biyik se cuelga del cielo y pica un cabezazo ante el que Pumpido falla clamorosamente. Argentina se lanza al ataque, Vautrot le facilita las cosas en el 72, con la expulsión un tanto rigurosa de Kana-Biyik, hermano del goleador. Argentina se vuelca, pero no penetra y sus lanzamientos a la olla son dominados por N'Kono. En el 90 hay una segunda expulsión, Massing, que voltea a Caniggia. En el descuento, nuevos arreones argentinos, algún contraataque con aire de gol y pitido final con la victoria de Camerún. Una bomba, otra vez David contra Goliath. Buffon, entonces un muchacho, decidió ese día, por inspiración de N'Kono, pasar de ser jugador de campo a la portería.

El equipo de toda África

Después toca Rumanía, ante la que aplican a Hagi el mismo tratamiento que a Maradona. Menos bravo, se retira en el minuto 56. En el 61, Nepomnyashchy hace salir a Milla, ausente ante Argentina, y su irrupción fascina: marca en el 76, repite en el 86. El gol final de Balint es inútil. En dos partidos, Camerún ha asegurado el primer puesto del grupo. Los días siguientes son difíciles para el seleccionador, la concentración se altera con reportajes, regalos y agentes con sus ofertas. Falta jugar contra Rusia y el plan es dar descansos masivos, pero el ministro de Deportes le dice que estaría mal visto, ya que él es ruso, y le exige que ponga a los mejores. Lo hace y el resultado es una derrota por 4-0.

El palo viene bien, hace reflexionar a todos y deciden afrontar los octavos con máxima concentración. El rival es la Colombia de Higuita, Valderrama y Redín, adelantada del tiqui-taca. Su juego es un puro toque que va toreando el vendaval camerunés. Milla entra en el 59 por M'Fedé, el partido termina 0-0, pero en la prórroga vuelve a frotar la lámpara y marca en el 106 y el 109, el segundo robándole el balón a Higuita en una excursión al medio campo. De nuevo es vano el tardío gol del rival. Camerún pasa a cuartos, donde nunca antes llegó ningún equipo africano. Ya es el pasmo del Mundial, el equipo de toda África. Camerún vive un delirio. Desde el segundo partido, las muchas ciudades sin luz se vacían los días de partido porque sus gentes van a Yaundé o a Duala, a ver la televisión donde puedan, duermen en casa de algún pariente o paisano, o en la calle, y regresan al día siguiente. Se vive una exaltación nacional.

El rival de cuartos es Inglaterra. Beckenbauer, seleccionador de Alemania, dice que preferiría cruzarse con Inglaterra en semifinales antes que con los africanos. A esas alturas la pregunta era: ¿quién puede parar a Camerún?

Omam-Biyik, durante el partido de cuartos ante Colombia.

Omam-Biyik, durante el partido de cuartos ante Colombia.FIFA

Inglaterra trata de intimidar ocupando primero el túnel, con gritos y cánticos, pero los intimidados son ellos cuando salen del vestuario los cameruneses, entonando un canto entre guerrero y religioso, mientras repiquetean con ese ritmo tan africano los tacos sobre el suelo. Luego juegan mejor que nunca, atacan con fe e ingenio, ligan jugadas rápidas y precisas. Es impresionante. Aun así marca por delante Platt, con un buen cabezazo. Milla aparece en el 46, de nuevo como revulsivo. En el 63 le hacen un penalti que transforma Kundé, en el 65 le adelanta un pase a Ekéké, que marca el 2-1. Camerún se confía, disfruta, está dando su recital cuando en un descuido Inglaterra le llega y un penalti discutible provoca el 2-2 de Lineker. En la prórroga, otro penalti transformado también por Lineker liquida la bonita historia. Camerún está fuera y los millones de partidarios que había ganado en todo el mundo, y me incluyo, sufrimos una desilusión. Se despiden con una vuelta olímpica, aclamadísimos. Han entrado en el corazón de todos. Por una vez, el África negra deja de ser vista sólo como un lugar de guerras, epidemias y niños hambrientos.

El 747 que les va a recoger a Roma tiene que dar dos vueltas sobre Yaundé hasta que la Policía consigue despejar la pista del gentío que se agolpa. Todo el país está en la calle. El presidente les condecora con la orden de Caballero de la Orden Nacional del Valor y les promete un piso a cada uno. El piso tardó 30 años en llegar. Demasiado tarde para Massing, M'Fedé y el capitán Tataw, muerto por no poderse pagar un tratamiento. Paul Biya sigue como presidente tras medio siglo en el cargo. En Yaundé se abrió una gran cervecería llamada Nepo en honor a Neponmaneshchy, pero no renovó. Se convirtió en un trotamundos de los banquillos.

Roger Milla fichó por el Tonnerre de Yaundé y se retiró en el Pelita Jaya, de Indonesia. Aún jugó en EEUU'94 y marcó un gol con 42 años, récord mundialista. Ahora es embajador de UNICEF. Para EEUU'94, ya se amplió a tres el cupo de selecciones africanas, que desde entonces no ha hecho más que subir. En el próximo, con 48 participantes, habrá nueve, más la posibilidad de otra, a través de la repesca. Pero hasta Italia'90 ninguna selección africana había soñado con rozar las semifinales. La hazaña de Los leones indomables sigue muy presente.

El último disgusto de España contra Turquía camino de un Mundial: un niño con los ojos vendados, un seleccionador-dentista y tabaco para los espectadores

El último disgusto de España contra Turquía camino de un Mundial: un niño con los ojos vendados, un seleccionador-dentista y tabaco para los espectadores

más calamitosa de nuestras eliminaciones camino de la Copa del Mundo (fueron cuatro, con vistas a Suiza-1954, Suecia-1958, México-1970 y Alemania-1974; a las otras dos que faltamos, Uruguay-1930 y Francia-1938 no nos inscribimos) fue la primera de todas, frente a Turquía. Un episodio chusco, con un seleccionador que accedió al cargo por el raro mérito de ser el dentista del presidente de la Federación y con un desenlace extravagante: un arrapiezo romano de 14 años, colado en los vestuarios del Olímpico de Roma, fue escogido como mano inocente para un sorteo que clasificó a los turcos.

Se llegó a eso tras una victoria en Madrid, una derrota en Estambul y un empatado desempate en Roma. Todo aquello me pilló con tres inocentes e ignorantes años, pero durante mucho tiempo escucharía de mis mayores y leería en prensa lamentos jeremíacos por aquel Lepanto al revés.

Para saber más

En 1950 fuimos cuartos en Uruguay, así que el precedente animaba. Allí habíamos ganado a los ingleses con un eterno gol de Zarra que provocó en el entonces presidente de la Federación, el doctor Muñoz Calero, un entusiasmo desmedido. Matías Prats estableció una conexión en Radio Nacional para que "ofreciera la victoria al Caudillo", y henchido de entusiasmo, el presidente federativo espetó: "¡Excelencia, hemos vencido a la Pérfida Albión!". Aquello creó una incomodidad diplomática que le costaría el puesto.

El General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes como premio a su defensa del Alcázar de Toledo, nombró en primera instancia a Manuel Valdés Larrañaga, un falangista de primera hora (camisa vieja, se autodenominaban, como casta especial, para diferenciarse de los arribistas que al fin de la guerra acudieron por millares en auxilio del vencedor). Pero fue visto y no visto, porque pronto le nombraron embajador en la República Dominicana.

El 31 de enero de 1952, Moscardó confió el cargo al jerezano Sancho Dávila y Fernández de Celis, otro significado camisa vieja, primo segundo de José Antonio. Pistolero urbano en los días de la República, el golpe de Estado le pilló en la cárcel Modelo de Madrid, de la que salió gracias a la Embajada de Cuba.

Era hombre del toro, así que su designación cayó mal en la gente del fútbol, pues aún existía una desconfianza entre ambos mundos. Cuando yo era niño era frecuente que alguien te preguntara si te gustaba el fútbol o los toros. A su llegada se encontró sin seleccionador, porque el que había, el legendario Ricardo Zamora, aceptó una despampanante oferta de Venezuela. Lo resolvió contratando a Pedro Escartín, el gran sabio del fútbol español.

Símbolo anticomunista

Debutó con un 0-1 ante Argentina y siguió con un 2-2 ante Alemania y un 3-1 a Bélgica, todo ello en España. No era lo esperado. A eso siguió una gira por Sudamérica en el verano de 1953, que significó el debut de Kubala, el primer gran genio de importación de nuestro fútbol.

Fugado de Hungría con contrato en vigor con el Vasas, no pudo jugar en Italia por la fuerza del Partido Comunista Italiano y fue acogido de brazos abiertos en la España de Franco como símbolo anticomunista. Bernabéu le intentó fichar, pero la Federación le disuadió porque estaba suspendido por la FIFA. El Barça, que tenía de su lado al secretario de la Federación, Ricardo Cabot, se las apañó para inscribirle como aficionado a fin de utilizarle en amistosos. Al cabo de unos meses, tras nacionalizarle previo bautizo católico en Águilas (el pueblo del antes mencionado Muñoz Calero), pasó a jugar en el Barça, sin transfer FIFA.

Debutó en la Copa de 1951, que ganó, como ganaría el doblete Liga y Copa en 1952 y 1953, más la Copa Latina de 1952. Era un futbolista superior y un gran elemento de propaganda para el franquismo, que lanzó una película-panfleto protagonizada por él, Los ases buscan la paz. La predicada persecución del Barça por parte del Régimen tiene en este olvidado episodio un duro desmentido.

Partido de preparación entre los seleccionados españoles y Plus Ultra.

Partido de preparación entre los seleccionados españoles y Plus Ultra.E.M.

Aún no habían pasado los tres años preceptivos desde su nacionalización (se produjo el 1 de junio de 1953) para jugar con España, pero Escartín le llevó en su gira. Dado que se le tenía por un Superman, chocó la nueva derrota en Argentina (1-0) y la pobreza de la victoria en Chile (1-2). Escartín siempre fue un poco divo, las críticas por su juego defensivo en la gira le ofendieron y dimitió.

Marca hizo una encuesta nacional entre sus lectores para buscar sustituto, proponiendo cuatro nombres. Sancho Dávila pensó que le querían imponer el sucesor, decidió tomar el asunto en sus manos y dio la campanada al elegir a su dentista. Así, como suena. Se llamaba Luis Iribarren y no es que fuera un absoluto lego en fútbol, como su paciente: había militado en la época amateur en el Real Unión de Irún, aunque no por mucho tiempo, y siendo más bien un suplente.

Se fue a Nueva York, donde se doctoró en odontología y puso consulta en Madrid. Cuando sentaba a Sancho Dávila en el potro de tortura le hablaba de fútbol para distraerle. No era más que un mero aficionado, habitual de Chamartín y el Metropolitano, pero sin contactos en el mundillo ni un pasado glorioso que le avalara, pero al presidente le pareció un pozo de ciencia, le metió en el Comité de Competición, y le hizo seleccionador.

Había que encarar la clasificación para Suiza-1954. No parecía difícil: un doble choque con Turquía, país muy de segunda fila en fútbol, con un corto palmarés internacional: 23 partidos, siete ganados, tres empatados y 13 perdidos, 25 goles marcados, 50 encajados. El de España era otro: 97 partidos, 54 victorias, 22 empates, 21 derrotas, 224 goles a favor y 125 en contra. Habíamos sido cuartos en el último Mundial, y nos llegaba el refuerzo de Kubala. ¿Qué íbamos a temer?

Ensayo fallido

Hubo un ensayo previo, un amistoso contra Suecia, en San Mamés, el 8 de noviembre de 1953. Suecia tenía cierto prestigio, pero su liga todavía era amateur y sus buenos jugadores eran sistemáticamente absorbidos por Italia, o en algún caso, por España, y la selección los perdía. En San Mamés alinearían tres bomberos, tres camareros, dos maleteros, un ingeniero, un administrativo y un panadero, según informó puntualmente Marca.

Ni rastro de los Skoglund, Carlsson, Palmer, Gren, Liedholm o los hermanos Nordahl, todos ellos célebres profesionales. Pero, aun con eso y con Kubala, empatamos 2-2. Iribarren acusó a la defensa y se hizo el interesante: "Ya advertí antes del encuentro que Suecia era peligrosa".

Turquía nos visitó el día de Reyes de 1954, en tarde soleada y con el campo a reventar. Sólo repiten cuatro de los del fiasco en San Mamés. Caen el portero y la defensa al completo. Tampoco está Kubala. Aparte de que jugó mal ante Suecia, ahora se trataba de un partido oficial y por si acaso... España gana 4-1. Bien. Ya tenemos medio billete.

El 14 de marzo se devuelve la visita. Basta con empatar en Estambul. Sale a relucir aquello del infierno turco, el miedo a una encerrona en un campo seco, el público agresivo y todo eso, así que se decide contar con Kubala. Un poco con miedo, pero se le lleva. Sólo salen cinco de los que ganaron en Madrid, por la obsesión de que había que jugar de otra manera. El resultado es un pinchazo doloroso: 1-0. Como la clasificación es por puntos, no por goles, la derrota nos aboca a un desempate cuya fecha y lugar estaban predeterminados: tres días después, en Roma.

Los jugadores de la selección española posando antes de enfrentarse a Turquía en 1954.

Los jugadores de la selección española posando antes de enfrentarse a Turquía en 1954.MARCA

El grupo, claro, es el mismo y vuela directamente desde Estambul. Ahora, en campo neutral, buen terreno y una vez digerida la sorpresa, damos la victoria por descontada. Por supuesto, jugará Kubala, porque, aunque no había hecho nada en Estambul, se seguía confiando en su excepcional clase. En la víspera es de los más animados, incluso promete dos goles para compensar su mal partido anterior.

Ya están nuestros muchachos pasando sus turnos de masaje cuando a Ottorino Barassi, presidente de la Federación Italiana y vicepresidente de la FIFA, le llega un intrigante telegrama del organismo que vicepreside: "Attention equipe espagnol situation joueur Kubala". Se lo entrega al coronel Gómez-Zamalloa, directivo de la española, un militar africanista que acuñó aquello de "Ahora, señores, cojones y españolía" en un fervorín a la selección durante el descanso de un partido en Suiza. Lo muestra con gritos indignados, apostando por desatenderlo. Dávila e Iribarren se quedan perplejos. Muñoz Calero, que es miembro del comité de la FIFA, aconseja prudencia y consigue que la camiseta con el número 8 de Kubala se la ponga Pasieguito.

Salen cuatro nuevos con respecto a Estambul y dos de siete repetidores juegan en puestos distintos. Turquía repite once. Salta al campo con la paz del que no tiene nada que perder y mucho que ganar (su seleccionador, el italiano Sandro Puppo, ha pasado la víspera diciendo que se sentían eliminados de antemano). Tratando de conquistar al público, cada jugador porta unas cajetillas de tabaco y se acercan al público a lanzarlas. El tabaco era un bien de lujo en aquellos años de posguerra, en los que por toda Europa había especialistas en reciclar colillas. España sale desconcentrada por el telegrama y su consecuencia. Y sabe que está entre la espada y la pared.

El partido empieza a las 15.30 y es apasionadamente seguido aquí por Radio Nacional en la voz del legendario Matías Prats. Turquía corre y corre, su fútbol es impreciso pero veloz y España juega intranquila, aunque consigue adelantarse con un gol del extremo debutante Arteche en el minuto 19. El marcador se mueve así: 1-0, 1-1, descanso, 1-2 y 2-2, éste en el minuto 79, obra de Escudero cuando ya nos veíamos fuera. En la prórroga no hay goles, lo que nos aboca al sorteo.

Un regreso fúnebre

La delegación española trata de pactar un nuevo desempate, pero los turcos se niegan y Ottorino Barassi se atiene a lo reglamentado. Bien hubiera querido complacernos, pues España daba más cartel al Mundial que Turquía, pero esta se mostró inflexible. Se busca una copa en la que se introducen dos papeles, previo teclear a máquina en cada uno ellos el nombre de uno de los dos países, para después doblarlos. En el de España, Sancho Dávila añade una cruz, impetrando el favor divino. (Ignoro si su homólogo turco pintó una media luna en el suyo). Se escoge como mano inocente un arrapiezo de 14 años llamado Franco Gemma, hijo de un cuidador del campo, que se había colado a curiosear en la sala. Se le vendan los ojos como a un secuestrado, mete la mano, le da un papelito a Barassi que lee: TURCHIA.

El regreso es fúnebre, con Zamalloa acusando a los jugadores de vagos y Muñoz Calero declarando que él ya sabía que Kubala no podía jugar y que si llega a hacerlo y ganamos nos hubieran echado igual.

Franco Gemma se hizo famoso en España y célebre en Turquía, que le invitó al Mundial en Suiza. Sandro Puppo, aureolado por el éxito de aquella clasificación, fue contratado por el Barça, donde pincharía. Sancho Dávila regresó al mundo del toro. Iribarren, a su consulta. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores. Sólo Venancio los jugó todos, aunque alternando los puestos de interior y ariete.

De campeón del mundo a 'ladrón' de joyas: la esperpéntica historia de Bobby Moore, el 'Sir' inglés que anuló a Pelé

De campeón del mundo a ‘ladrón’ de joyas: la esperpéntica historia de Bobby Moore, el ‘Sir’ inglés que anuló a Pelé

"¡Sólo mide 14 centímetros, sólo pesa ocho libras, pero significa que somos campeones del mundo!", clamaba el célebre locutor de la BBC Kenneth Wolstenholme mientras un muchacho rubio elevaba al cielo la copa Jules Rimet. Inglaterra había ganado por fin la Copa del Mundo en su deporte más popular y querido. El muchacho que elevaba el trofeo, una victoria alada, se llamaba Robert Frederick Chelsea Moore, Bobby Moore para el fútbol. Había nacido 25 años atrás en Barking, un suburbio del este de Londres muy cerca del estadio del West Ham. Su madre dio a luz en la estación de metro, bajo los bombardeos de los Heinkel He-111 alemanes. Al levantar esa Copa, ganada en final contra Alemania, cumplía una curiosa justicia poética.

Para saber más

Aquel muchacho fue portada el 31 de julio de 1966 en la mayoría de los periódicos mundiales. Ufano, sonriente, la copa en alto, la reina Isabel II orgullosa detrás. Volvería a copar portadas el 25 de mayo de 1970, pero en una circunstancia muy distinta: circunspecto, declarando en una comisaría de Bogotá, acusado de haber sustraído un valioso brazalete de oro, esmeraldas y diamantes en la joyería del hotel donde se había alojado el equipo inglés camino del Mundial de México. El escándalo fue mayúsculo. ¿Cómo había sido posible? Moore era un tipo ejemplar, defensa de guante blanco, limpio, de gran manejo del balón en corto y en largo, correcto con los árbitros, medido en sus declaraciones. Era Caballero de la Orden del Imperio Británico, con tratamiento de Sir, amigo de la familia real, de los Beatles, orgullo del fútbol y de Inglaterra. Un perfecto gentleman convertido en alguien capaz de robar una joya en un descuido de la encargada de la tienda. No cuadraba.

La selección de los Three Lions estaba en Bogotá como parte de su plan de preparación para el Mundial inminente, al que acudía como campeona. Adelantaré aquí que su título de 1966 fue visto con reparos fuera de la isla, por los arbitrajes de que gozó y por su gol fantasma en la final. Y sobre todo en Sudamérica. El Mundial en tierras británicas produjo un distanciamiento serio en materia de fútbol entre aquella parte del mundo e Inglaterra. Brasil volvió humillada, con Pelé maltrecho por culpa de la indulgencia arbitral para con sus marcadores de Bulgaria y Portugal; Uruguay, que empezó con un empate ante Inglaterra, cayó en cuartos ante Alemania con dos expulsados después de que el árbitro se hiciera el loco cuando con 0-0 el defensa Schnellinger repelió con el puño (la foto no ofrece dudas) un balón que se colaba en el marco alemán; Argentina sufrió el mismo día la célebre expulsión de Rattín. La lectura fue: un árbitro inglés fundió a los uruguayos ante Alemania, y un alemán hizo lo propio con Argentina ante Inglaterra. De todo aquello quedó un resquemor colectivo contra Europa y sus manejos en la FIFA, contra Stanley Rous, inglés y presidente de la misma, y contra Inglaterra toda y su orgullo imperial.

Ahora la selección inglesa cruzaba el océano llevando en el equipaje la vieja Jules Rimet, que iba a ser puesta en juego en México. En el grupo repetían muchos de los campeones. El seleccionador, Alf Ramsey, era el mismo, y también estaban los señoriales Bobby Charlton y Bobby Moore. El 18 de julio aterrizaron en Bogotá, pues Ramsey había decidido completar la preparación con dos partidos ya en América, ambos en altitud, como habría que jugar en México. Primero el 20, en Bogotá, después el 24, en Quito. Y de ahí, previa nueva escala en la capital de Colombia, el viaje definitivo a México.

El grupo se hospeda en el hotel Tequendama, el mejor de la ciudad, destacado por sus comodidades, hospedaje obligado de los turistas adinerados, desconocedores de inquietantes hablillas extendidas por la ciudad, según las cuales lo habitaban las almas de los muchos suicidas que elegían el barranco sobre el que estaba construido para suicidarse. Los jugadores se ducharon y bajaron a curiosear, aburridos, por el hall del hotel. Las instalaciones incluían una joyería cuyo nombre, Fuego Verde, aludía al color y brillo de la esmeralda, riqueza nacional del país.

Charlton entró en busca de un regalo para su esposa. Le llamó la atención un brazalete de oro que llevaba engastadas esmeraldas y lágrimas de diamante. La encargada, Clara Padilla, la sacó de la vitrina, se la mostró, pero no se decidió y la muchacha la guardó. Junto a él estaba Moore y dentro de la tienda también el seleccionador, Ramsey, y Peter Thompson, uno de los suplentes. Luego salen de nuevo a pasear su ocio por el hall hasta que de repente aparece la empleada dando gritos: "¡Robo, robo!". El dueño de la tienda, Danilo Rojas, le había ordenado dar la voz de alarma, porque afirmaba haber visto desde su despacho a Bobby Moore hurtando el brazalete. Padilla le acusa y el barullo en el hall, en el que hay muchos periodistas, es tremendo. Aparece la policía, Moore se deja registrar pacíficamente y no tiene nada. También es registrado Bobby Charlton, por si habían hecho una acción combinada y se lo había pasado, pero tampoco en su chándal había nada.

Moore levanta la Copa Jules Rimet en Wembley en 1966.

Moore levanta la Copa Jules Rimet en Wembley en 1966.GETTY

Tras 15 minutos de revuelo, los curiosos se fueron desperdigando y la policía inició sus pesquisas. Ramsey y el director del hotel rogaron a los periodistas ingleses y locales que obviaran el incidente. Cumplieron todos menos un joven reportero colombiano, Germán Castro Caycedo, que publicó en El Tiempo un pequeño suelto iniciado con la posterior pérdida (o sustracción) de la cartera sufrida por Bobby Charlton, tras lo que añadía incidente en torno a Bobby Moore, narrado de forma sucinta. Castro Caycedo sería más adelante una celebridad como periodista y escritor.

Sin más problemas, Inglaterra juega el día 20 en el Campín, estadio del Millonarios, ante Colombia, y gana 0-4. El 21 vuela a Quito, donde el 24 repite victoria, ahora ante Ecuador, por 0-2.

El regreso estaba programado con escala en Bogotá, donde habrían de pasar ocho horas antes de volar a México. Alguien sugirió cambiar el plan y hacer la escala en Panamá, por si había alguna mala sorpresa en Bogotá, pero se descartó. "Quien nada debe, nada teme", vino a decir Moore, al que se consultó. Así que hicieron lo previsto y a media mañana ya estaban en el Tequendama, pasando el rato antes de ir al aeropuerto. Para matar el rato entraron en el cine del propio hotel, donde se proyectaba Shenandoah (El valle de la violencia, en español), protagonizada por James Stewart y ambientada en la Guerra de Secesión.

Moore está tan tranquilo, metido en la película, cuando alguien le toca el hombro y se encuentra con dos agentes que le sacan fuera y le enseñan un mandato de arresto por el robo del brazalete. Se arma un revuelo, se acaba la proyección. Ramsey, nervioso, comete la imprudencia de decir que Moore tiene dinero para comprarse el hotel si quiere, lo que herirá el orgullo local. Pero no hay remedio, queda detenido y es llevado a comisaría a declarar.

Faltan seis días para el Mundial, ocho para el primer partido de Inglaterra, contra Rumanía. Los compañeros quieren quedarse, pero al final se decide que la expedición ha de seguir, dejando, eso sí, a dos federativos, Denis Follows y Andrew Stephen, a los que enseguida se une el embajador, Sir Thomas Edward Rogers. Moore hace su primera declaración y le anuncian que deberá dormir en el calabozo para comparecer la mañana siguiente ante el juez. Aparece entonces Alfonso Senior, presidente del Millonarios (el que traspasó a Di Stéfano al Madrid) y de la Federación Colombiana, hombre fuerte en la FIFA. Consigue del comisario, gracias a su influencia, que el jugador pase el arresto en casa del propio Senior, admitiendo en ella la presencia de policías para su vigilancia. Al tiempo contrata para la defensa a una eminencia, Vicente Laverde Aponte, ex ministro, un abogado duro, ganador de causas difíciles. Entre tanto en Inglaterra ya es de madrugada. Las rotativas han parado tras su arranque para meter la sensacional noticia, con alguna foto del interrogatorio. Inglaterra se despierta con ese sobresalto, que durante todo el día será el tema estrella de la BBC.

Una imagen de la película 'Evasión o victoria'.

Una imagen de la película 'Evasión o victoria'.E. M.

A todo esto, el juez, Pedro Mayo, era uno de los pocos ciudadanos colombianos sin menor noción del fútbol. Desconocía quién era Moore ni qué cosa era la Copa del Mundo y a preguntas de los reporteros hizo el cálculo de que el caso llevaría tres meses. Harold Wilson, el premier británico, trató el tema en el consejo de ministros y estableció desde el 10 de Downing Street una línea directa con la embajada. En México, Charlton solicita regresar para ayudar a Moore con su testimonio, pero no se le permite.

El 26 el juez hace una reconstrucción de los hechos. Ahí se enteran de por qué se ha reabierto el caso: el encargado de la tienda, Danilo Rojas, había encontrado un transeúnte llamado Álvaro Suárez que a través del cristal del escaparate habría visto a Moore sustraer el brazalete por la abertura de la vitrina. Pero ni el ángulo de visión del testigo (que resultó ser un golfante, con un historial de detenciones) permitía ver la vitrina ni los dedos de Moore, como se comprobó, podían penetrar por la ranura.

El 27, el juez toma declaración a Danilo Rojas, Álvaro Suárez y Clara Padilla delante de Laverde Aponte, al que no le cuesta mucho desmontar sus contradicciones, desde el valor de la joya, que fueron haciendo ascender de 500 dólares a 1.400 y finalmente a 4.000, a la descripción de la escena. Las presiones diplomáticas y los apremios del abogado hicieron que el juez levantara ese mismo día el arresto previo depósito por parte de la embajada del de la joya. El 28, Moore embarcó hacia México. En el amplio jardín de Senior se había podido ejercitar y hasta jugar al fútbol con los policías de custodia. Estaba en forma, aunque perdió tres kilos, por los nervios.

Moore jugó los cuatro partidos de Inglaterra, incluido el primero, ganado 1-0 ante Rumanía. La segunda jornada fue contra Brasil, que ganó 1-0 con gol de Jairzinho; al final Pelé ofrece su camiseta a Moore en lo que parece un desagravio por la escena de Bogotá. Luego se vuelca en elogios: "Es el jugador que mejor me ha marcado en mi vida, y el más deportivo". Inglaterra ganará 1-0 el tercer partido del grupo, ante Checoslovaquia, para luego caer ante Alemania 3-2, en la prórroga.

Semanas después, el juez sobreseería el caso por falta de pruebas.

Moore extenderá su carrera internacional hasta los 105 partidos, con 90 capitanías, empatando en esto con el mítico Billy Wright. En 1981 rodaría con Pelé Evasión o Victoria, de John Huston. Falleció muy joven, con 51 años, víctima de un cáncer de colon. Para entonces se había reabierto y resuelto el caso, resultando ser un autorrobo fingido por Danilo Rojas. Fue a la cárcel, pero aquello apenas trascendió. Yo lo supe allí, ya en este por un colega colombiano. Apenas se difundió, pues se consideraba vergonzoso. Clara Padilla vivía ilocalizable en Nueva York cuando se celebró el nuevo juicio.

El "milagro" que no fue de Maradona en Estados Unidos'94: "Tomá el primer avión lo más lejos que podás"

El “milagro” que no fue de Maradona en Estados Unidos’94: “Tomá el primer avión lo más lejos que podás”

La carrera de Maradona se alteró tras el Mundial Italia 1990. Le asfixiaba la pasión callejera de los tifosi napolitanos. Le acaparaba la mafia como amigo-trofeo al que despeñaba por la peor vía. Sufría una acusación de paternidad. Y, peor, pagaba las consecuencias de un error grave: ante la semifinal Italia-Argentina, en Nápoles, reclamó a la ciudad que le apoyaran a él, recordándoles que el resto de Italia les despreciaba. Todo acabó cuando en la jornada 25 dio positivo por cocaína, cosa que a nadie extrañó pues esnifaba continuamente, y le cayó una suspensión de año y medio. Adiós Nápoles, adiós Italia.

Instalado en Buenos Aires, la policía entró en su casa, le encontró en posesión de cocaína, fue detenido, liberado bajo una fianza de 20.000 pesos y obligado por la jueza a someterse a un proceso desintoxicación. Paralelamente, la justicia italiana le condenó en ausencia a 14 meses de prisión. El D10S se había convertido en carne de páginas de sucesos.

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Cumplidos los 15 meses de suspensión, se dispuso a volver al fútbol con idea de jugar el Mundial Estados Unidos 1994. Su ficha aún pertenecía al Nápoles, que reclamaba su incorporación, pero él no quiso ni oír hablar de eso. Surgieron dos posibilidades, el Olympique de Marsella y el Sevilla, que tenía como entrenador a Carlos Bilardo, el que fuera seleccionador de la Argentina campeona del mundo con Maradona en México 1986. Le gustó esta opción y Blatter, presidente de la FIFA, presionó al Nápoles para que aceptara un traspaso razonable, pensando que una regeneración de este jugador daría buena imagen al fútbol y mejores beneficios en el Mundial. El Sevilla pagó 5,7 millones de dólares ayudado por Mediaset, de Silvio Berlusconi, a cambio de televisar amistosos que el Sevilla se comprometió a jugar. Regresó rodeado de expectación, el 28 de septiembre de 1992, ante el Bayern de Múnich.

Las cosas no fueron mal en principio. Se entrenó decentemente y puso lo mejor de sí en cada partido. Un control aquí, un pase allá, una ruleta, un caño, algún que otro golito... Mejoraba paulatinamente. Los compañeros le adoraban. Pero de esa mejoría derivó el desastre, pues el 18 de febrero le convocó Argentina para dos partidos a jugar en una semana, en plena temporada: el del Centenario de la AFA, ante Brasil, y la Copa Artemio Franchi, entre las selecciones campeonas de América y Europa, Argentina y Dinamarca. El Sevilla pretendió impedirle ir, se rebeló, fue, a su regreso, sancionado y, rota la relación con el club, se entregó por despecho al desenfreno más absoluto.

El Sevilla le puso un detective, al que destrozó con sus horarios, idas y venidas. Descuidado de los entrenamientos, se convirtió en un peso muerto. Bilardo le sustituyó antes del fin de un partido ante el Burgos y fue el acabose. Le insultó al salir y ahí finiquitó la aventura sevillana tras 29 partidos, seis goles y nueve asistencias. El Sevilla terminó séptimo.

El 10 de Argentina, en el partido contra Nigeria.

El 10 de Argentina, en el partido contra Nigeria.AFP

Y, claro, dejó de contar para la selección, que sin él ganó la Copa América. Tampoco jugó la liguilla de clasificación para Estados Unidos 1994, que Argentina disputó a Colombia, Uruguay y Perú. El campeón iría directo al Mundial, el segundo tendría la oportunidad de una repesca contra el campeón del grupo oceánico. Argentina y Colombia llegaron empatadas a puntos a la última jornada, el 5 septiembre de 1993, cuando debían enfrentarse en el Monumental del River Plate. Por supuesto, Argentina era favorita, pero se iba a encontrar con el resultado más catastrófico de su historia: 0-5. La afición se indignó, y en el segundo tiempo empezó a escucharse: «¡Maradooo...! ¡Maradooo...!», reclamando el regreso del astro, presente en la tribuna.

Julio Grondona, presidente de la AFA, y Coco Basile, seleccionador, asumieron que estaban obligados a contar de nuevo con él. Una eliminación en la repesca ante Australia sin Maradona hubiera provocado que les arrastraran por las calles. Las fechas eran 31 de octubre en Sidney y 17 de noviembre en el Monumental. Pero D10S estaba inactivo y eso se resolvió gracias a Torneos y Competencias, televisión que le buscó un equipo fuera de Buenos Aires a fin de aumentar audiencias en el interior. El elegido resultó ser el Newell's Old Boys y su primer entrenamiento, el 13 de septiembre, fue una conmoción en la ciudad, Rosario: cerraron comercios y escuelas. Se presentó con buen aspecto, casi fino. Hacía semanas que trabajaba en el gimnasio New Age del barrio de Belgrano con un fisioculturista llamado Daniel Cerrini, que a la larga sería su condena.

Debutó el 7 de octubre en un amistoso ante el Emelec de Ecuador y en el abarrotado estadio estuvo Lionel Messi junto a su padre. Sólo tenía seis años, y apenas recuerda otra cosa que el tumulto. Permanecería en Newell's 145 días, hasta febrero del 94. Sólo jugó cinco partidos oficiales, no hizo gol y no ganó un solo partido, pero se recuerda su paso con orgullo, como ocurre en el Levante con Cruyff.

El 31 de octubre se disputó el partido de ida de la repesca en Sidney, con Maradona, por supuesto. Hizo poco, pero lo esencial: le envió a Balbo el pase del gol argentino. El partido acabó 1-1, y el de vuelta, el 17 de noviembre, 1-0 (Batistuta). Argentina se clasificó para el Mundial, que iba a ser el cuarto de Maradona. Se había convertido en su obsesión: quería que sus hijas, Dalma y Giannina, le vieran como campeón del mundo.

Convenció a su preparador físico, Signorini, que le acompañó a Nápoles y estaba cansado de su inconstancia, de volver a trabajar juntos, y éste buscó un lugar aislado en La Pampa, un rancho llamado El Marito en un lugar semidesértico, a unos 70 kilómetros de Santa Rosa. Sólo les acompañaron el padre del jugador y el representante, Marcos Franchi. Signorini vetó a Cerrini, el mago que le había hecho adelgazar antes de fichar por el Newell's. Maradona aceptó.

En El Marito iban a trabajar a fondo, con toda la naturaleza encima, a partir del primero de abril. La coca no entró allí. Tomaba calmantes para enfrentarse al síndrome de abstinencia en una lucha feroz de la que salió ganador. En un estupendo documental titulado The Fall [La caída], Signorini cuenta cómo una noche Maradona apareció en el quicio de su puerta, con los ojos fuera de las órbitas, y le dijo: «¡Vamos!». Se vistió y salieron a correr en la noche. Maradona respiraba muy agitadamente. Al cabo de un buen rato soltó un grito atronador, paró y le dijo: «¡Ya está!».

Regresó de aquella cuarentena curado y se incorporó al grupo. Hubo que cancelar una gira programada por Japón, que le negó la visa por sus antecedentes con las drogas, pero se hicieron suficientes partidos de preparación con él y llegó al Mundial en un óptimo estado físico para sus 33 años. En el Babson College de Boston, donde se hospedó el equipo, el comentario permanente era el «milagro Maradona». Fuerte, ágil, bienhumorado, sin rastro de su adicción, brillante... provocaba asombro. Sólo una cosa contrarió a Signorini: se empeñó en tener de nuevo a su lado a Daniel Cerrini, casi como cábala. Hubo que aceptar. La AFA admitió en la delegación oficial a un séquito de Maradona formado por cuatro personas: Franchi, Signorini, Cerrini y Salvatore Carmando, antiguo masajista del Nápoles.

El equipo no era sólo Maradona; estaban también Caniggia, Batistuta, Redondo, Simeone, Cáceres, Ruggeri... El primer rival fue Grecia, en Boston, el 21 de junio, y la victoria fue aplastante: 4-0. Tres del joven Batistuta y uno de Maradona, en una preciosa llegada en paredes. Corrió a la banda y lo gritó desesperado, a un palmo de la cámara, enviando a los hogares de todo el mundo un gesto salvaje de alegría y superación. A los cuatro días, nueva victoria, sobre Nigeria, 2-1. Los dos de Caniggia, uno a pase de Maradona.

Maradona, camino del control donde terminaría dando positivo.

Maradona, camino del control donde terminaría dando positivo.E. M.

Mientras acababa el partido, se hizo el sorteo para el control antidoping, al que asistió el segundo médico de Argentina, Roberto Peidró. Él mismo extrajo los dos números argentinos: el 2, Sergio Fabián Vázquez, y el 10, Diego Armando Maradona. Ninguna preocupación, le pasaban sus controles y la coca estaba olvidada. Tan era así que en la bocana del vestuario Peidró animó a la enfermera, Sue Carpenter, a salir al campo: «Anda, ve por él, saldrás en todos los lados». Ella fue y le tomó la mano. Maradona iba feliz saludando a sus conocidos en la grada.

A los dos días explotó la bomba: positivo. ¿Cómo era posible? Signorini y Daniel Bolotnicoff, abogado de Maradona, sospecharon de Cerrini, fueron a su habitación y le exigieron que les mostrara todo lo que le estaba dando. Resultó que un suplemento alimenticio de nombre Ripped que le venía suministrando se le había acabado y fue a comprarlo a una farmacia de Boston. Pero compró la variedad Fast, no Fuel, como el que tenía. Las cajitas eran muy parecidas: fondo negro con letras rojas uno, y el otro al revés. No pensó que hubiera diferencia. Sacaron el prospecto y vieron que el nuevo contenía efedrina. «Tomá el primer avión lo más lejos que podás», le dijeron.

El dopaje lo hizo oficial el doctor Michel D'Hooghe, de la FIFA, recitando «efedrina, seudoefedrina, norefedrina, norseudoefedrina y metaefedrina». Llegó a sugerir un cóctel elaborado ad hoc. Peidró y Bolotnicoff viajaron a Los Ángeles, a la contraprueba.

Allí Peidró vio un rayo de esperanza: el frasco del contraanálisis tenía un cartelito con la palabra efedrina, lo que violaba el protocolo del doble ciego. Se hubiera podido anular el procedimiento, o al menos retrasar la sanción, pero los precedentes de Maradona no ayudaban. Joao Havelange fue inflexible: «Estamos en un país que gasta anualmente 50.000 millones en combatir las drogas, ¿y ustedes me piden que mire para otro lado?».

Maradona hizo protestas de inocencia y se derrumbó: «Me cortaron las piernas». Grondona replicó: «Se las cortó él solito», e invirtió esos días en evitar que Argentina fuese expulsada y no en salvarle. Criticó su entorno.

Argentina siguió, ya que Sergio Vázquez no dio positivo, lo que descartaba un dopaje de equipo. Pero perdió el tercer partido del grupo, con Bulgaria, y el de octavos, ante Rumanía. La caída de Maradona dejó un ánimo fúnebre en el equipo. Le suspendieron otros 15 meses, tras los cuales reapareció en Boca: «La pelota no se mancha», dijo emocionado, renovando sus protestas de inocencia. Reales, porque él no se dopó. Fue la torpeza de Cerrini. Pero la fatalidad le había atrapado. Volvió a la coca, a la vida desordenada, en dos años jugó siete partidos, perdió la familia, fracasó como entrenador y murió solo, con 60 años.

Una batalla campal por culpa de un periodista, un semáforo y el corte y confección: así nacieron las tarjetas en los Mundiales de fútbol

Una batalla campal por culpa de un periodista, un semáforo y el corte y confección: así nacieron las tarjetas en los Mundiales de fútbol

Kenneth George Aston, Ken Aston para el mundo del fútbol, fue un destacado árbitro a mediados del siglo pasado. Tipo inquieto e innovador, dejaría como legado la invención de las tarjetas, amarilla y roja, para simplificar el trabajo de sus sucesores. Era inglés, de Colchester, Essex, profesor y teniente coronel del Ejército en excedencia. La suya es una biografía interesante. Se graduó en el Saint Luke's College de Exeter, que algo tendría porque por el mismo pasaron Stanley Rous, célebre árbitro de principios del siglo pasado, hombre que dio una forma definitiva (hasta las payasadas de hogaño) al Reglamento y llegó a presidir la FIFA, y George Reader, árbitro en la final de Brasil 1950, la del Maracanazo.

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Aston empezó a arbitrar en 1936, en categorías bajas y como linier hasta que la guerra dispuso lo contrario. Con 21 años quiso entrar en la RAF, donde fue rechazado por un problema en un tobillo, y entró en la Royal Artillery, incorporado al British Indian Army, de modo que le correspondió hacer la guerra en el sureste asiático. Alcanzó el grado de teniente coronel y al final de la contienda, dada su personalidad y formación, fue integrado en el Changi War Crimes Tribunal, la réplica de los Juicios de Nuremberg en la localidad de Changi, en Singapur, para los crímenes contra la Humanidad en el Pacífico. Al regreso, en 1946, retomó su actividad de árbitro y comenzó a trabajar como profesor, lo que sería su profesión para el resto de su vida, aunque se mantuvo como teniente coronel en la reserva.

Fue un buen árbitro, con estatura, una cabeza alargada provista de tan grandes y abiertas orejas que habrían podido inspirar el trofeo al ganador de la Copa de Europa en su diseño de 1967, la popular orejona. Recomendó, y le hicieron caso, sustituir los banderines de los liniers, que hasta entonces proporcionaba el equipo local con propios colores, por otros de color rojo y amarillo, más visibles en las tardes neblinosas de Londres. Y sustituyó la vieja chaqueta por una prenda más cómoda, también provista de bolsillos para el pito y la libreta, con un diseño de inspiración militar. En 1953 llegó a Primera División, al tiempo que alcanzaba el grado de jefe de estudios en la Newbury Park Primary School de Ilford, Essex, donde fijó su residencia.

Respetado, con autoridad, buen conocimiento y mejor interpretación de las XIV Reglas, alcanzó la internacionalidad. En 1960 le fue confiado el partido de vuelta de la primera Copa Intercontinental, Real Madrid-Peñarol, ganado por los blancos 5-1 en la más grande ocasión que viviera, y quizá haya de vivir, en el estadio Bernabéu. También arbitró fuera de su isla bastantes partidos de Copa de Europa, Recopa y Copa de Ferias, advirtiendo que los usos y costumbres del fútbol continental eran diferentes de los de su país, donde los jugadores no pretendían engañar y los públicos respetaban escrupulosamente las decisiones arbitrales. La misma línea seguían los periódicos, donde al pie de las alineaciones se colocaba el nombre del árbitro, sin comentarios.

Ken Aston, en una imagen tomada en Londres en 1960.

Ken Aston, en una imagen tomada en Londres en 1960.GETTY

Pero nada comparado con lo que le tocó vivir en 1962 en el Mundial de Chile, donde las circunstancias le colocaron frente al partido más difícil de arbitrar de nunca. Semanas antes del campeonato dos periodistas italianos fueron destacados a Chile para mandar crónicas de ambiente sobre aquel país desconocido para los italianos. Digamos que no fueron muy prudentes a la hora de verter sus impresiones. La crónica de Corrado Pizzinelli para Il Resto del Carlino, boloñés, era de aúpa. Se titulaba «Santiago, el fin del mundo», y el subtítulo era: «La infinita tristeza de la capital chilena», y lo dibujaba como un país triste, sin esperanza, carente de la vitalidad, «con barrios enteros entregados a la prostitución al aire libre». Lo describe como «una franja de 3.500 kilómetros de largo que comienza a borde del desierto y termina al sur con los hielos del Polo, con el océano al oeste y la cordillera de los Andes al este, que la separan, igual que el desierto y el Polo, del resto del mundo».

La crónica fue rebotada por una agencia internacional y la publicó El Mercurio, el diario más importante del país. La indignación fue tremenda. Chile había hecho un esfuerzo descomunal, superando incluso un destructivo terremoto en mayo de 1960 que dejó a más de dos millones de personas sin hogar, para tenerlo todo a punto y organizar un Mundial que se concibió como el ingreso de Chile como país de progreso en la comunidad internacional. Y ahora les venía un periodista italiano con esas...

Lo peor fue que Italia y Chile quedaron emparejadas en el sorteo, destinadas a jugar entre sí en la segunda jornada. La Azzurra estuvo siempre rodeada de máxima protección por parte del Ejército, tanto en el hotel como en sus salidas para entrenar o para jugar los partidos. En el primero, contra Alemania, tuvieron el público radicalmente en contra, pero sacaron un 0-0. Por su parte, Chile ganó 3-1 a Suiza. El 2 de junio se enfrentaron el país anfitrión y el indeseado visitante en Santiago de Chile. El francés Robert Vergne escribiría esto en su Libro de oro sobre la Copa del Mundo: «El partido Chile-Italia permanecerá en los anales y en la memoria de aquellos que lo vieron como el ejemplo-tipo de partido afrentoso, horroroso, incluso insoportable. Los incidentes, agarrones y golpes prohibidos constituyeron lo esencial del partido, bajo la mirada de un lamentable árbitro inglés, Míster Aston».

Admoniciones en saco roto

El caldeamiento en la víspera fue tal que, pese al digno empate ante Alemania, Italia sustituyó a seis jugadores simplemente porque no se atrevían a salir. Chile pegó horrores, alentada por su público, Italia respondió porque había sacado a los más bravos, y Aston, desbordado, sólo se atrevió a expulsar a dos italianos (el primero se negaba a salir y tuvo que pedir a las fuerzas del orden que lo sacaran) dejando en el campo a los once chilenos, incluido a Leonel Sánchez después de un puñetazo a Mario David con estilo de estrella del boxeo. Por supuesto, ningún jugador sabía inglés ni Aston español o italiano, de manera que sus admoniciones caían en saco roto. Por primera vez se vio impotente, necesitado de algún salvavidas con el que reforzar su autoridad.

Aquello le desanimó y acabó su carrera arbitral. Sólo siguió un año más, en Inglaterra, y se despidió con todos los honores dirigiendo la final de la FA Cup de 1963 entre el Leicester y el Manchester United. No fue una final cualquiera: aquel año se celebraba el centenario del nacimiento del fútbol y de la creación de la Football Association. Una ocasión solemne, una despedida digna.

Para el Mundial inmediato, Inglaterra 1966, presidía la Comisión de Arbitraje como sumo responsable en materia de elección, instrucciones y designaciones. Presenció, obviamente, el célebre Inglaterra-Argentina en el que el alemán Kreitlein expulsó a Rattín, capitán argentino. Éste lo explicó luego así: «Aquel tipo nos cobraba todo, y a ellos no les pitaba ni un foul. Le protestaba y no me hacía caso. Le mostré el brazalete, le pedí un intérprete, insistí y empezaron los gestos de que me fuera». El propio Aston, el seleccionador argentino Toto Lorenzo y algún bobby tuvieron que ir al centro del campo a retirarle. Aquello creó revuelo. Rattín se sentó, desafiante, en la alfombra roja que conducía al palco. Cuando le hicieron marchar al vestuario retorció con desprecio el banderín córner, que mostraba la Union Jack.

Ken Aston.

Ken Aston.E. M.

Al día siguiente estaba en su despacho en Wembley cuando llamó Jackie Charlton. Un periódico había publicado que habían sido advertidos de expulsión él y su hermano Bobby. No lo sabían y querían certificarlo. Juntando los dos casos, el de Rattín y el de los hermanos Charlton, con el recuerdo de La Batalla de Santiago, Aston se puso a pensar en la necesidad de crear un sistema fácil, internacional, indudable, para que los jugadores amonestados por el árbitro lo supieran. Y también los espectadores, para que no hubiera duda. Parado en un semáforo en Kensington, pensó: «Debería ser algo tan claro como esto: amarillo, prevención, rojo, prohibido pasar... Pero ¿cómo? ¡Si fuera tan fácil como poner un semáforo con luces en el campo...!». Llegó a casa y compartió su preocupación a su esposa, Hilda, que pareció no escucharle, atenta como estaba a sus patrones, pues era aficionada a las revistas de corte y confección. Luego se puso a leer el periódico. Al rato, Hilda apareció ante él. Había recortado dos trozos de cartulina, una amarilla y otra roja, y se los mostró: «¿Y si los árbitros llevaran dos de estas en el bolsillo? La amarilla como advertencia y la roja para expulsar».

Aston se sintió feliz con la idea y tras muchas discusiones y algunos ensayos entró en funcionamiento con todas las de la ley en el Mundial de 1970, en México. La primera llegó ya en el partido inaugural, México-URSS, el 31 de mayo de 1970. Se la mostró el alemán Tschenscher al soviético Asatiani por una entrada dura sobre el local Velarde, a los 27 minutos. Ese primer amonestado moriría violentamente con 55 años en Tbilisi. Director durante un tiempo del Departamento de Deportes de Georgia, se metió en negocios y fue ametrallado por dos desconocidos que le esperaban en un coche a la salida de una reunión. No aparecieron. Un crimen de tantos en las convulsiones que se sucedieron a la disolución de la URSS.

Las protestas de Quini

La primera roja en un Mundial (que no la primera expulsión, ya en 1930, el inaugural, hubo) no llegó hasta el siguiente, Alemania 1974, y la vio el chileno Carlos Caszely, célebre por su gallardía cuando le negó la mano a Pinochet. Entonces pertenecía al Levante, recién descendido a Tercera. Se la mostró nuestro conocido Babacan por revolverse contra la dureza de su marcador, Vogts. La sintió injusta.

A España llegaron con la temporada 1970-1971 ya en marcha, el 15 de enero de 1971. La amarilla mutó en blanca por idea del secretario de la Federación, Andrés Ramírez, que temió que en nuestros viejos televisores en blanco y negro las amarillas se podían confundir con las rojas. La primera la vio en España el gran Quini jugando en el Sporting, por protestar al mallorquín Balaguer, y las dos primeras rojas, simultáneas, se las mostró Orrantía al sportinguista Lavandera y al céltico Hidalgo por pelearse. Las blancas duraron aquí hasta la 1976-1977, cuando se consideró el parque de teles renovado.

En cuanto a Ken Aston, también fue suya la idea de introducir el cuarto árbitro, en funciones de suplente para lesión de cualquiera de los del trío inicial, y el cartelón con número para los cambios. Tuvo un papel destacado como instructor y formador de árbitros en Estados Unidos, cuando el fútbol empezó a cuajar allí, y falleció en 2001, con 86 años. Cuatro años antes había sido condecorado como Miembro de la Orden del Imperio Británico. Dejó su huella en la pequeña historia del fútbol, que definió como «una obra de teatro en dos actos con 22 intérpretes y un director de escena, el árbitro».

Las increíbles carambolas para que Di Stéfano nunca jugase un Mundial: dos nacionalidades, una clasificación desastrosa y un informe confidencial

Las increíbles carambolas para que Di Stéfano nunca jugase un Mundial: dos nacionalidades, una clasificación desastrosa y un informe confidencial

Alfredo Di Stéfano nació en julio de 1926, de modo que el regreso de la Copa del Mundo después de la guerra, Brasil'1950, le pilló con 24 años, en pleno despegue. En 1947 había debutado con Argentina en el Sudamericano de Guayaquil, del que regresó campeón y con seis goles en seis partidos. Pero no fue a aquel Mundial. Argentina no se inscribió, despechada porque se hubiera escogido a Brasil como escenario del retorno de la Copa del Mundo a Sudamérica. Perón, presidente del país, declaró la guerra a la FIFA y Argentina no acudiría ni a esa cita ni a la siguiente. Y ni aun en el caso de haber acudido lo hubiera hecho con Di Stéfano, entonces fugado a Colombia para jugar con el Millonarios en una liga pirata.

Para Suiza'1954 Argentina tampoco se inscribió. Di Stéfano estaba ahora en el Real Madrid, pero aún no se había nacionalizado. La 1953-1954 fue su primera temporada aquí, y como natural de un país de "la América hispana" tendría derecho a la doble nacionalidad cuando cumpliera dos años en España. Y, norma FIFA, sólo sería seleccionable a los tres. Con 28 años, le pasó otro Mundial de largo.

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Se nacionalizaría español en 1957, y debutó con España ante Holanda el 30 de enero de 1957, junto a Luis Suárez. España ganó 5-1 con tres goles de Di Stéfano. Se abría un futuro para el equipo nacional, ausente de Suiza'1954 por una calamitosa eliminación ante Turquía. Cara a Suecia'1958 afrontamos una liguilla de tres con Suiza y Escocia. Había mucho optimismo: España había estrenado ante Holanda una delantera sensacional: Miguel, Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento. Miguel, el menos recordado, era un excelente extremo canario del Atlético de Madrid. Aquel ataque estaba bien respaldado por sólidos jugadores de medio campo y defensa, y dos grandes porteros, Ramallets y Carmelo. No podíamos fallar.

Y sin embargo bastaron los dos primeros partidos para tirarnos el alma a los pies.

Empezamos el 10 de marzo de 1957, ante Suiza, en el Bernabéu. El seleccionador, Meana, repitió la delantera que goleó a Holanda. El campo se llenó, como no podía ser menos, pero no se vio lo del día de Holanda, sino un partido confuso que acabó con un comprometedor 2-2. Suiza, inventora del cerrojo, lo empleó a conciencia y nuestro ataque estuvo mal hecho. Como Di Stéfano y Kubala tendían a retrasarse, Meana metió a Luis Suárez, interior creativo, como punta entre la maraña de defensas suizos, donde se manejó mal. Además, descuidamos los contraataques y un tal Hügi II nos hizo dos goles.

El segundo partido fue la visita a Escocia, previo amistoso en Bruselas donde recuperamos moral ganado 1-5 a Bélgica. En el puesto de Kubala jugó Mateos, un interior muy móvil, escurridizo y con olfato de gol. Funcionó. Pero en Glasgow regresamos a la fórmula Kubala-Di Stéfano y perdimos 4-2, en campo blando y bajo la lluvia. De nada serviría ganar después a Escocia por 4-1 y a Suiza por 1-4. Los escoceses resolvieron bien sus dos partidos contra los suizos para dejarnos fuera. Eran los mejores años de Di Stéfano. Pocos días después del partido con Escocia, el Madrid ganaba la segunda Copa de Europa. Y poco antes de iniciarse Suecia'1958 ganaba la tercera. Igualmente ganaría las dos siguientes, siempre con Di Stéfano como 'alma mater' del equipo. Tenía 32 años, pero estaba cumbre.

La cuarta y última oportunidad fue Chile'1962. Di Stéfano ya se acercaba a los 36, había perdido velocidad, pero seguía vigente. Su Madrid ganó la Liga y la Copa, y llegó a la final de la Copa de Europa en la que perdió 5-3 con el Benfica. Sirva esto como referente del nivel en que aún se sostenía, porque era el alma del equipo. Por otra parte, la Recopa la ganó el Atlético y la Copa de Ferias, el Valencia al Barça. Ese era el nivel de nuestro fútbol: en tres campeonatos europeos, cuatro finalistas y dos campeones. Así que se esperaba mucho de la selección tras un decenio largo de disgustos. El cuarto puesto en Brasil'1950 quedaba ya tan lejos...

El sistema de clasificación fue distinto: dos eliminatorias. Primero, Gales: 1-2 en el Ninian Park de Cardiff, y 1-1 (¡ante 110.000 espectadores!), en el Bernabéu. Pasamos, pero sin presumir. La siguiente fue contra Marruecos, campeona del Grupo II de la zona africana: 0-1 en el Marcel Cerdan de Casablanca y 3-2 en el Bernabéu, esta vez con 50.000 espectadores.

Di Stéfano, en un entrenamiento con España en Londres

Di Stéfano, en un entrenamiento con España en LondresGETTY

Pedro Escartín, seleccionador, había anunciado que no seguiría en ningún caso y dio el relevo a Hernández Coronado, un hombre ingenioso, inventor del cargo del secretario técnico en los clubes, y célebre por sus ocurrencias. Cuando dirigía al Madrid hizo un once distinto para casa y para las salidas, entendiendo que las exigencias eran distintas. El experimento duró hasta que Bernabéu se hartó. Fue también el introductor de los números de las camisetas en España y regó su carrera de frases ingeniosas. No le gustábamos mucho los periodistas. Dejó escrito: "Para escribir de fútbol en un periódico hay que reunir dos requisitos: ser amigo del director y no valer para otra cosa".

En el relevo se produjo una incidencia muy notable. Pedro Escartín dejó en la Federación un informe sobre la valía y condiciones de los jugadores a su juicio seleccionables. MARCA se hizo con una copia, lo publicó íntegro y se armó la marimorena. De tal portero (Araquistáin) decía que sería el mejor si no le comieran los nervios, de tal otro (Vicente) que sería el mejor si estuviera de verdad curado de la lesión, del otro (Carmelo), que era peor que los dos anteriores y menos valiente, pero que tenía más experiencia. A tal defensa le reputaba de duro, a tal otro de lento, a un medio que era bueno de cabeza pero malo con el pie, a otro que no veía el pase.

Era un informe bienintencionado y, hasta donde alcancé a ver a aquellos jugadores, correcto, pero lleno de morbo para las conversaciones de los bares. Sólo Luis Suárez pasaba sin objeciones. Fue particularmente polémico el juicio conjunto de los extremos izquierdos Gento y Collar, sobre cuyos méritos las aficiones del Madrid y el Atlético discutían acaloradamente cada día. El juicio de Escartín fue este: "Esta temporada está mejor Collar, y con muchas ganas. En Chamartín, contra Marruecos, le aplastó el apasionamiento del público. Gento ha perdido parte de su velocidad, que es su mejor arma, y tengo la impresión de que este chico no hace buena vida y lo siento, porque es excelente. Los dos saldrán a jugar con ilusión, pero insisto en que Collar tiene en mis fichas una mayor línea de regularidad." ¡La que se armó!

Pero si saco a relucir esta anécdota, es para desembocar en el juicio que hacía de Di Stéfano: "Si este jugador, que va a acabar destrozado al terminar la temporada, aprovecha bien las cinco semanas antes del Mundial, es aún imprescindible y el mejor de todos, a larga distancia. No puede jugar tres encuentros en ocho días. Conforme. Pero dos, sí. Es el hombre que siente más la responsabilidad, o uno de los que más. Y da cuanto puede. Ha perdido velocidad, es lógico, pero su intuición ante el gol, la forma en que liga y realiza, le hacen indiscutible. Hombre inicialmente huraño en su carácter, cuando se entrena lo hace de verdad. Se fija en todo y hay que cuidar su clima moral".

El futbolista saluda al Duque de Gloucester antes de un amistoso en Londres contra Inglaterra en 1960.

El futbolista saluda al Duque de Gloucester antes de un amistoso en Londres contra Inglaterra en 1960.

Ese era, en efecto, el Di Stéfano de aquellos días, y como tal entró en la lista inicial de 29 con la que iba a trabajar el polémico Helenio Herrera, ex del Barça y entonces en el Inter, donde se había llevado a Luis Suárez. En la época había un seleccionador, que escogía los jugadores y hacía la alineación, y un entrenador que cuidaba su preparación física, técnica y táctica. La pareja de personajes tan extremos olió a chamusquina desde el principio, y hasta se le dio el nombre de fórmula química: H3C, de Helenio Herrera y Hernández Coronado. Helenio y Di Stéfano no se llevaban bien, por declaraciones extemporáneas del técnico cuando estaba en el Barça y tildaba al jugador de viejo.

Se programaron seis partidos de preparación entre el 29 de abril y el 17 de mayo, en el Metropolitano, El Sardinero, San Mamés, de nuevo San Mamés, Atocha, tras los que se hicieron los siete descartes, y vuelta al Metropolitano. Los 'sparrings' fueron clubes europeos: Saarbrücken, Stade Reims dos veces, Osnabrück otras dos, y el Bayern.

El 13 de mayo, en Atocha y ante el Osnabrük, Di Stéfano notó en el 65' un dolor en el muslo y se retiró. Faltaban 18 días para el primer partido de España en Chile, y la cosa no pareció ni mucho menos tan grave como para descartarle, de manera que se le anunció en la lista definitiva de 22. El último encuentro, el 17 de mayo ante el Bayern, no lo jugó. El 20 de mayo, día de la salida, Helenio Herrera tuvo la ocurrencia de hacer un entrenamiento durísimo a las cinco de la tarde con vistas al largo viaje, que se emprendería esa noche, a la una de la madrugada. El público aplaudía la intensidad de los ejercicios cuando a los 25 minutos Di Stéfano se retiró, tocándose el muslo, tras un latigazo.

Habló con el doctor Cabot, gesticuló mucho, trotaron algo juntos por la banda, pararon. Hernández Coronado se acercó y Di Stéfano le dijo: "No puedo ir, no estoy en condiciones. Busquen a otro". Cabot le insistía: "Me comprometo a curarte en 10 días". Mientras HH miraba desde el campo, donde los demás seguían trabajando, Di Stéfano insistía: "No puedo con estos entrenamientos tan fuertes, busquen a otro". Pero era impensable y prevaleció el optimismo del doctor: "No es nada. Una simple consecuencia del tratamiento intensivo al que ha estado sometido. Una contracción muscular sin importancia".

Di Stéfano, rematando de cabeza con la selección.

Di Stéfano, rematando de cabeza con la selección.EFE

A medianoche, en Barajas, Di Stéfano decía, lúgubre: "Creo que voy de turista". Cabot le rebatía: "Respondo de que estará repuesto en unos días. Hay que quitarle da la cabeza esa idea de que no va a poder jugar." El viaje fue de aúpa: 18 horas, con escalas en Río, Montevideo y Buenos Aires. En la noche, en los asientos de tres se levantaban los brazos y ahí dormían 'los principales'. A los pies, los siguientes en importancia. Y el resto, en el pasillo. Así viajaban los futbolistas entonces.

La víspera del primer partido, contra Checoslovaquia, el 31 de mayo, aún se hablaba de duda, pero no pudo ser. Perdimos 1-0. El 3 de junio toca México, se dice que podría, pero mejor reservarle para Brasil. Ganamos 1-0. A ver si ahora, con Di Stéfano, ante Brasil... Pero tampoco ante Brasil pudo estar. Los pronósticos brujos del doctor Cabot fueron humo. Perdimos 2-1 y se acabó todo. Di Stéfano, como se temía, viajó de turista. Y regresó del peor humor. Helenio Herrera la tomó con los cuatro gordos de la expedición, Puskas, Eulogio Martínez, Santamaría y Di Stéfano, a los que daba como toda cena una manzana, y puso un guardia en la cocina del hotel para que no entraran. Di Stéfano perdió cuatro kilos y empezó a tener descompensaciones en la espalda que le duraron toda la vida, de las que culpó siempre a HH por empeñarse en bajarle el peso con el que siempre jugó. Volvió sin Mundial y con un problema que le martirizó para siempre.

Los descendientes de la vejiga del cerdo, la historia de los balones: del T-model de cuero al Trionda, con un sensor de 500 hercios

Los descendientes de la vejiga del cerdo, la historia de los balones: del T-model de cuero al Trionda, con un sensor de 500 hercios

Todos los balones de fútbol son descendientes de la vejiga del cerdo, que debidamente hinchada y anudado su conducto evacuatorio fue utilizada en la prehistoria de este juego hasta que buenos talabarteros la cubrieron de sufrido cuero. El primer Reglamento, redactado en octubre de 1863 en la Fremason's Tavern de Londres, no especificó nada sobre el balón. Se ve que no le dio importancia. Sólo en 1872 regularon su tamaño (entre 27 y 28 pulgadas de circunferencia, 68,58 y 71,12 centímetros), su peso (entre 14 y 16 onzas, o sea, de 368 a 425 gramos «al empezar el partido») y su presión, entre 0,6 y 1,1 atmósferas. Lo de «al empezar el partido» se incluye porque en días de lluvia podía aumentar su peso hasta un 50%.

La impermeabilidad primero, y luego la esfericidad perfecta han sido las obsesiones que han trazado su evolución, siempre con la Copa del Mundo como referente y en cuatro etapas bien distinguidas: la primera, la de los balones con tiento; la segunda, desde Brasil'1950, con el acceso directo a la cámara; la tercera, con la irrupción de Adidas (México'1970) y su cadena de diseños y de materiales impermeables; y la cuarta, siempre ya con Adidas, marcada por la incorporación del chip, a partir de Rusia'2018. Toda una evolución para una pelota.

Para saber más

En Uruguay'1930 dominó el T-model, ya utilizado en los JJ.OO. París'1924 y Amsterdam'1928, ambos ganados por Uruguay. Estaba compuesto por once paneles de cuero en forma de T, cosidos a mano. La abertura, llamada tiento, para inflar la cámara interior de goma, se cerraba con un cordón también de cuero que podía raspar y hasta herir la frente, razón por la cual bastantes defensas se la protegían con un pañuelo. También se usó el balón llamado Tiento, de 12 paneles alargados en forma de doble seta. Era el preferido por los argentinos, que con el T-model habían perdido ante Uruguay la final olímpica de 1928. Así que antes de esta, la del primer Mundial de la historia, hubo una fuerte discusión que el árbitro belga, Langenus, resolvió al modo salomónico: se jugaría el primer tiempo con el Tiento y el segundo con el T-model.

Al descanso ganaba Argentina 1-2 con su balón; en la segunda mitad, los uruguayos remontaron hasta el 4-2 con el suyo. Por cábala, por familiaridad con el balón o porque pegaron mucho y los argentinos se arrugaron, como dijo la prensa bonaerense, el caso es que ganaron los uruguayos. En Italia-1930, el Federale-102 era muy similar al Tiento, sólo que el cordón no era de cuero sino de algodón marrón, más suave. Pero resultó frágil, y la final, Italia-Checolosvaquia, hubo de jugarse con el Zig-Zag inglés, una variante del T-model.

En Francia'1938 el fútbol registró una primera y fugaz intrusión publicitaria, y vino por vía del balón. El Allen era como el Federale-102 pero con el cordón en blanco, que le daba un aire coqueto. El árbitro lo sacó al centro del terreno y lo puso, con el rótulo Allen bien visible y sobre una peana, cara a los fotógrafos durante el sorteo entre los capitanes, el italiano Meazza y el húngaro Sarosi. En la misma fotografía se ve, tras el árbitro, el balón con el que se iba a jugar, sin marca.

El primer gran avance llega en Brasil'1950 gracias a tres argentinos, Romano Polo, Antonio Tosolini y Juan Valbonesi, que patentaron un balón sin tiento, hinchable por un orifico en uno de sus doce paneles de cuero. Lo llamaron Supercall Duplo-T. El balón de tiento, cuyo inevitable abultamiento provocaba botes anómalos, desapareció para siempre del fútbol oficial, aunque se siguió vendiendo en comercios hasta los sesenta. En España lo fabricaban los presos como forma de acortar sus condenas.

En Suiza'1954 se tiñó el cuero de amarillo, a fin de que resaltara más. Se le llamó Swiss World Champion y sus 18 piezas de cuero fueron enlazadas ya con hilos de nailon. Llovió mucho y se le reprochó que cargara demasiada agua. En la final, que pasó a la historia como El Milagro de Berna, llegó a estar pesadísimo, para dolor de los artistas magiares. En Suecia'1958 la FIFA organizó un concurso ente 102 firmas, que ganó el Top Star, con modelos en blanco, amarillo y beige. Sus 24 paneles iban encerados para defenderse del agua. Se utilizó mayoritariamente el blanco, incluida la final, que ganó la Brasil de Pelé a la anfitriona, Suecia. Con ese balón marcó el francés Just Fontaine 13 goles, récord todavía.

El de Chile'1962, Mister Crack, presentó un diseño revolucionario de 16 paneles hexagonales y dos en forma de almohadilla con mayor sensación de esfericidad, además de un nuevo tipo de válvula, en látex. A falta de Pelé, consagró a Garrincha. El de Inglaterra'1966 fue el Challenge Star, elegido entre 100 propuestas, y volvió a un diseño similar los anteriores. Se alternaron los colores blanco, amarillo y naranja, y fue éste el elegido para la final. Eso permitió ver muy marcada la mancha de cal tras botar sobre la línea de la portería del alemán Tilkowsky tras el célebre tiro de Hurst, prueba de que no entró.

Y entonces llegó Adidas, en México'1970, y lo hizo para quedarse hasta hoy. Su estreno se llamó Telstar, como el satélite que permitió que ya el campeonato anterior se viera en directo desde cualquier parte el mundo. Inspirado en el Míster Crack, lo construyó con 20 hexágonos blancos y 12 pentágonos negros, lo que resultó rupturista. Esa disposición de paneles la mantuvo hasta entrado este siglo. El de Alemania'1974 se llamó Telstar-Durlast, aludiendo el apellido al recubrimiento plástico impermeabilizante, y ya llevó impresos los rótulos Adidas, Telstar-Durlast y Official World Cup. Estábamos en los años de la eclosión del marketing deportivo. En lo sucesivo, todos serían balones-anuncio.

Para Argentina'1978, el Mundial de Kempes, el fabricante alemán presentó el Tango, en realidad el Telstar con una apariencia nueva, conseguidísima. Era blanco, adornado por unos triángulos negros de lados curvos que entre sí dibujaban círculos, produciendo todo ello un efecto de redondez perfecta. Ese diseño perduró hasta Francia'1998, con variaciones en el fondo negro de los triángulos. En 1982 se llamó Tango España e introdujo el poliuretano. Adiós al cuero, en beneficio siempre de la impermeabilidad. Aquel balón hizo campeona a Italia para felicidad del viejo y venerable Pertini. En México'1986, el campeonato de las diabluras de Maradona, el Azteca presentaba en los triángulos negros gretas aztecas; en Italia'1990 el Etrusco Único mostraba tres cabezas de leones inspirados en el arte etrusco; en Estados Unidos'1994, el Questra aludía a la exploración espacial con planetas, estrellas y cohetes; y en Francia'1998, el Tricolore portaba los tres colores de la bandera francesa introducidos con ayuda de la silueta de un gallo, con cola de tres plumas, como las rayas de Adidas.

En todo ese tiempo la marca alemana experimentaba nuevos materiales ayudándose de los túneles de viento de Porsche. El Tricolore dio un gran salto al incluir una espuma sintética con resistentes microesferas llenas de gas, que provocaban mayor rapidez de vuelo. Adidas buscaba un balón muy reactivo y de bote vivo, que bien golpeado tomara efectos muy marcados. Para los porteros cada avance era un problema, pues les cambiaba el hábito y tenían que reeducar sus automatismos. En algunos casos, la decoración exterior alteraba la percepción visual. Esto último lo acusó Oliver Kahn en la final ante Brasil en Corea y Japón'2002, donde el Fevernova (de fiebre y supernova) quebró la línea estética iniciada en México'1970 para adornarse con cuatro trígonos sobre el fondo blanco que sugerían turbinas eólicas, en pro de las energías renovables. Eran de color verde con reborde dorado y unas manchas de rojo fuego. Para la final, el dorado pasó a tomar el papel del verde y viceversa. En Alemania'2006, el Temgeist (espíritu de equipo), sustituyó los veteranísimos hexágonos y pentágonos por 14 paneles, seis en forma de hélice, blancos como el resto del balón pero con un reborde grueso negro y dorado. Por primera vez no iban cosidos los paneles, sino unidos por termosellado. Alcanzó un 99% de perfección en la prueba de esfericidad.

Su sucesor fue el Jabulani (celebración, en lengua zulú), de ocho paneles y esfericidad perfecta, blanco con cuatro triángulos redondeados. Llevaba once colores discretamente distribuidos, tantos como jugadores hay por equipo. Resultó un dolor para los porteros por su conducta, con curvas impredecibles cuando se acercaba a los 100 km/h. Todos los porteros renegaron de él, tachándolo de «pelota de plástico». Curiosamente fue un portero quien levantó aquella Copa del Mundo. Casillas. Mejor resultó el Brazuca de Brasil'2014. La palabra 'brazuca', escogida tras una votación en la que participaron un millón de personas, representa el orgullo por la forma brasileña de vivir). Adidas trabajó a fondo con 600 futbolistas de nivel y 30 equipos de científicos para crear este nuevo modelo, con seis paneles idénticos en forma de hélice, un dibujo zigzagueante y un colorido que representaba las pulseras de la suerte brasileñas. No le dio suerte a Brasil, pues cayó con estrépito por 1-7 frente a Alemania, luego campeona. Pero funcionó. El secreto fueron unos ligeros surcos que corrigieron el efecto pelota de plástico del Jabulani.

El Telstar-18 de Rusia 2018 enlazaba el pasado y el futuro. Constaba de seis paneles, pero los dibujos evocaban los 20 del Telstar de México'70, aunque los hexágonos negros estaban pixelados, para darle un aire futurista. En la segunda fase el negro fue sustituido por el rojo y se llamó Telstar Metcha, sueño o ambición en ruso. Con ese balón dio España sus más de 1.000 toques para nada el día de su eliminación. El gran avance fue un chip en su centro geométrico unido por cables a la superficie interior de la esfera para transmitir velocidades, trayectorias, potencia del golpeo y demás. Nacía el balón inteligente, evolucionado luego en el Al Rihla (viaje) de Qatar'2022. Tenía 20 paneles de poliuretano con unos trazos de colores vivos. Para las semifinales y la final fueron más apagados, con el tono de los anocheceres del desierto, y cambió el nombre por el de Al Hilm (el sueño). Fue más rápido que ningún otro. Llevó un núcleo esférico conocido como CRT-CORE, también unido por cables a la superficie interior, que permitía precisar automáticamente el instante justo del golpeo para medir el fuera de juego y si el balón había traspasado o no la línea de gol.

Ahora nos espera en Estados Unidos, México y Canadá'2016 el recientemente presentado Trionda, otra vuelta de tuerca, un balón con un sensor de 500 hercios incorporado. Sus cuatro paneles en hélice llevan los colores nacionales de los tres países, azul, verde y rojo, y dibujos representativos de ellos, estrella, águila y hoja de arce. El sistema de transmisión ya no va en el núcleo, sino en uno de los cuatro paneles, contrapesado en los tres restantes. Se le ha dotado de detalles en relieve para ayudar a su estabilidad en el vuelo.

Aquella vejiga de cerdo es ahora vanguardia tecnológica. Continuará.