Las mil y una anécdotas del Mundial de México'86: los 'vis a vis' con las mujeres, el Bisolvón y los spaguettis que Lobo Carrasco tiró en la mesa del presidente

Las mil y una anécdotas del Mundial de México’86: los ‘vis a vis’ con las mujeres, el Bisolvón y los spaguettis que Lobo Carrasco tiró en la mesa del presidente

Desde que en Brasil 1950 quedamos cuartos, todo lo posterior fue desdichado: Suiza 1954 y Suecia 1958, no clasificados; Chile 1962 e Inglaterra 1966, caídos en la primera fase; México 1970 y Alemania 1974, no clasificados; Argentina 1978, caídos en la primera fase; España 1982, corramos un tupido velo... Sólo en México 1986 vimos, por fin, algunos brotes verdes.

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La ola comenzó con el 12-1 a Malta que nos clasificó para la Eurocopa Francia 1984, en la que fuimos segundos. La fase de clasificación para México la pasamos sin angustia. El Barça llegó a la final de la Copa de Europa, el Atlético a la de la Recopa y el Madrid a la de la Copa de la UEFA, lo que contribuyó a darnos sensación de fortaleza, aunque sólo el Madrid ganara la suya. Emergía la Quinta del Buitre y seguía el seleccionador del 12-1 a Malta, Miguel Muñoz, cuya lista incluyó siete del Madrid, cinco del Barça, tres del Athletic, dos del Atlético y el Sporting, y uno del Zaragoza, el Betis y el Sevilla. Veintidós, con la precaución de llevar tres porteros. Cometió un serio error: ir sin cuarto central. La pareja Goikoetxea-Maceda era soberbia, pero junto a ellos sólo fue Gallego, un mediocentro de muy buen pie y estaca si hacía falta, adaptable a líbero. Sanchís, el central de la Quinta, estaba lesionado. Muñoz desdeñó a Salva, del Barça, habitual en el equipo.

Se programó una concentración en Santa Cruz de Tlaxcala, 45 días de encierro a 2.300 metros de altitud, en una antigua fábrica de hilaturas llamada La Trinidad, convertida en centro vacacional de la Seguridad Social mexicana. Perdido en la nada, era ideal para la paz y el aburrimiento, con México D.F. a dos horas de autocar. La Federación alojó a las esposas o novias de los jugadores en el D.F. y cada semana organizaba una excursión allí de los casados o emparejados en lo que llamaron "el autobús del semen", para dos horas de intimidad con sus parejas en una especie de vis a vis carcelario. Los solteros se quedaban más aburridos y solitarios que nunca.

Una sola línea de teléfono, cartas, billar, ping pong y paseo por la carretera al anochecer. Ese era el cuadro, pasto de problemas entre jugadores y periodistas y de los jugadores entre sí. Muñoz programó partidos entre titulares y suplentes, haciendo muy visibles los respectivos papeles, y los segundos, al ver cara a cara su destino, se desahogaban con entradas furiosas. Así que, pensando que si tenían que lesionar a alguien que fuese de otro equipo, cambió el plan por dos partidos en Guadalajara (uno contra el local, otro contra el Atlas) y dos en Tlaxcala, ante el Puebla y la sub'21 mexicana. Eso sí: en ambos casos separó las aguas y jugaron el primer partido los titulares y el otro los suplentes, lo que profundizó el ánimo lúgubre de estos. El viaje a Guadalajara llevó dos horas de autocar hasta México D.F. y dos más de vuelo, pero a todos les pareció una liberación del encierro.

Para aliviar el tedio, la Federación organizó una comida de convivencia a la que invitó a Rocío Jurado, de gira por allí. Asistieron las mujeres de los jugadores, todos los directivos y trabajadores de la Federación y hasta los ex jugadores Lángara e Iborra, flecos sueltos de la Guerra Civil instalados allí. Sólo faltaron los periodistas, en solidaridad con sus compañeros de la radio Antena 3, expulsados del hotel porque uno de ellos había insinuado que a un federativo se la pegaba su mujer. De aquella juerga se contó y no se acabó. Hubo descuidos en la dieta y a algunos jugadores les alcanzó el "mal de Moctezuma". Los más afectados fueron Calderé, al que se le complicó con una bronquitis y hubo de ser internado, Tomás, Gallego y Gordillo.

Butragueño, en el partido contra Dinamarca.

Butragueño, en el partido contra Dinamarca.E. M.

Por fin, el 1 de junio (habían llegado a Tlaxcala el 11 de mayo) llegó el primer partido. Fue en Puebla (12:00), ante Brasil, nada menos. La alineación era casi la que se venía cantando desde los inicios: Zubizarreta; Tomás, Goikoetxea, Maceda, Camacho; Míchel, Víctor (por Calderé), Francisco, Julio Alberto (por Gordillo); Butragueño y Julio Salinas. En el minuto 53 Míchel caza el balón tras un córner, su remate pega en la cara inferior del larguero, bota dentro, sale, y el australiano Bambridge no da gol. Sí dará once minutos más tarde el de Sócrates, recogiendo un rebote en el larguero; estaba adelantado cuando se produjo el disparo previo, pero...

Un fotoperiodista cazó la foto perfecta y la vendió a Interviú por 10.000 dólares. Demostraba inequívocamente que el balón había entrado, pues el sol del mediodía proyectaba su sombra dentro. Un español buscavidas, que se pegó a la selección por el procedimiento de hacerse amigo de Manolo el del Bombo, cameló al fotógrafo para que le diera una copia, de la que sacó muchas más que iba vendiendo a 10 dólares. Era un cara que pedía autógrafos a los jugadores y luego hacía camisetas con ellas para venderlas.

A la derrota se sumó una noticia pésima: Maceda no podría seguir jugando. Había llegado mal curado de una lesión de rodilla, entrenaba con pantalón largo para que los periodistas no vieran que la llevaba vendada. Al día siguiente al partido se le puso más grande que la cabeza. No podía seguir. Regresó a España.

Repuesto de su "mal de Moctezuma" y de su bronquitis, Calderé pudo estar en el banquillo el segundo día (7 de junio, ante Irlanda del Norte, en Zapopan, 12:00). Ganamos 2-1 y jugó 25 minutos, henchido de felicidad. Pero al día siguiente tuvo el susto de su vida: dio positivo en el antidopaje. Resultó que por la bronquitis le habían dado Bisolvón, que llevaba una sustancia prohibida. El médico asumió el error y la FIFA exoneró al jugador. Se sintió como si volviera a nacer.

En Tlaxcala los suplentes no aguantan más. Lobo Carrasco tira su plato de espaguetis en la mesa de Muñoz y los directivos porque les han servido antes y a él le han llegado fríos. Poli Rincón hace un amago de marcharse, bajando incluso la maleta a la recepción. Se sabía vetado. ("Un célebre conductor de programa deportivo me quiso hacer su informador dentro del grupo. Me daba mil euros por día, 89.000 pesetas, una barbaridad. Pero le dije que no, y él presionó a Muñoz para que no jugara". No dice el nombre, pero no hace falta. Fallado ese tiro, el informador encontró otro que aceptó la oferta).

España gana 3-0 el tercer partido (Argelia, Monterrey, 12:00), con un calor de mil demonios, y pasa como segunda de grupo. Acabado el partido, Muñoz decide no regresar a Tlaxcala sino dormir en México D.F. para a la mañana siguiente volar a Querétaro y ver el Dinamarca-Alemania (16:00), del que saldrá nuestro rival de octavos, a jugar precisamente allí. El vuelo de Monterrey al D.F. se retrasa cuatro horas y Muñoz decide anular el hotel del aeropuerto y seguir por carretera hasta Querétaro para no llegar tarde al partido. Son tres horas en autocar. En Querétaro hay dos hoteles de la organización: uno lo ocupa Alemania y está lleno; en el otro hay plazas, pero se desaconseja que dos selecciones compartan hotel y Dinamarca se agarra a eso. Aparece uno al que llegan rendidos, a las dos de la mañana, y resulta que en cada habitación hay un ejército de cucarachas. Se amotinan, se hacen llevar al hotel de Dinamarca, lo toman por asalto y se acuestan.

Eloy, fallando el penalti decisivo ante Bélgica.

Eloy, fallando el penalti decisivo ante Bélgica.E. M.

Presenciaron el Dinamarca-Alemania, ganado por los primeros, con los que deberán enfrentarse en octavos... después de cuatro días compartiendo hotel. Los daneses protestan, pero los españoles se han hecho fuertes y, por complicidad de idioma y carácter con los empleados, se apoderan de las zonas comunes.

Llega el partido, esperado con aprensión. Es el 18 de junio en Querétaro (16:00). Dinamarca ha ganado a Escocia, Uruguay y Alemania; viene como una moto. El balón es de Lerby y Laudrup, ElkjaerLarsen amenaza... Se masca el gol danés, que se retrasa hasta el 33', de penalti, y lo suponemos inicio de la goleada. Pero cerca del descanso Butragueño caza un pase horizontal en la defensa danesa y marca el 1-1. Un alivio. Muñoz sustituye a Julio Salinas por Eloy, buscando su velocidad; sigue el dominio danés y en la primera salida hay un córner que Camacho cabecea en semipifia y el balón va a la frente de Butragueño, que lo percute a la red: 2-1 en el 56'. Dinamarca se lanza y en el 69', en otra salida de España, Butragueño le hace un regate descatalogado a Olsen, que le derriba. Penalti transformado por Goikoetxea y 3-1. Dinamarca se ofusca, Tomás está cumbre ante ElkjaerLarsen, España ya cree y en el 80' Eloy se escapa, cede a Butragueño y este remata a placer el 4-1.

En el 90', nuevo penalti a Butragueño, que transforma él mismo en su cuarto gol. El 5-1 en el marcador coge por sorpresa a la multitud de madrileños que en aquellos años ocupaba de noche las terrazas de la Castellana. Se desata un grito espontáneo: "¡Oa, oa, oa, el Buitre a la Moncloa!" (había elecciones inminentes) y muchos se bañan en la fuente de Cibeles. Ahí nació la costumbre de celebrar los triunfos del Madrid en esa plaza. Al día siguiente, sobre los goles en el Telediario, alguien pulsó una tecla con el rótulo "Vota PSOE". RTVE lo atribuyó a un error humano...

Se despertó la euforia para el partido de cuartos, contra Bélgica, tenida en menos que Dinamarca, pero lo afrontamos con una seria merma: Goikoetxea no puede jugar por tarjetas y tiene que salir Chendo, lateral, en el centro de la defensa junto a Gallego. La cita es en el Cuauhtémoc de Puebla, el 22 de junio (16:00). Tenemos el público a favor, por hispanidad, por el partido de Dinamarca y porque allí habían jugado Pirri y Asensi, dejando muy buena imagen.

En el 33', Ceulemans, acreditadísimo cabeceador, gana a Chendo por arriba y marca. Bélgica se encierra y Muñoz sustituye al lateral Tomás por Señor, un interior de ataque. La presión es continua. En el banquillo, Rincón se come los puños y mira a Muñoz como diciéndole "sácame", pero el míster no se decide. Está vetado por el dichoso comentarista. En el 63' entra Eloy, de nuevo por Julio Salinas. Por fin, en el 83', a la salida del enésimo córner, Señor clava un disparo raso, imparable.

La prórroga sigue en el mismo son, con Bélgica nadando como náufrago hacia la orilla de los penaltis, que al fin alcanza. Allí marcarán Señor, Chendo, Butragueño y Víctor, pero Eloy falla el segundo ("se me hizo eterno el caminar desde el centro del campo hasta allí"), mientras Míchel era reservado por Muñoz para el sexto. Por nuestra parte, Zubizarreta no detiene ninguno. Fue desesperante verle volcarse una y otra vez blandamente, casi como un saco mal asentado, al lado contrario del balón.

Estábamos fuera. La concentración argentina lo celebró, según confesión posterior de Valdano, porque nos temían más que a Bélgica en la semifinal.

Aquello de "jugamos como nunca y perdimos como siempre" valió más que nunca. Por encima de conflictos y errores, la programación de entrenamientos había resultado, el equipo cuajó y había roto el techo de la fase de grupos, que no se traspasaba desde 1950. Fue un leve apunte de que los tiempos estaban cambiando.

Cuando España se quedó fuera del Mundial 74, el drama de toda una generación: "Se ha perdido otra guerra"

Cuando España se quedó fuera del Mundial 74, el drama de toda una generación: “Se ha perdido otra guerra”

Tras quedarnos sin acudir a México 1970, la Federación, presidida por José Luis Pérezpayá (ex futbolista de cierto fuste conocido como Pérez Payá, que una vez en el cargo decidió unir sus apellidos), contrató como seleccionador a Ladislao Kubala, leyenda de nuestro fútbol en los cincuenta. Húngaro, fugado del comunismo, emblema del régimen y del Barça, jugador legendario y ahora entrenador entusiasta y locuaz («chicos bien, moral óptima», era su latiguillo favorito). Entró en 1969, con la eliminación para México 1970 ya consumada, y se estrenó con un España-Finlandia patriótico, en La Línea de la Concepción, con el Peñón al fondo. Tuvo excelentes resultados al principio, sobre todo una gran victoria ante Alemania en Sevilla y otra sobre Italia en Cagliari. Pero pinchó en el intento de asalto a la Eurocopa 1972: nos eliminó la URSS, ganándonos en Moscú y empatando en Sevilla con un sensacional partido de su meta Rudakov.

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Ahora tocaba el asalto a Alemania 1974, que reuniría a 16 selecciones. El sorteo nos colocó en el grupo VII de la zona europea, con Grecia y Yugoslavia como rivales. Grecia no era gran cosa. Aunque el Panathinaikos había llegado, con Ferenc Puskás como entrenador, a la final de la Copa de Europa de 1971 (cayó ante el Ajax de Johan Cruyff), su selección ocupaba el puesto 23 en Europa, según el ránking del respetado periódico L'Équipe. Otra cosa era Yugoslavia, país hoy desmenuzado en Eslovenia, Croacia, Serbia, BosniaHerzegovina, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte. En aquel tiempo era una potencia deportiva en muchas especialidades, entre ellas el fútbol, y tenía a uno de los mejores jugadores del continente en ese momento, el extremo izquierdo Dragan Daji. Desde el inicio estaba claro: eran ellos o nosotros.

Empezamos mal: un 2-2 el 19 de octubre de 1972 en el Estadio Insular de Las Palmas. Se buscó en Canarias un clima supuestamente incómodo para los yugoslavos, pero a Kubala se le ocurrió la «genialidad» de colocar como delantero centro a Marcial, un exquisito centrocampista, para nada adaptable a esa posición. Yugoslavia nos ganaba 1-2 en el minuto 90, había estrellado un tiro en el palo... pero en el descuento un gol salvador de Asensi palió el desastre. La visita de Grecia a Yugoslavia, el 18 de noviembre, se saldó con victoria yugoslava, 10, sin mucha más historia.

El 17 de enero de 1973 España visita a Grecia sin margen de error. Kubala dispone partidos en los campos del San Andrés y el Sabadell, de tamaño similar al Nikolaidis de Atenas, y ordena que no se riegue el césped, en previsión de lo que encontraríamos allí. El partido se juega a las dos de la tarde y lo ganamos 2-3 gracias a una tarde gloriosa del extremo valencianista Óscar Rubén Valdez, que marca dos goles y tres cuartas partes del otro. Grecia nos devuelve visita el 21 de febrero, en La Rosaleda malagueña. Ganamos 3-1 sin problemas.

La visita a Zagreb

Pero arrastramos el empate inicial y ahora hay que visitar a Yugoslavia. Se juega el 21 de octubre en el Maksimir de Zagreb, estadio del Dinamo, a reventar, y con un despliegue de bengalas y carracas desconocido aquí. En las repletas gradas se perciben pequeños grupúsculos de españoles. España hace su mejor partido del grupo, tiene varias ocasiones y hasta un tiro al poste. Termina 0-0, con lo que compensamos el ya lejano 2-2 del Insular.

Sólo queda la visita de Yugoslavia a Grecia y las cuentas son claras: si Yugoslavia pierde, empata o gana por un gol de diferencia, España irá al Mundial. Si gana por tres o más, se habrá clasificado. Si gana por dos, habrá que jugar un Yugoslavia-España de desempate, en fecha y lugar a concertar.

Sospechas en Atenas

El Grecia-Yugoslavia se juega el 19 de diciembre de 1973 en el Karaiskakis de Atenas. Las vísperas son asfixiantes, llenas de rumores y sospechas contra los griegos en general y su portero en particular, Kalassidis, de los que se insiste en que están vendidos. Las revistas Barrabás y Fútbol In publican que el presidente y el secretario de la Federación, PérezPayá y Andrés Ramírez, viajan con un maletín de 30.000 dólares, equivalentes a 1.500.000 pesetas, para contrarrestar la supuesta oferta de los yugoslavos al portero y a su figura, Domazos. A saber. También viaja Kubala, que lo presenciará junto a Puskas. El partido es a las dos menos cuarto de la tarde, de nuevo la hora de la comida, y nos sentamos a verlo con la impotencia del que ha puesto su vida en manos de otros, o del azar, que nunca se sabe lo que es peor.

El desánimo ha cundido tanto en Grecia que el aspecto del campo es desolador: de los 45.000 asientos sólo están cubiertos 6.000, un tercio de ellos por yugoslavos. Al cuarto de hora Yugoslavia gana 0-2. El meta local, Kalassidis, parece transparente. En España muchos apagan la tele, en la seguridad de que estaba vendido y se iba a llevar un carro. Pero Yugoslavia amaina su avalancha inicial, Grecia reacciona, marca el 1-2 sorprendiendo a Mari, cegado por el sol; luego es expulsado el delantero centro yugoslavo Duan Bajevi por una agresión, y Yugoslavia encaja otro gol al borde del descanso. Así que 2-2 y Yugoslavia con diez para todo el segundo tiempo. Ya está. Los desertores vuelven a encender el televisor. Quizá mejor que no lo hubieran hecho.

Yugoslavia se crece: en el minuto 62, un jugadón de Aimovi acaba tras varios rebotes en gol de Surjak. Luego aprieta. Los minutos van pasando a nuestro favor con exasperante lentitud: 83, 84, 85, 86, 87, 88, 89... Y en el último suspiro, a 15 segundos del pitido final, una volea de Karasi bota en el suelo y se cuela: 2-4. Habrá desempate.

El seleccionador griego, Alketas Panagoulias, se indignó: «Es una vergüenza. Yo envié al campo a once futbolistas distintos de los que he visto después», y dimitió, anunciando que no quería saber nada más del fútbol griego. El país quedó abochornado por la sospecha de venalidad en todos o algunos de sus futbolistas; el Gobierno abrió una investigación, los jugadores fueron multados con 800 dólares por cabeza y se anunció que la mayoría de ellos no volvería a la selección nacional.

El desempate, en Frankfurt

Pero había que desempatar, en suma. Era lo que había. Yugoslavia quería hacerlo enseguida y en Grecia; Kubala se negó por no preparar el equipo a toda prisa. España propuso enero, pero Yugoslavia hacía pausa invernal... Al final decidió la FIFA: 13 de febrero de 1974, en Frankfurt, la misma ciudad en que cuatro meses exactos después tenía que albergar el partido inaugural, que enfrentaría a Brasil, campeón vigente, contra, precisamente, el ganador de ese partido. Las agencias de viajes publicitan sus ofertas: «Tres días, del 12 al 14 de febrero, vuelo regular de Iberia, habitación con baño, traslados. Entrada al campo en tribuna cubierta». Todo pagadero en plazos mensuales de 1.290 pesetas.

El 31 de enero Kubala da una lista de 22 futbolistas: Iribar, Reina y Deusto; Sol, Gallego, Benito, Jesús Martínez, Capón y Uría; Costas, Juan Carlos, Claramunt, Pirri, Asensi y Marcial; Amancio, Rexach, Gárate, Quini, Galán, Valdez y Rojo. Se concentran el 4 de febrero en Eurovillas, una urbanización cerca de Madrid, a la que los periodistas acudimos en tropel. El día 6 hay un amistoso contra el Torrejón, en el que juegan los «posibles» (una hora sin descanso y resultado de 7-0), y el 8 otro contra el Atlético de Madrid, en el Manzanares, a las 18.30 horas, para coincidir con la luz del atardecer en Frankfurt a las 19.30. Para darle un carácter de «ensayo general con todo», el Atlético vistió de azul noche y pantalón blanco, como la selección yugoslava lo haría días más tarde.

Kubala pretendió disputarlo a puerta cerrada, pero se acumuló tal multitud que hubo que permitir la entrada por miedo a un motín. En el primer tiempo jugaron los «probables», exactamente los mismos once que lo harían cinco días después en Frankfurt (Iribar; Sol, Benito, Jesús Martínez, Uría; Juan Carlos, Claramunt, Asensi; Amancio, Gárate y Valdez). Ganó la selección 3-1, los tres de Amancio. En la segunda mitad salieron los «posibles», todos los demás, incluidos los dos porteros, que se alternaron. Hubo empate a dos, goles de Pirri y Galán para la selección. Aquel era un buen Atlético: el de Reina, Ovejero, Panadero, Ufarte, Luis, Salcedo, Irureta, Alberto, Becerra... Sin Gárate ni Capón, claro, seleccionados con España.

Kubala hace seis descartes: Reina, Gallego, Pirri, Galán y Chechu Rojo. Sorprenden especialmente los de Pirri («necesito hombres que marquen al contrario», argumenta) y Chechu Rojo, en mejor forma que Valdez. El equipo viaja el lunes 11, a las 15.30, previo entrenamiento matinal en el Bernabéu. Hay un segundo vuelo el 12, una romería. Van todos los federativos, muchos directivos de club, varios presidentes, una nubecilla de técnicos y figuras como Santana y Julio Iglesias, gente de lo más variopinto.

Kubala decide entretener la tarde de la víspera con una sesión de cine y escogen Papillón, las peripecias de un convicto francés escapado de una prisión caribeña, basada en la novelarelato de Henri Charrière, un best seller. La tarde se agrió por una angina de pecho del masajista Ángel Mur padre (su hijo le sucedió). Parece un golpe de mal fario. Sus tareas habría de hacerlas el masajista de la selección alemana, Eich Denser. No era lo mismo, claro. Mur padre se repuso y vivió hasta los 93 años posteriormente.

El partido se juega a las 19.30 horas. En el Waldstadion hay 15.000 españoles, en su mayoría emigrantes que han roto la hucha para ver a España clasificarse. Pero son el doble de yugoslavos, porque Frankfurt y su entorno tenían una gran inmigración yugoslava. El resto, hasta 62.000, es público local, dispuesto a disfrutar de este aperitivo mundialista. Los españoles cantan el «Que viva España», cómo no, de Manolo Escobar. Aquí, todos ante la tele. Se podría haber pasado lista y comprobar que no faltaba nadie.

La ilusión duró 13 minutos, los que tardó Josip Katalinski en marcar. Una falta desde la derecha lanzada al segundo palo, Katalinski cabecea, Iribar rechaza como puede y el balón le cae al propio Katalinski, que en un escorzo incómodo lo caza en el aire y marca.

Y después, la nada. Kubala sólo reacciona en el 73', metiendo a Marcial y Quini por Juan Carlos y Amancio, sin que se note la menor reacción. Todo es soso, aburrido, decepcionante, absurdo. Suena el pitido final y apagamos la tele con un ánimo lúgubre.

"Se perdió otra guerra"

«Ridículo en Frankfurt», «Desastre», «El peor partido en la era Kubala», «Se perdió otra guerra» son algunos de los titulares. Ya se decía que Kubala ganaba batallas, los amistosos, pero perdía guerras. Él acusaba a la prensa del «pecado latino»: presentar al equipo antes del partido como un «monstruo con dos cabezas y siete colas» y tirarlo a la basura cuando perdía.

Katalinski, nacido en Sarajevo (BosniaHerzegovina) en 1948, era jugador del eljezniar. La resonancia de su gol le valió el traspaso al Niza, donde a los cuatro años le retiró una lesión de rodilla con 30. Fue un líbero con buen físico (1,81 y 80 kilos), limpia técnica y gran salto. Para Yugoslavia jugó 43 partidos con 10 goles; en el eljezniar, 240 y 32, y en el Niza, 103 y 28. Retirado, fue directivo del eljezniar e invirtió con acierto en hoteles en Cabo Antibes y Fréjus. Falleció en Sarajevo en el año 2011, con 63 años, víctima de un cáncer. Su nombre quedó grabado en piedra en la memoria de los aficionados españoles de la época.

El oscuro legado de Inglaterra 1966: arbitrajes, polémicas y una generación castigada por el alzhéimer

El oscuro legado de Inglaterra 1966: arbitrajes, polémicas y una generación castigada por el alzhéimer

"(...) Y quiero terminar diciendo: cuando tras el partido de ayer el capitán inglés alzó con sus dos manos la Jules Rimet, el cuervo de Edgar Allan Poe declaró a los periodistas acreditados: 'Nunca más, nunca más'. Y, de seguro, como las próximas Copas van a ser disputadas en terreno neutral, nunca más Inglaterra conseguirá imponer su fútbol sin imaginación, sin arte, sin originalidad." Así cerraba Nelson Rodrigues, célebre escritor y periodista brasileño, su elegíaca crónica final de la Copa del Mundo de 1966, ganada por Inglaterra. Tanta irritación tuvo una causa que ya podía adivinarse desde la elección de árbitros: un obsceno enjuague de Stanley Rous, exárbitro él mismo y presidente de la FIFA por ese tiempo. Un gran hombre que ordenó la redacción del Reglamento en 1938 con todas las reformas introducidas desde 1863 y una sencillez que favoreció su expansión universal. Pero, según Pedro Escartín, el santón arbitral de nuestra historia, "en 1966 le pudo más el impulso inglés que su respeto por el fútbol y estropeó su legado". Al menos consiguió ser nombrado 'sir'.

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Se anunció que habría dos árbitros por país: en el caso de Inglaterra, Finney y Howley. Pero a la hora de la verdad aparecieron dos más, McCabe y Dagnall, más tres —Taylor, Clement y Crawford— que hicieron de linieres. Aún habría que añadir al escocés Phillips y al irlandés Adair, que arbitraron, y al galés Callaghan, como linier, sin que sus selecciones participaran. En el conjunto de sus tres partidos, Brasil se encontró siete británicos en la suma de los tríos arbitrales. En el primero, ante Bulgaria, Pelé salió tan golpeado que no pudo jugar el segundo, contra Hungría; en el tercero y decisivo, con un trío arbitral íntegramente británico, el portugués Morais completó su demolición, le dejó inútil, Brasil perdió y se quedó fuera. Había acudido al Mundial como gran obstáculo para Inglaterra, que sentía el derecho y la obligación de ganarla, porque acababa de celebrarse (1963) el centenario de la creación del fútbol.

En vista del revuelo por las designaciones en la fase de grupos se anunció que la de los árbitros de cuartos de final se haría en plenario del Comité de Árbitros, seis miembros, entre ellos Escartín. Pero se les convocó a las diez de la noche del 20 de julio para reunirse a las nueve de la mañana del 21 en Londres. Escartín estaba en Sunderland como informador del Chile-URSS, y también el ruso Latychev, delegado permanente en ese grupo. Al sueco Lindeberg le pilló en Sheffield. En ningún caso había tren que llegara a Londres antes de las once de la mañana, así que la reunión se limitó a Rous, su fiel Aston, presidente del Comité, y el malayo Ko. Para el Inglaterra-Argentina pusieron un árbitro alemán, Kreitlein; para el Alemania-Uruguay, un inglés, Finney. Kreitlein expulsó al capitán argentino, Rattin, que protestó insistentemente por las reiteradas faltas de Stiles sobre Onega; en cuanto a Finney, con 0-0 dejó pasar un puñetazo bajo el larguero de Schnellinger a un balón que se colaba, gesto perfectamente captado por las fotografías; luego aprovechó el enfado y las intemperancias de los uruguayos para dejarlos con nueve.

Aquellos sucesos abrieron una herida en Sudamérica que sangró durante años y explican la irritación de Nelson Rodrigues. Y a todo ello habría que sumar dos manos ignoradas en el área inglesa en la semifinal contra los portugueses y el gol fantasma de Hurst en la prórroga de la final contra Alemania.

El irritado escritor ha venido teniendo razón hasta ahora. Fuera de su isla, los inventores no han vuelto a ganar la Copa del Mundo. En México, con gran parte aún del equipo campeón, cayeron en cuartos ante Alemania, dulce revancha. Luego fueron incapaces de clasificarse para Alemania 1974 y para Argentina 1978. Regresaron después, pero nunca han vuelto a ganar un Mundial, ni siquiera han sido finalistas. Tampoco han ganado ninguna Eurocopa.

Aquella Inglaterra tuvo ayudas, desde luego, pero también fue un gran once (Banks; Cohen, Jackie Charlton, Wilson; Stiles, Moore; Ball, Hunt, Bobby Charlton, Hurst y Peters) con tres jugadores extratipo: el meta Gordon Banks, el medio defensivo y capitán Bobby Moore, y el delantero centro móvil Bobby Charlton, el mejor de todos. A ellos podría sumar al interior goleador Jimmy Greaves, pero sufrió un corte en la pierna durante el tercer partido del grupo, ante Francia, y le sustituyó hasta la final, y no sin polémica, Geoff Hurst, autor de tres goles en la misma. Un logro que nunca había conseguido nadie antes y que sólo Mbappé ha igualado después.

Sólo Hurst sigue con vida. El resto nos han ido dejando con una coincidencia inquietante en la mitad del equipo titular: el alzhéimer. Sería grosero conectarlo con la maldición de Rodrigues; más bien prefiero mirarlo como un último servicio al fútbol de un buen grupo de jugadores que, en su despedida, dejó una voz de alarma que el fútbol finge escuchar, pero no lo hace. Preferimos mirar para otro lado.

Una imagen del polémico gol de Hurst.

Una imagen del polémico gol de Hurst.E. M.

Jackie Charlton, central, con 85 años; Ray Wilson, lateral izquierdo, con 83; Nobby Stiles, medio, con 78; Martin Peters, extremo, con 76; y Bobby Charlton, alma de la delantera, con 86, hermano del primero de la lista; incluso el meta suplente, Peter Bonetti, con 78: todos ellos fallecieron de alzhéimer o tras un tiempo incapacitados por alguna enfermedad neuronal enajenante. Y no hay seguridad sobre si lo padeció o no el interior Roger Hunt, fallecido a los 83 "tras una larga enfermedad", según el escueto comunicado familiar, después de que por bastante tiempo no se supiera nada de él. Gordon Banks falleció de cáncer de riñón a los 81 años. A Bobby Moore se lo llevó con 51 un cáncer intestinal y al extremo Allan Ball un ataque cardíaco que le sorprendió en el jardín de su casa a los 62. El último en dejarnos, el lateral derecho George Cohen, falleció con 86, y aunque no se anunció la causa de su muerte, sí se sabe que estuvo mucho tiempo luchando contra un cáncer intestinal. Dedicó los últimos años a recaudar fondos para la investigación de esta enfermedad, que había matado prematuramente a su capitán Moore, y también para la del alzhéimer, impresionado por la forma en que atacó a tantos de sus compañeros. Anunció que, a su fallecimiento, donaría su cerebro a la ciencia. El mismo propósito ha hecho público Hurst, el último superviviente.

Las alarmas sonaron por el caso de Bobby Charlton dada su condición de mito nacional. La familia comunicó que padecía alzhéimer en 2020, lo que llevó a recordar el gran número de compañeros del equipo campeón que lo habían padecido, entre ellos su hermano Jackie. Se daba la circunstancia de que cuatro tíos maternos de los hermanos Charlton habían fallecido también de alzhéimer, lo que podría sugerir un factor hereditario, pero los cuatro habían sido también futbolistas, lo que devolvía las sospechas a este deporte. La muerte del mito se produjo en 2023, con 86 años, internado ya en el centro para personas con demencia de Knutsford, cuando perdió el equilibrio y su cabeza golpeó con un radiador.

Con el conocimiento de que el gran Bobby sufría la dolencia, cobró relevancia e impulso la lucha que desde 2002 mantenía la familia de Jeff Astle, un delantero centro de los años sesenta y setenta que hizo lo mejor de su carrera en el West Bromwich Albion, fue mundialista en México 1970 y se retiró tras 16 años, 437 partidos y 216 goles. Falleció en 2002. Su hija, Aslyn Astle, contó: "Tenía 59 años, pero parecía que tuviera 89". Hacía tiempo que no reconocía a nadie, pasaba el día sentado, murió por atragantamiento porque el cerebro no pudo enviar la orden de expulsar la comida, atascada en la garganta.

La familia, convencida de que su penosa condición había sido causada por tantos balones cabeceados, obtuvo dictamen judicial de que había fallecido de una enfermedad laboral; crearon la Fundación Astle e interesaron a organizaciones académicas y civiles. En 2014, el neurólogo Willie Stewart, de la Universidad de Glasgow, que examinó su cerebro, dictaminó que tenía "exactamente el mismo aspecto que esperas ver en el de un boxeador". La diagnosis fue encefalopatía traumática crónica, enfermedad neurodegenerativa asociada a la acumulación de golpes en la cabeza. Aslyn Astle declaró en la ABC: "Cuando supe que el fútbol le había matado me puse en contacto con la FA y les pregunté qué iban a hacer al respecto. Al poco tiempo recibí una carta desagradable". Salieron a relucir muchos más casos: Tommy Carroll, Stevie Chalmers, Chris Chilton, Jimmy Conway, Duncan Forbes, Alan Jarvis, Frank Copel, Billy McNeill, Barry Pierce, Mike Sutton, John Talbut, Mike Tindall... Aslyn Astle contó que se pusieron en contacto con ella las familias de estos jugadores, de muchos otros menos conocidos, y la de uno de los campeones de 1966, que prefirió mantener la reserva, pero la animó a seguir la investigación.

Estudios

Un estudio realizado por su impulso en 2019 con una muestra de 7.676 futbolistas profesionales escoceses nacidos entre 1900 y 1976 y comparado con el de 23.000 individuos de la misma época aleatoriamente escogidos arrojó un dato inquietante: el porcentaje de afectados por enfermedades neurodegenerativas era tres veces y media mayor entre los futbolistas que entre el común de la población. El caso llegó a la Cámara de los Comunes en 2020 y la conclusión fue que no existen medidas suficientes para monitorear las lesiones cerebrales consecuencia del deporte, lo que dejó la cuestión en el aire. ITV entrevistó al alimón a Tom Charlton y a John Stiles, hermano e hijo de jugadores afectados, y ambos expresaron su convicción de que los cabezazos debían de ser la causa.

Muchos lo discuten por la dificultad de imaginar el fútbol sin el juego de cabeza. Arguyen que los balones son ahora más ligeros, porque aunque el peso inicial es el mismo que fue reglamentado hace ya mucho, ahora están impermeabilizados y no aumenta por el agua los días lluviosos, como tiempo atrás, si bien a cambio viajan a más velocidad. También sostienen que rarísima vez un balonazo provoca una conmoción, que éstas suelen llegar más por choques entre cabezas, contra el suelo y contra un poste. Y que el alzhéimer también afecta a no cabeceadores, casos de Banks y Bonetti. Pero demasiados especialistas sostienen que cabecear el balón como práctica habitual provoca microrroturas arteriales en el cerebro idénticas a las de los boxeadores, sin necesidad de llegar al KO. Preguntada Aslyn Astle sobre si su padre hubiera sido partidario de eliminar el juego de cabeza, contestó: "Seguramente no. Pero hubiera sido partidario de tener información sobre las consecuencias''.

Las reacciones, impulsadas por los sindicatos de jugadores (el inglés, que aporta siete millones de libras anuales a investigación y ayudas afectados), han sido tímidas: prohibir el cabeceo en infantiles, limitarlo en los entrenamientos de profesionales y permitir un sexto cambio en caso de conmoción. El fútbol teme este debate.

La historia secreta de la resurrección de Ronaldo en 2002: cuatro meses de tortura, el recuerdo de las convulsiones y un peinado para distraer

La historia secreta de la resurrección de Ronaldo en 2002: cuatro meses de tortura, el recuerdo de las convulsiones y un peinado para distraer

El 6 de mayo de 2002, Luiz Felipe Scolari desgrana solemnemente en la sede de la CBF la relación de convocados para el inminente Mundial en Corea del Sur y Japón. Brasil está en suspenso ante una lista que en cualquier circunstancia despierta allí más emoción que, pongamos por caso, la de un nuevo consejo de ministros, pero esta vez más, porque hay una pregunta que flota en el aire: ¿estará Ronaldo? En las vísperas Scolari ha revelado que tenía 22 segurísimos y que le quedaba la duda para un último puesto. Y nadie duda de que esa duda se llama Ronaldo.

Para saber más

Scolari va dando nombres con dramática solemnidad. Cuando quedan sólo dos, anuncia a Luizão, delantero centro. Ya sólo queda uno, que o es Romario o es Ronaldo. El silencio en la sala de la CBF es tal que se hubiera oído un alfiler cayendo al suelo. Cuando cierra la relación con un "...y Ronaldo, del Inter de Milán", hay una sensación de alivio colectivo. Romario tenía sus partidarios, pero la mayoría deseaba a Ronaldo por todo lo que le había pasado en los últimos cuatro años.

Ronaldo Luís Nazario de Lima apareció como un nuevo planeta en el sistema solar. Marcó 59 goles en 56 partidos con la sub-17, llegó al Cruzeiro con 16 años para marcar 44 goles en 47 partidos y, ganado el Campeonato Mineiro y la Copa de Brasil, fue traspasado a Europa, al PSV, de donde tras 54 goles en 57 partidos (máximo goleador y campeón de Copa) saltó al Barça por una cantidad récord mundial (2.500 millones de pesetas). Su Barcelona ganó la Supercopa, la Copa y la Recopa, y se le escapó la Liga por los partidos en que faltó Ronaldo por ser llamado a la selección. Dejó 47 goles en 49 partidos cuando pasó al Inter, por 4.000 millones de pesetas.

Al final de su primera temporada italiana (34 goles en 47 partidos) llegó el Mundial Francia-1998. Cuatro años antes, con 17, ya había acudido a Estados Unidos-1994, antes de saltar a Europa. Ganó Brasil, él no jugó ni un minuto, pero no le importó: "Para mí fue como graduarme en la universidad". Eso sí, a partir de entonces se fijó el objetivo de ganar el quinto para Brasil. Alegre, con una sonrisa contagiosa desde sus dientes de conejo, irradiaba positividad. En la 'verdeamarela' hacía una prodigiosa dupla de ataque con Romario, su faro. Juntos ganaron la Copa América y la Confederaciones. Brillaban, divertían, goleaban. Eran la gran baza de Brasil para Francia-1998.

Pero una lesión dejó a Romario fuera y toda la responsabilidad cargó sobre Ronaldo, que había hecho un buen campeonato en el Inter (25 goles en 32 partidos) pero acusaba dolor en la rodilla derecha a causa de los exigentes entrenamientos usuales del calcio. La resistencia de una cadena es su eslabón más débil, y la tremenda musculatura de las piernas de Ronaldo sometía a un castigo excesivo al tendón rotuliano, que ya le había sido operado antes cuando militaba en el Cruzeiro.

Brasil fue progresando sin brillo, rodeado de críticas exigentes y de dudas en torno a Mario Zagallo. Ronaldo cumplía, sin más. El equipo llegó a la final con cuatro goles suyos en seis partidos, siempre muy observado y cargado de exigencia, como mascarón de proa que era de la selección favorita. Un estudio reveló que el 43% de las informaciones relativas al campeonato a través de todo el mundo le mencionaban.

Ronaldo, con el peinado de aquel torneo.

Ronaldo, con el peinado de aquel torneo.EFE

El día de la final sufrió durante la siesta unas convulsiones que espantaron a su compañero de habitación, Roberto Carlos, que salió corriendo a avisar al médico. Ronaldo, cuyo último recuerdo era estarse afeitando la cabeza, se despertó rodeado de gente. No sabía qué había pasado, sólo que se sentía "como si me hubiera pasado por encima un camión". Le llevaron a un hospital a hacer pruebas mientras el resto salía hacia el estadio Saint-Denis sin él. Una vez allí se dio la alineación, con Edmundo como delantero centro, lo que provocó gran revuelo. No se había filtrado nada de su crisis.

Los análisis no revelaron ninguna anomalía, así que fue llevado al estadio. Llegó 50 minutos antes del partido, exigió salir de titular y Zagallo se plegó. Jugó mal. Todo Brasil jugó mal y Francia ganó 3-0.

¿Qué había pasado? ¿Por qué había jugado? Sobre lo primero corrieron bulos diversos: una inyección mal puesta, un envenenamiento, un soborno, una bronca con la novia, una borrachera, un trato con el gobierno francés a cambio de aviones Mirage, un exceso de analgésicos por sus dolores o una pura sacudida nerviosa por su descomunal estrés.

Sobre por qué jugó se acusaba a Zagallo de debilidad senil, y a Nike, patrocinador de la selección, de exigirlo por su conveniencia publicitaria. Ronaldo tuvo que comparecer ante una comisión del Congreso, donde declaró que en su contrato con Nike había una cláusula de confidencialidad, por lo que no podía responder determinadas preguntas, y lo mismo hizo el presidente de la CBF, Ricardo Teixeira.

El sueño de la quinta Copa del Mundo terminó en pesadilla y las cosas iban a empeorar. La temporada 1998-99 fue floja para el Inter, y al principio de la 1999-2000 llegó el desastre: jugando contra el Lecce sufrió un dolor agudo en el tendón rotuliano: rotura parcial. Operado, pasó medio año de recuperación, se casó, tuvo un hijo... Sólo habían pasado seis días del nacimiento de este cuando reapareció en el partido de ida de la final de Copa ante el Lazio.

Era el 12 de abril de 2000, todo parecía sonreírle de nuevo, pero en un recorte el ligamento se rompió por completo con un ruido muy audible y desplazamiento de la rótula a la parte baja del muslo. La imagen es terrible. El doctor que le había intervenido, Gérard Saillant, confesó que había sido un error reparar sólo la parte rota, y no el resto. Pese a ello, se operó de nuevo con él. Pelé le visitó en la clínica, le habló de su lesión en Inglaterra-1966 y de cómo después ganó México-1970. Pero Ronaldo sólo podía doblar la rodilla 95 grados, cuando el ideal era entre 130 y 140. Aconsejado por Saillant fue a un centro de rehabilitación en Capbreton, donde se sometió a cuatro meses de tortura y salió con una flexibilidad de 135 grados.

Ronaldo, con Lucio durante un entrenamiento.

Ronaldo, con Lucio durante un entrenamiento.EFE

Pasó la 2000-2001 en blanco y cuando se vio para jugar, empezada la 2001-2002, al Inter lo entrenaba Héctor Cúper, que no tenía el menor interés en él. Le parecía tácticamente errático, indisciplinado y ni siquiera confiaba en su curación. Le hizo poco o ningún caso, salvo para obligarle a correr cuatro kilómetros antes de entrenar, lo que le producía dolores.

Pidió permiso para recuperarse en el centro de entrenamiento de la CBF en Brasil, y se lo dieron. Para Cúper, cuanto más lejos, mejor, así la prensa no le preguntaría por él. Muchos insinuaron que lo que quería era pasar allí el Carnaval, pero trabajó a fondo, se recuperó de verdad y el 27 de marzo ya jugó, y bien, un tiempo en un amistoso Brasil-Yugoslavia. Se sintió futbolista y regresó al Inter en busca de partidos que le rodaran para el Mundial.

Pero Cúper no le ponía y él se desesperaba. Sin jugar, no iría al Mundial. Por fin, tras un tropiezo del Inter, el técnico se ve obligado a tirar de él cuando quedan 10 partidos, en los que marca siete goles. El título se esfuma con una inesperada derrota ante el Lazio el último día, pero al menos ha jugado, la rodilla ha respondido. Ahora le toca cruzar los dedos y esperar la lista de Scolari. Cuando oye su nombre siente que tanto sufrimiento ha sido compensado.

Llegó con aprensión. ¿Cómo le iba a responder la rodilla? Aparte del lejano ensayo ante Yugoslavia, sólo había jugado diez partidos, nueve incompletos, tras casi dos años parado. En los entrenamientos racanea, teme que el exceso de trabajo le haga daño, discute una y otra vez con Scolari, sin perder la sonrisa.

En el primer partido, ante Turquía, marca en postura forzada y se carga de confianza. Repite en el segundo, ante China. En el tercero hace dos frente a Costa Rica. Brasil pasa brillantemente a octavos con tres victorias y cuatro goles suyos. En octavos, 2-0 sobre Bélgica y su quinto gol.

En cuartos toca Inglaterra. Es el 21 de junio, quinto partido desde el día 3. La rodilla viene resistiendo bien, pero empieza a molestarle el aductor del muslo izquierdo, sobre todo en la postura de golpear con el interior del pie derecho. Juega preocupado, no marca, es sustituido en el minuto 70 y se le coloca hielo en la zona dolorida. No puede entrenar con el resto, se aplica onda corta. Los periodistas acuden en tropel al doctor José Luiz Runco, que no puede ser optimista sobre su presencia en la semifinal ante Turquía.

Él quiere jugar, se niega a ser noticia por su lesión y hace un regate sensacional a la opinión pública: se pela dejándose un extravagante flequillo inspirado en Cascão, personaje de la serie infantil 'Los amigos de Mónica'. Cuando bajó con los compañeros se armó un revuelo, le hicieron chanzas, Scolari se indignó. Todos los niños japoneses y brasileños, y la mitad de los del resto del mundo, pidieron a su madre cortarse el pelo así, y muchos lo consiguieron. Fue una fiebre súbita y, para los propósitos de Ronaldo, mano de santo. Nadie más preguntó por su lesión.

Jugó la semifinal, siempre evitando un mal esfuerzo que le creara un desgarro. En el minuto 49 vino la genialidad: cogió un balón escorado a la izquierda, entró rápido en el área y, para protegerse de la lesión, lo golpeó de puntera, cruzado, imparable. Un gol sorprendente con un golpeo desacreditado que preservaba su aductor. Ese solitario gol decidió el partido.

Seguidores japoneses en Saitama (Japón) arropando a Ronaldo.

Seguidores japoneses en Saitama (Japón) arropando a Ronaldo.EFE

La final es el 30 de junio ante Alemania, que lleva tres Mundiales ganados por los cuatro de Brasil. El no va más. Ronaldo pasa las vísperas de buen humor, pero tras la comida le asalta el recuerdo de sus convulsiones en París y tiene miedo a irse a dormir. Recorre los pasillos en busca de alguna puerta abierta para charlar... mientras le aguantan. Vaga hasta la hora de subirse al autobús. Scolari le exigía que cada balón perdido intentara recuperarlo en los cinco primeros segundos, cosa que nunca hacía, pero esta vez...

El partido es parejo, disputado, no se define hasta que en el minuto 67 pierde un balón, decide de pronto obedecer la insistente orden de Scolari, se revuelve, lo recupera, se lo entrega a Rivaldo, que dispara; a Oliver Kahn se le escapa y él acude veloz para remachar el gol. Doce minutos después sentencia con un gran tiro desde el borde del área. Es su octavo gol en siete partidos.

Brasil ya es pentacampeón. Scolari le retira al borde del descuento, que sigue de pie, y su mente revive la película de los últimos cuatro años. Se abraza a Rodrigo Paiva, consejero de prensa y amigo inseparable durante ese largo vía crucis, llora y le dice:

—Dios ha sido bueno conmigo, ¿verdad?

Luego festeja con todos, exultante, exhibiendo al mundo su sonrisa de conejo y su provocador flequillo.

Su madre había acudido al encuentro, pero no se vieron hasta el vuelo de vuelta, y lo primero que le dijo fue:

—Ronnie, ¿a qué viene ese pelo?

—¡Mamá! ¿Vamos a hablar de que he ganado la Copa o de mi peinado?

El día que Simeone convirtió la vida de Beckham en un infierno: "Le cayeron con todo"

El día que Simeone convirtió la vida de Beckham en un infierno: “Le cayeron con todo”

-Todo buen equipo debe tener dos argentinos y ningún inglés.

Eso me dijo Santiago Bernabéu, terminante, cuando le pregunté por qué no había fichado ningún británico. Precisamente él, que construyó la universalidad del Madrid con jugadores traídos de tantos países enjundiosos en fútbol. Los ingleses eran, me dijo, demasiado ingenuos, fáciles de engañar. Al revés que los argentinos. Aquello me saltó a la memoria cuando David Beckham picó como un párvulo el anzuelo de Diego Simeone en el Inglaterra-Argentina de Francia-1998.

Era la tercera vez que esos dos países se enfrentaban en la Copa del Mundo. La primera fue Chile-1962, tiempos de Jimmy Greaves y José Sanfilippo, sin roces apreciables y con victoria británica (3-1). Pero en Inglaterra-1966 se produjo una de las escenas más polémicas en la historia del fútbol: la expulsión del capitán argentino, Antonio Rattín, por sus reiteradas protestas al árbitro alemán Rudolf Kreitlein. Se resistió a salir, se sentó en la alfombra roja que llevaba al palco de Wembley, luego rodeó el campo con paso lento, desafiante, y retorció la 'Union Jack' del banderín de córner. Los dos países se intercambiaron epítetos después: "Animals!" desde Inglaterra a Argentina, "¡Piratas!" en el recorrido inverso. A España-1982 acudieron ambas con la Guerra de las Malvinas aún sin concluir, aunque a punto de ello, pero no les tocó enfrentarse. En México-1986 llegó el célebre partido de los dos goles de Diego Maradona, uno con "la mano de Dios" y el otro volcando un camión de ingleses. Venganza futbolística de la derrota militar.

Para saber más

Francia-1998 les enfrentó de nuevo, esta vez en octavos de final. Fue, claro, el partido más esperado de los mismos. Las dos selecciones habían sido campeonas del mundo y el enfrentamiento reavivaba conflictos aún recientes. Glenn Hoddle, seleccionador inglés, una de las víctimas de aquel desparramo de Maradona doce años antes, declaró: "Por culpa del gol con la mano de Maradona estuve tres días sin dormir". Del lado argentino no hay declaraciones altisonantes. Al mando está Daniel Passarella, el capitán campeón de Argentina-1978, que lleva al grupo con una disciplina severa y monacal. Hacen los entrenamientos rodeados de lonas para que nadie vea sus ensayos y no permite salidas ni visitas en la concentración. Sus jugadores sienten claustrofobia y rabian cuando ven en la tele a los brasileños riendo en la montaña rusa de Disneyland París, pero Passarella es inflexible ante sus quejas.

La cita es el 30 de junio en Saint-Étienne y hasta allí se desplazan 20.000 ingleses, la mitad sin entrada. Los pandilleros locales no les reciben bien, así que la víspera hay agresiones, detenciones, escaparates rotos, bares cerrados, coches incendiados... El día del partido la seguridad asciende a 1.500 hombres, que establecen estrictos controles para que los hinchas de los dos contendientes entren por recorridos separados. La capacidad del remodelado estadio Geoffroy-Guichard es de 42.000 espectadores. El número de ingleses y argentinos (con mayoría de emigrantes en Europa y menos bronquistas) es equivalente, 10.000, mientras otros tantos británicos se quedan fuera, sin entrada.

El partido comienza trepidante. A los 16 minutos está 2-1 para los ingleses, tras adelantarse Argentina con un penalti transformado por Gabriel Batistuta, empatar Alan Shearer por el mismo medio (este fue penaltito) y adelantar Michael Owen a los suyos, en gran jugada. Al borde del descanso empata de nuevo Javier Zanetti, en una acción de pizarra que "la veníamos practicando tres años y nunca había salido". El juego es bueno, cada uno en su estilo. El Burrito Ariel Ortega despliega un festival de caños.

Nada más comenzar la segunda parte, Simeone topa por detrás con fuerza desproporcionada en la divisoria de los dos campos a Beckham, que cae. Falta. Cuando Simeone se retira, caminando hacia atrás, el inglés levanta el talón derecho, golpeándole en la corva, lo que aquel aprovecha para hacerse el muerto. El árbitro danés, Kim Milton Nielsen, muestra la roja a Beckham, una decisión rigurosa, quién sabe si para compensar el cuarto y mitad de penalti que pitó a favor de Inglaterra, error que bien pudo alguien haberle señalado en el descanso. Beckham se va, lloroso, abucheado por todo el estadio. No jugó el primer día, entró como suplente en el segundo, esta vez fue titular, estaba jugando bien, y de repente se ve expulsado. El resto del partido y la prórroga discurren sin más goles, y en la tanda de penaltis David Seaman sólo para uno y el argentino Carlos Roa, dos. Argentina sigue, Inglaterra se va fuera. La tele enfoca a Mick Jagger, en el palco, echándose las manos a la cabeza.

Los dos protagonistas, en un derbi madrileño.

Los dos protagonistas, en un derbi madrileño.EFE

No era la primera expulsión en 130 años de un internacional inglés, contra lo que a veces se ha escrito, ni siquiera la primera en un Mundial. Antes les pasó a Martin Peters Mullery (1968), Alan Ball (1974), Trevor Cherry (1977) y Ray Wilkins (en México-1986). Pero esta se tomó a la tremenda por el rival y las circunstancias, que incluyeron la eliminación. Beckham se sintió decepcionado por la mirada de sus compañeros, de los que no recibió ninguna palabra de ánimo. "Sólo la mañana siguiente tuve un consuelo, cuando Alex Ferguson me llamó y me dijo: chico, no te preocupes, descansa tres semanas y cuando regreses a Manchester te sentirás bien entre tus compañeros".

Pero no fue tan fácil. El día siguiente, nada más aterrizar en Heathrow, choca con la dura realidad. El partido lo han visto 25 millones de ingleses, superando incluso el seguimiento del funeral de Diana de Gales, récord previo. Se le considera una deshonra nacional y estallan todas las antipatías incubadas hacia su figura: su aire de niño mimado, sus devaneos capilares, sus pujos de modelo, su novia Victoria Beckham, la 'pija' de las Spice Girls, su ostentoso Porsche, su cara mansión, su condición de ser, con 23 años, el futbolista mejor pagado de Inglaterra. En el aeropuerto se deshace en excusas: "Es el peor momento de mi carrera (...). Me siento culpable por lo que he hecho (...). He pedido perdón a mis compañeros y a los directivos de la FA (...). Quiero que los hinchas sepan que lo siento mucho (...). Sólo espero tener en el futuro la oportunidad de contribuir a éxitos de la selección en la Eurocopa del 2000 y el Mundial de 2002." Glenn Hoddle le ayuda poco: "Beckham ha sido un estúpido, pero he visto su reacción en la moviola y la expulsión me ha parecido excesiva".

Los titulares del día son sangrantes, en especial el 'Daily Mirror': "Diez leones heroicos y un niño estúpido". 'World Soccer': "Un hombre arruina la Copa del Mundo". 'Daily Mail': "Un momento de locura costó las esperanzas de ganar la Copa", mientras dentro calificaba la acción como un "petulante acto de represalia". 'Daily Star' tituló: "Beck Off" y dentro pedía: "Abrid la Torre de Londres y meted allí a Beckham por alta traición". 'The Sun' se hizo con sus cartillas escolares y entresacó observaciones críticas de sus profesores para concluir: "Beckham siempre fue un necio". Las radios abren todo el día sus micrófonos a los oyentes, que sin excepción exigen que se le expulse de la selección para los restos.

Cuando interviene 'la pija' Victoria para defenderle es todavía peor, así que al día siguiente deciden tomar el Concorde a Nueva York, para quitarse de en medio: "Volé allí para estar tranquilo y en la llegada me esperaba en el aeropuerto un equipo de televisión que me acosó por los pasillos. Luego fuimos seguidos por reporteros toda la estancia allí". Channel 4 le incluyó en su lista de los cien ingleses más odiados con el número 91, lo que casi fue un alivio para él.

El primer partido tras el verano fue la visita al West Ham, que distribuyó 30.000 tarjetas rojas entre sus seguidores para recibirle. Aún escocía en el equipo londinense la marcha al United de su ídolo, Paul Ince, que de hecho sufrió una agresión al salir del campo tras su primer partido allí con los mancunianos, así que se sumaron dos efectos. La irritación subió tanto de tono que Bobby Moore, capitán campeón en Inglaterra-1966 y leyenda del West Ham, pidió antes del partido que dejaran a Beckham en paz, pero ni por esas. Hubo que protegerle con seis guardaespaldas dirigidos por Ned Kelly, célebre acompañante durante mucho tiempo de Eric Cantona. Un gorila experto en espantar pandilleros cuyo prestigio agrandaba la coincidencia en nombre con el del más célebre forajido australiano del siglo XIX. La madre y Victoria tuvieron la mala ocurrencia de acudir al partido para darle ánimos y el gentío las echó cuando fueron identificadas.

Argentino e inglés se saludan tras un Inter de Milán-Manchester United.

Argentino e inglés se saludan tras un Inter de Milán-Manchester United.AFP

Al menos, el sábado siguiente recibió el aplauso de los suyos en Old Trafford cuando se acercó a la esquina a sacar un córner. Fue un gran consuelo. Pero en la calle no todo el mundo era del United; los del City le atormentaban. No podía salir a pasear, ni siquiera bajarse del coche a echar gasolina sin que le insultaran. Cada semáforo rojo era un suplicio. En Londres, la casa de sus padres estuvo acosada durante meses. Colocaban fotos suyas pintarrajeadas (hasta 28 contaron un día) y con comentarios ofensivos. Cada partido lejos de Old Trafford fue un concurso de insultos, desde la estación hasta el estadio, ida y vuelta, y dentro de él. Al menos el fútbol le compensó: aquel año el United ganó la Premier, la FA Cup y la Champions, esta en Barcelona, con los dos célebres goles en el descuento ante el Bayern, en lo que Jorge Valdano definió como "el minuto del siglo".

Cuando Inglaterra perdió 3-2 contra Portugal en la Eurocopa-2000, se retiró haciendo una peineta al sector que le abucheaba, señal de que el conflicto seguía latente. No fue perdonado hasta su gol de golpe franco a Grecia que clasificó a Inglaterra para Japón y Corea-2002, mandando a Alemania a la repesca. En aquel Mundial tuvo su pequeña revancha, al marcar el penalti que permitió a Inglaterra batir a Argentina, en la que aún jugaba Simeone. Ya se habían enfrentado en los cuartos de final precisamente de la Champions 1998-99, uno en el Manchester, el otro en el Inter. Se dieron un abrazo, intercambiaron camisetas y Beckham declaró: "No puedo culpar a Simeone por mi estúpida reacción. Él hizo su trabajo y lo que ocurrió fue mi responsabilidad". Volverían a jugar uno contra otro una vez más en el derbi madrileño. Entre ellos nunca lo hablaron, aunque sí comentaron el asunto por separado. Simeone resaltó la admiración que le produjo la fuerza de carácter de su antagonista: "Le cayeron con todo y él supo rehacerse." Con los años, el propio Beckham supo sacar una conclusión positiva: "Después de aquello tuve que crecer muy rápido y afrontar muchas cosas que estaban pasando en mi carrera. Esa expulsión cambió todo para mí. El recuerdo es doloroso, pero no hubiera sido el jugador que fui ni la persona que soy sin aquello".

El deseo de los que no querían verle más en la selección no se cumplió: se retiró de ella con 115 partidos como tercer jugador con más presencias en la misma, tras jugar otras dos veces la Copa del Mundo, Japón y Corea-2002 y Alemania-2006. A Sudáfrica-2010 no acudió por rotura del tendón de Aquiles.

Del gol de Hurst a la Mano de Dios: antología de las malas decisiones arbitrales en los Mundiales

Del gol de Hurst a la Mano de Dios: antología de las malas decisiones arbitrales en los Mundiales

El 10 de noviembre de 2006, la FIFA reconoció con una redacción solemne («Honor al que honor merece...», comenzaba), la autoría de dos goles mal registrados en su día. Uno fue el tercero del norteamericano Bert Patenaude ante Paraguay en Uruguay'1930, que así pasaba a ser el primer autor de un hat-trick en un Mundial; el otro, del checoslovaco Nejedly a Alemania en Italia'1934, con lo que sumaba cinco y quedaba como máximo goleador en solitario, despegado del alemán Conen y el italiano Schiavo. Dos errores inocuos que no afectaron a resultados y pudieron ser corregidos, aunque no en vida de los perjudicados, para dar satisfacción a sus descendientes y a sus federaciones. Pero la realidad es que no siempre fue tan fácil.

El gol fantasma de Hurst en la final de Inglaterra'1966 quedó como una cicatriz en la historia de la Copa del Mundo. Ocurrió en el décimo minuto de la prórroga: Hurst remata a la media vuelta, el balón pega en la cara inferior del larguero, bota en el suelo, vuelve al campo y el alemán Weber lo envía de cabeza a córner. El árbitro Dienst, suizo, acude al linier, Bakhramov (de Azerbayán, entonces la URSS), que hace signos afirmativos, y concede el gol entre protestas de los jugadores alemanes. Con los medios de televisión de entonces era imposible pronunciarse, pero una foto en color que circuló más adelante mostraba una gruesa mancha blanca en el balón, de color naranja, indicio de que pegó en la cal de la raya. Pasado más tiempo vio la luz una película, también en color, con una toma en línea con los postes que permitía ver al balón descender del larguero a la raya en paralelo a ellos. No dejaba lugar a la duda, no fue gol. Los ingleses sólo lo admitirían en el año 1995, casi 30 años después, a raíz de un estudio de la Universidad de Oxford.

A Dienst y a Bakhramov se les disimuló el error. El suizo incluso arbitraría la final de la Eurocopa'1968. El azerbayano actuó en México'1970. Allí declaró al periodista Luis Garro: «No vi entrar la pelota, pero Dienst vino a colgar de mi espalda toda la responsabilidad. ¿Qué otra cosa podía hacer?». Se puede entender. Hacía poco más de 20 años de que las V-1 y V-2 caían sobre Londres, el estadio estaba lleno y presidía la Reina Isabel II. Para justificarse, escribiría en sus memorias que le pareció que el balón había pegado en la parte alta de la red, y no en el larguero. No cuela. De ser como decía, no hubiera bajado con tanta velocidad.

Avanzados los años 90 tuve el privilegio de un café de sobremesa con Hurst en un restaurante londinense, gracias a Michael Robinson. Era un cincuentón embutido en un terno imponente, maneras de diputado tory y ninguna vanidad, y eso que aún se mantenía como el único jugador con tres goles en una final de la Copa del Mundo. (Mbappé le igualó en la cita de Qatar, en 2022). Nos dijo que tras chutar cayó de espaldas y quedó tapado por Schultz, por lo que no podía asegurar nada. No le entusiasmaba demasiado hablar del tema, así que la conversación se extendió por otros derroteros anecdotarios.

Bakhramov tuvo, una vez retirado, diversos cargos en la Federación de la URSS, y tras la independencia de Azerbayán llegó a ser secretario general de la de este país. Tras morir se le dio su nombre al estadio nacional de Bakú, cuyo estreno (2004) tuvo lugar con ocasión de un Azerbayán-Inglaterra clasificatorio para Alemania'2006, al que acudió el propio Hurst, que depositó un gran ramo de flores a los pies de la estatua de Bakhramov erigida allí. Eso escoció en Alemania, donde corre que había sido sargento del Ejército Rojo en la II Guerra Mundial y que en el lecho de muerte contestó a un amigo a la pregunta de cómo pudo conceder aquel gol: «Stalingrado».

Cuando se derruyó el viejo Wembley se preservó aquel larguero, que se expone en el museo de la Football Association. Al llegar ahí, el guía pregunta a las visitas si hay algún alemán, y el chistecito es distinto según lo haya o no. En Alemania aún se conoce como tor Wembley (tor es gol) a los goles mal concedidos. Hasta ahora, sólo el Bild Zeitung se ha permitido bromear con aquello. Ante el referéndum para el Brexit hizo cuatro ofertas a los ingleses para que no se marcharan: dejar de hablar de las orejas del Príncipe Carlos (hoy Carlos III), dejar de usar protección solar en solidaridad con sus quemaduras, buscar un malo para las próximas películas de James Bond y reconocer el gol de Wembley.

Aquel suceso delató la ley de bronce por la que se rigen los árbitros que quieren triunfar: en caso de duda, para el que conviene. Lo importante no es tanto no equivocarse como que el error no contraríe a la organización. En la historia de la Copa del Mundo es difícil encontrar errores contra las selecciones de los países que manejan el cotarro (principalmente Brasil, Alemania, Italia y Argentina) y contra el equipo de casa. Salvo conflicto entre partes, claro.

Bambridge

Un gol así no le fue concedido por el australiano Bambridge a Michel ante Brasil en México'1986, que una foto posterior confirmó como válido. En Sudáfrica'2010 le fue negado al inglés Lampard otro que botó metro y medio dentro, con Alemania precisamente como rival, pero esta vez Inglaterra carecía del amparo de Wembley y Alemania vivía bajo el paraguas de Adidas, patrocinador clave de la FIFA. Aun así, el error fue demasiado grosero y ha sido citado como uno de los móviles para instalar el VAR.

La historia de España en la Copa del Mundo es paradigmática en ese sentido: nos avasallaron en Italia'1934 dos veces (hubo desempate) ante el equipo de Mussolini; en Chile'1962, el árbitro Sergio Bustamante, chileno, sacó del área un penalti del brasileño Nilton Santos a Collar y anuló por nada el gol de Adelardo que siguió a la falta; Tassotti le partió la nariz en el área a Luis Enrique en cuartos de final en EE UU'1994 ante la indiferencia del húngaro Sandor Puhl, que aun así fue designado para la final; el egipcio Al Gandhour nos abrasó con dos goles mal anulados, como demostró la tele, a Morientes y Helguera frente a Corea en Japón y Corea'2002. (En la anterior ronda, por cierto, el ecuatoriano Byron Moreno achicharró infamemente a Italia en su partido con Corea). También podemos quejarnos de la patada de Nigel de Jong en el pecho a Xabi Alonso, que no alarmó al inglés Howard Webb en la final disputada en Johannesburgo.

Nunca hemos mandado en las alturas, pero cuando el Mundial se celebró aquí (1982) sí gozamos del privilegio congruente: ante Yugoslavia, el danés Lund-Sörensen nos dio un penalti a favor por zancadilla a Perico Alonso fuera del área y tras fallarlo López Ufarte lo hizo repetir por estimar que el portero se había movido; de segundas lo transformó Juanito. Sin salir de España'1982 quedó para la historia un hecho escandaloso: el caderazo violento de Schumacher al francés Battiston, ignorado por el holandés Corver. La escena fue espantosa y el descaro posterior del meta alemán («si necesita una dentadura nueva, que me la pida») creó indignación mundial.

La Mano de Dios, en el Mundial de México.

La Mano de Dios, en el Mundial de México.EM

Brasil, generalmente favorecido, sí fue asaltado en Argentina'1978, como rival histórico que era del país organizador. Presumiendo que Argentina lideraría su grupo, convenía que Brasil no ganara el suyo para que siguieran por rutas distintas. Se notó desde el primer partido, Suecia-Brasil, en el que se dio un hecho insólito. En el minuto 90, con 1-1 en el marcador, Dirceu saca un córner con precisión y Zico cabecea a gol. Inmediatamente suenan los tres pitidos que marcan el fin. Se acabó. ¿Ganó Brasil 2-1? No. Clive Thomas, galés, informa con un cinismo sin límites de que el tiempo se ha cumplido justo cuando el balón volaba desde la bota de Dirceu hasta la cabeza de Zico, y que se estaba llevando el pito a la boca cuando este cabeceó, según él fuera de tiempo. No dio el gol, y por ello Brasil terminó segundo en su grupo, pese a ser favorita.

El chasco fue que tampoco Argentina ganó el suyo por una no calculada derrota ante Italia, así que fueron juntas a la liguilla de la segunda fase. Allí ambas ganaron el primer día, empataron el segundo entre sí y en la tercera fecha se separaron dolosamente los horarios de los dos partidos. El Brasil-Polonia (3-1) se jugó antes para que Argentina supiera de antemano por cuántos goles de diferencia debía ganar a Perú. Necesitaba tres y ganó 6-0. Quedó una sensación ominosa, tanto más dado que el meta peruano, Quiroga, era argentino de nacimiento.

En México'1986 tuvimos el gol de Maradona con la mano a Inglaterra, tan bien efectuado que en el estadio (yo estaba en la tribuna de prensa), no se advirtió, sirva como paliativo al error del tunecino Bennaceur. Brasil sufrió en ese campeonato al que no se puede atribuir malicia, sino despiste o ignorancia del árbitro. Fue en cuartos de final, en la tanda de penaltis contra Francia. Están 2-2 cuando le toca tirar a Bellone, cuyo disparo da en el palo, vuelve al campo, pega en la espalda del meta brasileño Carlos y entra. El rumano Ioan Igna da gol. Edinho protesta, pero nadie le secunda y sigue la tanda, que dará el paso a las semifinales a Francia, ganadora por 4-3. El tiro de Bellone no debió darse por válido; según estaba la regla entonces, la acción terminaba cuando el balón lo rechazaba o detenía el portero o volvía al campo tras rebotar en un poste; sólo si tras golpear el palo rodaba o sobrevolaba la línea de meta y la traspasaba tras tocar en el portero se consideraba una misma acción y había que dar gol. No fue el caso: el balón rebotó, en oblicuo, hacia el campo, pegó en Carlos y entró.

Un error así arbitral en la Copa del Mundo y en partido de máximo lustre era muy duro para la credibilidad del sistema, así que se resolvió por el método Procusto: si el huésped no cabe en la cama, se le cortan las piernas. En este caso, se modificó la regla para dar como válido que cualquier carambola palo-portero que acabe dentro de la portería se da por válida. Lo correcto hubiera sido repetir el partido, lo previsto para el caso de que el árbitro muestre desconocimiento de una regla, pero ¿cómo hacer eso en la Copa del Mundo? Se reinterpretó la regla y desapareció el elefante de la habitación. Igna salió tan bien librado que a los dos años estaba arbitrando la semifinal de la Eurocopa, entre Países Bajos y Alemania.

No quiero terminar esta breve antología sin referirme al más chusco de los pinchazos arbitrales, ocurrido en el Francia-Kuwait en España'1982, jugado en Valladolid. Ganaba Francia 3-1 cuando en el minuto 80 hay un nuevo gol francés, de Platini. Desde la grada algún patoso había hecho sonar un pito y los kuwaitíes dijeron que habían parado de jugar al oírlo.

El árbitro, el soviético Miroslav Stupar, no les atiende y da el gol. Desde el palco, el jeque Fahad-al-Sabah, hace gestos ostensibles, protesta, baja al campo, las fuerzas de seguridad no se atreven a pararle y amenaza al árbitro con retirar al equipo. Ante la tesitura, Stupar se vuelve atrás y anula con gran escándalo el gol de los franceses, que al menos luego conseguirán otro, reconstruyendo el resultado de 4-1. La FIFA validó el resultado y reexpidió a la estepa a Stupar, retirándole a perpetuidad la condición de internacional. Ese error sí tuvo castigo.

Irán y las rosas blancas del Mundial de Francia'98 que Donald Trump quiere ignorar

Irán y las rosas blancas del Mundial de Francia’98 que Donald Trump quiere ignorar

4 de diciembre de 1997, Stade Vélodrome de Marsella, sorteo de grupos para el Mundial Francia-1998. Antecede a la ceremonia un partido Europa-Resto del Mundo ante 38.000 espectadores, con Zidane y Ronaldo como capitanes. No lo sabían, pero estaban destinados a enfrentarse más adelante en la final según el plan de la organización, que diseñó a cencerros tapados un enjuague para que Francia y Brasil tuvieran trayectorias separadas. Años después lo confesaría Platini en 'France Bleu', presentándolo cínicamente como "una pequeña travesura".

Después del partido se hizo el sorteo en un escenario instalado en el palco, con Blatter de estrella y Beckenbauer, Weah y Kopa como 'manos inocentes'. A medida que salían las bolas de los 32 países (este campeonato aumentó la participación hasta ese número) aparecía la figura de esa selección y se sentaba en una gradita del escenario para alterar la monotonía del acto. Todo discurre con normalidad hasta que Blatter, cuando va extrayendo los participantes del cuarto y último bombo, saca el nombre de Irán para completar el Grupo F, que ya reunía a Alemania, Yugoslavia y... Estados Unidos. Tan cuidadosos con desviar por rutas opuestas a Brasil y Francia, olvidaron tomar precauciones para evitar este choque entre dos países agriamente enfrentados en el escenario mundial. Ya no había remedio.

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Futbolísticamente, este partido no significaba nada, pero en el tablero geopolítico era el peor que podría haberse producido.

Estados Unidos había sufrido a lo largo de 444 días el secuestro de 66 miembros de su embajada en Teherán. El 4 de noviembre de 1979 varios centenares de estudiantes saltaron la tapia del recinto y se apoderaron de todo el personal salvo el embajador, su esposa y seis más que escaparon en helicóptero a la de Canadá. El desencadenante fue el viaje el 22 de octubre a Estados Unidos del depuesto sah de Irán, Reza Pahlavi, para tratarse de un cáncer. Había sido destronado en enero del mismo año, aprovechando una salida a El Cairo, en realidad una fuga disfrazada de vacaciones. Desde París, el ayatolá Ruhollah Jomeini llevaba tiempo acusando al sah de occidentalizar el país, abandonar las enseñanzas del Corán, enriquecerse obscenamente y ser un títere del imperialismo americano. El clima de efervescencia islamista y la creación de una república teocrática produjeron el caldo de cultivo para la toma de rehenes, cuyo fin era exigir a Estados Unidos la entrega del sah. Las imágenes de los secuestrados con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados que los estudiantes mostraron como trofeos en la puerta de la embajada estremecieron al mundo.

El presidente Carter ordenó un rescate en abril de 1980, para el que se reunieron en el desierto, no lejos del objetivo, ocho helicópteros RH-53 y seis Hércules MC-130 portadores de grandes camiones camuflados del ejército iraní para derribar las puertas del recinto. Fue abortado por la avería de un helicóptero y en la evacuación se produjo un accidente en el que fallecieron ocho estadounidenses, cuyos cuerpos tuvieron que ser abandonados ante la aparición del ejército iraní. Los cadáveres de aquellos desdichados fueron paseados en triunfo por las calles de Teherán. Esa crisis le costó a Carter la presidencia en favor de Ronald Reagan.

Para entonces ya había muerto el sah e Irán varió sus condiciones para la liberación: que Estados Unidos asumiera las responsabilidades financieras debidas a la política del sah, que devolviera los fondos de este, que cancelara las demandas contra Irán, que desbloqueara las cuentas iraníes en bancos estadounidenses y que se abstuviera de intervenir en sus asuntos internos. Reagan aceptó todas excepto la de los fondos del sah, que propuso dejar en manos de la justicia. Hubo acuerdo e Irán liberó a los rehenes el 20 de enero de 1981, al cabo de 444 días de cautiverio.

A eso se sumaba la guerra Irak-Irán. En 1980, Sadam Husein lanzó sus tropas a través de la frontera iraní, una invasión que mezclaba causas como lejanos pleitos fronterizos, rivalidad por el liderazgo de la región y el recelo del occidentalizado Husein, azuzado por los estadounidenses, ante la expansión del islamismo radical. Duró ocho años con idas y venidas hasta dejar las fronteras como estaban. Estados Unidos apoyó a Sadam Husein, que utilizó profusamente armas químicas. El balance fue medio millón de muertos, la mayoría iraníes que asaltaban en masa las trincheras con fanatismo de guerra santa y eran barridos por las ametralladoras o los gases. En el curso del conflicto, un crucero lanzamisiles estadounidense que patrullaba aguas territoriales de Irán derribó un avión de pasajeros iraní, confundiéndolo con un bombardero.

Una imagen de los rehenes secuestrados en la embajada de Estados Unidos en Teherán, el 4 de noviembre de 1979.

Una imagen de los rehenes secuestrados en la embajada de Estados Unidos en Teherán, el 4 de noviembre de 1979.E. M.

El ayatolá Jomeini calificó a Estados Unidos como 'el Gran Satán', mientras desde allí se lanzó contra la revolución islámica el epíteto de 'Eje del Mal'. Suficientes desastres, seguidos con interés sobrecogido por un mundo ya televisivo y globalizado, para que fuera visto con recelo ese partido, cuya fecha y lugar quedaron fijados para el 1 de junio de 1998 y el estadio Gerland, de Lyon.

Nada más concluir el sorteo, periodistas acudieron al seleccionador iraní, Jalal Talebi, que paradójicamente había hecho familia en California, donde se trasladó en 1982 a causa de la guerra y regentaba un supermercado: "La gente intenta falsear las cosas con buena intención, pero no se puede separar el deporte de la política. No es bueno que se haya producido este emparejamiento", dijo con tono sombrío. Más agresivo fue Khodadad Azizi, estrella de Irán, que jugaba en la Bundesliga: "Estados Unidos nos impuso una guerra de ocho años que costó la vida a medio millón de iraníes. Hay muchas familias de mártires deseando que ganemos. Tenemos esa obligación, es el partido de nuestras vidas".

Al seleccionador norteamericano, Steve Sampson, un tipo facundo y muy popular entre los periodistas deportivos, que le apodaban 'Tío Sam', se le prohibió la entrada en Irán cuando pretendió acudir a ver un partido de su futuro rival. Por su parte, la federación iraní envió para lo mismo a Estados Unidos a dos técnicos camuflados en una expedición de luchadores, pero se les identificó y fueron devueltos a su país.

Cuando se acercaba la fecha se dieron leves señales de distensión. Los respectivos presidentes eran ahora Bill Clinton y Mohamed Jatami, con una visión menos encarnizada de esa rivalidad. Eso había tenido su pequeñísimo fruto precisamente en el encuentro deportivo entre las selecciones de lucha de ambos países, en puridad el primer contacto desde la crisis de los rehenes. Pero a Jatami le hostigaba en su país la oposición dirigida por el radical islamista Masoud Rajavi, líder de los 'Muyahidines del Pueblo'. Muyahidín significa literalmente "el que lucha en la guerra santa".

Así estaban las cosas cuando se llegó al partido. Ambas selecciones perdieron el primer día (1-0 Irán ante Yugoslavia, 2-0 Estados Unidos ante Alemania). En vísperas del temido choque la televisión francesa tuvo la idea, con oportunismo inoportuno, de programar "No sin mi hija", peripecia de una mujer estadounidense que intenta escapar de su esposo iraní para impedir que su hija sea educada en la fe islámica, lo que fue tomado como una provocación en el seno del equipo iraní. Azizi se quejó: "¿Por qué no pasan una película en la que se vea la masacre de los estadounidenses en Vietnam o el genocidio nazi?". La inquietud creció con la noticia de que el partido de Masoud Rajavi había adquirido 7.000 entradas para distribuirlas entre islamistas, no necesariamente iraníes pero unidos a su causa, con la consigna de pertrecharse de pancartas y fotos del propio Rajavi. El realizador y los cámaras de televisión fueron instruidos para evitar que sus símbolos aparecieran en los planos.

Donald Trump y el líder supremo de Irán, el Ayatolá Ali Khamenei.

Donald Trump y el líder supremo de Irán, el Ayatolá Ali Khamenei.AFP

Bill Clinton emitió un mensaje destacando la importancia del torneo al unir a dos poblaciones política y culturalmente tan distintas, y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, propuso abrir una línea de diálogo entre ambos países. Pero Mohamed Jatami, acuciado por la actitud intransigente de los 'muyahidines', advirtió a su selección que de ninguna forma permitiría que saliera al campo detrás de Estados Unidos, como establecía el protocolo tras sortearse los papeles de local y visitante. Desde las dos concentraciones se produjeron llamamientos a la concordia. El seleccionador Jalal Talebi recuerda que lleva años viviendo feliz en Palo Alto y dice: "No soy un político, soy un hombre del deporte, pero puedo asegurar que no hay problemas. Por favor, no hagáis de esto algo grande, es solo un partido." Tab Ramos, un veterano de la selección estadounidense, declara: "Esto es un partido, no nos tiene que preocupar nada más. Ni la crisis de los rehenes ni nada. Aquí no he escuchado a ningún compañero decir que tenemos que ganar por Clinton ni nada parecido". Una manifestación en Lyon en defensa de las mujeres iraníes trata de ser compensada con la emisión televisiva de 'Zona prohibida', documental sobre el "inapropiado" lance amoroso entre Clinton y la becaria Mónica Lewinsky.

Para un partido sin importancia deportiva alguna, se acreditaron 800 periodistas, de los que el 42 % no eran especialistas en deporte, sino en política. Francia dispuso un operativo de 4.000 agentes de seguridad entre gendarmes y fuerzas especiales. Un 'muyahidín' que salta al campo luciendo una camiseta con la foto del líder Masoud Rajavi es retirado de inmediato.

Pero, sorpresa, los dos equipos salen juntos, los iraníes portan unas rosas blancas que entregan a sus homólogos estadounidenses y todos se entremezclan para la foto oficial, invitando a los árbitros a incorporarse. Lo que siguió fue un partido no exactamente bueno pero grato de ver y, en líneas generales, limpio, merecedor solo de dos tarjetas. Ganó Irán 2-1 con goles de Estili (41'), Mahdavikia (84') y McBride (88'). Los 'muyahidines' se limitaron a celebrar entusiásticamente el triunfo y en Irán dos millones de personas festejaron hasta el amanecer. Jatami aprovechó para emitir un mensaje de unidad: "Esta victoria es símbolo de unidad nacional"; Clinton dijo: "Felicito al presidente Jatami y me felicito por el trabajo que hemos hecho para mejorar la situación", y James Rubin, portavoz del Departamento de Estado, habló de "un comienzo para construir lazos, derribar los muros de la desconfianza y crear comprensión". Por su parte, Ali Jamenei, 'Líder Supremo' de la República Islámica, declaró: "El enemigo es grande y arrogante y les hemos hecho probar de nuevo el sabor de la derrota".

Estados Unidos quedaba fuera; Irán sería apeada tras caer ante Alemania el tercer día, pero todos regresaron felices. El estadounidense Jeff Agoos declaró: "Hicimos más en noventa minutos que los políticos en veinte años".

A los 18 meses rubricaron la paz con un amistoso en Pasadena, donde vive una gran comunidad iraní; empataron 1-1 ante 50.000 espectadores. Cuando en Qatar 2022 les tocó enfrentarse de nuevo, aquellas inquietudes estaban olvidadas. Ganó Estados Unidos 1-0. Hoy esas inquietudes regresan por la irrupción de Trump y los rumores de un ataque sobre Irán, y todo cuando sólo faltan cuatro meses para el Mundial. Irán está encuadrada en el grupo G.

La leyenda de Eusébio, el futbolista que desafió a Inglaterra y a su propio dictador: "Si soy un bien del Estado, ¿por qué tengo que pagar impuestos?"

La leyenda de Eusébio, el futbolista que desafió a Inglaterra y a su propio dictador: “Si soy un bien del Estado, ¿por qué tengo que pagar impuestos?”

La realidad imita al arte y no al revés, sostenía Oscar Wilde. Su audaz aserto tuvo confirmación cuando la selección portuguesa desempolvó en Inglaterra-1966 la leyenda de los 'Doze Magriços', recogida por Luís de Camões en 'Os Lusíadas'. Trata de la peripecia de doce caballeros que en la década de 1390 viajaron a Inglaterra para reparar el honor de doce damas, ofendidas por un grupo de nobles ingleses. En su país no tenían quien las defendiera y, por consejo del duque de Lancaster, que batalló junto a los portugueses contra Castilla, enviaron recado a doce nobles lusitanos que el propio Lancaster les recomendó, visto cómo se comportaron en la lucha. Once viajaron en barco y uno, Álvaro Gonçalves Coutinho, prefirió hacerlo a caballo, para conocer "nuevas tierras y nuevas aguas". Era un personaje delgadísimo, descrito como 'O Magriço', que tiene esa significación en portugués, y hasta me ha dado por pensar si no serviría de inspiración a Miguel de Cervantes para su caballero de triste figura. Llegó justo el día fijado, cuando ya se le daba por perdido. Los doce caballeros portugueses ganaron sus correspondientes justas, el honor de las damas quedó reparado y ellos regresaron a Portugal nimbados de gloria.

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Así que cuando en 1966 Portugal tuvo un brillante desempeño en el primer Mundial al que consiguió acudir, la leyenda de los 'Doze Magriços' resucitó en las páginas de 'A Bola', el popular deportivo local, aprovechando que un equipo se compone de once jugadores más el entrenador. Así se conoció durante años al grupo de aquella gesta, y al principal de todos, Eusébio, se le intituló como 'O Grão Magriço'.

Eusébio nació (1942) en Lourenço Marques, hoy Maputo, capital de Mozambique, entonces provincia portuguesa de ultramar. Se hizo en el Sporting de Lourenço Marques, donde con 17 años ya era un interior de amplio recorrido, buen regate en largo y potencia de chut tremebunda. Con 19 años y 77 goles en 42 partidos le fichó el SL Benfica, avisado de lo que se venía por su jugador Mário Coluna, siete años mayor que él y también natural de Mozambique. Eusébio viajó en las Navidades de 1960 con una carta de la madre (viuda de un trabajador ferroviario y pobre de solemnidad) en la que encomendaba al propio Coluna que le cuidara y le orientara en la metrópoli. El Benfica le inscribió con nombre falso porque el Sporting CP, su rival lisboeta, reclamaba un padrinazgo sobre su homónimo de Lourenço Marques que le concedía derechos sobre el jugador. El chico empezó a entrenar con el Benfica en medio de una incómoda polémica hasta que, a las pocas semanas, la Federación falló en favor del Sporting.

Entonces desapareció. Se lo tragó la tierra. No se supo más de él, corrió el rumor de que había regresado a Mozambique, pero allí tampoco estaba. El Benfica recurrió y, mientras se reabría el caso, lo escondió en un hotel del Algarve junto a un preparador-vigilante, con el que corría por la playa, y allí estuvo hasta mayo de 1961, cuando el Benfica ganó el recurso y volvió a salir a la luz. No llegó a tiempo para disputar la célebre final de Berna, que el Benfica ganó al FC Barcelona 3-2, pero pronto sería noticia mundial. En septiembre, el 'Torneo de París' enfrentó al Santos FC y al Benfica. El Benfica alineó al once campeón de Berna y al descanso ganaba el Santos 5-0. En la segunda mitad salió Eusébio y marcó tres goles en menos de veinte minutos. El partido acabaría 6-3, con un gol final de Pelé, y la gente salió del campo hablando de aquella 'Pantera Negra' como réplica europea a la 'Perla Negra', apodo de Pelé antes de ser 'O Rei'.

En 1962 el Benfica repitió título de Europa, ahora a costa del Madrid: 5-3, con dos de Eusébio en sendos cañonazos desde fuera. El club blanco lo volvería a sufrir en la Copa de Europa 1964-65 como protagonista de un terrible 5-1 en cuartos de final. También le sufrió la Selección, que estrenó su título de campeona de la Eurocopa de 1964 viajando en noviembre de ese año para un amistoso en Oporto, contra Portugal. Perdimos 2-1, los dos del mozambiqueño.

Eusébio, tras la eliminación de Portugal a manos de Inglaterra.

Eusébio, tras la eliminación de Portugal a manos de Inglaterra.EFE

La Juventus FC ofreció una cantidad obscena al Benfica por Eusébio, al que cuadruplicaba sus ingresos. En aquella época los jugadores que salían de un país se daban por perdidos para la selección, pues el club comprador tenía derecho a negarles el permiso. Portugal albergaba la ilusión de clasificarse por primera vez para un Mundial, pero sin él sería imposible. António de Oliveira Salazar, el Franco portugués, le invitó a comer a su residencia personal y le hizo saber que no podría irse: "Debe entenderlo, usted es un bien de Estado, forma parte del patrimonio nacional". Eusébio le replicó que, si era un bien de Estado, ¿por qué tenía que pagar impuestos? Salazar le dijo que clasificara a Portugal para Inglaterra-1966 y que después del mismo podría irse.

Y Portugal se clasificó holgadamente en un grupo con Checoslovaquia, Rumanía y Turquía. Para entonces Eusébio ya era Balón de Oro, que ganó en 1965, con 23 años. El sorteo colocó a los lusitanos en el Grupo C con Bulgaria, Hungría y Brasil. Se instalaron en un lugar tranquilo, Wilmslow, a 12 millas de Manchester y 35 de Liverpool, las dos ciudades en que se jugó el grupo. Otto Glória utilizó la delantera del Benfica (José Augusto, Eusébio, Torres, Coluna y Simões) respaldada por jugadores sólidos, en su mayoría del Sporting. José Augusto era trabajador e insistente; Eusébio, un terremoto que irrumpía desde atrás y poseía el mejor chut del momento; Torres, alto y desgarbado, ganaba por arriba casi siempre, tanto con el propósito de marcar como de bajar el balón a un compañero, interesante novedad; Coluna era el cerebro; Simões, un extremo pequeño y habilidoso.

Portugal se estrenó el 13 de julio en Old Trafford ante Hungría, ganando 3-1, dos de José Augusto y uno de Simões. Fue una campanada, pues los húngaros, con Bene, Albert y Farkas, presentaron la última gran generación de jugadores de su historia. Así que el día 16 se vio como natural que ganaran 3-0 a Bulgaria, de nuevo en Old Trafford.

El tercer partido, el 19, en Goodison Park de Liverpool, reclamó la atención mundial. Brasil venía de ganar a Bulgaria y perder con Hungría, ante la que no pudo jugar Pelé, que salió maltrecho el primer día del marcaje de Jetchev. Brasil, campeón en Suecia-1958 y Chile-1962, tenía que ganar por más de dos goles para pasar a cuartos. Dos países hermanos, Pelé contra Eusébio, partido a vida o muerte. Morais completó la tarea de demolición iniciada por Jetchev y dejó a Pelé inútil, de extremo cojo, costumbre en aquel tiempo aún sin sustituciones. Fue llamativo cómo Eusébio acudió tras la patada definitiva a reñir a Morais y atender a Pelé. Pero como lo cortés no quita lo valiente, marcó dos goles, uno en perfecta volea sin apenas ángulo, el otro en gran cabezazo. Portugal ganó 3-1 y pasó a cuartos con un marcador agregado de 9-2.

Eusébio, ya uno de los atractivos del Mundial, iba a estallar definitivamente en el partido de cuartos, ante Corea del Norte, de nuevo en Goodison Park, el día 23. Los asiáticos se habían colado por sorpresa dejando fuera a Italia y en 24 minutos ganaban 3-0. Increíble. Otto Glória advirtió que estaban manejando jugadas de laboratorio siempre nacidas del capitán, Park Seung-zin; ordenó a José Augusto colocarse sobre él y secó el manantial. Luego Eusébio tomó la remontada por su cuenta y marcó cuatro goles (dos de penalti, uno de los cuales se lo hicieron a él), a los que se uniría un quinto, del propio José Augusto.

LAS TRIQUIÑUELAS DE INGLATERRA

Las semifinales fueron precedidas de una triquiñuela inglesa. El Inglaterra-Portugal debía, según lo programado, jugarse en Liverpool, y el Alemania-URSS en Wembley, pero la organización las cambió por arte de birlibirloque, pretextando ventajas de taquilla. Pero había otra causa: tras sus llamativas victorias ante Brasil y Corea, el público de Liverpool se había encariñado con Portugal, y además la ciudad estaba un poco mosca con su propia selección; el Liverpool había ganado la Liga y el Everton la FA Cup, pero en el equipo inglés sólo había uno de cada, Hunt y Wilson, respectivamente. El cambio alteró la plácida estancia en Wilmslow con un incómodo viaje: autocar a Manchester, tren a Londres y autocar de nuevo a Harrow, a una hora de Wembley. Siete horas de viaje, con dos transbordos, a dos días del partido. La distancia de Harrow a Wembley desaconsejó viajar la víspera de la semifinal para hacer un entrenamiento de adaptación en Wembley. Mientras, Inglaterra no se movió de su plácida concentración londinense.

Inglaterra llegaba con la portería invicta; Portugal, con 14 goles marcados en cuatro partidos, la mitad de Eusébio. El calendario también favoreció a Inglaterra: jugó el partido inaugural el 11, así que hasta el 23 había repartido sus cuatro choques en 12 días, mientras Portugal los concentró en dos menos, del 13 al 23. Todo eso se acusó en la primera mitad de esta semifinal, bien manejada por Inglaterra, con Bobby Charlton más adelantado de lo que venía jugando. En el 31' abre el marcador, recogiendo un rechace del meta Humberto a tiro de Hurst para colarlo con un golpe de billarista. Portugal se reactiva tras el descanso, pero Eusébio es tomado entre Stiles y Moore, y Torres esta vez no gana por alto al oponente de turno, Jack Charlton, 'La Jirafa'. El árbitro pasa por alto un penalti por mano de Stiles todavía con el 1-0 y en el 75' Bobby Charlton marca el 2-0 en un contragolpe. El partido parece resuelto, pero llega otro penalti, que el francés Schwinte sí se atreve a señalar y lo transforma Eusébio tras el preceptivo disparo homicida; ya con el 2-1, el árbitro ignora un nuevo penalti por mano de Jackie Charlton. Portugal aprieta a fondo, Gordon Banks le tapona dos grandes remates a Eusébio, Simões falla un gol cantado sobre la hora y se llega al final con el 2-1. Un gran partido, del que Eusébio salió enjugándose las lágrimas con el faldón de la camiseta. Luego ganarán 2-1 a la URSS por el tercer y cuarto puesto, con un octavo gol de Eusébio en seis partidos. Líder en goles, se le proclama como el mejor jugador del campeonato.

Había cumplido. Portugal, donde algunos cines proyectaron los partidos en directo, quedó más orgullosa que desilusionada. Nunca había estado en un Mundial, este lo había protagonizado, volvía con cinco victorias y una derrota ante el campeón, que gozó de la complicidad de la organización y el arbitraje el día decisivo. Los jugadores son premiados con la 'Orden de Enrique el Navegante', un altísimo honor.

Ahora quien viene a por Eusébio es el Inter de Milán y Oliveira Salazar honra su palabra y le autoriza: "Usted ha cumplido, ahora debo cumplir yo". Pero justo cuando estaba a punto de hacerse, Italia prohibió fichar extranjeros a causa del fracaso en el campeonato, que se achacó a que los foráneos ocupaban los puestos de responsabilidad en los clubes y los italianos quedaban como jugadores de complemento. 'O Grão Magriço' tuvo que seguir en Portugal hasta que, ya mayor y muy lesionado, buscó ingresos en la North American Soccer League, siguiendo las huellas de Pelé.

"Papá, no llores. Yo ganaré el Mundial para Brasil y para ti": la increíble aparición de Pelé en los Mundiales de fútbol

“Papá, no llores. Yo ganaré el Mundial para Brasil y para ti”: la increíble aparición de Pelé en los Mundiales de fútbol

«En ese momento la aparición de un pibe en el seleccionado brasileño no era para mí nada especial. Además, entró en el segundo tiempo. Recién al final me enteré de su nombre. Le decían Pelé. La historia de esa Copa Roca fue la acostumbrada para las selecciones argentinas. El equipo que ganó el Sudamericano de Lima en abril de 1957 fue liquidado con las ventas al exterior de Rogelio Domínguez, Maschio, Angelillo y Sívori. Por eso en julio ya se armó otro cuadro con gente nueva. De todos modos, este fue el primer partido y lo sacamos bien. Argentina aguantó atrás y un rato antes de terminar el primer tiempo ya ganábamos 1-0 con gol de Labruna. Ellos no podían llegar y en el segundo seguimos igual. Parecía que terminaba así. Pelé no tocó ninguna pelota. Pero en esta jugada se escapó uno de ellos y le pegó muy fuerte. Yo tuve que tirarme y no alcancé a retenerla. Ahí apareció Pelé, antes de que pudieran taparle. Todo fue muy veloz y la definió bien tocando con derecha. Por suerte, a los dos minutos el Gitano Juárez marcó un golazo y terminamos ganando dos a uno. Ahora que veo la foto y me voy dando cuenta de lo que significó ese negrito en el fútbol mundial, me asombro. ¡Pensar que ese pibe era Pelé...!»

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Así describió el mítico Amadeo Tarzán Carrizo el debut de Pelé con Brasil, todavía con dieciséis años, el 7 de julio de 1957. En menos de un año, el 29 de junio de 1958, aquel chiquillo, ya con diecisiete, se proclama campeón del mundo en Suecia y regresaba a su país con seis goles en cuatro partidos. Su éxito lo saludaba así Nelson Rodrigues en su seguidísima columna semanal en Última Hora: «(...) Pelé, un menor de edad total, un menor en toda regla, que no puede entrar a ver una película de Brigitte Bardot. Para recibir el sueldo, para recibir los billetes con que le pagan, su padre tiene que actuar en su nombre. Pues bien, Pelé asombró al mundo. No se limitó a marcar goles, trató de adornarlos, de darles el mayor lustre posible (...)».

Un año de la nada a la gloria, que no sería como en tantos casos transitoria, sino imperecedera. Aquel chico se llamaba Edson Arantes do Nascimento y era hijo de João Ramos do Nascimento, ex futbolista con el apodo de Dondinho al que una lesión de rodilla despeñó del Fluminense al humildísimo Baquinho, de Três Corações, y Celeste Arantes, que detestaba ese deporte que dejó lisiado y sin oficio ni beneficio a su marido. La familia salía adelante con dificultades; el pequeño Edson contribuía voceando periódicos y lustrando zapatos para aportar unas monedas.

Cuentan los historiadores de Pelé que Dondinho lloró desesperado junto a la radio cuando Brasil perdió la final del Maracanazo. Sufrió aquella derrota como si le hubieran arrancado la piel. Si Brasil hubiera ganado esa final al menos podría pensar el resto de su vida que un trocito de esa gloria le pertenecía, pero no se le dio. Junto a él estaba su pequeño Edson, de nueve años que, impresionado por las lágrimas de su padre, tuvo un arranque de gallardía: «Papá, no llores. Yo ganaré el Mundial para Brasil y para ti». El tiempo hará verdad esa ingenua promesa. Para ello habrían de unirse varias circunstancias: su genética, un bien urdido complot entre el padre y un ex internacional, la audacia de Vicente Feola y la coincidencia con una gran generación.

El chico jugaba en baldíos, con pelotas de trapo, hasta que llegó al Baquinho, el club aficionado en el que el maltrecho Dondinho arrastró sus últimas rengas carreras. El equipo lo entrenaba como distracción Walter Brito, mundialista en Italia 1934, con buenas relaciones en el mundo del fútbol. A espaldas de la madre, el padre y Walter le consiguieron al chico una prueba en el Santos, donde gustó. De vuelta, doña Celeste puso el grito en el cielo, justo ahora que Edson había entrado en una fábrica de zapatos con dos dólares al día, todo un porvenir. Ella siempre le decía que su obsesión por el fútbol le convertiría en un pelé, un pelado, un pobre (de ahí su apodo, aunque otra versión asegura que de pequeño pronunciaba así el nombre de Bilé, el meta del Baquinho, su primer ídolo, y que le vino de ahí). Pero nada podía frenar la ilusión del chiquillo, respaldada por el aval de un tipo tan acreditado como Walter Brito, así que fichó por el Santos. Allí le prepararon un plan para fortalecerle y con 16 años debutó en un amistoso contra el Corinthians, en el que marcó. De entonces conserva el Santos un telegrama de Porto Alegre pidiendo la cesión de un interior; le ofrecieron al novísimo Pelé y al veterano Pagão, y la respuesta fue: «Pelé desconocido, envíen a Pagão».

Pelé, con el 10, marcando uno de los goles en la final contra Suecia.

Pelé, con el 10, marcando uno de los goles en la final contra Suecia.EFE

Pelé no tardó en brillar en el ambiente paulista y conquistó Río en un torneo entre el Santos, el Flamengo, el São Paulo, Os Belenenses y el Dinamo de Zagreb, donde le hizo tres goles a Os Belenenses y uno a los demás. De seguido llegó el ya comentado debut en la selección, ante Argentina en Maracaná.

Para el Mundial Suecia 1958 se formó un revuelo en Brasil sobre si Pelé sí o Pelé no. Se había alcanzado la clasificación sin él, y delanteros buenos sobraban. Feola tenía que compartir la decisión con un comité técnico que completaban Paulo Carvalho, propietario de Rádio Record y muy impuesto en fútbol, y Hilton Gosling, sicólogo de profesión, que tenían dudas al respecto. Poco antes de salir hacia Europa la selección jugó contra el Corinthians, a cuyo ídolo local, Luizinho, no le habían convocado por su escaso físico (le apodaban Pequeno Polegar, o sea, Pulgarcito) y sin embargo llevaban a ese mocoso llamado Pelé, aún sin rematar en estatura ni en peso. El ambiente cerril favoreció que Ari Clemente, el defensa-matón corinthiano, le sacara del campo por un patadón.

Aún así, Feola le llevó a Suecia con un tratamiento de toallas calientes en la rodilla. No pudo jugar los amistosos previos, y el primer partido, ante Austria, la delantera la formaron Joel, Didi, Mazzola, Dida y Zagallo. Ganó Brasil 3-0, con solvencia. Esperado como un equipo pinturero, inestable y frágil que no contaba en los pronósticos, sorprendió con un orden táctico nuevo: Feola cambió la WM (3-2-2-3), de uso universal, por un 4-2-4 que asentaba la defensa con un cuarto hombre y adelantaba a un interior junto al delantero centro. La media se despoblaba, pero el sabio juego en largo de Didi permitía transiciones rápidas.

El posterior 0-0 ante Inglaterra encendió alarmas. Una derrota en el tercer partido ante la URSS podría dejarles fuera. Así que Feola, apoyado por Nilton Santos, Bellini y Didi, convenció a sus colegas del comité de cambiar la delantera. Joel, que luego pasaría por el Valencia, dejó su plaza a Garrincha, y Mazzola hizo lo propio con Pelé, ya recuperado. Vavá ya había jugado ante Inglaterra por lesión de Dida y se mantuvo. Nacía una delantera legendaria: Garrincha, Didi, Vavá, Pelé y Zagallo. Todo con protestas de Hilton Gosling, que en su informe dijo de Pelé: «Es obviamente infantil. Carece del espíritu de lucha necesario». Y a Garrincha le puso prácticamente de deficiente mental.

Aquella delantera funcionó. Vavá no era un exquisito, pero sí un ariete incordiante, alrededor del cual Pelé flotaba como una mariposa y picaba como una abeja. Garrincha hizo locuras en la banda. Ganó Brasil con dos goles de Vavá, sendos tiros al palo de Pelé y Garrincha e innumerables paradas de Yashin. Contra Gales, en cuartos, volvió Mazzola al eje del ataque, en detrimento de Vavá, pero Pelé y Garrincha se mantuvieron. Hubo nueva exhibición, aunque el gol se retrasó hasta el 65, cuando Pelé recibió una entrega de cabeza de Didi, controló con el pecho, se giró bruscamente desconcertando a su marcador con un breve toque y cuando llegaba a cerrarle otro defensa remató duro junto al palo. Fue a la red, besó el balón y le abrazaron varios compañeros, apelotonados en un rincón de la portería, felices por su éxito y deslumbrados por la maniobra.

Contra Francia en semifinales, regresaría Vavá, a costa de Mazzola, porque su fútbol primario resultaba mejor complemento en el grupo de malabaristas. (Mazzola jugaría luego durante años en Italia con su apellido, Altafini. Lo de Mazzola era el apodo, perdida una 'z', con que se le conoció en Brasil por su origen italiano y su parecido con el gran Valentino Mazzola, fallecido trágicamente).

Pelé, durante un amistoso con Brasil.

Pelé, durante un amistoso con Brasil.AP

Francia llegaba con copete de favorita y la pequeña sociedad Kopa-Fontaine en pleno rendimiento, pero se encontró con una exhibición portentosa de todo Brasil y sobre todo de Pelé, que despachó un hat-trick en veinte minutos. El resultado fue 5-2. El mismo marcador se dio en la final, ante los suecos, dos de los cuales, Gren (37 años), y Liedholm (36), duplicaban en edad a Pelé. Cuando este nació, Gren ya era internacional.

Marcó por delante Suecia con gol elegantísimo del milanista Liedholm, dando paso a un continuo ataque de Brasil, que al descanso ya había remontado con dos tantos casi idénticos: desborde de Garrincha, centro raso al borde del área chica y remate de Vavá, uno con cada pie, lo único que los distingue. Antes y después, una lluvia de ocasiones, entre ellas un zurdazo al poste de Pelé, desde fuera del área.

Tras la pausa se reanuda la tormenta de juego, y a los diez llega una jugada mágica que discute de tú a tú con el gol de Maradona a los ingleses en 1986. El lateral Nilton Santos, metido en el campo de Suecia y recostado a la izquierda, envía el balón al área, donde está Pelé, apretado entre dos rivales. Salta con agilidad, contacta el balón con el pecho para hacerlo pasar sobre la cabeza de Börjesson, para de inmediato hacerle un nuevo sombrero, este con el pie, a Gustafsson. Sobre el punto de penalti, mano a mano con el meta Svensson y antes de que el balón toque el suelo remata de empeine, duro y abajo. Una maniobra fugacísima en un metro cuadrado que anonada a tres rivales y eleva el marcador a 1-3, fuera ya del alcance de Suecia. Luego Zagallo marcará el 1-4, y a su gol siguieron los de Simonsson, que más adelante ficharía por el Madrid como pretendido sucesor de Di Stéfano, y finalmente otro de Pelé, casi sobre el pitido final del árbitro, de cabeza, con un golpe de parietal, cruzando al otro palo. Resultado final, 2-5. Pelé llora en los brazos del veterano meta Gilmar, mientras Garrincha, ante la euforia, pregunta si no hay que jugar una segunda ronda contra los mismos. Casi se apena, de tanto como se estaba divirtiendo. Brasil nunca perderá un partido con los dos en el equipo, toda una desautorización para el doctor Hilton Gosling.

¡Brasil Campeão! Ahora podían desempolvar los diarios brasileños el titular que quedó arrumbado en 1950. El niño de Três Corações había cumplido su promesa y el viejo Dondinho lloró esta vez de felicidad. L'Equipe hace una encuesta entre especialistas en la que Pelé sale como el jugador más cotizado del certamen, con una valoración de 100.000 dólares, por delante de Garrincha (90), Kopa, Fontaine y Vavá (80), y Didi (75). Doña Celeste pudo perdonar a su marido y al viejo Walter Brito aquel complot para llevarse al chico de casa.

Luis Monti, el único hombre en jugar dos finales del Mundial con dos equipos diferentes: si ganaba la primera, mataban a su madre y si perdía la segunda, lo 'mataban' a él

Luis Monti, el único hombre en jugar dos finales del Mundial con dos equipos diferentes: si ganaba la primera, mataban a su madre y si perdía la segunda, lo ‘mataban’ a él

El 30 de julio de 1930 se disputó en Montevideo el partido más tremendo conocido hasta aquella fecha, y aún hoy mantiene una posición relevante en ese 'ranking' imaginario: la final de la primera Copa del Mundo, entre Uruguay y Argentina. En aquel momento, los habitantes de ambas orillas del Río de la Plata estaban convencidos de tener el mejor fútbol del mundo y se trataba de dilucidar la primacía.

Para saber más

Uruguay había ganado el campeonato olímpico de fútbol en París 1924 y en Ámsterdam 1928, doble motivo por el cual Jules Rimet escogió a este país, que además en ese año de 1930 celebraba su centenario como nación, como escenario de la primera Copa del Mundo. Argentina no se sentía inferior en absoluto: había ganado la Copa América en 1927 y 1929, y en cuanto a la final olímpica de 1928, la habían empatado en primera instancia e hizo falta un segundo partido para proclamar vencedora a Uruguay por un apretado 2-1.

Así que no había duda de que, Inglaterra aparte, cuyos profesionales eran tenidos por una clase superior, el mejor fútbol del mundo se jugaba en el Río de la Plata, y esta final ponía en juego el primazgo. Los 35.000 argentinos que cruzaron en vapores o veleros el estuario fueron registrados al desembarcar por si portaban armas, cosa que les indignó hasta que comprobaron que a la entrada del campo se hacía lo mismo con los uruguayos. El despliegue de soldados para garantizar la seguridad del partido fue enorme. Cómo sería la cosa que John Langenus, el árbitro belga designado para dirigir el partido, le exigió a Jules Rimet un seguro de vida para hacerlo.

Una de las principales bazas argentinas era Luis Monti, que estaba en todas las conversaciones. Nació en 1901 en Belén de Escobar, a unos 50 kilómetros de Buenos Aires, de padres decoradores que se ayudaban con una pequeña granja en la que le tocó hacer diversos trabajos de niño, por los que el padre le premiaba llevándole de cuando en cuando a ver un partido en Buenos Aires. Creció muy fuerte, con un tronco trapezoidal cargado de musculatura que iba a justificar su apodo 'Doble Ancho', como se conocían los armarios de dos cuerpos. Le gustaba el atletismo, fue subcampeón escolar argentino en peso con 15 años, y subcampeón y campeón sudamericano juvenil en 200 y 400 metros, respectivamente. En fútbol se definía como 'patadura' (torpe) porque andaba corto de habilidad, pero el entusiasmo y la fuerza le hicieron un sitio.

Un tío suyo, Juan Monti, jugó en San Lorenzo, por el que también iban a pasar sus hermanos y dos primos. Él empezó en un club humilde, el Santos Lugares, pasó al General Mitre, con el que ascendió de Segunda a Primera, le adquirió Huracán, ganó el campeonato de 1921, y tras un paso por Boca fallido por una lesión, se consagró en San Lorenzo, donde ganó el título en 1923, 1924 y 1927, al tiempo que accedía a la selección. Vivió la evolución del 2-5-3 a la WM (3-2-2-3), de modo que empezó como medio centro y pasó a medio volante derecho, siempre con presencia, despliegue y jerarquía de tinte brutal. Era todo un 'guapo', término que en el fútbol rioplatense tiene un significado lindante entre valiente y matón. Mereció hasta unos versos en un tango de Gardel: "Chingás a la pelota / chingás en el cariño / el corazón de Monti / te falta, che, chambón".

La selección argentina, en el Estadio Centenario, en la final de 1930. Monti, tercero por la derecha, de pie..

La selección argentina, en el Estadio Centenario, en la final de 1930. Monti, tercero por la derecha, de pie..MUNDO

Para los uruguayos era un anticristo. En Ámsterdam, donde marcó el único gol argentino en la final repetida, se había liado a puñetazos con el 'guapo' oficial de Uruguay, Lorenzo Fernández, al que dejó fuera de combate. En lo que ya se había jugado de Copa del Mundo, y según la publicación de la FIFA, rompió huesos ante Francia, dientes ante Estados Unidos y provocó una reyerta multitudinaria ante Chile. Marcó ante Francia (un golpe franco, primer gol de Argentina en un Mundial) y ante Estados Unidos. En Montevideo no se le apodaba 'Doble Ancho', sino 'El Terror'.

De repente, la mañana del partido solicitó no jugar. Los federativos no lo podían creer. Se encontraron sin sustituto, porque Zumelzú, que podría serlo, estaba lesionado, y apelaron al presidente de San Lorenzo, Pedro Bidegain (el actual estadio del club lleva su nombre), para que le convenciera. Cierto que las vísperas habían sido duras, con una murga haciendo ruido constante en el hotel Santa Lucía, donde se hospedaban, y que él había recibido una carta con amenaza de muerte para él, su madre y su hermana. ¡Pero se suponía que a Monti no le asustaba nada!

Deportividad

El caso es que jugó. Con fría corrección la primera parte, tras la que Argentina ganaba 1-2, y pésimamente la segunda, al fin de la cual Uruguay era campeón por 4-2. Monti se comportó con una deportividad esmerada, sin hacer una sola mala entrada y llegando incluso a levantar a rivales que caían al suelo. ¡Lo nunca visto! Los miles de argentinos que han cruzado el estuario están atónitos; las multitudes que se han agrupado en Buenos Aires frente a las sedes de 'Crítica' y 'La Prensa', que instalaron megafonía para que se pudiera seguir la transmisión del partido, se indignan. Él regresa a Buenos Aires convertido en un gusano, un vendepatrias. Corrió lo de la carta con amenazas, claro, pero se consideró poca disculpa para una actitud tan cobarde en el macho alfa del equipo. La explicación solo llegaría años más tarde, cuando concedió una entrevista en 'Clarín' al escritor Roberto Alifano, al que explicó la visita de dos personajes en el descanso: "Me amenazaron con matarme a mí y a mi madre si ganábamos el partido. Tenían la dirección, todos los datos, hasta me enseñaron una foto de mi vieja apuntándole con una pistola. Jugué aterrorizado. No debí jugar, perjudiqué a mis compañeros".

A las pocas semanas se presentaron en su casa los dos mismos personajes que le habían amenazado, dos italianos de nombres Marco Scaglia y Luciano Benetti, para ofrecerle 150.000 liras (8.000 dólares al cambio de la época), casa y coche si fichaba por la Juventus. Monti era un semiprofesional que completaba sus ingresos con un trabajo en la Municipalidad, y además estaba apestado en el país, así que aceptó. Eso sí, tuvo que pasar un año sin jugar para cambiar de club, una norma de la época para combatir el profesionalismo.

Origen en la Emilia-Romaña

Hacía tiempo que Luis Monti, cuyo origen familiar estaba en Italia, concretamente en la región de Emilia-Romaña, había sido escogido para un proyecto de Mussolini con vistas al Mundial de Italia 1934. Vista la cantidad de apellidos italianos en el fútbol argentino, decidió iniciar una leva de 'oriundi' para nacionalizarlos y potenciar la selección. A esa estrategia no le convenía que Monti ganara Uruguay 1930 porque hubiera sido casi imposible sacarle; de ahí que se urdiera ese plan para que no jugara o lo hiciera mal. Finalmente, hasta cinco 'oriundi' llegarían a formar parte de la Italia campeona en 1934: Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita, Attilio Demaría y el brasileño Anfilogino Guarisi, si bien solo los tres primeros jugarían la final.

Cumplido el año sin jugar, Luis Monti viajó a Italia en el verano de 1931, dejando atrás sus 16 partidos con Argentina. Desembarcó en Génova, tomó el tren a Turín y a los directivos que le recibieron se les cayó el alma a los pies. Lo que salió del vagón no fue un poderoso atleta, sino un gordo infame (11 kilos de más en su 1,70), en el que nadie podía imaginar a un futbolista poderoso. Se justificó con la inactividad, prometió ponerse en forma en tres semanas y se entregó a un plan concienzudo: a las seis de la mañana iba a trotar al campo, cubierto por mucha ropa, o a la Piazza Grande, si no se lo abrían, lo que le hizo muy popular. Y comió como un eremita. A las tres semanas se presentó al entrenador, Carlo Carcano: "Estoy listo". Enseguida fue titular en la Juve, que con él iba a ganar esa Liga y las tres siguientes.

En noviembre de 1932, el seleccionador Vittorio Pozzo le instaló en la 'Azzurra', no sin recelos de una de las estrellas, el delantero Schiavio, al que había maltratado en una gira de la Juventus por América. Monti se convirtió en pieza esencial del equipo, donde ganó un nuevo apodo: 'El León Azul'. Jugó todos los partidos de Italia en el Mundial: contra Estados Unidos, los dos contra España (hubo un desempate en el que faltaron por lesión siete españoles, entre ellos Zamora, al que lesionó él mismo, y cuatro italianos), después la semifinal contra el 'Wunderteam' austríaco, a cuyo célebre delantero Matthias Sindelar, 'El Hombre de Papel', mandó varias veces por los aires.

Musolini

Y, ya, la final, ante Checoslovaquia. Vuelvo al relato de Monti a Roberto Alifano: "Justo antes del partido, Mussolini bajó al vestuario a arengarnos. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo, ché. Era imponente, 'il capo'. Con las manos en la cintura y la voz bien casposa diciéndonos: 'Cari ragazzi, o vincete o sarete messi alle armi'. Me quedé helado". 'Messi alle armi' significa enviados al ejército, lo que no era poca amenaza en años de tambores de guerra, pero Monti lo entendió como "pasados por las armas".

Cuando forma en el centro del campo para escuchar, sobrecogido, el 'Himno al Sol' de Puccini, cantado por 55.000 camisas negras, siente que su vida está en juego de nuevo. La impresión se agravó cuando en el descanso llegó un escueto telegrama del propio Duce: "Vittoria o morte".

Ganó Italia. En la prórroga, pero ganó, y Monti y compañía no fueron fusilados sino agasajados con los mejores premios: "Dinero, mujeres, casas, coches, joyas... Pudimos disponer de lo que quisiéramos". En fin, esta final la había ganado, pero sobre todo había sobrevivido a las dos.

Siguió en Italia, donde llegó a ser apreciadísimo. Ganó con la Juve la liga siguiente, 1934-35, y la Copa de 1937-38. Al comienzo de la guerra se retiró, con 38 años y 18 partidos jugados en la 'Azzurra', y decidió emprender su carrera de entrenador en Italia. Empezó por la cantera de la Juve, luego entrenó a la Triestina, la propia Juve, el Varese, el Atalanta, el Vigevano y el Calcio. Se prestigió como especialista en ascensos. Acabada la guerra, en 1947, regresó a Argentina para entrenar a Huracán. A esas alturas ya quedaba lejos su defección en Montevideo y le dejaron en paz. Las explicaciones con Alifano llegarían tiempo más tarde. Dejó Huracán por disidencias con sus directivos y se refugió en su natal Belén de Escobar, en una casa pequeña, con un patio para las gallinas, rodeado de fotografías y diplomas, donde de cuando en cuando iban a visitarle periodistas. A todos les decía lo mismo: "Jugué dos finales, en una me mataban si ganaba y en la otra si perdía". Falleció con 82 años de un ataque al corazón, agobiado por la carrera entre la inflación, que se comía sus ahorros, y la muerte. El mejor elogio póstumo le llegó de Italia, del prestigioso periodista Giglio Panza, director de 'Tuttosport': "Argentina nos ha enviado grandísimos futbolistas, pero Luisito Monti fue distinto de todos. Fue muchos jugadores en uno solo. Varios puestos en un mismo jugador. Varios corazones en un mismo cuerpo. Un gran futbolista y un gran hombre de honor".