Acostumbradas a las hazañas, la selección femenina lo volvió a hacer. A falta de 25 segundos, como golpearse contra un muro, las jugadoras de Miguel Méndez lo tenían imposible, cinco abajo antes las gigantes chinas, favoritas a medalla olímpica, actuales subcampeonas del mundo. Cualquiera hubiera pensado en lo siguiente. No ellas. Primero Queralt Casas con un improbable dos más uno y después, más difícil todavía, Leo Rodríguez con un triple con falta (falló el tiro libre después). En la prórroga, evidentemente, ya nada las iba a detener.
No puede abrir mejor sus Juegos España que con esta remontada, la que le despeja el camino a cuartos con todavía dos partidos de la primera fase por jugar (Puerto Rico y Serbia). Así lo reflejaban sus sonrisas con el bocinazo final, un triunfo para espantar males. Porque nada ha sido sencillo para ellas. La grave lesión de Raquel Carrera, la de Silvia Domínguez después, las molestias que impiden participar a María Conde. Sin tres pilares pero sin miedos.
Fue toda la batalla una agonía, porque enfrente había talento y, sobre todo, centímetros. Xu Han es la jugadora más alta del torneo, 2,05. Yueru Li, 2,00. Fue una pesadilla (31 puntos, 15 rebotes), pero ni eso acaba con la competitividad española, que forzó la máquina con su energía (23 pérdidas rivales), se entregó a la calidad de Megan Gustafson (29 puntos) y no perdió la fe. Y, además, tuvo a sus propias heroínas.
A falta de 27 segundos, Liwei Yang erró su segundo tiro libre. Queralt Casas atrapó el rebote y corrió la cancha con celeridad. Cinco segundos después había anotado, también el tiro libre posterior (73-75). Ella fue la primera protagonista. Pero lo mejor estaba por llegar.
Leo Rodriguez celebra la victoria.Michael ConroyAP
A punto estuvo de robar España, y con 15 segundos por jugar, Laura Gil cometió falta. Meng Li sólo acertó con uno y llegó el turno de Leo Rodríguez, un triple para el recuerdo, para el éxtasis no culminado cuando erró desde el 4,70. Acabó con 25 puntos.
Pero la selección ya era un ola imparable, y no iba a perdonar en la prórroga. Ahí, dos triples de María Araujo y todo el despliegue de Gustafson para un impresionante triunfo y medio billete hacia los cuartos de final en París.
Red Auerbach dijo una vez que los Celtics no eran un equipo de baloncesto sino un "modo de vida". Ahora que la leyenda verde vuelve a recuperar el trono, a ganar el anillo 16 años después y a situarse (de nuevo) por encima de los Lakers en esa eterna batalla por la hegemonía (18 títulos a 17) en la NBA, retumban las enseñanzas del entrenador y dirigente fallecido en 2006, las volutas de humo de los puros con los que festejaba los triunfos en el viejo Garden, la forja de un destino emparentado con la competitividad, con el baloncesto al 100%, con los mitos también en la cancha. Ese halo de energía flotaba en la peculiar ciudad de Boston, en una noche como las de antaño.
Todo empezó con el pionero Red y siguió con Bill Russell. Y este anillo logrado ante los Mavericks de Luka Doncic casi por la vía rápida, perdiendo apenas tres partidos en todos los playoffs (y 18 en temporada regular), es en honor al gigante fallecido hace dos años. Estos Celtics de los 'Jays' (Tatum y el MVP Jaylen Brown) que perdieron las Finales de 2022 contra los Warriors y se llevaron un buen sofocón el curso pasado en la final del Oeste contra los Heat, han vuelto a desempolvar el añejo espíritu guerrero de la franquicia creada por Walter Brown en 1946, la primera en elegir a un jugador negro en el draft, la primera en colocar a cinco jugadores afroamericanos juntos en la pista (1963), la primera en tener un entrenador de color (1966). Todo por obra de Auerbach, el verdadero creador del mito celtic, autor de sentencias igual de inolvidables. "Yo siempre buscaba chicos con buen carácter y procedentes de un buen programa. Para mí, como si llevaba falda escocesa", reivindicó tras elegir a Chuck Cooper en 1950, dos meses después de llegar al cargo.
Bill Russell y Auerbach, en una foto de archivo.AP
Con Red y Bill juntos se creó una de las mayores dinastías del deporte en EEUU, con 11 títulos de 1957 a 1959. "Auerbach, como Santiago Bernabéu en el Madrid, fue el eje de todo. Él tiene una idiosincrasia muy particular: veía lo que otros no. Tenía un concepto y un ojo para jugadores muy marcado. Y luego iba renovando. Cuando se retira Bob Cousy, vienen Sam y KC Jones. Nunca perdía calidad en el equipo. Y el gran mérito es que sólo había 12 equipos, todo agrupado, con jugadorazos en todas las plantillas. Jerry West, Oscar Robertson, Will Chamberlain... Quedar tantas veces campeón así es una proeza", reflexiona el periodista Antonio Rodríguez, autor del libro 'La leyenda verde', todo un experto en la mitología Celtic.
Que incluye nombres propios que pueblan el cielo del actual TD Garden, que sigue conservando partes del parquet de madera de roble procedente de los bosques de Tennessee del original, reutilizadas tras haber sido barracones de la segunda guerra mundial. Bob Cousy, John Havlicek, Tom Heinsohn, KC Jones, Dave Cowens y después Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish y la rivalidad con los Lakers elevada hacia cimas que relanzarían (junto a un tal Jordan a continuación) la NBA hasta lo que es hoy en día... También episodios malditos, como las trágicas muertes de Len Bias (por sobredosis, horas después de que los verdes lo eligieran como número uno del draft) y Reggie Lewis (un paro cardíaco súbito en un entrenamiento) y la travesía en el desierto de 22 años hasta volver a ser campeones con Garnett, Allen o Paul Pierce.
"Los 80 fue otra época dorada. Larry Bird fue elegido en el draft un año antes de que pudiera jugar en la NBA. Auerbach sabía que iba a ser icónico. Y le rodeó con tipos que quizá nunca hubieran sido estrellas. McHale, Danny Ainge, que estaba entre el béisbol y el baloncesto, Parish... Un equipazo. Las muertes de Len Bias y Reggie Lewis impidieron que hubieran conseguido mucho más en los 90", admite Rodríguez.
Las cosas siguen igual en Boston, una ciudad donde "la religión era el hockey hielo, con los Bruins", donde las tradiciones se respetan como en ningún otro sitio. El mismo escudo con el Shamrock irlandés, la misma camiseta, el mismo logotipo con el Leprechaun, ese duende de la mitología gaélica que diseñó Zangfeld, el hermano de Auerbach. Pero desde aquel 2008 hasta ahora han pasado un buen puñado de años y de expectativas. Hasta dos anillos de los Lakers, incluido el de las Finales de 2010. Y la enésima reinvención y de decisiones de las que marcan el porvenir. Esta vez, con dos pilares elegidos consecutivamente en el tercer puesto de los draft de 2016 y 2017. Y de los refuerzos que han hecho insuperables a los del religioso Joe Mazzulla (su nombre ya junto a los de Auerbach, Russell, Heinhson y Doc Rivers), especialmente el de Jrue Holiday (Porzingis se perdió demasiados partidos por lesión) llegado desde el que parecía su principal rival en el Este, los Bucks. Todo por obra en los despachos de Brad Stevens, otro que pasó del banquillo a la gerencia con decisiones trascendentales.
Jaylen Brown, tras conquistar el anillo y el MVP.ELSAGetty Images via AFP
Ahora, el heredero del Celtic Pride es Tatum, cinco veces All Star, oro olímpico en Tokio (también estará en París). Un chico de 26 años formado en Duke, profundamente admirador de Kobe Bryant y que no se ha perdido ninguno de los 130 partidos que los Celtics han disputado en playoffs desde la temporada 2016-2017. Y la pareja que forma con Brown, el escudero perfecto que ha logrado un merecido MVP tras unos playoffs pletóricos.
No perdona el Tour, ni flaquezas ni despistes ni accidentes. En vísperas de sus platos fuertes, primero los Pirineos y después los Alpes, una jornada sólo en teoría de calma hasta Pau dejó los titulares en forma de despedidas. De un plumazo, la Grande Boucle se queda sin dos de los que estaban llamados a animarla, a ser elementos de atrezzo entre el mano a mano inevitable de Pogacar y Vingegaard, el veterano Primoz Roglic, el novel Juan Ayuso.
Ganó al sprint Jasper Philipsen (segunda etapa en su cuenta, otra batalla a dos contra Girmay por el trono al velocista), en un día que amaneció ventoso y eléctrico. Y siguió juguetón hasta el mismísimo desenlace, con una espeluznante caída a 600 metros. De salida, el Visma Lease a Bike, como si hubiera recuperado toda su confianza después de un año plagado de infortunios, como si la victoria de Jonas Vingegaard en Lioran les hubiera transportado un año atrás, cuando nadie les tosía en el Tour, animó el pelotón en mitad de los abanicos, un ataque en formación, con el propio Vingegaard al comando, al que apenas pudieron unirse, bien atentos, Tadej Pogacar y Remco Evenepoel.
Luego llegó algo de calma y la lógica, con la numerosísima escapada del día echada abajo -no favoreció la extraña presencia de Adam Yates-, y la mente puesta en las montañas que amenazan en el horizonte. Aunque los equipos de los sprinters no las tuvieron todas consigo hasta el final, primero Carapaz y el imparable Abrahamsen y después otro puñado de ataques más. Philipsen, ganador de cuatro etapas en la pasada edición, sumó ya su segunda por delante de Van Aert.
Pero las noticias se habían producido antes. La confirmación de la fatalidad, de los virus que asolan al pelotón, especialmente al Bahrein y al Cofidis. Fue Jesús Herrada el tercer corredor de la formación francesa que abandonó, otro español fuera del Tour, como Ion Izagirre y Pello Bilbao en los días previos. Poco después lo hizo Ayuso, que intentó completar la etapa, pero que pronto mostró debilidad, incapaz si quiera de seguir al pelotón en el desperezar de la etapa. Su equipo, el UAE, confirmó su retirada por Covid.
Roglic, magullado tras su caída en Villeneuve.AFP
Amargo debut para el de Jávea, tan ambicioso siempre. Su primer Tour quedará marcado por el abandono antes de enfrentarse a los colosos de los Pirineos y los Alpes, pero también por la polémica de su engranaje en el Dream Team del UAE al servicio de Pogacar. Por los gestos "innecesarios" de su compañero Almeida en la ascensión al Galibier, cuando el español parecía reticente a entrar en la rueda de relevos del UAE. A Ayuso le quedan cuentas pendientes con el Tour.
Esas que Roglic parece incapaz de saldar, siempre perseguido por su mal fario. Dos caídas consecutivas han acabado, otra vez, con las opciones del esloveno. Es la tercera vez tras 2021 y 2022 que tiene que decir adiós antes de tiempo a ese Tour que nunca ha logrado vencer. Y no fue sin polémica por la mala señalización de un bordillo camino de Villeneueve sur Lot, arrasado por la caída de Lutsenko y tan magullado que apenas pudo llegar a la meta, casi dos minutos y medio después que el vencedor Girmay. "Esta caída es 100% culpa de la organización. El pelotón no puede pasar por una carretera así. Es muy irresponsable", criticó duramente su ex director en el Visma Merijn Zeeman declaraciones al medio neerlandés NU.