El Real Madrid despidió el 2023 cumpliendo su tradición reciente: ganar. Es casi lo único que sabe en este comienzo de temporada, demoledor como un rodillo, triunfante ante cualquier circunstancia y rival. El Valencia Basket hizo lo que tantos, lo que pudo. Pero acabó sucumbiendo en el WiZink Center. Campazzo y Tavares, esa pareja de extremos, resultó demasiado para los de Alex Mumbrú.[83-74: Narración y estadísticas]
Los de Chus Mateo firmaron el triunfo 33 de lo que va de curso, por sólo dos derrotas. Acudían de sufrir en su visita al ASVEL en Euroliga y con el único alta de Mario Hezonja (siguen fuera Yabusele, Deck y Rudy Fernández). Ante el Valencia, que sigue buscando su condición de cabeza de serie para la próxima Copa, mostraron de nuevo su contundencia. Sin alharacas, pero con esa seriedad que les viene caracterizando: apenas muestran fisuras. Mediado el tercer acto, con la contundencia de Campazzo y Tavares, aceleraron para ya no pasar ningún apuro.
El partido respondió a la falta de lógica de la fecha, como si a ambos equipos les costara acostumbrarse al hecho de (volver) a jugar un partido también el último día de 2023, con las uvas aguardando y, eso sí, un WiZink hasta la bandera para la ocasión. Pérdidas, fallos en triples liberados y un correcalles para un amanecer igualado, en el que el Valencia plantaba cara desde su seriedad y su físico, con Brandon Davies haciendo daño.
Brandon Davies
El primer intento de fuga local (25-15) lo solucionó Mumbrú devolviendo a su pívot titular a cancha. Al ex del Barça se le dan bien los blancos desde su etapa en el Zalgiris, cuando se dio a conocer a toda Europa. Pero Davies cometió pronto la tercera -antes había recibido una técnica por protestar- y fueron Jovic y Chris Jones los que sostuvieron a los taronjas, que acudieron a Madrid son Touré, Harper ni Hermansson (tampoco su flamante último fichaje, otro ex del Barça, Kevin Pangos), lastrados también por sus fallos desde el tiro libre.
El Madrid estaba con poca chispa, apenas los destellos de esa pareja que, desde el banquillo, se ha convertido ya en otro arma mortal en la rotación de Chus Mateo. Sergio Rodríguez y Poirier trataban de conectar, pero la mañana navideña en el WiZink seguía siendo un duelo abierto y competido. El Valencia igualaba en dureza y rebote y al Madrid le faltaban los puntos de Musa y Hezonja, aunque una técnica por unos pasos dudosos del debutante Justin Anderson y un triple de Campazzo le dieron ventaja al descanso (41-34).
No era una batalla cómoda, pero el líder en ACB y en Europa es capaz de avanzar también en estos fangos. En 43 segundos el Valencia ya había cometido tres faltas, elevando claramente su listón de agresividad, dispuesto a no rendirse. Pero el muro era Tavares, ese enigma imposible de descifrar para casi todo el mundo. En silencio, el gigante imponía sus condiciones. Un tapón impresionante a Ojeleye y un triple posterior de Musa, el primero en cinco intentos del bosnio, elevaron la máxima (51-39). Y, a continuación apareció Campazzo y el acierto para empezar a derrumbar la resistencia taronja. A Mumbrú no le ayudaba que sus chicos hubieran fallado a esas alturas ocho de los nueve tiros libres intentados.
Intentaba Robertson acortar distancias cuando ya todo parecía imposible, pero es que hasta Ndiaye se suma a cualquier fiesta: acabó con 12 puntos, su tope profesional. El Valencia no se dejó llevar, pero llevaba en la mochila demasiadas piedras, entre ellas el lastre de las faltas en sus hombres clave. Hugo González tuvo unos segundos en pista y el Madrid cerró el 2023 con su triunfo 74 del años. El miércoles le aguarda en el Palau el Barça y su crisis por contraste.
Barcelona 80 Real Madrid 90
LUCAS SÁEZ-BRAVO
@LucasSaezBravo
Actualizado Sábado,
16
septiembre
2023
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20:53Ver 4 comentariosLiderado por la conexión recobrada entre Campazzo...
Aquella mañana en la playa de Fuentebravía, en el Puerto de Santa María, la carrera con Jaime, el pequeño de sus tres hijos, no había sido como las demás. "Joder, me ganaba con seis años. Estaba reventado", revisita Tomás Bellas (Madrid, 1987) en voz alta al instante preciso en el que todo cambia para siempre, en el que uno se da cuenta de que algo, de verdad, no va bien. Las vacaciones familiares en Cádiz el pasado mes de julio tornaron en pesadilla, en una sucesión precipitada de acontecimientos. Noches de sudoración descontrolada, "como un animal", inflamación de ganglios, tos, una visita de urgencia al hospital y un ingreso sin tiempo que perder. "A los pocos días nos confirmaron todos los presagios. Tenía un linfoma", recuerda el base, 14 temporadas en la ACB, el salto inicial del otro partido de su vida.
El 10 de mayo de 2024 Tomás, sin saberlo, se había vestido de corto por última vez. "Ganamos al Valladolid. A un entrenador que me echó de Fuenlabrada, que le tenía ganas... Bueno, no es mal colofón", saca pecho con media sonrisa melancólica. Repartió ocho asistencias, disfrutó y se despidió del Fernando Martín dándose el gusto de un baile más: la siguiente temporada seguiría en el Fuenla, uno de los clubes de su vida, al que ayudaba en su retorno a esa Liga Endesa en la que él disputó 466 partidos. "Nada mal para un tipo normal que no levanta el 1,80", reivindica una carrera que "ha sido la hostia". Ya en pasado, confirmada su retirada, pese a "estar ya sin enfermedad en el cuerpo". "Eso no quiere decir que este curado. El alta no te lo dan hasta que pasan 10 años", explica.
Tomás repasa con EL MUNDO su batalla de los últimos meses sentado en la mesa de reuniones de su empresa familiar, en Las Rozas. La que fundó su padre hace 32 años y en la que ahora le acompañan sus cuatro hermanos. A la que volvía cada verano unas semanas para echar una mano, para hacer gala de sus estudios universitarios. Un jugador profesional. Ya le ha crecido el pelo, aunque aún le acompaña una boina, nueva seña de identidad. Llegó a perder nueve kilos. Está volviendo al deporte, al crossfit, y va tachando de su lista las cosas que apuntó que no podía dejar de hacer. Esquiar, tirarse en paracaídas, viajar con sus hijos, ver en directo un Partizán-Estrella Roja (lo hizo este mismo viernes, en Belgrado)... Porque el final era una posibilidad. "Te pones en el peor escenario, claro. Y piensas: 'Mi vida ha sido fantástica, no tengo un solo pero a los 37 años", pronuncia con crudeza.
Tomás Bellas, en su empresa familiar en Las Rozas.ANTONIO HEREDIA
El sopapo fue inesperado. "Cuando me dicen, 'tienes un linfoma', yo estaba con mi padre en la habitación del hospital. Así, de frente. Es difícil describir las sensaciones. Intentas no llorar [se emociona, "ahora me cuesta"]. Intentas hacer ver a todos que estás bien. Porque creo que yo he sufrido, pero mucho más los que están alrededor", cuenta. El 19 de agosto recibió la primera sesión de quimioterapia en el Puerta de Hierro. "Hay cuatro estadios y yo estaba en el cuarto. Fue un tratamiento súper fuerte. Una bomba para mi organismo. Mi médula no estaba preparada, tuve un problema en el pericardio porque tenía el corazón encharcado, la quimio te inmunodeprime: cogí fiebre, varias semanas ingresado...", relata un infierno físico y mental del que escapó también con velocidad, como siempre deambuló por la cancha. "Antes del segundo ciclo, a finales de septiembre, me hicieron una prueba de Pet Tac y vieron que no tenía enfermedad. Había sido efectivo. Me dieron dos más, de refuerzo. El último, a mediados de noviembre", celebra.
"Estoy convencido de que el deporte me ha ayudado muchísimo. Para coger el toro por los cuernos. Era como un partido, había un objetivo y sabía que iba a tener que esquivar balas. Gran parte es actitud. El baloncesto me ha enseñado a saber sufrir, a que no siempre hay una recompensa inmediata, a gestionar las emociones...", relata un tipo al que no le cuesta admitir que nunca tuvo "pedigrí", pese a que con 12 años ya estaba en la cantera del Real Madrid.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
El hándicap de la altura siempre le acompañó. Fue a la vez su acicate. Como las miradas de sospecha: "Ser infravalorado forja tu carácter". "Nunca fui a una selección. Es mi espina clavada, lo reconozco. Me podían haber llamado, sin lugar a dudas. Hay gente que ha estado con mucho menos nivel que yo", se queja, consciente también de que no ayudó su forma de ser -"mi carácter. Yo no soy una ovejita a la que dirijas"-, para bien y para mal, es su otra gran seña de identidad. Ha habido pocos guerreros con más ardor en la cancha que Tomás Bellas, pesadilla para los rivales, pretoriano de los entrenadores en sus cuatro equipos ACB (Gran Canaria, Zaragoza, Fuenlabrada y Murcia), desde Pedro Martínez hasta Sito Alonso, pasando por Aíto García Reneses, Jota Cuspinera, Luis Guil... "Era una mosca cojonera. 'Joder, hoy me toca contra Bellas', decían los rivales. He tenido peleas con todos. Yo siempre fui a muerte. Hacía en la cancha lo que nadie quería hacer", admite de unas batallas que ahora son anécdotas de amistad con sus ex rivales, los que le han abrumado con mensajes de apoyo e interés.
¿Cómo llega un niño bajito de Las Rozas a la elite? "Todo es más o menos positivo en función de las expectativas que tengas. Las mías ni de lejos eran estar 14 años en la ACB, casi 500 partidos, más competición europea, haber jugado la Summer League de Las Vegas... y un denominador común: he jugado muchísimos minutos", se enorgullece de una trayectoria que empezó por su padre, entrenador en equipos femeninos, guardián de sus primeros entrenamientos en el patio de su casa. En infantil ya estaba en el Madrid, pero a los 18 jugaba en Primera Nacional en el Torrelodones, "entrenando a las nueve de la noche con abogados, dentistas, pintores...". Quería centrarse en sus estudios universitarios y en su novia. Y por eso rechazó, ahora ríe, hasta a Pablo Laso. "Me quería en Cantabria tras una pretemporada, se quedó alucinado", recuerda.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
Pero le llamó el Cáceres de Piti Hurtado, destacó en LEB Oro, y después le surgió la oportunidad "de una vida". Saltar a la ACB con el Gran Canaria. Se acogió a aquel decreto 1006 que hizo famoso Alberto Herreros. "Con Pedro Martínez fue un máster de cinco años, diario. Con una exigencia bárbara. Pero es lo que me permitió estar tantos años en la liga". Tras seis temporadas en Las Palmas, sale a Zaragoza, la otra cara del baloncesto, "peleando por no bajar, impagos... No fue muy agradable. Remar y remar". "De ahí a Fuenlabrada. Decido acercarme a casa por el tema de la empresa, la familia...". Y después Murcia, "una segunda juventud". Tras tres cursos, repliega, otra vez el negocio familiar como prioridad, y Tomás, Paola y Jaime, claro. Pero mantiene el gusanillo del deporte de elite en su vuelta a Fuenlabrada. "Ha sido la hostia. Mi carrera ha sido la hostia", repite.
Cuando le sobrevino la enfermedad, Bellas, siempre celoso de su intimidad, no quiso hablar públicamente demasiado. Se centró en la recuperación, se fue despidiendo del baloncesto al que no sabe si volverá como entrenador o director deportivo quizá y del que, por ahora, sólo echa de menos lo bueno, "competir, el vestuario...". "Si me llega a pasar más joven, probablemente hubiera intentado volver. Pero ya no está en mis planes", dice. Ahora cuenta el proceso por primera vez. En unos días, en Gran Canaria, recibirá un homenaje durante la Copa del Rey, en el "club de su vida", en el que fue capitán. "Todo esto ha sido una lección de vida. Me ha retirado del baloncesto, pero no de la vida. Te hace cambiar las prioridades. Antes te preocupabas porque no metías dos canastas y ahora porque estás vivo".