Deporte en estado puro, lucha física, mental, generacional, 16 años de diferencia. Por un lado, Carlos Alcaraz, al que podría catalogar como el jugador más completo técnicamente de la historia a su edad. Ha revolucionado el tenis, usando sus golpes e
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Cuadro masculino
JAVIER MARTÍNEZ
Enviado especial
@JavierMartnez5
Londres
Actualizado Martes,
11
julio
2023
-
01:44"Ha sido uno de mis mejores partidos al resto", asegura el...
En los minutos previos a saltar a la pista, en el restaurante de los jugadores del Real Club de Tenis de Barcelona, Carlos Alcaraz formaba un conjuro junto a su equipo: "Hoy, sí". Hace sólo una semana en Montecarlo no se había gustado ante el mismo rival, el francés Arthur Fils, y esta vez tenía que ser distinto. "No hay prisa, no hay prisa", le recordaba su entrenador, Juan Carlos Ferrero, como última instrucción. Apenas una hora y 14 minutos después, volvía al mismo lugar con una victoria por 6-2 y 6-4 para celebrar, muchos aplausos a su alrededor y el convencimiento de haber cumplido con la promesa: "Hoy, sí".
En las semifinales del Trofeo Conde de Godó, Alcaraz ganó con su mejor tenis de la semana, quizá incluso de la temporada. Ya es definitivo: este Alcaraz no es el de Montecarlo. Allí fue campeón entre dudas, con titubeos con su derecha y gestos extraños. En Barcelona, en cambio, es el vigente ganador de Roland Garros que debe ser, tan convencido como confiado.
Fils fue la mejor prueba del cambio. Si en el torneo anterior el galo le hizo cometer demasiados errores, esta vez los nervios cambiaron de bando. En Montecarlo, ante su potente derecha, Alcaraz había pecado de ser demasiado directo, de precipitarse, de olvidar su tenis, y pese al triunfo acabó disgustado. En ningún momento se sintió cómodo. Y esta vez tocaba darle la vuelta.
Minimizar los errores
Desde el primer punto de juego, Alcaraz salió a la pista Rafa Nadal a presionar a su adversario hasta el infinito, a llevarle a lugares insospechados, a molestarle todo el tiempo que fuera falta. Si Fils quería arriesgar, que lo hiciera: delante tendría un muro. Quizá no era el plan más vistoso, pero el plan más acertado. Funcionó. El primer golpe ganador del español llegó a los 18 minutos de juego y, para entonces, tenía encarrilado el primer set. De hecho, sus estadísticas globales, 11 ‘winners’ y 13 errores no forzados, resumen los motivos de su victoria. Fallar poco, acertar cuando tocaba.
MANAURE QUINTEROAFP
Fils, al fin y al cabo un tenista de 20 años en su primer curso con los mejores, se desesperaba. Una bola aquí, una bola allá hasta acabar eliminado. Su cuenta de fallos, hasta 38, fue exagerada, aunque muchos de ellos hay que atribuirlos a la intimidación de Alcaraz. Hubo un detalle que confirmó los problemas del galo para serenarse. En el primer set cedió dos ‘breaks’ y ambos terminaron con una doble falta. Después, en el segundo set, se calmó, pero Alcaraz ya se abalanzaba sobre la victoria. Es más, por primera vez en todo el torneo el español ganó sin conceder ni una sola rotura de servicio.
Este domingo (a las 16.00 horas) Alcaraz disputará su tercera final del Godó -cuarta si se cuenta el torneo sub-14 que ganó en 2017- ante Holger Rune, que derrotó en la otra semifinal a Karen Khachanov por 6-3 y 6-2. Amigo del español desde la infancia -compartieron dobles en Les Petits As-, el danés se ha mostrado en excelente forma y será un obstáculo a la altura.
La nostalgia ganó el primer set; la naturaleza, el partido. Lo logrado por Djokovic en este Open de Australia, tras dos temporadas completas sin pisar una final ante el dominio de Sinner y Alcaraz, ha sido memorable, pero estaba condenado a un final amargo. Pudo con el italiano, asustó al español y recordó por qué es el más grande. De la Historia, no de la actualidad. Ése es Carlos.
En un partido normal para sus estándares, bastante espaciadas esas genialidades que ha convertido en rutina, Alcaraz ganó con solvencia al tenista perfecto que, incluso a los 38 años, sigue pareciendo diseñado por ordenador para jugar a esto. Una dejadita por aquí, tres golpes imposibles por allá, la calma que le ha dado la madurez cuando el serbio apretaba y el séptimo Grand Slam para casa antes de cumplir los 23 años. Ya los tiene todos. Es un sinsentido, una aberración histórica, un portento.
A la edad del murciano, Djokovic tenía dos grandes, igual que Federer. Nadal, el más precoz de los tres reyes, iba por seis. Nadie ha escrito un comienzo de su novela como este pero, aunque tenemos tendencia a recordar siempre el principio y el final, lo que define cualquier historia es lo que sucede entre medias. Antes de semifinales, un periodista con menos tacto que una madre cuando coges kilos preguntó a Novak cómo se sentía "persiguiendo" a Sinner y Alcaraz tras comenzar su carrera "persiguiendo" a Roger y Rafa. La elección del verbo molestó, con razón, al serbio, que clavó la respuesta: "Entre medias hubo 15 años en los que yo dominé los Grand Slam. Es importante tener perspectiva". Y tanto.
Esa es la fase de su carrera que ahora afronta un Carlos que ha zanjado en Melbourne la sobredimensionada polémica del adiós de Ferrero. Escuchamos a Samuel López decir a su pupilo: "Va a ir a saco", "disfruta del momento", "háblate, vamos, sé positivo". Ayudó, seguro, pero hay que poner en perspectiva la importancia de este tipo de consejos y recordar que esto es tenis, no baloncesto. Va de un tipo con una raqueta tomando decisiones milimétricas bajo presión durante horas. El 99% es suyo y la importancia de las frases para taza de su equipo es moderada. Federer tuvo ocho entrenadores durante su carrera. No le fue mal.
Si las lesiones le respetan, será Alcaraz y sólo Alcaraz quien decida hasta dónde quiere agigantar su leyenda. Su sentido lúdico de la vida será compatible con dominar el circuito durante unos años más, pero para llegar a los 24 Grand Slam y los 38 años que hoy luce Djokovic necesitará convertirse en un ciborg que viva por y para su legado, poniendo en pausa el resto de cosas que le hacen feliz. Si quiere, puede, pero quizás no le compense. El libro es suyo y va camino de escribir El Quijote. Lo acabe o no, las páginas que lleva serán recordadas siempre. Disfrutémoslo como él disfruta. Dure lo que dure.