La menuda 9 de Roland Garros pudo sentir lo que sentía Paula Badosa, tan a flor de piel que lo tenía: desde las gradas se podía sufrir su angustia, desde las gradas se podía vibrar con su euforia. Después de otro durísimo periodo de derrotas por culpa de su maldita lesión de espalda, la española salió del pozo más hondo para vencer en primera ronda a la británica Katie Boulter por 4-6, 7-5 y 6-4 en dos horas y 20 minutos. No fue una victoria normal, ni mucho menos. Fue una victoria contra sí misma, contra su mente, contra sus demonios.
Porque Badosa llegó a Roland Garros hundida. “No debería estar aquí”, le soltaba a su entrenador, Jordi Verdaguer, en el primer set mientras hiperventilaba, con los ojos cerrados, de espalda a la pista. La española, ahora 139 del ranking mundial, no quería jugar, no estaba en disposición de jugar, no podía jugar. En los primeros puntos, pese a un break a favor, lamentaba su lentitud de piernas y se lamentaba, se lamentaba. “No puedo”, aseguraba después de un día tenso. Por culpa de la lluvia su partido pasó del mediodía a la noche, de una pista mediana a la pequeña 9, y esos cambios también le condicionaron.
A mediados del segundo set parecía que tiraba la toalla e incluso reclamaba a su equipo la opción de marcharse. Pero de repente, ¡pum! A una de sus quejas, Verdaguer contestó tajante: “Ya no tienes nada que perder, ya sólo te queda luchar”. Y Badosa cambió de actitud. Al principio, con dudas. Luego, enfurecida, segura, salvaje. De la nada cambió su tenis, empezó a entrar en la pista, a conectar con su revés y poco a poco fue amedrentando a Boulder hasta hacerla caer. La británica, con poca experiencia en arcilla, en el primer partido de su vida en Roland Garros, no esperaba la transformación de Badosa y le afectó. Hasta el desenlace hubo vaivenes, pero la remontada de la española ya era imparable.
La victoria debería impulsar a Badosa a los cielos y permitir ganarle confianza de una vez por todas. En segunda ronda se enfrentará a Yulia Putintseva, una rival que ha derrotado dos veces en tres duelos, y el camino le dibuja un enfrentamiento en tercera ronda con Aryna Sabalenka, segunda del ranking y amiga íntima suya, que debería tomarse como un disfrute. Después de su buena actuación en el Masters 1000 de Roma y de su victoria con remontada de este martes, Badosa ya puede ver un horizonte más limpio, un horizonte en el que no tenga que luchar tanto contra sí misma.
Hace tres años, en los Juegos Olímpicos de Tokio, Francia se congratulaba porque por fin había encontrado a su hombre. Una eternidad después del Roland Garros de Yannick Noah y ya en el ocaso de la generación formada por Jo-Wilfried Tsonga, Gilles Simon, Gael Monfils o Richard Gasquet, aparecía un joven con el que ilusionarse. ¿Y si un tenista galo podía ganar un Grand Slam de una vez por todas? Se llamaba Ugo Humbert y lo tenía todo. Era joven, de 22 años; era alto, medía 1,88 metros; pegaba fuerte a la bola; y además contaba extravagancias que hacían las delicias de los franceses.
Sus padres regentaban una carnicería en Metz que habían abierto sus tatarabuelos y ampliado sus bisabuelos y sus abuelos. Tocaba el piano desde pequeño y lo había aprendido viendo vídeos de Youtube. Y tenía una novia también tenista, también francesa, Tessah Andrianjafitrimo, que le ayudaba en su preparación, aspirante a entrenadora. Sin duda, en aquella cita olímpica, más después de eliminar a Stefanos Tsitsipas, Ugo Humbert parecía el próximo gran tenista del país vecino. Pero de repente desapareció.
Sin que se supiera de una lesión, aquel chaval que ya era el 25 del mundo empezó a perder partidos y más partidos y más partidos hasta cerrar el 2022 con un balance muy pobre -nueve victorias y 22 partidos- y acabar fuera de los 100 mejores del ranking ATP. ¿Qué había pasado? El covid persistente. Según explicó meses más tarde, en aquella cita olímpica el fisioterapeuta del equipo francés le contagió el virus -que a su vez le había transmitido la tenista Fiona Ferro- y a partir de entonces jugar al tenis supuso un calvario.
Su caída de la élite
"Corría a 12 km/h en la cinta y me costaba horrores, en sólo una hora de entrenamiento ya estaba muerto... Un día intenté jugar un set con Richard (Gasquet) y acabé con calambres en todas partes. Me dolía pisar una pista de tenis porque no podía moverme. Realmente no podía jugar. Dejé de disfrutar del juego, aunque intenté mantenerme en el circuito. Empezaba un partido e intentaba acortar todos los intercambios, ganar con dos o tres golpes", resumió en plena crisis antes de confesar que su bajón físico le había afectado psicológicamente y había pensado en dejar el deporte de élite.
Biel AliñoEFE
No lo hizo, aunque en los últimos meses de 2022 volvió a contagiarse y nuevamente el virus le golpeó severamente. Al final perdió casi dos años y ya recuperado volvió a aparecer bajo los focos en el verano de 2023. Con varios challenger y un par de títulos en ATP 250 se recuperó en el ranking, el ATP 500 de Dubai el pasado marzo le concedió otro salto en la lista y llegó incluso a asomarse al Top 10 del ranking mundial. Ahora, después de haber llegado a octavos en el último Wimbledon, su mejor resultado en un Grand Slam, lidera a Francia en la fase de grupos de la Copa Davis y amenaza precisamente a quien le derrotó en el All England Club: Carlos Alcaraz.
Quizá el capitán español, David Ferrer, vuelva a emparejar a su número uno con el número dos del rival, en este caso el veinteañero Arthur Fils, pero un duelo de líderes también tendría sentido táctico. Pese a la derrota de Francia ante Australia en la primera jornada, Humbert salvó entonces un punto y parece el único capaz de frenar al equipo español en su camino directo a la fase final que se celebrará en Málaga a finales de noviembre. Humbert, zurdo y creativo, es un rival incómodo y quien mejor currículo presenta entre los adversarios de España.
El mejor clasificado tras Alcaraz
Señal de su mejora y señal del escaso ascendente de esta fase de grupos de la Copa Davis. Aunque parezca mentira, si Alcaraz y Humbert se miden este viernes, lo harán los dos mejores clasificados en el ranking ATP de todos los presentes en estas eliminatorias. Ausentes Jannik Sinner, Alexander Zverev o Novak Djokovic por descanso, los rusos Daniil Medvedev y Andrey Rublev por sanción o Hubert Hurkacz, Casper Ruud o Grigor Dimitrov por la ausencia de sus países, el español es el único Top 10 que está compitiendo y para encontrar a otro tenista en liza hay que caer hasta el 18 de Humbert.
"Me gusta mucho la Copa Davis, he ganado cinco de mis seis partidos. Quiero exponer mi tenis, quiero estar en la fase final. Este año he llegado cansado a este tramo final de la temporada, necesito estar fresco de ideas, pero tengo ganas de jugar", comentaba en la previa el francés, a quien casi derrota el covid persistente, pero venció y se rehízo para continuar con su carrera y, entre otras cosas, buscar la sorpresa ante España en la Copa Davis.
«No paro de ver las imágenes de mi lesión en los Juegos Olímpicos de París, no tengo más remedio, me las ponen allí donde voy, ¿y qué le voy a hacer? Lo tengo asimilado, lo tengo muy trabajado», reconoce Carolina Marín. Su dolor en aquellas semifinales trágicas vendrá a la memoria cuando se hable de ella en el futuro, pero tiene que haber otros recuerdos. Su palmarés enumera un oro olímpico, tres Mundiales y siete Europeos; su legado va más allá. De repente, de la nada, una española dominó Asia en bádminton. En Huelva, su ciudad, donde lleva días recibiendo homenajes, se sienta con EL MUNDO para repasar siete momentos de su carrera ya terminada.
1. UNA NIÑA EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS
Antes de ser conocida en el mundo, en España o incluso en su Huelva, Marín ya lucía especial en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, donde se instaló a los 14 años. Contaba su entrenador Fernando Rivas que tenía una ambición impropia.
«Cuando llegué a Madrid ya quería ser la mejor en todo, campeona olímpica, número uno, todo lo que fuera posible. Nunca me conformaba y creo que eso fue lo que me empujó hacia arriba. Tenía dudas por dentro, pero por fuera siempre me mostraba muy segura. Ya entonces, desde los 15 años, empecé a trabajar con psicólogos para controlar los miedos, las inseguridades, los nervios», rememora Marín, que fue bronce en un Mundial júnior, debutó en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 con 19 años y al año siguiente ganó el Grand Prix Gold de Londres, el equivalente a un Grand Slam en el tenis.
MUNDO
«Con Fernando creamos nuestra metodología, fuimos originales, hicimos nuestro propio camino. Si hubiera intentado imitar lo que hacían las asiáticas, tantas repeticiones, siempre hubiera ido por detrás», analiza.
2. EL PRIMER MUNDIAL: NACE EL MILAGRO
«Redunda su nombre, Carolina María Marín Martín, cumpliendo un cometido: la Historia ya no podrá olvidarlo», empezaba así este periódico la crónica de un éxito improbable. En 2014, en Copenhague, la española levantó su primer título en un Mundial y prometió más. «A principios de aquel año aprobé la selectividad y decidí dejar los estudios para centrarme en el bádminton. No es fácil dar ese paso, pero ahora sé que fue acerté», apunta Marín, que meses antes ya había ganado su primer Europeo. Acababa de cumplir 21 años y pasó de ser una rareza, una europea en la élite, a ser la rival más temible.
MUNDO
«Diría que todo cambió en la segunda ronda de aquel Mundial 2014. Gané a la china Wang Yihan, que era la número tres del mundo, y en Asia empezaron a mirarme con otros ojos. Hasta ese momento nadie me hacía caso. A partir de entonces cada vez que jugaba tenía 10 cámaras de televisiones asiáticas alrededor. 'Cuidado, que viene la española'. Hablaban de mi carácter. Cuando iba a los torneos ya era diferente. Para mí era importante ese respeto, ahí noté que me había hecho hueco en el bádminton».
«Aquel oro fue el mejor momento de mi carrera. Para mí fue maravilloso que mis padres estuvieran allí, pero detrás de todas mis medallas siempre ha habido una angustia. Antes del Mundial de 2014 me hice una luxación de hombro y no podía levantar el brazo; antes del Mundial de 2015 me rompí el quinto metatarsiano del pie derecho; y antes de los Juegos de Río tuve un problema en el sacro. Estuve los cuatro meses sin poder hacer un buen entrenamiento. He tenido momentos de felicidad, pero mi camino nunca ha sido un camino de rosas», admite Marín, que asegura que aquel oro le cambió la vida.
MUNDO
«En el bádminton ya era conocida, pero después de los Juegos me di cuenta de que ya no sería anónima en España, que la gente me reconocía por la calle. Eso te cambia un poco la forma de actuar. Es bonito, pero siempre hay ese momento en el que alguien quiere una foto y no entiende que estás en algo personal».
4. EL TERCER MUNDIAL: ¿LA MEJOR DE LA HISTORIA?
«Después de aquellos Juegos fue el único momento en el que noté un vacío. Ya había ganado todo lo que soñaba desde niña; al volver de Río me costaba sacar motivación. Me senté con mi entrenador y pensé: '¿Y si me propongo ser la mejor de la historia?'», narra Marín, quien venció después de haber vencido, lo más difícil.
En 2018, en Nankín (China), se impuso en la final a la india Pusarla Sindhu, la rival más importante de su vida, también amiga, y se hizo con su tercer Mundial. Hasta ese momento ninguna jugadora había conquistado tres títulos, pero la española considera que eso no la convierte en la mejor de la historia en lo suyo.
MUNDO
«Me faltó un segundo oro en los Juegos . Pero igualmente yo ya no me quiero ni considerar ni la mejor ni nada de la historia. Ya no pienso así. Me quedo con que di todo lo que estaba en mis manos, exprimí mi cuerpo más allá de lo imaginable».
«El fallecimiento de mi padre fue el peor momento de mi vida, que a nadie le quepa duda. Las dos lesiones de rodilla que sufrí antes de París no fueron tan malas porque sabía que las podía superar. Me siento orgullosa de haber superado tantos obstáculos. La vida me ha puesto piedras grandes en el camino y siempre he querido tirar adelante. Al fin y al cabo he sido una privilegiada por haber vivido de mi deporte», proclama.
«Fue muy cruel», lamenta, y añade: «Había hecho la preparación más dura de toda mi carrera. Antes de empezar no confiaba en mí plenamente, pero una vez ya en semifinales la verdad es que tenía mucha confianza. Después tuve que trabajar mucho con mi psicóloga para entenderlo, para superarlo. Fue duro, evidentemente». En el momento de la lesión Marín tenía 31 años y por ello se agarró a un objetivo, un último objetivo. Huelva, su ciudad, había conseguido la organización del Europeo de 2026 y qué mejor lugar para retirarse, sobre la pista, con su gente. Tampoco pudo ser.
Después de un 2025 de dolores continuos, a principios de este año se volvió a operar y jugar de nuevo ya se convirtió en una quimera. «Hasta la última operación me costaba andar, iba coja. Sentía dolor desde que me levantaba hasta que me acostaba. Ahora tengo que ir con cuidado, no puedo salir a correr 10 kilómetros, pero puedo caminar y eso ya es vida», se congratula.
7. VIVIR DESPUÉS DEL BÁDMINTON
«¿Qué voy a hacer? Lo voy a hacer todo», resume Marín sobre lo que viene ahora. Desde la adolescencia su vida ha consistido en perseguir un volante con su raqueta y ahora brilla el sol y el mundo es infinito y no hay nada que la detenga. «Quiero probar todos los deportes que pueda, porque solo hacía bádminton. Quiero conocer mundo, no tenía tiempo libre. Quiero probar cosas diferentes. Estas primeras semanas las dedicaré a mi familia y a mis amigos, a recuperar las horas que no he tenido con ellos y después tengo el futuro abierto. No he decidido nada», asegura Marín, que en los últimos tiempos estudió a distancia Fisioterapia en la Universidad Católica San Antonio de Murcia y Dietética y Nutrición en la Universidad Alfonso X el Sabio, pero que parece improbable que vaya a ejercer.
EFE
Su vida laboral se intuye en los despachos, sean donde sean. «Ahora mismo puedo vivir tranquila. No voy a estar en el sofá de mi casa sin hacer nada, pero he tenido cabeza y he sabido invertir bien. Creo que con mi retirada he tomado la decisión acertada. Debía priorizar mi salud. Soy muy joven y ahora me toca vivir», finaliza.
«Nos conocimos en 2014, en un Mundial, en Miami. Antes nos habíamos visto en algún Campeonato de España, pero en aquel Mundial ya nos hicimos gracia, charlamos, nos reímos, pero cada uno se fue para su casa. Él es de Barcelona y yo, de Albacete. Los años posteriores hablábamos en las competiciones, había feeling, pero empezamos a ser más que amigos en 2018 cuando yo entré en el CAR de Sant Cugat. Nos lo contábamos todo, nos apoyábamos y surgió el amor», dice ella, más habladora, y él remata: «¡Qué bonito te ha quedado!».
Ella es Noemí Romero, primera española clasificada para unos Juegos Olímpicos en gimnasia trampolín. Él es David Vega, primer español clasificado para unos Juegos Olímpicos en gimnasia trampolín. Y ambos forman la pareja oficial del bloque español en la Villa. Comen juntos, duermen juntos, entrenan juntos y este viernes incluso debutarán juntos en el Bercy Arena de París, ella por la mañana (desde las 12.00 horas) y él por la tarde (desde las 18.00 horas). «Vivir todo esto con tu pareja es un sueño, compartir todos los momentos con él es increíble», reconoce Romero. «Será inolvidable y más estando junto a ella. Poca gente puede disfrutar de algo así con su pareja», admite Vega.
Su tierna clasificación olímpica
Su historia, con la ceremonia de inauguración como culmen, los dos besándose bajo la lluvia sobre el río Sena y a los pies de la Torre Eiffel, parece de película y más cuando se descubren episodios. Cámara, acción: 23 de marzo, Copa del Mundo de Cottbus, Romero estaba lesionada y a Vega no le salió el ejercicio como esperaba, pero los rivales de los dos empezaron a fallar, a fallar, a fallar y...
«Terminó la competición y nos encontramos y no sabíamos si nos habíamos clasificado. No sabíamos si abrazarnos, si llorar, si celebrar. Un juez nos dijo que estábamos los dos dentro y nos quedamos en shock, era increíble», recuerda Vega que luego, al igual que su pareja, tuvo que asegurar su plaza para los Juegos Olímpicos de París en un duro selectivo nacional. Aunque la modalidad es olímpica desde los Juegos de Sidney 2000, España nunca había tenido representantes, pero en los últimos años han surgido varios candidatos.
Pregunta. Pero espera... ¿En qué consiste la gimnasia trampolín?
Vega. Es saltar sobre una cama elástica, básicamente. Creo que es fácil de entender por la afición. Hay cuatro parámetros de puntuación y se pueden resumir así: gana el que salta más alto, más centrado, el que hace piruetas más difíciles y el que lo hace más bonito. Hay deportes con jueces que son más difíciles de seguir desde fuera, pero el nuestro es sencillo porque cuando perdemos el control se ve, se ve mucho.
Ella, del kárate, él del fútbol
«Los dos empezamos por pura casualidad. Yo hacía kárate, mi profesor se puso malo, vino una suplente y nos trajo un minitramp, una colchoneta pequeñita. Empecé a probar cosas, volteretas, giros y me enganchó. Les dije a mis padres que me apuntaran a gimnasia de trampolín y a partir de ahí fue ganando nivel», recuerda Noemí Romero, nacida en Madrid, pero criada en Albacete, donde este viernes se seguirá su actuación con pantallas grandes en el Salón de plenos del Ayuntamiento.
«En mi caso todo es culpa de mi primo. Yo hacía fútbol, como tantos niños y niñas en España, pero mi primo hacía gimnasia trampolín y un día fui a verle. No sabía ni qué era, pero cuando llegué allí y vi los saltos que pegaba, de siete u ocho metros, le dije a mi madre que me apuntara. Así es como comencé», rememora David Vega que como su pareja asegura que nunca estuvo tentado de cambiarse a la gimnasia artística pese a que ésta cuenta con más repercusión, más tradición, más recursos.
Ahora llega su momento. El dominio chino de la disciplina es inapelable, pero los dos españoles, una vez ya aquí, compiten sin presión. Su objetivo es el diploma olímpica, es decir, acabar entre los ocho primeros y sólo hay 16 clasificados . «La experiencia está siendo muy bonita y será una ayuda estar juntos, pero ahora queremos hacer un buen papel», finaliza Vega que prepara un ejercicio con 10 saltos de casi 10 metros, seis de ellos triples. Pase lo que pase este viernes, con los dos juntos ya ha ganado el amor.